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domingo, 16 de agosto de 2015

Rafael Chirbes, sin domesticar

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El único consuelo que nos queda a los lectores, cuando un gran escritor desaparece, es su legado, la obra que nos deja. En el caso de Rafael Chirbes resulta impresionante, pues desde su primera novela, Mimoun (1988), que llegó a Anagrama de la mano de Carmen Martín Gaite, casi su único editor en todos estos años, donde él se sentía apreciado y cómodo, su literatura no ha parado de crecer en matices, sugerencias y complejidad, hasta las más recientes Crematorio (2007) y En la orilla (2013), reconocidas con sendos premios de la Crítica, y la última además con el Nacional de Narrativa, pero sobre todo por infinidad de lectores. Era una de esas recomendaciones que nunca fallaban, pues no recuerdo una sola persona a la que le hubiera recomendado sus libros que se sintiera defraudado. Pero su obra no ha sido apreciada únicamente en España, sino también en la exigente Alemania, donde no solo tuvo muy buena acogida sino también generosas ventas. Así, La larga marcha fue muy elogiada, en un célebre programa de la televisión alemana, por el poco complaciente crítico Reich-Ranicki, y esa misma obra, junto a La buena letra, recibió el premio SWR/Die Bestenliste (La mejor lista).
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Chirbes era un valenciano reeducado, al quedarse pronto huerfano, en la España profunda, en Ávila, León y Salamanca, como Rafael del Moral, el personaje de La larga marcha, tierras que él adoraba, lo que lo decantó hacia el castellano, ya que su lengua familiar era el valenciano. Estudió Historia, militó en la Universidad en grupos de izquierda, y luego, tras ejercer de profesor en Marruecos, trabajó como periodista en diversas empresas del grupo Z, y finalmente, antes de dejar el oficio, en la revista Sobremesa, que le permitió viajar por el mundo, para escribir sobre ciudades y gastronomía.

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Su aportación fundamental ha consistido en contar, primero, las consecuencias de la Victoria, la represión del régimen franquista; luego, la rebeldía, pero también cómo fueron acomodándose las nuevas generaciones, por desmemoria y codicia, tras la llegada de la democracia, y la estafa que para él supuso la Transición; y finalmente, la falsa modernización, la corrupción, económica y moral, la crisis –en suma- de estas últimas décadas. Se trataba, por tanto, de dejar constancia de setenta años de historia española, de lo público y lo privado, de la educación sentimental y la política, los negocios y la intimidad. Su empeño consistió, en suma, en narrar la otra versión de la historia oficial, aquella que se nos ocultaba, devolviéndole la dignidad a los vencidos, pero también consiguió mostrar con lucidez, mediante un relato ambiguo y complejo, el fracaso no solo de la política sino de una buena parte de la sociedad española. Eran, en efecto, narraciones duras, de difícil digestión, pero necesarias. Es probable que fueran las historias que los lectores más críticos necesitaban leer.              
Sus novelas pueden interpretarse como relatos generacionales y suelen tener un protagonista colectivo, pues a menudo están narradas desde una perspectiva múltiple, valiéndose de una polifonía de voces distintas que se complementan, lo que él llamaba una tercera persona compasiva. Como le gustaba recordar, citando a Balzac, la novela consiste en contar la vida privada de las naciones, un empeño que ha cumplido. No en vano, se sentía continuador de una tradición que tiene sus mejores eslabones nada menos que en Galdos, Valle-Inclán, Baroja, Max Aub, Miguel Espinosa, Juan Eduardo Zúñiga y Juan Marsé. Creo que estaba satisfecho de sus dos últimas novelas, él que era tan inseguro y exigente, aunque siempre tuvo una especial querencia por La buena letra (1992). Nos deja una novela corta, titulada París-Austerlitz, muy distinta a lo publicado hasta ahora, y un diario, del que dio un anticipo en el homenaje que le tributó recientemente la revista Turia, que ojalá podamos leerlo pronto. Chirbes ha muerto de un cáncer de pulmón que le diagnosticaron hace un mes. Quienes tuvimos la fortuna de tratarlo sabemos que ha sido un hombre bueno, pudoroso, honesto y a veces un poco hosco, pero ¡el jodido se hacía querer!, con una gran cultura en todos los ámbitos del saber (fíjense en las cubiertas de sus libros), y uno de los novelistas más exigentes y respetados de las últimas décadas. Un hombre y un escritor al que nunca nadie logró domesticar.
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* Este artículo ha aparecido publicado en el diario El País, el 16 de agosto del 2015. La caricatura de Chirbes es de LPO, que siempre generoso nos la ha cedido.
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viernes, 27 de febrero de 2015

In memoriam del Dr. Spock

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Para Ángel Zapata
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Y el homenaje del repelente doctor Sheldon Cooper en The Big Band Theory
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domingo, 8 de febrero de 2015

Ricardo Senabre, filólogo y crítico literario

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Es probable que Ricardo Senabre (Alcoy, 1937-Alicante, 2015) haya sido  uno de los últimos descendientes de la exigente tradición de la Escuela de Filología Española, aquella que tuvo como primer maestro a Ramón Menéndez Pidal y algunos de sus mejores eslabones en Rafael Lapesa, Dámaso Alonso y Fernando Lázaro Carreter. Este último fue su maestro en Salamanca y quien se lo recomendó a Luis María Anson como crítico literario, ejerciendo primero en ABC y luego en El Cultural, donde ha escrito hasta los últimos momentos de su vida, componiendo un terceto inmejorable, junto a Santos Sanz Villanueva y Ángel Basanta, expertos en la narrativa española.
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Don Ricardo, como le gustaba que le llamaran, estudió Filología Románica en la Universidad de Salamanca, doctorándose con una tesis, luego convertida en libro, sobre Lengua y estilo de Ortega y Gasset (1964), ejerciendo de profesor hasta su jubilación. Pero antes dejó excelentes discípulos a su paso por la Universidad de Extremadura, como María José Vega. Esos años cacereños lo convirtieron en voraz lector de los escritores de aquella región, de cuyas obras solía ocuparse a menudo. Al citado libro habría que añadir otros sobre La poesía de Rafael Alberti (1977), Gracián y El Criticón (1979), Literatura y público (1987), Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez: poetas del siglo XX (1991), los Estudios sobre Fray Luis de León (1998) y Metáfora y novela (2005), o el volumen misceláneo Claves de la poesía contemporánea: de Bécquer a Brines (1999). A ellos habría que sumar ediciones modélicas de clásicos: Fray Luis de León, Zorrilla, Valle-Inclán, Unamuno, Baroja y Ortega y Gasset. A la luz de sus numerosas publicaciones podría afirmarse que conocía al dedillo la literatura española, desde el Siglo de Oro al XXI, pues trabajó además en todos los géneros clásicos: poesía, novela, teatro y ensayo, barajando la reflexión teórica con el peso de la lengua y la literatura.
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Por lo que se refiere a la práctica crítica, le gustaba denominarla crítica inmediata, se mostró siempre independiente y lúcido, por lo que creo que ha sido uno de los mejores de las tres últimas décadas. Se ocupaba tanto de los autores consagrados como de los más jóvenes, tratándolos con el mismo rasero, con semejante talante crítico, siempre respetuoso, analizando el sentido de la obra, su valor, no solo en el momento de su aparición, sino también en la tradición literaria de la que formaba parte. Así, por ejemplo, alentó desde sus inicios, cuando todavía era un joven narrador desconocido, la obra de Fernando Aramburu; en cambio, no apreció la obra de Javier Marías. 
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Sus saberes eran múltiples y siempre se mostraba generoso con ellos: desde la colaboración en un blog, hasta la recomendación de una lectura o un dato que mejorara un estudio o edición que le habían enviado. En mi caso, puedo decir que cada vez que anotando un texto me surgía una duda que no conseguía resolver, solía recurrir a él, y a menudo me solucionaba el problema. Además, tuve la fortuna de oírlo en varias ocasiones y siempre me pareció un excelente y ameno conferenciante, un maestro en suma; y un crítico clarificador cuyas lecturas echaré de menos todas las semanas.   
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* Este artículo ha aparecido publicado en el diario El País, el 8 de febrero del 2015, p. 50.
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jueves, 25 de diciembre de 2014

Música y química de Gerardo Deniz

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Acaba de morir en la capital de México Juan Almela Castell. Tenía 80 años y había nacido en Madrid. Entre 1936 y 1942 vivió en Ginebra, pues su padre, hijo adoptivo de Pablo Iglesias, representó a la República en el Bureau International du Travail. Ya en México, donde llega la familia en 1942 a bordo del Nyassa, estudia en el Instituto Luis Vives, una de las instituciones educativas creadas por el exilio republicano español. Debido a las duras circunstancias económicas del momento, tras estudiar Química, tuvo que ponerse a trabajar y formarse como autodidacta, tanto en Ciencias como en Humanidades, pues sintió un gran interés por la lingüística, los idiomas y la música.
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Se ganó la vida con la traducción para prestigiosas casas editoriales, como FCE y Siglo XXI, vertiendo obras de Roman Jakobson, Georges Dumézil o Lévi-Straus, aunque desde mediados de los noventa fue miembro del Sistema Nacional de Creadores. Por lo que se refiere a su obra de creación, ha destacado sobre todo como poeta, alentado en sus orígenes por Octavio Paz, quien le facilitó la publicación de Adrede (1970), su primer libro, que además reseñó con elogio. Se mantuvo siempre vinculado a empresas culturales del autor de Caudrivio, las revistas Plural y Vuelta. Además, cultivó el cuento (Alebrijes, 1992) y la literatura memorialística (Paños menores, 2002). Firmó sus obras de ficción con el seudónimo de Gerardo Deniz, cuyo apellido en turco quiere decir mar. Con ellas ha obtenido dos de los premios más prestigiosos que se conceden en México, el Xavier Villaurrutia, en 1991, por Amor y Oxidente, y el de Poesía Aguascalientes 2008, por una recopilación de su obra, titulada Sobre la íes. Es mucho lo que lo singulariza del resto de los exiliados republicanos, pues apenas participó en sus iniciativas políticas y literarias, aunque habría que incluirlo en la denominada segunda generación del exilio o grupo de hispanomexicanos. Además, junto a Tomás Segovia fue de los pocos poetas de origen español aceptados plenamente en el sistema literario mexicano, tanto por los miembros de la generación del medio siglo, como por las voces autóctonas más jóvenes. Su original poesía se sustenta en un lenguaje renovador y poco solemne, en la imaginación y densidad de su escritura, que algunos consideraron difícil. Quizá para ellos escribió Visitas guiadas (2000), donde muestra su “lista de ingredientes, y casi nada más”.
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Nunca cultivó la condición de exiliado, ni formó parte de grupos ni capillas, sino que más bien ironizó sobre ello, sintiéndose un cosmopolita desarraigado, por ejemplo en los versos finales de “Héroes”, poema de su libro Gatuperio (1978). Y aunque le gustaba repetir que en toda su vida solo había pasado unos cuarenta días fuera del D.F., que se había pateado de arriba abajo en numerosas ocasiones, en 1992 pasó una temporada en España.     
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En nuestro país, quizá sea Eduardo Mateo Gambarte quien más se ha ocupado de su obra. La editorial Ave del Paraíso, probablemente por mediación de José Miguel Ullán, editó en Madrid su libro Fosa escéptica (2002), pero también pueden conocerse sus versos en dos antologías asequibles, al cuidado de Susana Rivera (Última voz del exilio. El grupo poético hispano-mexicano, 1990) y Bernard Sicot (Ecos del exilio. 13 poetas hispanomexicanos, 2003). Tras publicar su poesía y un disco, Erdera (2005), con la voz del autor, el FCE anuncia la edición de su prosa completa.
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Genio y figura, le dejó instrucciones a su hija, la actriz y directora de teatro Laura Almela, de que a su muerte evitara homenajes póstumos, lo incinerara y colocara sus cenizas en la chimenea del salón, para así poder seguir conversando incansablemente... Aunque tarde, y sin restarle un ápice a su mexicanidad, me gustaría reclamarlo también como escritor propio.
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* Esta necrológica ha aparecido publicada en el diario El País, el 24 de diciembre del 2014.
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domingo, 14 de diciembre de 2014

Ha muerto el profesor y escritor Rafael de Cózar

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Ayer me llegó la triste noticia de la muerte de Rafael de Cózar (Tetuán, 1951), parece ser que asfixiado por el estallido de una estufa en su casa de Bormujos, en Sevilla.  Hasta su reciente jubilación, había sido profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad de Sevilla. Era poeta y narrador, cultivador de la poesía visual y experto en la obra de Carlos Edmundo de Ory, siendo uno de sus mayores valedores. Pero quizá de lo que más orgulloso se sentía era de su amistad con Juan Eslava Galán y Arturo Pérez Reverte, quien lo había convertido en personaje de una de sus novelas protagonizadas por el capitán Alatriste. El verano pasado coincidimos en un curso de verano en San Roque, capitaneado por Pepe Jurado, y allí asistí a su conferencia, disfruté de su bonhomía, de su siempre grata conversación y de su excelente humor. Me regaló entonces una antología de poemas de José Moreno Villa publicada por la Junta de Andalucía, de la que se habían tirado, como figuraba en los créditos, cien mil ejemplares, por lo que se sentía muy orgulloso, y un libro de poemas suyos: Los huecos de la memoria (Ediciones En Huida, 2011). La firma y el dibujo que aparecen al pie formaban parte de la dedicatoria. Fito, como lo conocían sus amigos, con esas barbas de don  Pantuflo que llevaba, siempre vivió a lo grande, y ha muerto gozando del aprecio de todos los que tuvieron la fortuna de tratarlo.
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viernes, 29 de agosto de 2014

Tantos Vallcorbas

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Entre los grandes editores españoles de las últimas décadas, quizás el más atípico haya sido Jaume Vallcorba (Tarragona, 1949-Barcelona, 2014), tanto en lo personal como en lo académico y profesional. No en vano, fue Santiago y firmó VallcorbaPlana (todo junto). Pero despegó más actividades, como un temprano taller de serigrafía, Aiguadevidre. Se dio a conocer como poeta prometedor, aunque al fin y a la postre destacara como ensayista, investigador y editor de clásicos. La verdad es que lo conocí más bien poco, solo en encuentros esporádicos o intercambiando correos, a pesar de que coincidimos en un curso de doctorado que Francisco Rico impartía en su despacho, quien le mostraba afecto a pesar de lo poco que frecuentaba las clases. En la Autónoma de Barcelona se doctoró, fue lector en Burdeos (donde fundó la revista 4taxis que circulaba más entre los artistas que entre las gentes de la literatura) y profesor en diversas universidades catalanas, hasta que en el 2004 dejó la enseñanza para dedicarse solo a la edición. Pero mucho antes de todo eso coqueteó en Barcelona con los movimientos contraculturales.
            
A su sólida formación académica, y su estrecha amistad con Riquer, pues se convirtió en el editor de todos sus libros a partir de los ochenta, se unió una curiosidad siempre insatisfecha y un deseo por editar las grandes obras de la tradición occidental. Producto de todo ello fueron sus estudios sobre los trovadores, la Chanson de Roland, el Noucentisme o las ediciones de las obras de Josep Maria Junoy y J.V. Foix.

           

Volví a coincidir con él porque en 1983 diseñó mi primer libro que editó Antoni Bosch. Puso en la cubierta un cuadro de David Hockney, entonces muy poco conocido entre nosotros. Unos años antes, en 1979, había fundado la editorial Quaderns Crema (el nombre es un homenaje a los colores de los cuadernos que utilizaba Wittgenstein), donde editó tanto a autores consagrados o en vías de serlo (Ausiàs March, D´Ors, Carner, Trabal o Joan Ferraté), como a jóvenes que entonces iniciaban su trayectoria (Quim Monzó, Valentí Puig, Ramon Solsona, Sergi Pàmies, Ferrant Torrent o Empar Moliner), convirtiéndola en una editorial fundamental para la cultura y la literatura catalana. Mi única colaboración editorial con él fue el encargo de un prólogo, me imagino que por sugerencia del escritor, para una obra de Juan Perucho, Un silencio olvidado (Poesía, 1943-1947), publicada en 1995.
            
Después, en 1987, fundó Sirmio para editar obras en castellano, tanto ficción como ensayos y estudios, y allí aparecieron los primeros libros de Javier Cercas, la reedición de Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta, la poesía de Fonollosa, además de volúmenes de Riquer y Claudio Guillén, y otros autores que luego rescataría con más éxito en Acantilado. En realidad, entre una y otra se aprecia una absoluta continuidad, y solo se diferencian por el diseño y los cambios de gustos de los lectores.
            

Esa postrera gran aventura empezó en 1999, dando vida a libros clásicos y modernos, de creación y ensayo. Entre los primeros, solo cito unos pocos, nos encontramos con obras de Dante, Rabelais, Montaigne, Goethe o Tolstoi. Pero también a reputados narradores del siglo XX, que él popularizó, sobre todo centroeuropeos, como Stefan Zweig, el de mayor éxito, Josep Roth, Arthur Schnitzler, o el más actual Inre Kertész, cuyos derechos perdió por falta de generosidad. Y donde fracasó Tusquets, en la edición de las obras de Simenon, en cuidadas traducciones, se empeñó Vallcorba, poniendo de nuevo en el mercado aquellas versiones. También apostó por autores más jóvenes, editó la poesía de Roberto Bolaño y la de Andrés Neuman, o la narrativa de Berta Vias Mahou, junto a obras de diversos géneros de los más veteranos Rafael Argullol y Juan Antonio Masoliver Ródenas.
            
Pero si tuviera que escoger mis preferidos en estos últimos años, han sido los libros y traducciones de Rosa Sala Rose (impagable su Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo y su ed. de las Conversaciones con Goethe, de J.P. Eckermann) y Ramón Andrés, y los ensayos de Mario Praz, Marc Fumaroli, Antoine de Compagnon y, desde luego, los libros de microrrelatos de Alfred Polgar, Heimito von Doderer y Slavomir Mrozek, todos ellos comprados a tocateja, porque entre las muchas virtudes que tuvo como editor no destacaba precisamente la atención a la crítica. En cambio, editaba unos hermosos libros, de pulcro diseño y tipografía, en cuidadas traducciones.
 

           
Tras premiar su labor en Madrid y México, la Generalitat de Cataluña ha tenido que esperar a que tuviera los días contados para reconocer su labor, quizá porque no fue un patriota aspaventoso y fanático, como recordaba en su modélica necrológica Jordi Llovet.  

¿Qué pasará con Acantilado, quién se hará cargo de ella? ¿Existe, acaso, una personalidad semejante a la de su fundador que pueda mantener su atractiva línea editorial?
                         

viernes, 18 de abril de 2014

Casi cien años con García Márquez

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Hace muchos años me encontraba en un restaurante de Barcelona, creo recordar que estaba situado en la calle París, pues ya no existe, y nada más sentarme, el local estaba casi vacío, me di cuenta de que en el extremo opuesto, Carmen Balcells y García Márquez ocupaban una mesa. Un poco después, Carmen me saludó con una leve sonrisa, poco antes me había invitado a su casa a una cena en honor de Luis Goytisolo, y al cabo de un rato, un camarero me entregó un papel doblado de su parte, en el que me preguntaba si yo era Fernando Valls. Volví a mirarla y, claro, le hice un gesto de asentimiento. Ellos dos cuchichearon un rato, me miraron y volvieron a centrarse en su comida. Mi acompañante y yo terminamos de comer, pagamos la cuenta y antes de salir nos despedimos con un saludo discreto. Y no hubo nada más, aunque yo me quedé con las ganas de tomarme al menos un café y hacer un poco de sobremesa con el autor de Cien años de soledad, a quien había admirado tanto desde muy jovencito. Creo que no he vuelto a verlo en persona, ni tuve nunca ocasión de conocerlo, aunque sí haya leído todos sus libros, e incluso como un vulgar groupie o fan he curioseado alrededor de su casa en Cartagena de Indias.
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De todas formas, ninguno de su libros me ha impactado tanto como aquellos que leí antes de Cien años de soledad (1967), me refiero a La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1961), Los funerales de la mamá grande (1962) o La mala hora (1962), que yo entonces compraba en las dos librerías de Almería con libros literarios: la papelería España y la librería Cajal. Hacia finales de los sesenta, mi madre hizo un viaje a Madrid, yo era todavía estudiante de bachillerato, y le pedí que me trajera como regalo Cien años de soledad, en la ed. de Sudamericana, la única existente en aquel tiempo, con una curiosa cubierta de Vicente Rojo que me llamó mucho la atención. Como también me picó la curiosidad la dedicatoria, dirigida a un tal Jomí, del que mucho después me enteré que era un escritor español exiliado en México, e íntimo amigo del autor.   
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Pero García Márquez fue, antes que nada, un excelente periodista, cuyos artículos y crónicas se siguen leyendo con la frescura de lo recién hecho, no hay nada más que volver a su Relato de un náufrago, que data de 1955, para darse cuenta de que a veces, no siempre como ahora se dice, el periodismo puede formar parte de la mejor literatura. Quizá lo que más llamaba la atención era la habilidad con que abordaba la realidad y su desaforada imaginación, la claridad y concisión de su escritura, los sentimientos y la acerada crítica social, el manejo de la tradición oral y la literatura culta, ya remitiera a Esquilo, ya a Faulkner, Kafka o Virginia Woolf. 
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Después vendría en Nobel en 1982, o libros tan importantes como El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981) o El amor en los tiempos del cólera (1985), por recordar los que prefiero, pero toda esta historia ya es archisabida.
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Los que nacimos a mediados de los cincuenta y nos fascinaba la literatura, las obras de García Márquez, junto a las de Borges, Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Cortázar y Vargas Llosa, sobre todo, supusieron en aquellos primeros años de lectores, durante los últimos del bachillerato, un descubrimiento deslumbrante, y puedo confesar, de hecho, que gracias a libros como Ficciones, El siglo de las luces, Pedro Páramo, Rayuela, Cien años de soledad o La casa verde me dediqué finalmente a la literatura.    
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* Ambas caricaturas son gentileza de LPO.
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jueves, 6 de febrero de 2014

Homenaje a Félix Grande


La majestad del compromiso
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Sólo son verdaderas
las palabras irreparables
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El amor es precipitado.
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Por cada palabra de astucia
de paciencia o temor
de incertidumbre o de cautela
que manche a nuestra boca,
un amante en su tumba
se volverá de espaldas coronado de asco.
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Ten respeto al descanso de los muertos
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Comprométete o calla ..............Ven o vete...
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lunes, 3 de febrero de 2014

Homenaje a Fernando Ortiz

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SIGNOS VANOS

A esta hora de la noche, en Cuernavaca, el cónsul inglés Firmin
        ha salido de smoking, llueve, llueve, en busca de unos tra-
        gos de mezcal o de whisky.
Y Swann pide un coche que le lleve al salón de Madame

        Verdurin, donde quizá esté Odette.
En el destierro, allá en el Ponto Euxino, una tierra de bárbaros,

        lágrimas asoman a los ojos de Ovidio cuando acude a su
        mente la memoria de los últimos años pasados en Roma, y
        termina vertiéndolas a través de su cálamo.
Alto en su soledad, Luis Cernuda esperaba el acorde: momento
        intemporal, suma de los momentos temporales y placeres
        terrestres.
Y un estertor de Mozart era Eliot, esperando en su desolado
        Miércoles de Ceniza que el fuego y las rosas fueran uno.
Y Dante, güelfos y gibelinos, a la espera de las causas finales,
        Beatrice.
A esta hora de la noche Ricardo Molina, bajo la pálida luz del
        moriles, escucha el trueno sombrío y sordo del flamenco
        en alguna taberna de la Córdoba oscura.
Y hay quien se dispone a salir esta noche tan cálida a tomar unas
        copas con algunos amigos.
Y quien tiende en el patio interior la ropa íntima —mañana habrá
        que levantarse pronto y acudir al trabajo—.
Ya se apaga la luz de la mesilla y el libro cae de las manos.
El último pitillo es apagado, los dientes limpios, las cremas hidra-
        tantes, adiós, adiós, hasta mañana.
Los amantes se duermen, los cuerpos distendidos, después del
        viejo rito de la espera y el goce.
Y hay quien nace, quien agoniza lentísimamente o dobla la cabe-
        za de súbito.
Y esto también es rito y es espera, como lo es el giro de los astros
        y las constelaciones.
¿Verdad, Bernardo Soares, que interrogabas a las estrellas desde
        tu humilde cuarto de Rua dos Douradores?
Hasta mañana, Eugenio Montale, no podrás ver —y eso si la lluvia
        te deja— a través de un portón mal cerrado, el amarillo de
        los limones que deshielan tu corazón.
Mientras llega esa hora, Fernando, que todos esperamos y a todos
        se nos niega, no pienses, abandónate al sueño. Y olvida sig-
        nos vanos. 
 
 
 

* Fernando Ortiz (Sevilla, 1947-2014) ha sido poeta y articulista muy notable. Su obra puede leerse en la antología Versos y años. Poesía 1975-2003, publicada en la excelente colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2003. La ed. es del poeta y ensayista Emilio Barón. Esta pieza pertenece al libro Marzo (1986).

jueves, 16 de enero de 2014

Recuerdo de Juan Gelman

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Con 83 años ha muerto en México, donde vivía desde 1988, el gran poeta argentino Juan Gelman, uno de los renovadores fundamentales de la lengua española, pues su obra transcurre a menudo en los límites del lenguaje. Su vida y probablemente también su obra poética estuvo marcada por el secuestro en 1976 de su hijo, y de su nuera embarazada, por miembros de la dictadura militar de Videla. A Macarena Gelman, su nieta, tardó en encontrarla 23 años, tras numerosas pesquisas. Dados los hechos, jamás quiso volver a su país. Obtuvo todos los grandes premios que se conceden a los autores de nuestro idioma, desde el Cervantes al Juan Rulfo. Más que un poeta hermético, como a veces se le ha definido, fue alguien que confiaba en el lector, obligándolo con  su esfuerzo a un ejercicio de complicidad. De Gelman puede decirse que ensanchó el lenguaje, las palabras de la tribu, por decirlo a la manera de José Ángel Valente, que fue quien me descubrió al poeta argentino, allá por los años setenta. Hace un par de años lo oí leer sus versos en Barcelona, en la Casa de América, y eso es algo que no se olvida. Su obra ha circulado sin dificultad alguna, pero voy a recomendar dos ediciones asequibles y con buenos prólogos: Poesía reunida. 1956-2010, Seix Barral, Barcelona, 2012. Prólogos de Julio Cortázar y Pere Gimferrer; y Otromundo. Antología 1956-2007, F.C.E. y Universidad de Alcalá, Madrid, 2008. Selección de Eduardo Hurtado y prólogo de Carlos Monsiváis. Os dejo un poema del libro Dibaxu (1994).
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XVI
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cuando esté muerto
oiré todavía
el temblor
de tu saya en el viento/
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alguien que leyó estos versos
preguntó: `¿cómo así?/
¿qué oirás? ¿qué temblor?/
¿qué saya?/ ¿qué viento?/
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le dije que callara/
que se sentara a mi mesa/
que bebiera mi vino/
que escribiera estos versos:
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`cuando esté muerto
oiré todavía
el temblor
de tu saya en el viento´/
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jueves, 9 de enero de 2014

Fallece Josep Maria Castellet, el último crítico literario de la postguerra

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Con el fallecimiento de  Castellet, quien nació en Barcelona en 1926, nos quedamos sin el último crítico literario significativo de la literatura española y catalana de postguerra. Ha sido, además, editor y autor de varios libros de memorias y dietarios. Estudio el bachillerato en el Instituto Balmes, donde fue alumno de Guillermo Díaz-Plaja y compañero de clase del futuro filósofo y activista político Manuel Sacristán. Por empeño de su padre se licenció en Derecho en la Universidad de Barcelona. A lo largo de su dilatada existencia cultivó la crítica en numerosas revistas, como Laye, Ínsula, RevistaPapeles de Son Armadans, Serra d´Or o L´Avenç. Entre sus libros destacan: Notas sobre literatura española contemporánea (1955) y La hora del lector (1957); Poesia, realisme, història (1965); Lectura de Marcuse (1971); Iniciación a la poesía de Salvador Espriu (1971), con el que obtuvo el premio Taurus; Literatura, ideología y política (1976) y Josep Pla o la raó narrativa (1977), por el que se le concedió el premio Josep Pla 1977. Pero también fue autor o coautor de varias antologías imprescindibles para entender tanto la poesía en castellano como en catalán: Veinte años de poesía española (1959), ampliado en 1966 con el título de Un cuarto de siglo de poesía española; Poesia catalana del segle XX (1963), concebida como "una antología de combate", y Ocho siglos de poesía catalana (1969), ambas en colaboración con Joaquim Molas, y la Antología general de la poesia catalana (1979); así como la muy influyente y caprichosa antología Nueve novísimos poetas españoles (1970). Aunque quizá su mejor libro sea Los escenarios de la memoria (Anagrama, 1988), que ha tenido continuación en Dietari de 1973 (2007), Seductores, ilustrados y visionarios. Seis personajes en tiempos adversos (Anagrama, 2010) y Memòries confidencials d'un editor. Tres escriptors amics (2012).
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En 1955 se incorporó a la editorial Seix Barral, convirtiéndose en uno de los colaboradores más importantes de Carlos Barral, hasta que en 1964 pasó a ser director literario de la recién fundada Edicions 62, donde creó colecciones como El balancí o Antologia catalana, y las populares series MOLC (Les millors obres de la Literatura Catalana) y MOLU (Les millors obres de la Literatura Universal); y de la editorial Península, contando en estas dos últimas empresas con la impagable colaboración de J.F. Yvars y Àlex Broch. Sin embargo, solía lamentarse de que el trabajo editorial - se jubiló en 1996- no le hubiera permitido escribir más, hacer una obra mayor como ensayista, memorialista y autor de retratos literarios. Entre los numerosos premios que ha obtenido, destaca el de las Letras españolas, en el 2010. A pesar de que contaba con 87 no había dejado de trabajar. Parece ser que los últimos proyectos que tenía entre manos, lo han contado Jorge Herralde y Pilar Beltrán, la actual editora de 62, eran un ensayo sobre los cinco jóvenes que en 1956 crearon la primera célula comunista universitaria en Barcelona: Luis Goytisolo, Nissa Torrents, Salvador Clotas, Octavi Pellisa y Joaquim Horta; y la edición de la correspondencia con Joan Ferraté. 
En el trato personal, Castellet fue siempre un hombre amable, complaciente y generoso, con un afilado sentido del humor y una capacidad de encaje ante las críticas -sobre todo cuando se hablaba de sus antologías de 1959 y 1970, o lo llamaban el mestre no sin cierta ironía, o mandarín- como pocas veces he visto.    .......
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viernes, 3 de enero de 2014

Ha muerto el profesor y ensayista literario Antonio Blanch

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El jesuita, escritor y crítico literario, Antonio Blanch (1924-2013), ha muerto en Barcelona a la edad de 89 años. Tenía una sólida formación humanística, pues se había licenciado en Filosofía, en el Heythorp College de Londres, y luego en Teología, en Lovaina, para doctorarse en París con una tesis que acabó convirtiéndose en libro: La poesía española conexiones con la cultura francesa, publicada en 1976 por la prestigiosa editorial Gredos. Fue profesor de Literatura Comparada en la sede madrileña de la Universidad Pontificia de Comillas y hasta el 2001 fue director del Instituto Fe y Secularidad. Durante todos esos años vivió en Madrid, pero al regresar a Barcelona, entre el 2007 y el 2010, fue responsable del Centro Borja de Sant Cugat del Vallès (Barcelona), siendo además presidente de la comunidad. Dirigió la revista cultural Reseña desde su fundación en 1964, hasta su desaparición, y fue responsable, desde 1967, de la sección de crítica literaria de la revista Razón y fe. Pero, además, colaboró en publicaciones como la Revista Latinoamericana de Cultura en los Cuadernos de Cristianismo y Justicia, de cuyo centro de estudios, promovido por la Compañía de Jesús en Cataluña, formaba parte, y donde en marzo de este mismo año apareció su trabajo: León Tolstoi, un profeta político y evangélico. En 1999 se le concedió en Pisa el Premio Ultimo Novecento. Entre sus publicaciones destacan los siguientes libros: La trascendencia lírica (Narcea, 1981), El hombre imaginario. Una antropología literaria (PPC, 1995) y El espíritu de la letra. Acercamiento creyente a la literatura (PPC, 2002). Entre 1987 y 1991 fue presidente de la Asociación Española de Críticos Literarios, formando parte del jurado que concede el Premio de la Crítica en numerosas ocasiones..........


* Esta necrológica ha aparecido publicada en el diario El País, el 2 de enero del 2014. En la foto aparece con Neria De Giovann, presidenta de la Asociación Internacional de Críticos Literarios, en Morra de Sanctis (Campania, Italia).
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jueves, 28 de noviembre de 2013

La escritora y periodista Enriqueta Antolín ha muerto

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a los 72 años. Su última novela,  Qué escribes, Pamela, la publicó la editorial palentina Menoscuarto en el 2012, ciudad en la que había nacido. Kety, como la llamaban sus amigos, fue una persona muy apreciada por todos aquellos que cultivaron el periodismo cultural a finales del siglo pasado, en el semanario Cambio 16 y los diarios El SolEl País. En esta materia habría que destacar su libro de conversaciones con Francisco Ayala, titulado Ayala sin olvidos (1993). Como autora de ficción, tiene en su haber varias novelas y libros de cuentos, así como diversos volúmenes de literatura infantil, protagonizados por Kris: Kris y su panda ¡en la selva! (1998), Kris y los misterios de la vida (1999) o Kris y el verano del piano (2000).   
La vi por última vez en febrero, cuando presentamos en Madrid, en la librería Tres rosas amarillas, la antología de microrrelatos Mar de pirañas. Se presentó por sorpresa, con el escritor Andrés Berlanga, su marido, el autor de La gaznápira, y se colocaron en primera fila. Es probable que la mayoría de los escritores jóvenes allí presentes no supiera de quién se trataba. Pero tanto Juan Pedro Aparicio, que presentaba el libro, como yo, conocíamos perfectamente quiénes eran y, además, habíamos disfrutado con sus libros: La gata con alas (1992), premio Tigre Juan, mi preferido, Regiones devastadas (1995), Mujer de aire (1997) o Cuentos con  Rita (2003), por solo citar unos pocos títulos. Es probable que como era una mujer elegante y sumamente discreta, alejada desde hace mucho tiempo de los ambientes literarios, de los que había formado parte en otra época, no se le prestara a su obra la atención que merecía.     
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