viernes, 27 de febrero de 2015

In memoriam del Dr. Spock

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Para Ángel Zapata
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Y el homenaje del repelente doctor Sheldon Cooper en The Big Band Theory
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lunes, 23 de febrero de 2015

Viaje al subsuelo, por Emilia Oliva



A Jesús Mª Ayuso

Toda ciudad esconde entre los paños de sus muros y las capas de pavimento de sus calles las ciudades que fue. Hay otras ciudades que elevan por encima de sus techumbres la ciudad que sueñan los que las habitan. A veces el rastro de las ciudades que quedaron sepultadas con el paso de los años permanece invisible como un hecho de historia escondido en libros y museos. Hay ciudades que fueron arrasadas para que no quedara piedra sobre piedra y apenas hay quien guarde memoria de lo que fueron.  Los sueños de la ciudad que será suelen deshacerse deletéreos como desdibuja el viento la aglomeración de gotitas de agua que dan formas caprichosas a las nubes. No es el caso de Cracovia. Cracovia se reclama como ciudad futura y hace visibles las huellas de las ciudades que fue en el museo subterráneo bajo la Plaza del Mercado y el Sukiennice, la lonja de los paños.
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Obras en la Plaza del Mercado: descubrimiento de la ciudad del subsuelo que dará origen al museo subterráneo.
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Con cierto descaro, el dimorfismo de la ciudad queda patente en la planta escorada de la iglesia de Santa María, en sus dos torres disparejas, en sus dos ciudades, la ciudad que recorre el viajero y la del subsuelo: la del día y la de la noche; la del artesano y la del que comercia con el deseo. Están las calles que pisa el viajero en el siglo XXI y están en ellas los innumerables memoriales y distintivos que tejen el pasado visible al hoy y al futuro que se vislumbra. Sorprende que pese a no disponer sus habitantes de una lengua románica, la lengua que habla la ciudad sea el latín.

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Presente en muchos de sus edificios, las sentencias latinas grabadas en piedra o dibujadas en la fachada, “Plus ratio quam vis” (Más vale la razón que la fuerza), alcanzan también a las dependencias universitarias que conservan su nombre originario en latín, Collegium Maius, o nombra los nuevos edificios ligados a la institución universitaria, Collegium Novum. De tal modo que incluso antes de visitar el interior de sus monumentos, la arquitectura  resulta familiar al viajero español que no se siente extraño en la tierra que pisa porque un sustrato común les habita, la cultura europea que tuvo su nacimiento en el Mediterráneo y que hizo del uso de la razón su estandarte, y también el Cristianismo. Sin embargo, en Cracovia y sus alrededores es patente el hecho de que haber matado al dragón no exime del renacimiento de la barbarie.
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Si ya alertó Goya de que el sueño de la razón produce monstruos, Cracovia y toda Polonia habrían de ser los testigos y los cómplices de una de sus más terribles pesadillas. La tierra que guarda en sus entrañas la maravilla arquitectónica de sus grutas de sal, expone a cielo abierto las huellas del expolio y exterminio del que es capaz el ser racional tomando como subterfugios argumentos científicos, ayudándose del saber tecnológico y del poder del Estado.  El viaje a los lugares de la memoria del Holocausto constituye un viaje a través de una espesa niebla: de hechos reconstruidos a partir de la memoria de los supervivientes; de restos arqueológicos que no pueden tener el tratamiento de tales porque revelan hechos de una historia demasiado reciente y configuran, sin hacerlo visible, un inmenso cementerio. No hay lápidas, no hay nombres. Hay cabellos, zapatos, maletas, cepillos de dientes, gafas, fotos, de frente y de perfil, hay  números en los brazos de los niños que cifran la burocracia que, con total normalidad, se puso en marcha para construir esa gran fábrica de la muerte, inacabada -a dios gracias- y ahora en ruinas.
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No hay lápidas, pero sí hay nombres, un enorme volumen vertical que ocupa una sala entera en el pabellón de Yad Vashem, un listado inabarcable de desaparecidos. No hay lápidas, pero hay fotos revistiendo las paredes con registro de entrada y salida del prisionero, del deportado. La inmensa mayoría no duraban más que un día. Otros algunos días, unas semanas. Los más afortunados, meses. Alguna excepción alcanzó el año.
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La vida en el infierno de la miseria, la desolación más absoluta, la incertidumbre y el engaño permanentes no sigue el péndulo ni el tictac objetivo de los relojes. La verdadera dimensión del tiempo subjetivo que la sinrazón provoca sigue el compás de la supervivencia: sobrevivir / no sobrevivir. El hambre, el dolor, la enfermedad, los parásitos... el frío, la glacial Polonia. No hay lápidas, el humo de los crematorios se desvaneció, pero emerge de la tierra, a trechos, el gris compacto de la ceniza. Cincelados a golpe de uña los ladrillos hablan de las mujeres que dejaron su rastro, su nombre, quien de él había sido desposeído. Convirtieron sus cuerpos en cenizas, y su ausencia desvela, a contra luz, al hombre desalmado en el seno de una sociedad ufana de sus altas cotas de civilización y de progreso. Pasó en Europa, ayer mismo: un 27 de enero de hace setenta años el ejército ruso liberó el campo de Auschwitz. En estos setenta años el sueño de la razón sigue produciendo monstruos todo a lo largo y ancho del planeta. Europa no ha sido vacunada contra el holocausto, ni contra el genocidio, contra lo que pudiera parecer. Los optimistas y los ingenuos se aferran a la idea de que el conocimiento de lo que sucedió evitará que vuelva a producirse. Si así de sencillo fuera, el conocimiento de todas las guerras y atrocidades que en el mundo han sido nos habría vacunado definitivamente contra ellas. Y, sin embargo, varios frentes abiertos circundan el Sur y el Este de Europa. Pueblos enteros están siendo masacrados por el mero hecho de ser cristianos, coptos o yazidíes. El antisemitismo sigue más que latente y actúa, aquí y allá, dejando un reguero de muerte. Basándose en este fracaso de la razón hay quien por la fuerza de las armas y del terror pretende barrer los principios sobre los que la civilización occidental se asienta: la libertad de pensamiento y de expresión. Son hijos de la razón, educados en nuestras aulas, los que abrazan sin asomo de duda la inmolación y el terrorismo. Lejos quedan las palabras de Georges Brassens “Mourir pour les idées, d'accord, mais de mort lente” Y muy cerca, en cambio, la advertencia de Antonio Machado en labios de Juan de Mairena de que habremos de tomar partido con lo que ello implica: “Tomar partido es no sólo renunciar a las razones de vuestros adversarios, sino también a las vuestras, abolir el diálogo, renunciar, en suma, a la razón humana. Si lo miráis despacio, comprenderéis el arduo problema de vuestro porvenir: habéis de retroceder a la barbarie, cargados de razón”.

* Las fotos son de Jesús Mª Ayuso, catedrático de Filosofía del IES Francisco de Orellana.
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miércoles, 18 de febrero de 2015

Sobre `Como la sombra que se va´, de Antonio Muñoz Molina

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DE MEMPHIS A LISBOA: HISTORIA, VIDA PRIVADA Y LITERATURA
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Desde que existe la ficción literaria, pongamos el Cantar del Cid o el Quijote, no ha dejado de producirse un flujo constante entre realidad y ficción, aunque en las últimas décadas ese trasvase no solo se haya incrementado sino que ha ido adoptando otras formas y mecanismos. Muñoz Molina se ha valido a menudo de este procedimiento, que vuelve a utilizar con plena conciencia dentro de una tradición en la que destaca, entre otros nombres, a Manuel Chaves Nogales, Josep Pla, Truman Capote (a quien se describe en esta novela como “un sujeto con ademanes de marica y voz aguda de enano, un escritor al parecer experto en crímenes”, p. 230), John Hersey, Patrick Modiano o Emmanuele Carrere.
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En Como la sombra que se va (Seix Barral, Barcelona, 2014), afortunado título que procede de un salmo de la Biblia, a la que se suma una atractiva cubierta, se cuenta en esencia dos historias: la de James Earl Ray, el hombre que en 1968 asesinó a Martin Luther King, narrada casi toda ella en tercera persona. Y la del autor, en 1987, cuando estaba casado, tenía dos hijos pequeños, trabajaba como funcionario en el Ayuntamiento de Granada e intentaba escribir El invierno en Lisboa, al tiempo que se sentía insatisfecho con su vida privada y profesional. Esta segunda historia, que transcurre también en Granada y Madrid, arranca en el tercer capítulo, con un remedo del inicio de Pedro Páramo, presente también en Beltenebros. Se trata de dos huidas a una misma ciudad, la capital portuguesa, que comparte protagonismo con los personajes principales del relato. La acción se centra, sobre todo, en tres fechas: 1968, 1987 y 2012, momento este último en que surge la idea de la novela y su autor empieza a escribirla, cuando viaja de nuevo a Lisboa para celebrar el cumpleaños de su hijo, acompañado por Elvira Lindo (p. 387). Aunque también se aluda tanto a 1991, como al presente narrativo, en el 2014 (p. 259).
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Confluyen, en definitiva, dos historias muy distintas, ambas indagatorias, alternándose a lo largo de los capítulos: una, la referida a Ray, aparece exhaustivamente documentada y, en parte, imaginada; la otra, meramente autobiográfica, confesional y vivida. Asimismo, este último relato resulta –por así decir- expiatorio, la confesión de una culpa, a la vez que exultante, al recordar cómo conoció a su nueva mujer y fue gestándose el amor, evocando diversos momentos juntos. El tratamiento que le concede a Ray, un tipo tímido, embustero, sociópata y racista, con una infancia durísima, víctima –según él- de una conspiración, es tan minucioso que acaba resultando desmesurado, hasta el punto de que termina ahogando la historia, diluyendo lo significativo en mil detalles innecesarios. Sí resulta pertinente, por el contrario, el contexto social de esta trama: el `Movimiento de los derechos civiles´ en los Estados Unidos, la marcha sobre Washington, la lucha por la igualdad y la tolerancia.
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Diluida entre ambas historias, nos encontramos con una reflexión en torno a su evolución como escritor (en 1987, reconoce, “escribía de oídas”, p. 388), y el género novela, y más en concreto, acerca de cómo escribió El invierno en Lisboa (1987), amén de diversos comentarios sobre aspectos distintos de la narración, bien sean los inicios y finales (pp. 133, 353, 384-386 y 526), bien los nombres de los personajes (pp. 82 y 124-126). Para Muñoz Molina, “la novela simplifica la vida. La simplifica y la calma” (p. 522), pero la esencia de su poética estriba en extraer lo literario de lo real, pues opina –a la manera de Mark Twain- que la realidad es suficiente y vuelve irrelevante la ficción (p. 453), o que “la imaginación no se alimenta de lo inventado sino de los sucedido” (p. 523). Es, sin  duda, la poética hoy imperante, aunque no le falten detractores tan notables como Juan Marsé.
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Las dos historias, aunque casan perfectamente, están escritas con registros algo diferentes, pero la narrada en primera persona me parece más contenida, sincera y grata de leer. Tienen voz Ray y en el capítulo 25, el más extenso de la novela, Martin Luther King, aun cuando se imponga la visión de un narrador omnipresente, que coincide con el autor. Muy lograda me parece la recreación de Lisboa a lo largo de distintas épocas, e incluso la más breve de Memphis, así como su autorretrato a la altura de 1987, junto con los perfiles literarios que traza de Bioy Casares y Onetti. En cambio, resulta algo edulcorado el de Elvira Lindo y tan feroz como arbitrario, aunque probablemente fuera cierto en aquel entonces, el del poeta Juan Luis Panero, además de antojarse significativa la ausencia de Vila-Matas, borrado de la foto de conjunto (pp. 340-349).   
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La huida, tanto de Ray como del narrador, por muy diferentes motivos, ya se ha visto, acaba de manera desigual. La del americano, tras no lograr un visado para Ángola, Rodhesia o Biafra, lo empuja finalmente a ser condenado, muriendo en 1998 en la cárcel. Mientras que nuestro autor, después de retratarse como un ser inmaduro, egoísta y sombrío, consigue llevar en adelante una nueva existencia, armónica y feliz en lo privado, gozando del éxito literario a raíz de la concesión del Premio de la Crítica y del Nacional de Narrativa a El invierno en Lisboa.
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Si la novela, tal y como la define Muñoz Molina, es “un ascua que ha de seguir brillando bajo la ceniza enfriada mucho después de que se hayan apagado las llamas”, el tiempo dirá qué trayectoria merece cosechar esta ambiciosa, autocrítica y reflexiva narración, donde se baraja con absoluta solvencia lo real, lo posible y lo ficticio (por ejemplo, en el uso que hace de la película Casablanca o de las historias de James Bond), junto a la autobiografía y la reflexión metaliteraria.       
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Muñoz Molina es un escritor exigente. Buena prueba de ello son novelas como Beatus Ille (1986), El jinete polaco (1991), Sefarad (2001) o La noche de los tiempos (2009), por solo recordar las que prefiero, a las que podría sumarse un buen puñado de cuentos, artículos o ensayos, entre los que recuerdo con mucho agrado los que componen El huerto del Edén (1996) o El atrevimiento de mirar (2012), y ello al margen de que los resultados de Como la sombra que se va me parezcan desiguales. Sorprende, por último, que el narrador de la novela se muestre temeroso ante las posibles “reseñas hostiles” (p. 524), en vez de preocuparse más bien por las anodinas y, sobre todo, complacientes, que son las que suelen predominar.
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* Esta reseña ha aparecido publicada en la revista Buensalvaje, núm. 2, enero y febrero del 2015. La revista se regala a los clientes de las librerías.
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domingo, 8 de febrero de 2015

Ricardo Senabre, filólogo y crítico literario

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Es probable que Ricardo Senabre (Alcoy, 1937-Alicante, 2015) haya sido  uno de los últimos descendientes de la exigente tradición de la Escuela de Filología Española, aquella que tuvo como primer maestro a Ramón Menéndez Pidal y algunos de sus mejores eslabones en Rafael Lapesa, Dámaso Alonso y Fernando Lázaro Carreter. Este último fue su maestro en Salamanca y quien se lo recomendó a Luis María Anson como crítico literario, ejerciendo primero en ABC y luego en El Cultural, donde ha escrito hasta los últimos momentos de su vida, componiendo un terceto inmejorable, junto a Santos Sanz Villanueva y Ángel Basanta, expertos en la narrativa española.
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Don Ricardo, como le gustaba que le llamaran, estudió Filología Románica en la Universidad de Salamanca, doctorándose con una tesis, luego convertida en libro, sobre Lengua y estilo de Ortega y Gasset (1964), ejerciendo de profesor hasta su jubilación. Pero antes dejó excelentes discípulos a su paso por la Universidad de Extremadura, como María José Vega. Esos años cacereños lo convirtieron en voraz lector de los escritores de aquella región, de cuyas obras solía ocuparse a menudo. Al citado libro habría que añadir otros sobre La poesía de Rafael Alberti (1977), Gracián y El Criticón (1979), Literatura y público (1987), Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez: poetas del siglo XX (1991), los Estudios sobre Fray Luis de León (1998) y Metáfora y novela (2005), o el volumen misceláneo Claves de la poesía contemporánea: de Bécquer a Brines (1999). A ellos habría que sumar ediciones modélicas de clásicos: Fray Luis de León, Zorrilla, Valle-Inclán, Unamuno, Baroja y Ortega y Gasset. A la luz de sus numerosas publicaciones podría afirmarse que conocía al dedillo la literatura española, desde el Siglo de Oro al XXI, pues trabajó además en todos los géneros clásicos: poesía, novela, teatro y ensayo, barajando la reflexión teórica con el peso de la lengua y la literatura.
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Por lo que se refiere a la práctica crítica, le gustaba denominarla crítica inmediata, se mostró siempre independiente y lúcido, por lo que creo que ha sido uno de los mejores de las tres últimas décadas. Se ocupaba tanto de los autores consagrados como de los más jóvenes, tratándolos con el mismo rasero, con semejante talante crítico, siempre respetuoso, analizando el sentido de la obra, su valor, no solo en el momento de su aparición, sino también en la tradición literaria de la que formaba parte. Así, por ejemplo, alentó desde sus inicios, cuando todavía era un joven narrador desconocido, la obra de Fernando Aramburu; en cambio, no apreció la obra de Javier Marías. 
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Sus saberes eran múltiples y siempre se mostraba generoso con ellos: desde la colaboración en un blog, hasta la recomendación de una lectura o un dato que mejorara un estudio o edición que le habían enviado. En mi caso, puedo decir que cada vez que anotando un texto me surgía una duda que no conseguía resolver, solía recurrir a él, y a menudo me solucionaba el problema. Además, tuve la fortuna de oírlo en varias ocasiones y siempre me pareció un excelente y ameno conferenciante, un maestro en suma; y un crítico clarificador cuyas lecturas echaré de menos todas las semanas.   
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* Este artículo ha aparecido publicado en el diario El País, el 8 de febrero del 2015, p. 50.
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viernes, 6 de febrero de 2015

De la risa

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"La risa significa que aplicas tu propio criterio, y a la vez que no te tomas demasiado en serio y por tanto estás abierto a que otros entren en tus conversaciones internas. El propósito del humor es descubrir la verdad, y una sonrisa de complicidad es un regalo".
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(Theodore Zeldin, exdecano de St. Anthony College de Oxford, en una entrevista con Ima Sanchís, La Vanguardia, 2 de enero del 2015)
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martes, 3 de febrero de 2015

`La Universidad blanca´, de Ismael Belda

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EL AUTÓMATA TOMA HABITACIÓN
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El autómata toma habitación
en un hotel de California. Pregunta en recepción
por Rosamunda. No se aloja aquí, le dicen
dos muchachas gordas y felices; una de ellas
enormemente inteligente, piensa él. Se fue hace varios días, lamentan.
Ojalá que tengas suerte, le dice la otra.
En los pasillos, sus pasos no se escuchan. Sólo un rumor
de máquinas al fondo de la mente hace
temblar un poco las paredes en la yema de los dedos.
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En la piscina, parejas de ancianos perfectos sonríen
a las pequeñas sombrillas de sus daiquiris. Nadie
habla en voz muy alta. El cielo de Los Ángeles,
a la tarde, tiene la suave precisión que uno espera siempre de los cielos.
(Uno siempre queda defraudado. Pero no aquí, no aquí, aquí no, Rosamunda).
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Es de noche. Las reverberaciones de la piscina
se entrecruzan en los rostros, en los muros,
danzan una danza que el autómata conoce, e interpreta.
Hablan de los caminos del país del tiempo, hablan
de los vientos que eternamente soplan y soplan, cantan y cantan,
empujan figuras minúsculas a las landas del otro lado.
Las ondas de luz de la piscina saben estas cosas,
y algunos ancianos, que beben mai tais y piñas coladas,
lo saben también. Buena gente, piensa el pobre autómata adolescente.
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Su habitación es roja y tiene una pintura enmarcada
de una gigantesca ola en el mar. En la cresta de la ola,
un hombre diminuto en una tabla de surf. El autómata se acerca.
La cabeza del hombre está al revés, o eso parece. Tan sólo hay pelo
donde debería estar su rostro. En la televisión
el autómata ve varias obras maestras del cine.
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Nuestro amigo espera días, semanas, bebiendo él también
vesper martinis, mojitos, manhattans, mai tais, margaritas.
Conversa con ancianos de infinita sabiduría.
El alcohol, tristemente, no le vuela su pobre cabeza de plástico.
Si acaso le pone más sobrio, le hace ver la realidad:
un humo estroboscópico que asciende de todas las cosas.
Cuando se acuesta, sueña con el hombre cuyo rostro es una nuca.
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Pasea por Sunset en crepúsculos interminables. En el cielo, a veces,
se libran batallas carmesíes entre ejércitos secretos. Todo el mundo
lo ve. Todos hablan de ello.
De lo más alto de una palmera muy delgada
un pájaro mecánico alza un vuelo rutilante y se funde
con la estela de un avión. Todo hace señales.
Las delicadas hierbas que rompen el asfalto al pie de las verjas dobladas
son de una inexpresable belleza, y el autómata
piensa que querría hacer música con ellas, para ellas, si pudiera.
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Una niña, en Pico con La Brea, le dice tú no eres de verdad.
El autómata no sabe qué decir. Para disimular
le saca medio dólar del oído a la niña.
Ella lo coge y se lo guarda de nuevo en la oreja.
Es rubia. Se llama Venetia. Lleva puesta una camiseta
con el rostro de Captain Beefheart en magenta y amarillo. Le pregunta
¿vivirás eternamente, autómata? ¿O te apagarás un día
y estarás solo? ¿Estarás solo, pobre autómata
solitario? ¿Estarás solo si vives para siempre?
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A la mañana siguiente,
el autómata alquila un hermoso Chevrolet Impala azul, y piensa
en su otro coche, su maniático y eufórico coche blanco europeo,
piensa en la ternura de las máquinas, en el amor lancinante, descuartizador, de
........las máquinas.
Salen de Los Ángeles, él y su coche, y cruzan el valle de San Joaquín.
Hay ríos perezosos, vestidos de barro, que se demoran en curvas a cuyas orillas
crecen inmensos árboles y carretas abandonadas. Hay campos de trigo
de donde vuelan pájaros negros con las alas rojas.
En el aire fresco hay humedad que alegra el rostro
y una música de Rosamunda, una música desnuda y delicada
que el autómata no entiende
pero que con delicia y desgarro ama,
ama con vergüenza y odio de sí mismo y con grandeza,
y con felicidad tranquila y éxtasis. Amor humano casi.
En el Norte empiezan las secuoyas y la bruma, y el olor a mar. Amar, amar,
piensa el demencial autómata.
El coche, poco a poco, se hace invisible.
Desaparece en mitad de una larga recta junto a las olas.
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* Ismael Belda nació en Valencia, en 1977, pero reside en Madrid donde ha cursado Filología Hispánica e Inglesa. Ha cultivado la crítica literaria y ha escrito una novela. Este poema forma parte del libro La universidad blanca, publicado por Ediciones La Palma.

sábado, 31 de enero de 2015

La novela, según Marsé

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A diferencia de Antonio Muñoz Molina o de Javier Cercas, Juan Marsé no cree en lo que ahora se llama ficción real, o narrativa de no ficción, pues para él la novela, repite en una entrevista que le hace Nuria Azancot (El Cultural, 14 de noviembre del 2014) con motivo de la aparición de su novela corta Noticias felices en aviones de papel, consiste en inventar una trama que transcurre en un jardín de verdad en el que aparecen ranas de cartón, haciendo lo posible para que resulte verosímil, pero sobre todo para que conmueva.   
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jueves, 29 de enero de 2015

Las lenguas de Sergi Pàmies

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"En mi caso, el castellano es más lengua materna que el catalán pues nací en el exilio en 1960 y es la que utilicé hasta los 11 años, combinada con el francés. Yo descubrí el catalán al volver a Barcelona"
(De una entrevista de Xavi Ayén, "El cantante bilingüe", La Vanguardia, 13 de febrero del 2014, p. 32)
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martes, 27 de enero de 2015

`Territorios de la cultura´, suplemento cultural de El Correo

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El suplemento cultural de El Correo, diario de Bilbao, denominado Territorios de la cultura, se acerca al número 1000. Su director es el periodista César Coca, quien además hace entrevistas y cultiva la crítica literaria y musical. Tengo a la vista siete ejemplares del último trimestre del pasado año, entre ellos un excelente monográfico dedicado a Miguel de Unamuno (27 de septiembre del 2014), en el que colaboran algunos de los mejores especialistas en su obra, como Luciano G. Egido, Jon Juaristi, Félix Maraña y Juan José Lanz, ilustrado con buenas fotos y caricaturas del autor vasco por Javier Muñoz. 
El suplemento recoge entrevistas, crítica de libros y reportajes (al cuidado de Pablo Martínez Zarracina, Gabriel Elorriaga y Begoña Rodríguez, quien también se encarga de la crítica de exposiciones), y se ocupa tanto de la literatura española en castellano y en vasco, como de la ficción y el ensayo internacional. Entre sus colaboradores habituales: Fernando Aramburu, Felipe Juaristi, Iñaki Ezkerra (Crítica de libros y la sección "Punto de vista"), J. Ernesto Ayala-Dip, Juan Manuel Díaz de Guereñu, Pedro Vicario, Elena Sierra (Entrevistas), Cristina Huguet (Exposiciones), José María Romera (Sección "Juegos de palabras"), Gerardo Elorriaga (Crítica de arte), Mauricio-José Schwarz (Ciencia y tecnología), Jesús del Campo (Sección "La mirada") e Ibon Zubiaur. Por su parte, Jon Kortazar, Arantxa Urretavizcaya y Javier Rojo tratan de la literatura en euskera. No falta la lista de los libros más vendidos, aunque prefiero destacar las excelentes caricaturas de Mikel Casal.
Este suplemento cultural, literario, de diseño atractivo, pues en sus 16 páginas conviven en armonía, sin estridencias, el texto y la imagen, por su rigor y amenidad me parece un modelo de lo que debería ser siempre este tipo de publicaciones.
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domingo, 25 de enero de 2015

Curso en Madrid sobre el microrrelato

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Los días 9 y 10 de febrero impartiré en la ESCUELA DE ESCRITORES, de Madrid, un curso intensivo, de cuatro horas, sobre EL MICRORRELATO: TEORÍA, HISTORIA y CRÍTICA.
Los interesados tenéis los datos completos en el siguiente enlace:     
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Caballero Bonald en la Escuela de Escritores, con Germán
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sábado, 24 de enero de 2015

Los caducados hipsters

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En un reportaje publicado por La Vanguardia sobre los hipsters se preguntan si estos forman parte de la casta. Pero, qué son los hipsters, porque yo al menos, no lo sé, y del reportaje tampoco se deduce demasiado. Claro que luego resulta que aquí los llaman gafapastas, o indies, y parece ser que se trata de gente cuyos gustos se alejan de los de la mayoría, que como los hombres duros no bailan, ni llevan barba, a la manera del nuevo rey,  según leo en otro artículo de El País. Por lo visto, Podemos está en contra de la hipsterización (valga por una vez el palabro) de la cultura. ¿Los que no tienen móvil y similares son, por tanto, hipsters? ¿Está Podemos, acaso, en contra de los apéndices electrónicos al abuso?
Si nos centramos en la literatura, y hacemos caso de lo que dice el artículo, ¿hipsters son  editoriales como Blackie Books, Alpha Decay o Capitán Swing, editora de un libro sobre la materia, o los ya periclitados (mejor, caducados) componentes de la denominada generación Nocilla? 
¿No hubiera sido mejor llamarlos culturetas, o algo similar, como se dice en el reportaje? Quim Monzó, siempre al tanto de las nuevas tendencias, en uno de sus artículos publicados en el Magazine de La Vanguardia (7 de diciembre del 2014), comenta que la mayoría de los futbolistas que llevan barba no lo hacen porque vayan de islamistas, sino -y esto es lo que ahora nos importa- "de modelnos, hipsters o lumbersexuales", concepto este último -por cierto- que tampoco sé lo que es.  ¿Cuándo vamos a dejar de seguir como borregos ciegos todas las ocurrencias norteamericanas?
Por lo visto, todo esto nació hace seis décadas, aunque aquí nos enteramos hace seis días, cuando ya había desaparecido del resto del universo que se interesa por estas tontadas. 
En fin, lo que más satisface es saber que los hipsters nacieron y murieron sin que yo me enterara, de modo que no he perdido ni un solo segundo, dado que ahora sabemos que nada de interés nos han aportado.
A todo esto, ¿será el rosa un  color indie?
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jueves, 22 de enero de 2015

Francisco Porrúa: la muerte del editor de `Rayuela´

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En los días previos a la Navidad falleció en Barcelona el editor Francisco Porrúa (1922-2014). Había nacido en Galicia, en Corcubión (La Coruña), pero su trabajo se desarrolló sobre todo en Buenos Aires, en la Editorial Sudamérica de López Llausás, donde fue contratado como asesor en 1957, y en Barcelona, en la Editorial Edhasa. No hay más que recordar que fue el editor de Rayuela (1963) y Las armas secretas, de Julio Cortázar, de Cien años de soledad (1967), de García Márquez, y de El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien, publicado en España en 1977, para hacerse una idea de su relevancia en el mundo hispánico de la edición. En Sudamericana editó también a Leopoldo Marechal, Juan Carlos Onetti, y nuevos nombres -hoy considerados clásicos contemporáneos-  como Manuel Puig, Alejandra Pizarnik y Juan José Saer.  Pero, además, Porrúa fue uno de los grandes conocedores de la ciencia-ficción, fundador en 1955 de la mítica colección Minotauro, inaugurada con las Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, que el mismo Porrúa tradujo con seudónimo, prologadas por Borges. A este libro le siguieron otros de Stanislaw Lem, Richard Matheson, James G. Ballard, Philip K. Dick o Úrsula L. Le Guin, o de autores no vinculados estrictamente al género, como Italo Calvino, Gore Vidal, William Golding o Kurt Vonnegut. Quien quiera conocerlo mejor, le recomiendo que lea la correspondencia que mantuvo con Cortázar, pues es donde mejor se muestra cómo un editor de primera categoría trabaja con sus escritores. En 1977, huyendo de la dictadura militar argentina, se trasladó a Barcelona, donde pasó el resto de su vida llevando una existencia discreta, alejado del siempre demasiado ruidoso mundo literario, aunque en el 2005 creo la Editorial Porrúa, inaugurada con Animalia, una antología de los bestiarios de Cortázar, seleccionada por Aurora Bernárdez, prologada por Alberto Manguel, con diseño e ilustraciones del cronopio Julio Silva, como no podía ser menos, y una carta del escritor argentino a su editor italiano explicándole cómo surgieron esos relatos. 
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martes, 20 de enero de 2015

`La vida es una palabra muy corta´, de Beatriz Alonso Aranzábal

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LA MÁQUINA
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Fue colocando, con precisión científica, los electrodos sobre el cuerpo de la muchacha. A la voluntaria le había dicho que se trataba de estudiar la respuesta psicogalvánica de la piel en estado de reposo. Tumbada en la camilla y con los ojos vendados, la joven empezó a sentir un leve cosquilleo que le provocaba un inusitado placer. Sintió cómo éste iba aumentando poco a poco, pero le avergonzaba decir algo y parar el experimento. Las instrucciones del doctor habían sido claras: cuando la aguja del registro alcanzara la línea roja se pararía la máquina. Y ella se dejó llevar deseando saber qué pasaría al traspasar ese umbral.
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* Este es el primer libro de microrrelatos de Beatriz Alonso Aranzábal, y acaba de aparecer en la editorial Nazarí, de Granada. La autora es, además, psicóloga clínica, guionista y directora de cortometrajes.  
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lunes, 19 de enero de 2015

Sobre `En presencia de un payaso´, de Andrés Barba

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PADRES, HIJOS Y PAYASOS
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En el año 2006, dos años antes del estallido de la crisis económica, dos generaciones, padres e hijos, y dos familias, los Trelles y los Cotta, conviven sin poder evitar ciertas perturbaciones. Y aunque toda la historia que se cuenta en esta novela de Andrés Barba (En presencia de un payaso, Anagrama, Barcelona, 2014) pivote alrededor de Marcos Trelles, la mayoría de los personajes está presente en la acción y tiene voz, mientras otros solo aparecen aludidos sin que por ello carezcan de protagonismo.
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El caso es que cuando arranca la acción, Marcos, un físico de 43 años, acaba de conseguir que una prestigiosa revista científica le publique un artículo. Sin embargo, en ese momento de éxito empiezan también sus cuitas, al resentirse su moral, pues ni reconoce la contribución de Marta, la joven becaria, ni parece capaz de componer el autorretrato desenfadado que le exige la publicación. Por otra parte, Nuria, su esposa, profesora de enseñanza media, le ha confesado la aventura que mantuvo con Francesco, amante de quien nuestro científico no conseguirá olvidarse. Pero, además, su cuñado, el famoso payaso Abel Cotta, quien años antes había cuestionado el sistema político, regresa a Madrid, tras pasar unos años en Colombia, acompañado por Mina, su joven esposa. Al igual que Beppe Grillo, aprovechándose de su popularidad, había creado un partido para sentar un maniquí en el congreso, ya que la mayoría de los diputados parecía estar pintada en sus escaños.
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Por su parte, en la generación de los padres, la que  despliega más protagonismo es Marisa, la madre de Nuria y Abel, fallecida un año antes, una artista excéntrica sin reconocimiento. Las dos parejas se reúnen en la vivienda que tenía la madre en la sierra, para pasar juntos las Navidades, arreglar la herencia y levantar la casa. Y mientras esto sucede, el círculo que compone la trama se redondea con la llamada urgente de socorro del padre de Marcos. Estos son, en suma, los mimbres de un relato que se presenta sin apenas interrupción, aparte del epílogo, pues no hay capítulos más allá de las quince unidades narrativas levemente separadas por blancos. Sin embargo, es una pena que en una novela tan bien articulada y cimentada chirríe a veces la prosa, debido a las numerosas e innecesarias repeticiones léxicas, los anglicismos e incluso catalanismos tan manidos como: “¿Sabes qué? (de Saps què?).  
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Pero de lo que realmente trata la novela, cuyo título proviene de una película que Bergman rodara en 1997 para la televisión, es de las sutiles relaciones que se tejen tanto en el matrimonio, como entre hermanos, padres e hijos. Al fin y a la postre, todo pende de un hilo, nada resulta ser lo que parece, de modo que una conversación, los cuadros o esculturas que dejó Marisa, el descubrimiento de unas fotos escondidas, una llamada de teléfono o una bolsa sucia con dinero, pueden cambiar la idea que íbamos haciéndonos de los personajes, dadas las dobleces o secretos que escondían.
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¿Cómo se resume una vida? ¿Cómo nos presentamos ante los demás? ¿Qué imagen queremos mostrar? En la novela, el foco se centra primero en Marcos, luego se detiene en Nuria, se desplaza hacia Abel, y finalmente se ocupa de Marisa y del padre de Marcos. Pero, además, tengo la impresión de que aparecen tres imágenes que podrían sintetizar de manera alegórica el sentido de la novela: la de Abel luciendo el sujetador de su madre; las fotos de ésta desnuda y, por último, la escena en donde Marcos y su padre queman el dinero ahorrado por la esposa adúltera.
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Pero quizá sea el regreso del payaso, con sus exigencias, ironías y risas (véase, al respecto, su artículo “La moral de la risa”, Caminar en un mundo de espejos, 2014), el que empuja a Marcos a replantearse al cabo las relaciones que mantiene con sus allegados, permitiendo a los lectores intuir cómo somos realmente, en un país todavía demasiado envarado y en exceso trascendente. 
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* Esta reseña ha aparecido publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 10 de enero del 2015.
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sábado, 17 de enero de 2015

GABRIEL DE BIURRUN, y 2

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Llueve (adjetivación de la canica)
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Llueven abundantes canicas de una materia que no es cristal ni jade, que semeja un mármol, un granito de encimera de cocina.
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Suenan los impactos con ruido de impacto, de táctica eléctrica, de práctica sectaria que adormece a las bestias. Se mueven las copas de los árboles con vaivenes de reverencia, arriba y abajo; arriba y abajo. Reverencia del decapitado. Caen las ramas cercenadas por canicas precipitadas, y se acumulan en el suelo, pardas, muertas y esponjosas; cadáveres flexibles que dejan entrever los brillos asesinos de las canicas fracturadas deambulando cojas entre el follaje ensangrentado.
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Caen, también, los cuerpos fardos de paseantes atravesados. Y sus miradas perdidas se deslizan entre los adoquines, confundidas con el brillo de las canicas extraviadas, frenadas por muertes de cabezas perforadas.
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Habrá en algún sitio nubes condensadas de canicas arrojadas, de balas perdidas, de preguntas elevadas a los dioses o de besos soplados y volados. Y todas las nubes, en algún momento, lloverán con fuerza criminal.
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jueves, 15 de enero de 2015

`El sueño del amor´, de Manuel Juliá

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XI
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Acaricio tu piel hasta que abandone sus tejidos
y en un relámpago de lucidez
sientas el movimiento del alma entre las sábanas
diciendo un lenguaje de silencio inmortal,
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quiero volver alado el espacio con la convicción
de tu naturaleza volátil,
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abro tu sostén con la delicadeza del alba que nieva,
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con un gesto de amor que en el silencio refleja
la luz de tus senos apretándome las manos
deseo vivir contigo lejos de los años,
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cada beso está plasmado con alma de lluvia
en el papel de tu rostro
como un poema dispuesto a la prueba del mundo,
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mis manos rompen la muralla de carne
y mis dedos suenan dentro como un violín
creando belleza en el abismo profundo,
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me enamoro de tus deseos que nadie conoce
y consigo que se vuelvan luces de luna,
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abro la puerta más cerrada de tu niebla ennegrecida
para que te vuelvas conmigo al origen
y las serpientes que aman tus muslos
se envenenen con tu belleza.
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* Manuel Juliá (Puertollano, Ciudad Real, 1954) es poeta, narrador y columnista en diversos diarios. Este nuevo libro, con fecha del 2014, es el segundo de una trilogía que comenzó con El sueño de la muerte (Hiperión, 2013) y se completará con El sueño de la vida.
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miércoles, 14 de enero de 2015

GABRIEL DE BIURRUN, 1

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Kyse
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Consiguió robarlo, con gran peligro y un miedo tremendísimo. Entrar en aquella casa era una locura, habiendo oído la historia de Bueno y el yaguareté. Sin embargo, la codicia pudo a Mopane, que soñaba que la magia del kyse le ayudaría en la caza y le granjearía un respeto que nadie le tenía.
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Dejó la puerta como estaba, abierta, para que el cerdo entrara y saliera a su antojo, y huyó con el kyse de Bueno Wilson Ollacarizqueta envuelto en un saco. La jungla lo acogió y le ofreció cientos de escondrijos de ladrón, y cientos de sombras donde se guarecía la culpa que lo perseguía. Mopane se sentó varias veces a observar el kyse. Incluso probó su filo en alguna rama.
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El temblor le trajo un lloro animal cuando vio que se movían las hierbas altas junto al río. Saltó empuñando el kyse y cayó en un remolino de sangre, con el brazo dolorido y tibio. Después, en el río, flotaba ante Mopane el cuerpo incompleto de Matilde, que precisamente estaba allí gracias a que Bueno Wilson dio muerte con el kyse al yaguareté que la acechó.
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Con el kyse en una mano y la cabeza de la mujer en la otra, Mopane se encamina al pueblo dispuesto a confesar el crimen. La cabeza de Matilde Azcona Urbach se balancea al ritmo del canto de un guyra, rojo y verde, brillo testigo maldito, que tararea la adversidad y se le ríe a la cara. Mopane alarga la mano, sacude el kyse y parte en dos al guyra, que cae al suelo en un revoloteo divorciado y roza con un ala la mejilla pálida de Matilde.
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La magia del guyra que agoniza suele perderse en la selva en forma de ranas increíbles o haciendo florecer a destiempo la yerba mate. Esta vez la magia atraviesa los ojos muertos de Matilde y el corazón deshecho de Mopane en forma de un calambre que los recorre, y que hace que las dos cabezas se intercambien y que el cuerpo de Mopane flote en el río, ya medio comido.
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Y Matilde, dolorida y perpleja, con el peso extraño del kyse en la mano, llega ante Bueno Wilson Ollacarizqueta y echa al fuego la cabeza del tonto Mopane Jeeves Torrontegui.
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* Estos dos microrrelatos, el segundo aparecerá en una próxima entrega, forman parte del libro inédito Algunos animales malignos. El cuadro es del aduanero Rousseau.
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martes, 13 de enero de 2015

LPO con Charlie

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* LPO es dibujante y escritor.
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lunes, 12 de enero de 2015

`La trama oculta´, de José María Merino

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El arca de Noé de la narrativa breve
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La trama oculta. Cuentos de los dos lados con una silva mínima (Páginas de Espuma, 2014), libro de José María Merino, podría leerse como un compendio de los diversos registros que ha utilizado el autor en el terreno del cuento y del microrrelato, desde el realismo y lo fantástico a las modalidades del relato policíaco, futurista o de vampiros, sin que falte la exaltación del relato oral o del humor jubiloso, ni la presencia de Souto, personaje fetiche en su obra, o motivos como el doble y el espejo. Los comentarios que intercala al comienzo de cada cuento resultan útiles, junto con la reflexión más breve y general que encabeza el conjunto de microrrelatos. En ellos se nos explica el origen de los textos o la vinculación de los sucesos narrados con las distintas edades de su existencia, ya se trate de la infancia, la adolescencia, ya del mero presente. Sin embargo, su mayor atractivo estriba en que nos permite entender mejor cómo trabaja Merino, al barajar realidad e imaginación para construir sus fabulaciones. Los componentes autobiográficos (“Todos estos cuentos están cargados de sombras de recuerdos personales”, p. 65) quizá sean más reconocibles aquí que en otras narraciones suyas, a pesar de que el micro “Autoficción” suponga una burla de los excesos a los que ha llegado dicho procedimiento, me parece que en alusión a uno de sus más célebres y pertinaces cultivadores.             
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Dividido en tres partes, en la primera, titulada `De este lado´, recoge diez cuentos en los que predomina el realismo; en la segunda, `De aquel lado´, incluye otros tantos relatos en donde prevalece la estética de lo fantástico y en la última parte, `Silva mínima´, reúne quince microrrelatos. Merino no utiliza en estas páginas la forma del ciclo de narrativa breve en el que las distintas piezas, aun siendo independientes, pueden relacionarse entre sí, aun cuando “El día menos pensado” fuera en su origen una secuela de “La mirada de Flora” disimulada por el escritor, sino que organiza los textos por estéticas y géneros. El título del libro remite a aquello que existe más allá de la mera apariencia de los hechos, a los sentimientos que van arraigando en nosotros, permaneciendo latentes al margen de nuestra consciencia, pero que pueden llegar a aflorar en uno u otro momento,  trastocándonos la vida.
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Buena muestra de ello es el mencionado “El día menos pensado”, un cuento de Navidad que rompe con los moldes de este motivo, para lo cual se vale de algunos procedimientos recurrentes en su literatura: así, por ejemplo, la costumbre de casa, la sorpresa, la presencia del intruso, la memoria confusa y perpleja, el rechazo de recuerdos poco gratos, la extrañeza, la recuperación de un pasado perdido, la impostura o la desazón. Pedro, el protagonista, regresa a casa para celebrar las fiestas con su familia, pero se siente extraño entre sus mismos allegados, incluida la propia madre, hasta comprender que todos ellos habrían preferido que Carlos, el hermano fallecido en un accidente, hubiera sobrevivido en su lugar.  
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Además de los textos citados, destacaría “El último viaje”, “La vieja pálida” y el microrrelato “Horóscopo”, en donde trata con humor los caprichos del destino, pues la tardía revelación de que la fecha de nacimiento y el signo del zodiaco del protagonista son otros, lo lleva a abandonar la poesía para disfrutar del bienestar del negocio familiar. A quienes no conozcan la narrativa breve de Merino este libro puede resultarles una oportunidad inmejorable para adentrarse en su peculiar mundo de ficción. Sus lectores habituales encontrarán en estos relatos, asimismo, nuevas tramas, formas y motivos de gozo. 
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* Esta reseña ha aparecido publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 27 de diciembre del 2014.
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