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sábado, 27 de noviembre de 2010

Nuevos estudios sobre Vázquez Montalbán

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En este volumen se recogen un buen puñado de trabajos que tienen su origen en un congreso que la Universidad de Berna, el profesor José Manuel López de Abiada, le dedicó en el 2005 a Manuel Vázquez Montalbán. Entre los autores se encuentran algunos de los mejores especialistas en la obra del autor de Galíndez, novela a la que se le dedican varios estudios (sólo uno de ellos tiene más de 100 páginas), encabezados por Georges Tyras. Pero quizá lo más interesante sea que se recogen también estudios sobre aspectos periféricos, mal atendidos hasta ahora (las crónicas y ensayos, su pensamiento histórico político, la gastronomía), de su polifacética producción intelectual, o de sus relaciones con otros autores, como Juan Marsé (en un trabajo de María Esperanza Domínguez).
Tras echarle una mirada al índice (me llama la atención la ausencia de Mari Paz Balibrea, Manuel Rico o Quim Aranda, expertos en su obra), me he ido al artículo de Joaquín Parellada, sobre el cuento "1945", y tengo que decir que me ha parecido modélico. En cambio, resulta preocupante que uno de los libros más disparatados y peor escritos que he leído nunca, el que Teresa Vilarós le dedicó a la cultural española durante la transición, sea citado una y otra vez, y tomado en serio. Se echa de menos, además, algún ensayo sobre su importante obra poética. Pero, en conjunto, es un libro muy útil para todos los numerosos lectores del autor de Los mares del sur, e imprescindible para los estudiosos de su obra.
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domingo, 24 de mayo de 2009

¿Normas, géneros? ¿Hubo vida en la literatura antes de nosotros?

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A veces, leyendo las declaraciones que hacen los escritores, los más ingenuos y adanistas, tengo la impresión de que creen que todo ha surgido de la nada, que ellos son los pioneros... Para algunos autores, cada vez para más, no existen los géneros, ni las normas, ni apenas nada, ni siquiera una historia literaria previa, unas tradiciones (el plural es obligado). Y quizá todo ello sea producto de un deconocimiento profundo, del que resulta un cansino bla, bla, bla, que ya no sólo invade la prensa del corazón. Siempre hemos pensado que no se puede ser escritor sin ser lector; pero no parece necesario que el autor exigente tenga que ser siempre consciente de todos los mecanismos de los que se vale su escritura. Aunque si algo caracteriza a la literatura contemporánea, del XX, es el hecho de que casi todos los grandes autores hayan sido también brillantes críticos. El casi deja la puerta abierta a las excepciones.
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De la misma forma que los artistas parten de la tradición, de los géneros, para transformarlos y trastocarlos, como es su obligación; los escritores parten siempre de unas normas, de una retórica establecida que deberían, si su obra es lo suficientemente ambiciosa, intentar transgredir. Pero, al fin y a la postre, lo que cuenta siempre son los resultados, las obras, no los manifiestos, ni las afirmaciones que se hacen en las entrevistas, aunque todo pesa y debe tenerse en cuenta, a la hora de entender una obra literaria ambiciosa.
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Estos días pasados, preparando una conferencia que daré en Madrid sobre el cuento español actual, he leído con gusto y placer un par de libros de cuentos recientes, premiados, que les aconsejo mucho. Se trata de La marca de Creta (Ediciones del Viento, 2008), de Óscar Esquivias, y Mirar el agua (Páginas de espuma, 2009), de Javier Sáez de Ibarra. Volveré a ocuparme de ellos pronto, y con mucho más detenimiento, claro.
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* El cuadro es de Vilhelm Hammershoi.
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sábado, 27 de septiembre de 2008

Antonio Gala y la crítica

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Antonio Gala, "el maestro español de la novela romántica", como lo denomina Begoña Piña, esperemos que con ironía, en una entrevista publicada en Qué leer, comenta que "hay algo en la crítica un poco nefasto, superficial. Ningún escritor verdadero se dedica a la crítica". Claro que, en esa misma conversación, un par de páginas antes, afirma que "verdaderamente, sólo se insulta lo que se ama". Con lo que uno no sabe ya a qué carta quedarse...
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Veamos. El autor de El manuscrito carmesí apunta contra varios objetivos a la vez: contra los críticos, propiamente dichos, y contra los escritores que han cultivado la crítica, con lo que -según él- dejan de ser verdaderos. Buena prueba de ello son, pongamos sólo unos pocos ejemplos, Juan Ramón Jiménez, T.S. Eliot, Luis Cernuda, Octavio Paz y José Ángel Valente, por no hacer una lista interminable. A no ser que, de lo que Gala se queje sea de esos escritores, se da más entre los poetas, que utilizan la crítica como intercambio de alabanzas y favores, con lo que entonces no le faltaría razón. No olvidemos que el señor Gala acaba de recordarnos que, en realidad, sólo insulta lo que ama, de donde no nos queda más remedio que deducir que ama a los críticos, tanto a los propiamente dichos, como a los escritores que cultivan la crítica.
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En cualquier caso, y déjemonos de galimatías, parece evidente que los críticos literarios más sensatos no se lo han tomado nunca demasiado en serio, puesto que debe de ser uno de los escritores más cursis e insustanciales de las últimas décadas. Y aun así no deja de ser humano que Gala tenga sus propias ambiciones. Me consta, por otro lado, que a pesar del mucho dinero y la fama obtenida con sus libros, hubiera cedido una buena parte de esas rentas por tener una presencia más relevante en las historias de la literatura. Pero, claro, no siempre puede tenerse todo.
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Lo cierto es que, leyendo la entrevista, he recordado unos versos de Shakespeare, puestos en boca de quien luego se convertirá en Ricardo III, dichos tras la seducción de Ana Neville:
Brilla, hermoso sol, hasta que compre un espejo,
Para que pueda ver mi sombra mientras paso.
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martes, 16 de septiembre de 2008

David Foster Wallace por Eduardo Lago

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Se suicidó el narrador DFW a la edad de 46, bañando en lágrimas los blogs del planeta. Él mismo había hecho alusión en varias ocasiones a su extraña naturaleza autodestructiva. Gozaba en España de un público fervoroso, me parece que -sobre todo- entre los lectores y los escritores más jóvenes, quienes lo contaban entre sus preferidos (lo tradujo uno de ellos, Javier Calvo, para Mondadori), por libros como La niña del pelo raro (1989), La broma infinita (1996), su obra más ambiciosa, o Breves entrevistas con hombres repulsivos (1999). Sus antecesores fueron nada menos que Pynchon, DeLillo y Robert Coover.
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Como todo esto es más que sabido, quisiera resaltar, por alejarme un poco de la tónica general, el valor que en un momento dado puede tener la reflexión crítica; cómo en dos folios, cuando se conocen los libros en profundidad, puede explicarse la novedad de una obra, su significado, el porqué de su valor, tal y como hace Eduardo Lago, en las páginas de El País, a propósito del narrador y ensayista norteamericano. En suma, de qué modo un escritor importante, se trata nada menos que del autor de Llámame Brooklyn, puede mostrarnos con claridad meridiana, de forma sintética, el contexto generacional, el interés de una literatura, proporcionándonos sus claves, llamando la atención sobre la soledad y amargura que destilaban los libros de DFW, su esencial visión crítica del mundo, así como sus ribetes experimentales. Eduardo Lago nos explica lo que esta obra tiene de innovadora, pero también su emoción insustituible ("Lo esencial es la emoción [...], la buena literatura te hace sentir un nudo en la boca del estómago", ha escrito DFW); la influencia de las nuevas tecnologías, pero a la vez la conciencia de sus carencias.
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La mayoría de sus seguidores españoles, por desgracia, sólo se quedaron con una parte de su complejo discurso, con la sal gorda, olvidándose de otras facetas no menos sustanciales. DFW supo contarnos su propio tiempo, que es el nuestro, valiéndose de las herramientas literarias más adecuadas para hacerlo, pero anclado en una tradición que conocía al dedillo, al contrario que muchos de los que han intentado seguir su estela entre nosotros. Y en eso estriba, creo, la diferencia entre las obras llamadas a perdurar y las destinadas a olvidarse pronto.
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viernes, 18 de julio de 2008

Más sobre la crítica literaria

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En la entrada que le dediqué ayer a la crítica literaria, preferí no hacer ningún comentario sobre la intervención de la editora Elena Ramírez en un curso de verano dedicado a la narrativa española actual, patrocinado por el grupo Planeta, hasta haberme cerciorado de que El Cultural de El Mundo había recogido sus afirmaciones con fidelidad. Para ello me dirigí a la editora, quien tuvo la amabilidad de mandarme su intervención completa, si bien prefiere -por ahora- no hacerla pública, como yo le sugería. Y a pesar de que, en cierta forma, ya lo sea desde el momento en que se leyó, voy a respetar su voluntad, no utilizando lo que se afirma en el texto. Sólo voy a ocuparme, pues, de uno de los puntos aparecidos en El Cultural que tampoco es desmentido en el documento completo. Antes bien, se abunda en el mismo asunto.
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A partir de esta afirmación, "nunca escuches a la crítica: ni lo bueno ni lo malo", incluida en unos consejos que les daba a los autores noveles, no he podido dejar de plantearme la siguientes cuestiones:
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1. ¿Resulta sensato que la directora de una editorial literaria les aconseje a los escritores primerizos que no lean las críticas?
2. ¿Acaso no mandan esas mismas novelas a los críticos? ¿O sólo se las mandan para que las conserven o para que las lean, pero no para que opinen?
2. ¿Hay algún autor, uno solo, que haya pedido que no le incluyan en el dossier de prensa las críticas que aparecen de su libro?
3. ¿Quizá preferirían los editores que la crítica no se ocupara de los autores noveles?
4. ¿Leyó Irene Zoé Alameda, por citar a una autora primeriza, las críticas que salieron de su novela?
5. ¿Por qué se invitó, entonces, a críticos al curso, si tan perniciosas se consideran sus opiniones para los tiernos ojos de los narradores noveles? Y puesto que allí estuvo, por ejemplo, Jordi Gracia (no dejó bien en El País, precisamente, la última novela de Juan José Millás) no puede pensarse que sólo invitaran a los críticos que se mostraban complacientes.
y 6. Y lo más grave: ¿qué sentido tiene que una universidad pública acoja un curso sobre la narrativa española actual, patrocinado por el grupo Planeta? ¿Qué garantía de independencia y de rigor intelectual puede tener? Es evidente que ninguna.
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P. D. Ahora puede leerse el decálogo completo de Elena Ramírez en el blog de David González T., El hueco del viernes.
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* Dino Valls, Lacrimae.

jueves, 17 de julio de 2008

La crítica literaria

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1. En El cultural, del diario El Mundo, se recoge hoy el decálogo que la editora Elena Ramírez, de Seix Barral, dirige a los escritores noveles en curso. En uno de sus puntos, dejemos los otros por ahora, afirma: "Nunca escuches a la crítica: ni lo bueno ni lo malo"............


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y 2. En su "Diario de Zúrich", incluído en Aquella mitad de mi tiempo (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2008), Javier Marías escribe: "Puede que sea cierto en alguna ocasión, pero me cuesta creer a los autores que aseguran ser del todo inmunes a la crítica. No tanto porque ésta puede ser negativa (a eso no es difícil ser inmune) cuanto porque el recibimiento y entendimiento de un libro acaban por erigirse en un reflejo para el autor de su tarea, los textos tienen una vida pública que viene a ser como sus biografías adultas y que contribuye así a definirlos o configurarlos, a darles la última pincelada".
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* Dino Valls, Insania. .