viernes, 11 de enero de 2008

CARLOS CASTÁN

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"Todo tan secreto"
En todos los entierros hay un desconocido, alguien de aire grave en quien nadie se fija demasiado, que no es de la familia y permanece todo el tiempo con las manos atrás. Siempre me había preguntado por estos seres, de dónde salían, cuál sería su vida. En los viejos álbumes de fotos de la casa de Ágata los encontré a todos retratados, uno por uno, adheridos a aquellas páginas negras. Muchas veces iba a verla. Yo era joven, ella no. Y además estaba enferma, pero su pelo olía siempre a pétalos morados y la casa entera tenía el perfume de los libros salvados de un incendio. Todo ese verano fue mi oasis de sombra. Nos acostábamos en una alcoba oscura y luego ella preparaba café. Me gustaba ir allí, era todo tan secreto... Por las ventanas, a través de una maraña de ramas muertas, podía divisarse toda una posguerra detenida. Apenas hablaba, Ágata. Me enseñaba tesoros que escondía en los cajones de sus mil armarios: óleos diminutos, soldados de oro, azucareros chinos, pero sobre todo aquellas fotografías de desconocidos.

Era todo tan secreto que cuando murió nadie pudo decirme nada, y una tarde en que fui a verla a principios del otoño me encontré en el patio de la casa con una mesita de faldas negras llena de condolencias y tarjetas de visita con una esquina doblada. Me esforcé en sentir dolor, pero la sorpresa y el deseo reventado como un globo pesaban de momento mucho más.

Tras dudar un poco, decidí subir al velatorio. Quise ser el desconocido de turno en ese entierro, quizá porque estuve seguro de repente que, de ese modo, por un extraño mecanismo que nunca perseguí entender, mi imagen pasaría a formar parte de aquellos álbumes oscuros en la estantería de la sala, como una mariposa muerta. Y mi alma entonces, o algo parecido, se quedaría a descansar para siempre cerca de la alcoba, en aquella penumbra fresca con olor a agua de rosas.

A veces notaba cómo alguno de los familiares de Ágata me miraba de reojo, pero nadie se decidió a hacerme preguntas, de manera que toda la tarde pude permanecer allí, como un centinela que guarda los restos de un general acribillado, con aire grave, los ojos llorosos, las manos atrás.


* Carlos Castán es uno de los escritores de cuentos más sugestivos que han aparecido en España en estos últimos años. Ya su primer libro, Frío de vivir (Zócalo, Zaragoza, 1998; reeditado en Emecé), causó muy grata impresión. Después sólo ha publicado Museo de la soledad (Espasa Calpe, 2000; reeditado por Tropo Editores). Este microrrelato inédito forma parte del libro Sólo de lo perdido, que aparecerá en marzo en la editorial Destino. Puede verse una entrevista reciente con el autor en El síndrome Chéjov.

miércoles, 9 de enero de 2008

ANTONIO CARVAJAL

A Francisco Javier Martínez Medina

Granada, día de la Virgen de la O del 2007

Querido amigo:

Tu humilde y solitaria lucha se merece un poema de los que se puedan leer, incluso, en las clausuras, me decías. Aquí llevas uno, para abrir boca, con cierto regustillo medieval, como conviene al personaje, y algo de danzón a la manera de Lope de Vega; texto para solista y coro (éste sólo debe intervenir con el pie quebrado, "monseñor"), admite ser dicho por varios solistas, según varían las consonantes, de modo que el juego resulte clamor. Es obra colectiva, resultado de aportaciones de diversos (se nota, sobre todo, en la corrección que sigue al único vocablo malsonante hoy, jodido, tan común en los siglos áureos, pues Mateo Alemán lo recoge en su Guzmán de Alfarache: Una cristiana vieja encuéntrase en la calle con una cristiana nueva, ésta en avanzado estado de gestación:
-¿Cómo se encuentra vuesa merced?
-Más jodida que nunca.
-Como que lleváis el judío dentro).
Báilase al son de zambombas y castañuelas. Algunos pasajes admiten soplos de la chía.

Que tus empachos y embriagueces sólo sean de felicidad.
Un abrazo,
Antonio Carvajal


CANTIGA DEL ARZOBISPO
-ORDINARIO DE GRANADA-
CONDENADO POR UN JUEZ

Bienaventurados los que sufren
persecución por la justicia

Puesto que sois ciudadano,
monseñor,
español, no vaticano,
monseñor,
y habéis cargado la mano,
monseñor,
contra un quizá primo hermano,
monseñor,
pues el cura coincide en el nombre con vos
y en el primer apellido,
y ya que lo habéis jodido
-entiéndase, maltratado-,
casi casi calumniado,
de sus cargos suspendido
y de salario privado,
heos aquí por el juez condenado
(de modo provisional,
ya lo sé, pero maldita
la gracia que vuestro exceso
de autoridá y malas artes
tienen, pues es la soberbia vicio capital,
madre siempre de algún mal
que acaba arrrasando con ambas las partes),
moderáos, monseñor,
cuidad la lengua y el gesto,
monseñor,
que no puede un palimpsesto,
monseñor,
judicial ni volveros la fama ni haceros honor.

Para el pueblo soberano,
monseñor,
sin confesión o cristiano,
monseñor,
no parecéis buen pastor.
Os lo digo con respeto,
monseñor,
porque entiendo que discreto,
monseñor,
en siriaco cuanto en vida,
monseñor,
seréis. Tensaos la brida,
monseñor,
que no es bien que mancilléis
ni la lengua en que leéis
ni el puesto en que ejercéis
católica autoridad:
Con descosidos o rotos,
monseñor,
un poco de caridad
dirá más que las lenguas sujetas a votos
vuestra calidad.


* En el 2003, Francisco Javier Martínez, arzobispo de Granada, y miembro de Comunión y liberación, movimiento católico ultraconservador, intentó impedir la publicación de un libro sobre la catedral de Granada, financiado por Cajasur y coordinado por el canónigo Martínez Medina, experto en patrimonio de la Iglesia. Éste acudió a la justicia civil y lo denunció, consiguiendo por primera vez que un prelado se sentara en el banquillo de los acusados. Un juzgado de Granada ha condenado al arzobispo a pagar una multa de 3.750 euros por coacciones e injurias, sentencia que sentará jurisprudencia. Pero como consecuencia de la disputa con su superior, Martínez Medina ha sido suspendido a divinis, privado de su cátedra y de la canonjía que ocupaba; o lo que es lo mismo, de empleo y sueldo. El arzobispo, quien lo acusó de ser un mal sacerdote, lo amenazó con lindezas de este jaez: "¡Con látigo te enseñaré a obedecerme!".
Pero lo que, en realidad, se está juzgando en este caso es el derecho de los sacerdotes a poder acudir a la justicia civil, a tener derechos, ya que el prelado pretendía convertir la disputa en una cuestión interna de la Iglesia que debía decidirse mediante el derecho canónico.




* Antonio Carvajal, autor de la carta y el poema inéditos, es profesor de la Universidad de Granada, miembro de la Academia de Buenas Letras de esa misma ciudad, y uno de los mejores poetas españoles de las últimas décadas, por cuya obra, entre otros galardones, ha obtenido el Premio de la Crítica. Entre sus libros más destacados se encuentran Tigres en el jardín (1968), Serenata y navaja (1973), Extravagante jerarquía (1983) y Testimonio de invierno (1990).

En la muerte de Ramón Carnicer

Ahora que me pongo a pensarlo, resulta raro que nunca llegara a conocer a Ramón Carnicer, sobre todo teniendo en cuenta que habíamos vivido en la misma ciudad, Barcelona, durante los últimos treinta años. El caso es que en alguna ocasión incluso me lo había cruzado por la calle. Yo había leído buena parte de su obra y, sin embargo, siempre me llegaban malas vibraciones sobre él, no sé -a ciencia cierta- si justas o injustas. Tenía fama de ser hombre poco amable, quizá por la insólita costumbre de decir lo que pensaba.

Carnicer era para mí, por tanto, únicamente su obra en los diversos géneros que había cultivado como creador y ensayista: el primer libro de narrativa breve que compuso, Cuentos de ayer y de hoy (1961), obtuvo el casi mítico Premio Leopoldo Alas, cuya primera convocatoria ganó Mario Vargas Llosa con Los jefes; su original literatura de viajes, sobre todo Donde las Hurdes se llaman Cabrera (1964), convertido en reconocida referencia para todos aquellos que luego cultivaron el género, aunque el resto de libros de viajes, entre ellos, Nueva York. Nivel de vida, nivel de muerte (1970), también serían muy recomendables; su biografía y estudio Entre la ciencia y la magia. Mariano Cubí (1969), a la que llegué tras unos comentarios que le dedicó en clase mi sabio maestro José-Carlos Mainer. De sus dos volúmenes de memorias, sólo conozco el primero, Friso menor (1983), que leí en su momento con placer. A Carnicer le gustaba decir que en sus viajes hacía vidología, ciencia consistente en "acercarse a las personas y a su manera de estar en la vida".

Me decepcionó, en cambio, su novela También murió Manceñido (1972), quizá porque busqué en ella una historia en clave sobre los cursos realizados en la Universidad de Verano de Jaca. Lo cierto es que, lo recuerdo ahora de pronto por esos extraños mecanismos de la memoria, leí la novela en Roquetas de Mar, en casa de mi madre, durante el siempre caluroso agosto almeriense, tras encontrar el ejemplar a un precio simbólico en un supermercado para alemanes.





Durante bastantes años manejé asiduamente, todavía los conservo, algunos de sus útiles libros sobre el castellano. Así, por ejemplo, Sobre el lenguaje de hoy (1969), Nuevas reflexiones sobre el lenguaje (1972) y Desidia y otras lacras del lenguaje de hoy (1983). No debe extrañarnos, pues, aunque nada tenga que ver una cosa con la otra, que Andrés Trapiello, en la necrológica que le ha dedicado, lo considere "el escritor, de cuantos ha conocido uno, que mejor hablaba en castellano". Lo que, la verdad sea dicha, no supone precisamente un elogio menor, si proviene de alguien tan parco en complacencias; Ramón Gaya aparte, claro está.

Ramón Carnicer ha muerto a los 95, con un vida cumplida y muchos años dedicado a la enseñanza, habiendo sido -sin ir más lejos- profesor de Carlos Barral. No conozco los detalles, pero cuenta César Gavela que en un libro del 2007, que trataba sobre escritores leoneses, ni siquiera se le incluía, a él, que había nacido en Villafranca del Bierzo y había dedicado varios libros a su tierra. Además, solía mostrarse poco complaciente con el nacionalismo catalán, hasta el extremo de que, en una ocasión, tuvo el coraje de decirle a Jordi Pujol, eso sí, en catalán y en persona, que "la política lingüística que su Gobierno estaba imponiendo en Cataluña era exactamente la misma que le habían reprochado al franquismo". En estos tiempos de tanta flojera, que alguien se atreviera a recordarle en la cara al Molt Honorable que andaba desnudo merece, cuando menos, respeto.

Este nuestro es un país extraño. A veces, por motivos extraliterarios, se tiende a sobrevalorar la obra de un autor, contándonos su vida y empresas hasta la saciedad; mientras que en otros casos, a escritores con no pocos méritos, apenas si se les presta atención, incluso se les arrincona y margina. ¿Por qué lo sabemos todo de los primeros, mientras que de los segundos, ni siquiera nos queda el consuelo de disponer de su obra? Ramón Carnicer ha muerto y me temo que hace años que casi nadie se acuerda de sus libros.

martes, 8 de enero de 2008

Los 75 años de Juan Marsé

Tal y como están los tiempos, 75 años no son nada, aunque oír estas pamplinas debe joderle bastante a un Marsé que siempre se ha mostrado poco partidario de zarandajas... Pero lo que, en suma, me importa destacar ahora es que a Marsé le debemos una de las mejores novelas españolas del siglo XX. Y en esa valoración, incluyo también a los grandes narradores hispanoamericanos. Me refiero, claro está, a Si te dicen que caí, que aunque se publicó por primera vez en 1973, en México, ya que la censura la prohibió en España, debería leerse en la versión definitiva corregida por el autor en 1989, publicada por Seix Barral. Del resto de su obra narrativa, prefiero Últimas tardes con Teresa (1966), con el equívoco que se produce entre la joven dorada que le da título a la novela y el arribista tosco e iluso que es el Pijoaparte (siento no contarme entre los admiradores de este personaje...); Un día volveré (1982), la historia del regreso de Jan Julivert Mon, un pistolero derrotado que desea rehacer su vida; El embrujo de Shanghai (1993), una historia de traiciones y desengaños, y Rabos de lagartija (2000), con la inolvidable pelirroja y el toma y daca constante entre el joven David y el empalagoso inspector Galván.




Pero Marsé ha escrito también un extraordinario libro de cuentos, Teniente bravo (1987). La pieza que le da título, inspirada en algunos avatares del autor durante su Servicio Militar en Ceuta, debería figurar en todas las antologías dedicadas al género, como un ejemplo perfecto de humor y patetismo; y una novela corta memorable, por la que siento especial debilidad, Ronda del Guinardó (1984), en la que cuenta la peculiar confrontación que se produce entre la joven Rosita y un derrotado inspector de policía. Y me gustaría recordar también Señoras y señores (1975 y 1977, 1988), libro de retratos, trazados a partir de una foto del personaje, analizando sus rasgos físicos, con algunos tan inolvidables y certeros como los que les dedicó a Jordi Pujol y Josep Maria Flotats.

Marsé es un estupendo contador de historias y un excelente narrador oral. A quienes hemos tenido el privilegio de oírlo, nos queda la esperanza de que algo de lo que nos cuenta quede recogido en alguna de sus narraciones. Pero lo que más aprecio en él, en la distancia corta de la conversación privada, es su naturalidad, la sinceridad con que suele referirse a amigos tan queridos como Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral o Manolo Vázquez Montalbán, comentando virtudes y defectos, sin que por ello se empañe el aprecio y el cariño mostrados.

No es aventurado sospechar que lo que más le gusta a Marsé es el cine, no en vano sus novelas están trufadas de referencias cinematográficas y de personajes que deambulan por los cines de barrio, como el Roxy, del que se ocupó en un cuento. Para él, el cine fue -ante todo- un entretenimiento, al que le ha dedicado varios libros, quizá menos conocidos, como Momentos inolvidables del cine (2004). En cambio, las versiones de sus novelas llevadas hasta ahora a la pantalla no han sido afortunadas, ni siquiera la presencia de Flora Martínez ha logrado salvarlas.

Además, la Barcelona de postguerra de este contador de aventis, entre inventada y cierta, ha logrado convertirse en la ciudad auténtica, con sus mendigos, prostitutas, trinxas tiñosos y pistoleros anarquistas, perdedores, en suma. Quizá por aquello que decía Antonio Machado y que él ha recordado en alguna ocasión, de que "también la verdad se inventa". Si bien la crítica española, europea e hispoanoamericana le ha ido concediendo importantes galardones, entre ellos el Premio Juan Rulfo, el Ariosteion y el Premio Unión Latina, ya va siendo hora de que los jurados del Premio de las Letras Españolas, del Príncipe de Asturias y del Cervantes tengan en cuenta la indiscutible calidad de su obra, aunque no haya nacido en León, ni sea tampoco lectura habitual del -en estas cuestiones- malaconsejado presidente del Gobierno.

Kajsa Bergqvist


Hoy la prensa, entre otros asuntos de menor trascendencia, trae el anuncio de la retirada de la saltadora de altura sueca, Kajsa Bergqvist, una devoción que comparto, al menos, con el periodista y escritor Antón Castro y con el poeta David Mayor. Deja el atletismo con 31 años, tras haber sido nada menos que campeona de Europa, del mundo y bronce olímpico. Me temo que, a partir de ahora, el salto de altura femenino ya no será lo mismo. A ver por quién nos decantamos para Pekín. Permanezcan a la espera, mientras Antón, David y yo, lo pensamos con la tranquilidad y detenimiento que el asunto merece. ¡Que sea para bien, admirada Kajsa!


lunes, 7 de enero de 2008

Los lunes de Almudena Grandes

Me equivoqué en mi pronóstico. La elegida para sustituir los lunes como columnista a Eduardo Mendoza ha sido Almudena Grandes, quien además continuará con sus artículos quincenales en El País Semanal. Para los amantes de las cuotas, la cosa queda 4-3, con Rosa Montero, Maruja Torres, Elvira Lindo y la recién incorporada, junto a Manuel Vicent, Juan José Millás y Manuel Rivas. Si el equilibrio fuera entre Madrid y Barcelona, los periféricos habríamos perdido un alfil en el envite. Pero las cuentas no se echan así... Las elecciones están a la vista, quedan dos meses, y Almudena Grandes, confesa republicana de IU, puede servirle muchos argumentos a una izquierda tan escasa de ideas como mal avenida. Eso sí, tendrá que ocuparse del presente más inmediato y ceñirse a 1840 caracteres. Sea como fuere, sin restarle mérito alguno a mi querida Almudena, y llegados a este punto, habría apostado -como les dije- por Empar Moliner, puesto que creo que hubiera dado más juego en esa posición concreta, pero todavía no me han nombrado director del diario. Aunque les advierto que hace unos días, en la Staatsoper, asistí al Don Giovanni, dirigido por Barenboim, sentado muy cerquita del señor Moreno, lo que yo -al menos- interpreté como una premonición, o como un primer paso, si prefieren...


Noche de Reyes en Berlín

¿Qué nos traerán los Reyes esta noche? Ahora recuerdo que de niños decíamos "nos pondrán". Julia llama para preguntar si queremos ir con ella al Hau para ver un montaje de La vida es sueño. Las puestas en escena de ese teatro no suelen decepcionar (si exceptuamos el disparatado Tirant, de Calixto Bieito), aunque Calderón en alemán es demasiado... Me cuenta que esta tarde quería ir al cine pero las calles estaban nevadas, incluso resultaba peligroso andar, y que no ha tenido más remedio que volverse a casa.

A las ocho y media hemos quedado con Mila y Ángel para ir a cenar. Los recogeremos en su hotel, el Kempinski, nada menos, y decidiremos donde vamos. Pero la llegada a la Ku´dam ha sido casi una odisea, con las calles llenas de placas de hielo que convertían el suelo en una tosca pista de patinaje callejero... Apenas han echado sal y se hace difícil avanzar, vamos dando pequeños resbalones y parecemos actores de cine mudo, deslizándonos por el hielo, moviendo las manos en el aire, convertidas en improvisadas aspas para mantener el equilibrio. En fin, al menos hemos logrado no inclinar la rodilla... Tal y como está el tiempo, decidimos coger un taxi para ir al restaurante, aunque queda tan cerca que da un poco de vergüenza molestar por tan poco trecho. Vamos al Good Friends, en Kantstraße. Con este tiempo de mil demonios la gente, los sensatos, se ha quedado en casa. Tenemos bastante con unas empanadillas, pato crujiente y pollo con verduras. Todo regado con unas großen Weizenbier, riquísimas cervezas de trigo. Como reputado misántropo, cogemos una mesa casi aislada, en mi rincón favorito. Detesto esa costumbre alemana de amontonarse en la misma con extraños para comer.

Hablamos y hablamos..., le comento a Ángel que El Cultural ha dado como ganador del Nadal, que se falla esta noche, a Casavella. Lo importante es que ha disfrutado con la ciudad y que Mila, profesora de arte, en su primera visita a Berlín, se ha emborrachado de iglesias y museos. De Ángel, uno de nuestros mejores críticos literarios, puede decirse que es un veterano y que se maneja con una cierta soltura por la ciudad. Estuvo solo hace unos meses y le gustó tanto Berlín que decidió regresar con su mujer. Cuando vienen amigos a visitarnos, lo que espero con más interés es el relato de la sorpresa que les causa la nueva capital alemana.




Quizá Berlín siga siendo la gran desconocida. Mila quiere comprar los palillos que nos han dado para comer, con la intención de practicar en su casa y aprender a usarlos tranquilamente, su marido la mira con escepticismo, pero el camarero -con su mejor sonrisa- nos dice que no los venden, que incluso la gente quiere comprar los vasos de cerveza, nos recuerda desviando hábilmente la conversación. Lo que más les ha impresionado, nos confiesan, es la Postdamerplatz, su cúpula, con esa especie de carpa gigantesca que parece acoger los fastos del gran teatro del mundo. A la salida del restaurante chino, el sonriente camarero, quizá con cierta mala conciencia por no habernos podido complacer, me ayuda a colocarme bien el chaquetón.

La ciudad amanece nevada, no veo a niños en la calle jugando con sus regalos. Es lo que espero encontrarme siempre durante la mañana del día 6. De pequeño, disfrutaba mucho repasando lo que les habían traído los Reyes a mis amigos, para ver qué juguetes íbamos a disponer el resto del año. Pero quizá los chicos no se atrevan a salir con este frío, ni siquiera para exhibir sus nuevos regalos y darles un poco de envidia a sus compañeros. Me temo que, tal y como está el tiempo, no hayan tenido más remedio que convertir esa primera exhibición en un rito privado.

Llegado a cierta edad, lo que más ilusión me hace es comprar regalos para los demás. Pero nosotros no hemos debido portarnos demasiado bien, o quizá los camellos no se hayan atrevido a subir hasta un cuarto piso sin ascensor... En mi caso, sólo puedo decirles que me han traído este blog, con el que pienso dar toda la guerra que pueda, y alguna más. Feliz 2008.

* El niño de la foto se llama Popi, aunque en su casa se empeñan en llamarlo David. Fotografía de Mercè Bertrand.

domingo, 6 de enero de 2008

Boquitas pintadas

"La culpa de nuestra subordinación, querido Bruto, no está en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos".
SHAKESPEARE, Julio César

"La cultura oriental y la occidental no son diferentes; es una misma cosa con distintas caras. Lo que une a los pueblos no es la política, sino el sonido del corazón, la música de los cuerpos".
ORHAN PAMUK

"El humanismo corresponde a la cultura impresa, al libro. El posthumanismo a la cultura audiovisual, a la pantalla".
PETER SLOTERDIJK

El patriotismo "no ha consistido nunca en otra cosa que en la autocomplacencia de ser de los nuestros". "Ser de los nuestros es, en efecto, como bien dice Ortega, ser `absorbido por la personalidad anónima del grupo, que piensa y siente en su lugar´, pero ni tiene nada de sociable, ni es una fase cultural del desarrollo de todo hijo de familia".
RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

"Formamos parte de unas generaciones cuyo sentido del oído se ha ido deteriorando paulatinamente. Agredidos por el estruendo urbano, incluyendo a esos melómanos efusivos que convierten sus coches en discotecas ambulantes, nos refugiamos en nuestra fonoesfera particular, mediantes receptores de FM o reproductores MP3.
Este concepto de autodefensa sonora parece correcto: pretendemos regular lo que llega a nuestras orejas. Falla en la práctica cuando nos introducimos los diminutos auriculares que acompañan a los equipos de audio personal, verdaderos cañones que castigan los tímpanos y generan zumbidos. Quizá estemos condenados a quedarnos medio sordos, igual que famosos músicos -Pete Townshend, Eric Clapton, Phil Collins- que no supieron protegerse contra los excesos de amplificación que definieron la expansión del rock como fenómeno social [...].
Nunca ha habido más música disponible, pero estamos perdiendo la capacidad, incluso fisiológica, para paladearla...".
DIEGO A. MANRIQUE

* Rescato una sección que publicamos en la revista Quimera entre el 2001 y el 2006, que gozó de mucha aceptación entre los lectores. Espero que a quienes visiten ahora este blog les siga interesando lo mismo. El título provenía, claro está, de una novela de Manuel Puig.

sábado, 5 de enero de 2008

DIEGO MUÑOZ VALENZUELA

"El escribano de los imbéciles"

A Gerson Volenski, que me dio la idea

Cumplió con celo sus deberes de escribano anotando escrupulosamente cada idiotez que sus amos pronunciaron. Una vida consagrada al deber sublime de registrar sus palabras lo enfrentó finalmente a una pirámide de pergaminos escritos con caligrafía ejemplar, iluminados con las más bellas ilustraciones imaginables. En un arranque de lucidez concluyó que no pasaba de ser una suma monumental de imbecilidades, y sin dar lugar a trepidaciones de última hora, arrojó un fósforo a la espesa masa de documentos. Un minuto después se arrojó a las llamas con una terrible carcajada.

"Necrofilia, uno"


La doctora se acercó libidinosa a la mesa de disecciones del Instituto Anatómico Forense. Voluptuosamente se desprendió de su delantal y quedó desnuda, hermosa y palpitante frente al cuerpo que descansaba sobre la mesa, cubierto con una sábana amarillenta. Verificó la etiqueta que colgaba de una de las manos exánimes y asintió satisfecha. Arrancó la manta y descubrió el cuerpo también desnudo del cadáver, provisto de un enorme sexo erecto. Lo bañó con vaselina y saltó sobre él con salvajismo. El olor a formol la excitaba cada vez más. Gemía como un animal embravecido. Junto con el feroz orgasmo, él regresó a la vida y clavó sus colmillos en la yugular de la legista. Y murieron y vivieron felices para siempre.




* El escritor chileno Diego Muñoz Valenzuela ha publicado varios volúmenes de cuentos y dos novelas. Su último libro de microrrelatos se titula De monstruos y bellezas (Mosquito, Santiago de Chile, 2007). Estas piezas de humor negro son inéditas.

* En la foto de Gemma Pellicer, hecha en una pizzería de Buenos Aires, el narrador Diego Muñoz Valenzuela aparece junto a la escritora chilena Virginia Vidal.

viernes, 4 de enero de 2008

MARÍA ROSA LOJO

"Las Siniguales. Su definición imprecisa"


Son seres del viento que se posan en la tierra, y que sobre ella necesitan bastón. Seres femeninos sin cara precisa y con largas cabelleras desproporcionadas de sirenas aéreas, que seguramente usan para volar, pero que aquí, en el suelo, deben pesarles como una desmesura.
No se sabe de dónde vienen, y tampoco si son brujas o hadas, aunque parecen más brujas que hadas por su edad (los bastones, las mechas blancas que salen bajo los gorros), y más hadas que brujas por las cabelleras de tul y llamas multicolores y por su compromiso con la luz del día y con las criaturas más doradas y verdes de la tierra.
Liban en las flores como colibríes, y apoyan sobre las hojas o los pétalos de carne sus patas levísimas de insectos.
No se sabe dónde tienen los ojos. Quizá todo su cuerpo casi impalpable es un solo ojo o muchos ojos, quizá tocan con ese cuerpo, con esos ojos, la superficie de todo lo viviente, y aun de lo muerto, para resucitarlo.
Corren riesgos.
Avanzan por cornisas peligrosas, en puntas de pie sobre desfiladeros de espinas. Llegan hasta el final de feroces espolones de hierro, suben a rampas de metal duro y helado, y cuando están a punto de caer, vuelan expandiendo sus cabelleras de ala de mariposa.
Se protegen con escudos, oblongos o redondos, pulidos como monedas de plata nueva que se reflejan en los espejos de invierno por donde nadan, erguidas y guerreras, a paso lento, sin necesidad de patinar.
Lo que tocan, lo encienden.
Lo que dejan, se enfría, pero queda una estela de calor perdurable en el lugar que pisaron con su pie sigiloso.

Una de ellas tiene un bastón curvo, que se tuerce como el cuello de una serpiente mientras escucha una música encantada.
Parece una góndola o una barca vikinga, se desplaza en el aire como si trazara un surco, y mientras navega canta como las maderas cuando crujen, hamacadas por el mar.

Una niña vio esa barca varada en las rocas de Finisterre, donde termina un mundo y empieza otro, donde los muertos viven porque permanecen, flotantes, en las nubes de espuma que dejan las rompientes.

Otros seres semejantes llegaron a buscar a la barca varada.
La niña no pudo darles nombre. No eran meigas, hechiceras y curadoras, no le parecieron bruxas, amigas del demonio, y tampoco fadas, de belleza irreal y diamantina.
Entonces las llamó “Las Siniguales”.
Intentó persuadirlas con promesas y halagos, y meterlas en uno de sus bolsillos, pero las Siniguales desaparecieron y volaron de su mano, con barca y todo, dejándole en la palma un calor tibio, como de estufa, y un olor a canela.

Nadie volvió a verlas en Finisterre
La niña, en cuanto pudo irse, se echó a rodar tras ellas por la tierra redonda. A pie y en aviones, en autos y en otras barcas, en patines y en motocicletas, hasta que se hizo vieja, y aun así continúa buscándolas dondequiera que estén.


* La escritora argentina María Rosa Lojo es también profesora universitaria, investigadora del Consejo Nacional y colaboradora en el suplemento literario de La Nación, de Buenos Aires. Su último libro, a ella le gusta denominarlo como de poesía/microficción, se titula Esperan la mañana verde (1998), pronto aparecerá traducido al inglés. En la actualidad trabaja en dos volúmenes, la Historia del cielo y el Libro de las siniguales, de donde procede el texto inédito que les damos a conocer.

* Foto de Gemma Pellicer.

Olivetti Valentine

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Ayer los periódicos traían la noticia de la muerte en Milán del arquitecto, diseñador y teórico italiano Ettore Sottsass. ¿Sabían ustedes, acaso, quién era? Porque, a mí, desde luego, ese nombre no me decía nada.

Otro gallo hubiera cantado de conocer que se trataba del creador de la Olivetti Valentine, una máquina de escribir hoy expuesta en el MOMA. El caso es que este caballero que ha muerto con 90 años, en 1969 creó una máquina de escribir, no sé si revolucionaria, pero sin duda novedosa. No mucho después de esa fecha, en septiembre de 1973, cuando llegué a Barcelona con la intención de empezar mis estudios universitarios, en las facultades de Periodismo y Filosofía y Letras, apenas si tecleaba a máquina con dos dedos. En aquellos años las asignaturas en la Universidad Autónoma se aprobaban, en gran parte, con trabajos. Desde luego no eran como los que ahora se estilan, sino que debían tener bastante más enjundia, si es que uno aspiraba a salir airoso del empeño. Pues para cumplir con esa placentera obligación, no nos la tomábamos como otra cosa, mi madre tuvo que comprarme una máquina. Al fin, la adquirimos en una tienda de la Gran Vía de Barcelona, cerca de la Plaza de la Universidad. Lo único que recuerdo es que la vi, en medio de otras muchas más discretas, e inmediatamente me gustó. Por fortuna, tenía un precio asequible para nuestra modesta economía. Me duró casi veinte años, hasta que, a comienzos de los noventa, me hice con un ordenador. O sea, que el invento de Ettore Sottsass me acompañó durante unos años fundamentales para mi existencia.



La imagen que estos días la prensa reproduce de aquel aparato, representa para mí lo que la magdalena fue para monsieur Proust, pues me trae inmediatamente a la memoria los primeros años de estudiante universitario, en Sant Cugat del Vallés, en la Residencia de los Misioneros Espiritanos, en una torre con jardín, piscina y frontón, donde convivía con gentes como los hoy profesores José Manuel Pérez Tornero y Juan Ramón Torregrosa, y con los periodistas Juan Tortosa, Carlos Santos o Juan Carlos Muntaner, un argentino mallorquinizado en Buñola. Con aquella Olivetti, en fin, hice todos mis trabajos universitarios. A veces, nos juntábamos varios estudiantes en una misma habitación, que el ruido del teclear de las máquinas la daba la atmósfera de una redacción de periódico, en la que entonces soñábamos trabajar. Ese sonido era siempre interpretado como una señal inequívoca de que no había que importunar a quien estaba embebido en su trabajo. Eran tiempos aquéllos en que los jóvenes teníamos ilusiones, pues se presentía el fin del régimen, la muerte del dictador.

Ettore Sottsass, de origen austríaco, creó una máquina de escribir que no era ni negra, ni gris, como el resto de las existentes, sino de color rojo; pero además era de plástico y portátil, con un asa, pudiendo encajarse en un recipiente del mismo color por medio de unas gomas negras elásticas. Dicen los expertos en la materia que Sottsass fue el introductor de lo lúdico en el diseño industrial, del humor y el color; aunque no parece que el resto de su producción fuera tan útil y funcional (desde las absurdas cerámicas hasta ciertas estanterías inútiles), lo que no debe extrañarnos en alguien que pensaba que la emoción debía preponderar sobre la función. En fin, sólo necesitamos saber que fue el responsable del aeropuerto milanés de Malpensa, considerado por la Unión Europea el peor de Europa. Al cabo, haciendo balance de su carrera, como si de un testamento espiritual se tratara, le gustaba afirmar que “si algo nos salvará será la belleza”.

La muerte de este diseñador, de quien nunca supe nada (ni sobre su matrimonio con Fernanda Pivano, con quien viajó por Estados Unidos, conociendo a los miembros de la beat generation, Allen Ginsberg, Jack Keruac y Gregory Corso; ni mucho menos aún sobre los grupos Alchymia y Memphis), me ha hecho pensar que hay objetos con los que hemos convivido que el tiempo ha acabado convirtiendo en símbolos de nuestra existencia, en material sensible, puesto que representan lo bello y lo útil que nos ha rodeado. Quizás entre ellos figure, ya para siempre, aquella máquina de escribir roja que un día inventó aquel de cuyo nombre no tenía noticia hasta hoy.

Respecto a mí, y pese a que todos los indicios apuntaban a que nunca llegaría a nada, aprendí a teclear, gracias a aquella Olivetti roja, con algo más de soltura, y me hice un hombre... Teniendo en cuenta que nunca pisé Malpensa, bendito seas Ettore Sottsass.
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jueves, 3 de enero de 2008

Rafael Chirbes por Jorge Herralde

Mientras que en la ciudad alemana de Colonia se celebraba lo que denominan “Un libro para la ciudad”, dedicándole a Rafael Chirbes dos semanas de reconocimientos y homenajes (para que se hagan una idea de la relevancia del acontecimiento, los anteriores protagonistas fueron Haruki Murakami y Orhan Pamuk), un poco después, su última obra, Crematorio, publicada por la editorial Anagrama, era elegida por los críticos españoles más atentos, como una de las mejores obras narrativas publicadas durante el 2007, junto a Veneno y sombra y adiós, de Javier Marías, y La gloria de los niños, de Luis Mateo Díez. Esto es lo que comenta, al respecto, su editor español, Jorge Herralde.

¿Recuerda cómo surgieron los primeros contactos con Rafael Chirbes?

Fue a través de Carmen Martín Gaite, gran escritora y amiga, a quien los jóvenes autores consideraban nuestra consulesa en Madrid y la abrumaban con sus manuscritos inéditos. Carmen era tan generosa con su tiempo como exigente con la calidad de los textos. En muchos años sólo salvaron su severa criba dos primeras novelas: La escala de los mapas, de Belén Gopegui, y Mimoun, de Rafael Chirbes, lo que demuestra su visión profética. En 1988 recibí Mimoun, que leí con entusiasmo: era una visión de Marruecos exenta de la bisutería y color local habituales y también una visión oblicua y crítica de la transición, alejada de toda quincalla triunfalista, y un retrato “en negativo” de su generación.

¿Qué reputación tiene en el extranjero, y a qué es debido su éxito en Alemania?

Alemania es el país en el que Chirbes goza de mayor prestigio. El crítico Marcel Reich-Ranicki lo seleccionó en dos ocasiones para Das Litterarische Quartett y lo colmó de elogios, pero también el resto de la crítica alemana. Recuerdo una reseña que afirmaba que ningún escritor alemán se había acercado a la historia de su país con una mirada tan certera como la de Chirbes respecto a España. La editora Antje Kunstmann ha publicado toda su obra con gran éxito, con ventas de centenares de miles de ejemplares en varios títulos. También en Francia la editorial Rivages publica puntualmente todas sus obras con excelente acogida crítica. En total tiene obras traducidas a doce idiomas.

¿Y en España, cree que el público lector se rige por las mismas impresiones y reglas que en el extranjero?

En España la recepción de los mejores críticos ha sido inmejorable, in crescendo título a título. Y con respecto a su última novela, Crematorio, la opinión unánime es que es su mejor libro y una de las novelas mayores de la literatura española en muchos años. Cito la reseña de J. Ernesto Ayala-Dip en El País (27 de octubre del 2007): “Ahora Chirbes nos entrega Crematorio, una novela en la estela de La larga marcha y La caída de Madrid. En la estela épica e intrahistórica que caracteriza a aquellas, pero que en cuerpo introspectivo y solidez reflexiva incluso las supera”. Y otro crítico exigente, Santos Alonso, afirmó en su reseña de su novela anterior, Los viejos amigos: “Esa visión crítica total de la España de nuestro tiempo, que comenzó con En la lucha final, siguió con La buena letra y Los disparos del cazador, y culminó con La larga marcha y La caída de Madrid, se cierra de momento con Los viejos amigos, una novela dura que puede verse, ante todo, como la crónica devastadora de la desolación, de las ruinas y los despojos de la utopía y la revolución”.

¿Qué importancia tiene este autor para Anagrama, qué tiene para usted de especial? ¿En que consiste para la editorial lo especial o la calidad del autor Chirbes?

Pues, un valor importantísimo, publicarlo es uno de mis mayores orgullos como editor y una gran satisfacción haberle podido acompañar libro tras libro, y ya son diez, desde Mimoun (1988) hasta Crematorio. Chirbes tiene la misma autoexigencia en sus novelas breves –Mimoun, En la lucha final, La buena letra, Los disparos del cazador- en las de gran tonelaje -La larga marcha, La caída de Madrid, Los viejos amigos, Crematorio- y en sus ensayos literarios, recogidos en El novelista perplejo, o en los reportajes de El viajero sedentario.
Hace unos años me pidieron un texto para un homenaje que le dedicaron y de inmediato se me ocurrió el título: “Rafael Chirbes: la voz de la verdad”. Y podría ahora añadir como sinopsis: en ningún otro escritor puede encontrarse una crónica de la historia desde la guerra civil hasta ahora mismo, con el nefasto boom inmobiliario, un tema que no es únicamente español, como es bien sabido. Así, Deyen Sudjic (director del Museo de Diseño de Londres) afirmó recientemente en frase lapidaria: “El boom de la construcción es el agujero negro por el que el mundo está desapareciendo”. Y durante el trayecto, pasando por la postguerra, la transición y el confort del acomodo, con el rigor (incluso la ferocidad) siempre presente, acompañados por la preocupación formal y la verdad literaria que son constituyentes de la escritura de Chirbes.

¿Es Chirbes un referente representativo de la actual literatura española? ¿O, por el contrario, se le podría definir como uno de los autores independientes de movimientos, críticas literarias, foros e intereses editoriales (lo que en Alemania se define como un Außenseiter)?

Mi opinión personal es que en el área (ya un continente) de la autoficción y la metaficción (como etiquetas reductoras) los nombres de Enrique Vila-Matas y Javier Marías serían imprescindibles; en la zona pombiana, Álvaro Pombo es, naturalmente, el monarca absoluto; si nos adentramos en el ámbito realista, en su más amplio, variado y literario registro (“su realismo es del mismo tipo del defendido por Francis Bacon”, escribió en feliz comparación un crítico español), pienso que muy pocos autores españoles podrían competir con Rafael Chirbes. Y también creo que se trata de un escritor insobornable, muy crítico, obviamente, con las fuerzas reaccionarias pero también con los presuntos progresistas que han traicionado sus ideales; un escritor alejado de los oropeles mediáticos, que no pertenece a ningún grupo de poder, ninguna camarilla de favores mutuos. Quizá por ello, pese a su prestigio, Chirbes no tiene aún en nuestro país tantos lectores como merece; al parecer, según me cuentan, pasa algo similar con Sebald en Alemania. Escritores que, indudablemente, resultan incómodos en sus propios países. En suma, pues, Chirbes es un francotirador que dispara, con muy certera puntería, donde hace daño.
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* Esta entrevista fue utilizada para componer un artículo, publicado en el diario alemán Kölner Stadt-Anzeiger, el 8 de noviembre del 2007, firmado por Ralph Schulze. Puede decirse, por tanto, que es la primera vez que se publica. Se hizo con motivo de la presencia del escritor español en diversas ciudades de Renania, sobre todo, en Bonn, Colonia y Düsseldorf.

JULIA OTXOA

"Fontanería"

“Puede lavarse las manos si lo desea” –dijo amablemente la señora Monty acercando una toalla inmaculadamente blanca al fontanero que acababa de arreglarle el grifo de la bañera.
“Mejor me las quito y las tiro a la basura, después de trabajar todo el día, están hechas unos zorros”. Y dicho y hecho, ante los asombrados ojos de la señora Monty, aquel hombre de aspecto simpático y bonachón se desenroscó ambas manos y las tiró al cubo de la basura.
Todavía estupefacta por lo que acababa de ver le preguntó: "¿Y el resto del cuerpo también lo tiene usted de usar y tirar?"
“Por supuesto, señora, actualmente si usted quiere los servicios de un fontanero de carne y hueso como los de antes, de un solo cuerpo para toda la vida, tiene que pagar un dineral”. No sale rentable.
-Ya –dijo sin demasiado convencimiento la señora Monty, mientras le pagaba la factura por el arreglo del grifo y reflexionaba sobre el nuevo mundo de hombres y mujeres de quita y pon que se avecinaba y al que no acababa de acostumbrarse.


* En Un extraño envío (Relatos breves), Menoscuarto, Palencia, 2007, con prólogo de José María Merino, se recoge una antología de sus microrrelatos. "Fontanería" es una pieza inédita.

miércoles, 2 de enero de 2008

JULIA OTXOA

"Sepulcro del lenguaje"





* Julia Otxoa (San Sebastián, 1953) ha cultivado la poesía, el ensayo y la narrativa breve. Su obra aparece recogida en antologías como las de Alfonso López Gradolí, Poesía visual española (Antología incompleta) (Calambur, Madrid, 2007), Neus Rotger y Fernando Valls, Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera (Montesinos, Barcelona, 2005) y David Lagmanovich, La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico (Menoscuarto, Palencia, 2006). En la actualidad está preparando un volumen con su poesía visual.

* La pieza que reproducimos alude a quienes, manipulando el lenguaje con fines políticos, utilizan la violencia en lugar de las palabras. En esta ocasión, la figura del Cristo yacente dentro de la urna funeraria, todavía puede contemplarse en las iglesias católicas, ha sido sustituida por un machete de palabras que destruye la libertad del lenguaje.

martes, 1 de enero de 2008

Nochevieja en Berlín

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Restaurantes abiertos, manteniendo sus precios habituales, frío, gente en las calles, sobre todo adolescentes, ruidosos petardos y fuegos artificiales... En eso consiste, en suma, la última noche del año en la capital alemana, Silvester o nuestra noche de San Silvestre. Para los más atrevidos y bulliciosos, aquellos que desean pasarla al raso, envueltos en la multitud, a los berlineses les gusta llevar la botella de cerveza en la mano, apurarla por la calle o en los transportes públicos, lo más recomendable es que se acerquen a la Puerta de Brandeburgo, para desde la Pariser Platz, o la esquina del Hotel Adlon, ver los fuegos artificiales con el decorado de la Puerta y el Tiergarten como fondo.
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En la Fuggerstr., corazón de la zona gay, los travestis desafían las gelidas temperaturas, más ligeros de ropa de lo que la época aconseja, y las leyes de la gravedad, sobre las inverosímiles plataformas que suelen llevar con la misma naturalidad con la que yo me calzo mis sobrios zapatos extraplanos. Pero quizá la actividad mayor se concentra en el trozo de manzana que va del Parque infantil al viodeoclub gay, el Man, del que salen y entran clientes con asiduidad, que van o vienen de los siempre bulliciosos Pinocho y Tabasco, dos bares gemelos, algunos también a la caza de los jovencitos que esperan a los clientes con más cara de tedio que otra cosa.
Los berlineses algo más pacíficos, aquellos que siguen apreciando el placer de la conversación, pueden optar por unas copas de buen vino, al que tan aficionados se muestran los berlineses, y una comida más bien frugal, puesto que no les faltará un buen restaurante, a la luz del tenue alumbrado de unas velas en el que pasar con los amigos una velada que suele concluir con el cambio de año y la traca final, que se alarga durante más de una hora, cuando empiezan a decaer los estallidos y el olor a pólvora...
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En esta ocasión, el año nuevo trae consigo la entrada en vigor de la ley antitabaco. Hasta ahora estaba permitido fumar en casi todos los locales dedicados a la hostelería. Los restaurantes y bares llevan ya algún tiempo recordando a sus clientes que a partir de hoy no está permitido fumar. Aquí no será como en España y me imagino que la ley se cumplirá a rajatabla, aunque sólo sea por lo que de prusiano queda en todo alemán que se precie. A pesar de todo ello, en el metro se prohibió hace tiempo, pero se sigue viendo a gente fumar.

El 2008 nos ha traído también la primera gran nevada del invierno, con algún latoso, especie ésta que no se extingue jamás, rompiendo el silencio gracias a los petardos que le sobraron anoche. Lo que me gusta más del concierto de año nuevo en Viena, además de la melodía añeja de valses y polkas, es el humor y la distensión con que acostumbran a dirigir la orquesta los maestros invitados. El de este año, el veterano francés Georges Prête, uno de los favoritos de Maria Callas, ha estado a la altura que se esperaba con sus alusiones al fútbol, al próximo campeonato de Europa cuya organización compartirán Austria y Suiza. La capital alemana también aparece estos días llena de carteles anunciando conciertos, en iglesias y salas diversas, con motivo de las celebraciones navideñas, aunque ninguno de ellos haya alcanzado la popularidad del que se celebra en la Sala Dorada de la Filarmónica de Viena, ni logre convocar a tantos japoneses.

Me gusta Berlín así, con su disfraz de ciudad blanca.

* Monumento a Federico II el Grande en la Unter den Linden. Al fondo de la avenida se encuentra la Puerta de Brandeburgo. Foto de Gemma Pellicer.

lunes, 31 de diciembre de 2007

Eduardo Mendoza, columnista

El año se acaba y Eduardo Mendoza aprovecha para despedirse como columnista del diario El País, tras cuatro años en los que nos ha acompañado todos los lunes. Llegó para sustituir a Manuel Vázquez Montalbán, al que homenajeó en su primera salida y vuelve a hacerlo en la prostrera. Con un estilo muy distinto, menos directo y obvio, poco a poco ha ido haciéndose con el tono y las hechuras propias de tan complicado formato. Se va con un diágnóstico y recordándonos las obligaciones propias del género: "ha de dejar constancia del lento desplazamiento de las actitudes y las percepciones", puesto que ha de ser "un impreciso sismógrafo, algo así como la previsión del tiempo: igual de falible y de científica, porque se elabora a base de mirar las nubes y ver por dónde sopla el viento".


No parece fácil, pero debería ser un aliciente más, compartir ese mismo lugar durante la semana con articulistas de la talla de Juan José Millás, Manuel Vicent o Elvira Lindo, por recordar a los que prefiero. Ahora que vuelve a quedarse una columna vacante, pediría el regreso de Félix de Azúa, aunque tampoco me disgustaría que ese espacio lo ocupara Empar Moliner, otra de mis columnistas favoritas. Entre los colaboradores habituales del periódico tienen buenos artículistas donde elegir: Antonio Muñoz Molina, Julio Llamazares, Luis Landero, Gustavo Martín Garzo, Andrés Trapiello, Luis García Montero, Vicente Molina Foix... Todos ellos han demostrado lo bien que se desenvuelven en esa distancia que exige tener algo que decir y una cierta voluntad de estilo, adobada por la imprescindible precisión y la capacidad de síntesis.

En una país en el que todos tendemos a fosilizarnos, no abandonando ninguna prebenda, aunque no podamos atenderla ni realizar el trabajo encomendado con un mínimo de rigor, merece mucho respeto que alguien deje una tribuna tan apetecible y vistosa como la del diario El País. De lo que estoy seguro es de que echaremos de menos las reflexiones de Eduardo Mendoza, su lucidez y sentido común. Pero quizás el mayor elogio que pueda dedicarle es recordar aquí que guardo recortadas muchas de sus piezas (entre ellas, por ejemplo, "Suicidio"; o las más recientes, "Contrarrevolución", "Circo", "Apellidos" y "Espiritualidad") como la mejor manera de poder recordar por dónde sopló el viento en estos últimos cuatro años.

* Escultura de Igor Mitoraj en la Rambla de Cataluña, de Barcelona. Fotografía de Gemma Pellicer.

ANA MARÍA SHUA


"Artistas del trapecio"
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No tengas miedo, volará, heredó nuestros genes, dice el artista del trapecio. Y desde el punto más alto lanza a su hija, un bebé todavía, por el aire, hacia los brazos de la madre aterrada e infiel. No debería temer: por las artes de su verdadero padre, el mago, la niña realmente vuela. O les hace creer que vuela.


* La narradora argentina Ana María Shua es una de las más importantes autoras de microrrelatos en castellano. Entre sus libros destancan La sueñera (1984), Casa de geishas (1992), Botánica del caos (2000) y Temporada de fantasmas (2004). Sus piezas están recogidas en algunas de las más importantes antologías dedicadas al género, como la de David Lagmanovich, La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico (Menoscuarto, Palencia, 2005), y Laura Pollastri, El límite de la palabra. Antología del microrrelato argentino contemporáneo (Menoscuarto, Palencia, 2007). Este texto es inédito.

domingo, 30 de diciembre de 2007

¿Por qué otra bitácora?

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La aparición de otro blog más parece que se justifica por la carencia de espacios para la reflexión en libertad, y por la casi decepción que producen la mayoría de los hasta ahora existentes, sobre todo los más visibles, los suplementos culturales de los periódicos y las revistas literarias, pero también los blogs que patrocinan y acogen, sobre todo, los medios de comunicación más poderosos.
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Las tres grandes ventajas que tiene la bitácora es que puede convertirse, como decíamos, en un lugar donde escribir con una cierta libertad, disponiendo para ello -además- del espacio que se estime oportuno y al ritmo que creamos conveniente. ¡Tener libertad, espacio suficiente para expresarse y sin fecha fija de entrega! Así, nos gustaría que este fuera un territorio dedicado al pensamiento, al ensayo cultural, y a la creación literaria. Intentaremos que las impresiones perduren, más allá del escaso tiempo que dura la rabiosa actualidad. Esa es, al menos, nuestra intención. Ya se verá.
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Compartiremos la reflexión con quien desee intervenir, siempre que se muestre respetuoso y tenga algo que decir que resulte de interés o sea simplemente curioso. Nuestras entradas tratarán sobre todo de literatura, incluyendo el teatro, la representación teatral, pero también de pintura y escultura, cine, arquitectura, fotografía y ópera. Y de cualquier otra cosa que se nos ocurra, y sobre la que tengamos algo sensato que decir, claro está.
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La creación literaria, en cambio, será un lugar para la colaboración externa y estará centrada en las formas breves, sobre todo en el microrrelato, el aforismo y la poesía, conviviendo inéditos y clásicos, autores jóvenes y consagrados, sobre todo españoles e hispanoamericanos, aunque sin olvidar a los escritores en las otras lenguas, tanto nacionales como extranjeras. Vale.
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* La imagen reproduce La nave de los locos, de El Bosco.
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