viernes, 26 de diciembre de 2008

Los fogonazos de ÓSCAR SIPÁN, 9

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EL LENGUAJE DEL AMOR



El lenguaje de los enamorados cambia: recibo cartas de mi banco todas las semanas.


LA MUDANZA



Desde que nos mudamos nadie viene a visitarnos. Y la niebla es fría y no podemos dejar de pensar en el accidente: el vuelo del coche en el acantilado, nuestro grito condensado en un segundo, la mudanza.

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PIANISTAS



En mi pueblo todos somos pianistas, menos el tío Damián. Pobre tío Damián: a veces lo escucho llorar en el fondo del pozo.
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jueves, 25 de diciembre de 2008

Harold Pinter

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Esta tarde me había ido a visitar el Dramaten, de Estocolmo, un teatro para mí mítico, Strindberg, Bergmann..., y al regresar al hotel, me encuentro un correo de LPO, dándome la noticia de que ha muerto Harold Pinter, y mandándome la caricatura que sirve como sencillo pero rendido homenaje a quien ha sido, al menos para mí, uno de los más grandes autores teatrales de las últimas décadas.
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miércoles, 24 de diciembre de 2008

Noches de Navidad en Berlín, por GEMMA PELLICER

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El recorrido se inicia en la Postdamer Platz, continúa por la Puerta de Brandenburgo y la avenida Unter den Linden y concluye en la Savigny Platz, en el barrio de Schöneberg....

martes, 23 de diciembre de 2008

Autorretrato de ALFONS CERVERA

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Lo que se ve por fuera. Ni alto ni bajo: para qué. Flaco. Desde que abandoné el fútbol no aumenté ni un gramo. Magia y biología. De aquel tiempo sólo me queda el recuerdo de un futbolista irrepetible: Enric Gensana. Era del Barça, años sesenta. Nunca le conocí personalmente, habíamos quedado a comer en Barcelona y se murió unos días antes. No me escondo: lloré sobre la página del periódico que anunciaba la noticia. Y qué si lloré. También lloré cuando Esplendor en la hierba y cuando los guardias emboscados mataron a Faye Dunaway en Bonnie and Clyde. En las grandes novelas el llanto no existe: sólo la rabia. Las novelas que hacen llorar son una patata. Y mira que hay. Me enjugo el lacrimal. Y sigo. La espalda un poco encorvada, seguramente de cuando tenía nueve años y empecé a trabajar en el horno de pan que tenía la familia: tanto tiempo doblando el espinazo sobre el tablero enharinado me dejó así. No pasa nada: ni se nota. Ojos que casi no se ven, como de oriental postizo. Es la parte que se ve a la primera. La que no: nariz rota en un lance nada épico. A los siete años me caí por las escaleras de casa y se hizo pedazos: la nariz, no la casa. Ni al médico me llevaron. Igual hubiera sido peor. Mi madre y mi tía me abocaron a una palangana, la llené de sangre y a jugar enseguida por la orilla del río en Gestalgar, el pueblo de la Serranía valenciana donde nací y en el que vivo. Muy pequeño, apenas trescientos habitantes en invierno. Bastantes más en los veranos. Estoy bien allí. No sabría vivir en otro sitio: y menos aún en las ciudades grandes. No sé si en París. A lo mejor. Decía de la nariz rota. Más roturas: la muñeca izquierda. El fútbol adolescente. Me hizo el puente un imbécil y la mano se quedó como una garra histérica. Cuarenta días después, el médico la liberó de la escayola, se la miró dándole vueltas y dijo: “hostia, se ha quedado torcida”. Me dio una palmadita en la cara y añadió: “no pasa nada”. Pues eso. Ni ustedes lo notan ni yo tampoco. Hay vida después de las lágrimas en las películas, de la rabia en las novelas que nos salvan la vida, de las fracturas cuando la carne está creciendo y no hay dios que la pare. ¿Y escribir qué? Nunca lo había pensado. Leer sí. Todo lo que me prestaban: en casa no había libros. Había montones de sacos de harina, garbones de leña para alimentar el horno moruno, una radio que por las noches evitaba que me derrumbara de sueño sobre la amasadora mecánica. En aquella época devoraba las novelas del Oeste de Silver Kane y las del espacio que escribía George H. White: la admiración sigue todavía hoy en la forma más honda y sentida del agradecimiento. Un día alguien me acercó Últimas tardes con Teresa. Musité (¿se dice así?): sólo por una novela como ésta ya vale la pena ser escritor. Juan Marsé: el único escritor de entonces que según las solapas de sus libros no era licenciado en Filosofía y Letras. También me gustó por eso. Los dos éramos pobres. La verdad es que así en general los ricos no me han caído nunca bien. Y con la literatura me pasa un poco lo mismo: no me la creo cuando sólo salen los ricos, esos burgueses con sus cosas y tal. Qué quieren que les diga. Lo del siglo XIX era otra historia. Escribir como escribían entonces los franceses y los rusos y algunos de nuestros paisanos salvaba todos los recelos de clase. Conforme iba creciendo mezclaba pócimas explosivas de libros, canciones y películas: todo Lenin, el Libro Rojo (faltaría más), lo más entendible de Marx (luego descubrí que también había escrito poemas: qué cosas), Foucault, lo intenté con Lacan pero me quedé a esta parte del espejo, militancia radical para cambiar el mundo (radical: adjetivo usado por los telediarios para ensuciar la disidencia), Onetti (el primero, para que no se me olvide), A bout de souffle (bueno: Jean Seberg), Rayuela (¿pasa algo?), Tom Waits y Marianne Faithfull (aunque no sepa ni papa de inglés), Samuel Beckett, Conrad y Jean Ray, los poemas de Borges (lo otro casi nada, y menos aún que se quedara ciego para no ver lo que pasaba con la Junta Militar argentina), Walser, Kafka (el rey, como Elvis Presley en lo suyo), Neruda y Emily Dickinson (no los emparejo: me ha salido así), Alejandra Pizarnik, Celan, Trakl y Olvido García Valdés (demasiado para el cuerpo tal cuarteto, aunque no se les entienda casi nada: y qué, como cuando lo de llorar), Saul Bellow -Philip Roth (dos en uno, o al revés), Ángel González y algunos -no muchos- puntos suspensivos. Leo todo menos lo que no me gusta y tampoco leo a los escritores que desprecio como individuos. Un día, Kenia, la perra diminuta que tiene mi hija Laia, vació la biblioteca de casa y dejó un paisaje desolador después de sus mordidas. Lo mejor: se salvaron los libros imprescindibles. Sin embargo, acabó a dentelladas con los más miserables, incluidos en el mismo paquete sus autores. Desde ese día, Kenia vive como una reina (una reina de esas de los cuentos, no de las de verdad, que no me gustan nada). Y es que cada vez me gustan menos cosas en la literatura y en todo. Me importan poco (NADA) las listas de éxitos: sólo si en ellas salen Juan Marsé y Caballero Bonald. Me va bien en esto de escribir novelas y no me muevo de mi gente de Montesinos aunque me maten. No sé si hay algo más hermoso que inventar historias. Tampoco sé cómo dicen que escribir es sufrir. Pues que no escriban. O es que en vez de escritores son masoquistas. Tal vez sea eso. No me creo ninguna trascendencia. Bueno sí, dos: la amistad y William Faulkner. Hasta luego. No saben ustedes lo que es eso de contarse uno por dentro y por fuera. Yo lo acabo de saber ahora mismo. Poco antes de poner este punto. Éste.......

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* Alfons Cervera es narrador, poeta y articulista, tanto en catalán como en castellano. Entre sus obras destaca la novela Maquis (Montesinos, Barcelona, 1997). Su último libro publicado es la novela La lentitud del espía (Montesinos, 2007). Sobre el conjunto de su obra debe consultarse el estudio de Georges Tyras, Memoria y resistencia. El maquis literario de Alfons Cervera (Montesinos, 2008).
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* El autorretrato es de Luis Eduardo Aute.
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lunes, 22 de diciembre de 2008

En la muerte de José Luis Giménez-Frontín

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La muerte no concede tregua. El escritor José Luis Giménez-Frontín, amigo querido, falleció de cáncer ayer en Barcelona, a los 65 años. Le habían detectado la enfermedad hace tres semanas, mientras lo creíamos convaleciente de una aparatosa caída de moto que sufrió en Cadaqués, partiéndose una pierna. Acababa de publicar sus interesantes memorias, Los años contados (Bruguera, Barcelona, 2008), volumen que Alejandro Gómez-Franco me trajo a Berlín, de su parte, y sobre las que habíamos intercambiado varios correos. Le causaban fastidio algunos anglicismos y catalanismos que se le habían colado en el texto, así como un error en la sobrecubierta, donde se decía que había sido educado en el nacional-socialismo... El pasado 19 de octubre, además, apareció en este blog un poema suyo, "Elegía de las casualidades", que forma parte de un libro inédito titulado Los días que hemos visto. A la largo de su vida había ejercido como juez y profesor, lector en las universidades de Bristol y de Oxford, y en la actualidad, colaboraba como crítico literario en La Vanguardia y como articulista en El Mundo, habiendo estado vinculado desde sus orígenes a la revista Hora de poesía. También había sido corresponsable de las casi míticas páginas literarias de Tele/express y editor en Kairós, la casa del Salvador Pániker.
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Poeta, narrador, ensayista y traductor, debió de ser el único en obtener, en dos ocasiones y géneros distintos, el Premio Ciudad de Barcelona de Literatura, por el libro de poemas Las voces de Laye (Hiperión, 1981) y por la novela Señorear la tierra (Seix Barral, 1991). Con la obra Réquiem de las esferas (2006) consiguió el Premio Esquío de Poesía. Y en esa misma fecha apareció su obra poética reunida en La ruta de Occitania (Igitur). Treinta años antes, Víctor Pozanco lo había incluido en la antología Nueve poetas del resurgimiento (Ámbito, 1976), en la que también figuraban Cristina Peri Rossi, Antonio Colinas y Jaime Siles. Pero fue siempre, en suma, un escritor independiente, al margen de grupos y generaciones, más o menos artificiales..pero
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A mediados de los años setenta y ochenta publicó diversos ensayos, unos divulgativos y otros de interpretación, como Los movimientos literarios de vanguardia (1974), Seis ensayos heterodoxos (1976), El surrealismo (1983) y Camilo José Cela. Texto y contexto (1985). Y un interesante volumen de tono memorialístico, Woodstock Road en julio. Notas y diario (Pamiela, 1986). Entre los libros que tradujo, se encuentran obras de Lewis Carroll, Flannery O´Connor y Joan Salvat-Papasseit......
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Como gestor cultural, fue el alma y motor de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña, desempeñando los cargos de secretario y presidente. Allí tuve la fortuna de tratarlo con más asiduidad, en los años en los que formé parte de la junta directiva. Siempre empeñado en una labor integradora, no en vano convivían en ella, en perfecta armonía, escritores en catalán y castellano. También fue durante bastantes años (1987-2004) director de la Fundación Caixa de Cataluña, siendo relevado de su cargo con tan malas artes como poco tacto, a causa de la habitual tosquedad de los políticos.

Su mundo se desenvolvía entre Cadaqués, los veranos, y Barcelona, donde siempre mantuvo una estrecha relación con pintores, poetas y críticos de arte, como José Corredor-Matheos, Cesáreo Rodríguez-Aguilera y Enrique Badosa, o los fallecidos Ángel Crespo y Josep Guinovart, con los que compartía la tertulia y cena de los "primeros viernes de mes", en el desaparecido restaurante Sí, señor. Yo solía encontrármelo con frecuencia en Barcelona, en presentaciones de libros o exposiones, y siempre me gustaba detenerme y charlar un buen rato con él, puesto que se trataba de un ameno y inteligente conversador. La última vez que pudimos charlar despacio fue con motivo de una exposición sobre Ángel Crespo, en Barcelona, en el Círculo de Lectores. Al acabar la presentación, un grupo de amigos nos fuimos a cenar a un restaurante italiano, con Pilar Brea, su mujer, y los escritores Elena Santiago, Juan José Flores, su esposa, la pianista Sira Hernández, Antonio Piedra y Pilar Gómez Bedate, quien se había encargado de prologar, en 1991, una antología de su poesía que llevaba por título Astrolabio. Siempre fue generoso y paciente con los escritores y traductores que solían pulular por la Asociación, sobre todo con los poetas, e incluso con los poetastros, con quienes se empeñaban en echarnos sus versos cada noventa días.ue ....
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Hoy, tanto los escritores como los traductores gozan de una relación y trato más justos con sus editores gracias a los desvelos de gente como José Luis Giménez-Frontín, quien batalló para ello durante muchos años; como también se fajó para que los escritores en castellano que residen en Cataluña (fueran catalanes, del resto de España o hispanoamericanos) no fueran tratados por las autoridades autonómicas como ciudadanos de segunda categoría. En este terreno, obtuvo menos éxito. Espero que los escritores y traductores no olviden que están en deuda con él. Descansa en paz, querido amigo, vamos a echar mucho de menos tu afán emprendedor. Y me temo que ya no podré enseñarte Berlín, ciudad que tanto interés tenías en conocer. Pero prometo que un día viajaré a Egipto, haré ese recorrido por el Nilo, el país que preferías, entre los muchos que habías visitado, y del que solías hablar con tanto entusiasmo.o........

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* La primera foto es de Carme Esteve..La pimera...

domingo, 21 de diciembre de 2008

FRANCISCO RODRÍGUEZ CRIADO

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"Las muertes de Wilbor Wagner"
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¿Qué pasaría si alguien llama a la puerta de tu casa y resulta que la persona que llama desde el exterior eres tú, que estás dentro? Eso fue lo que le pasó a Wilbor Wagner una gélida noche de invierno de 1898, en Juneau, en el estado de Alaska. Estaba en bata en el cálido salón de su casa, sentado gozoso en la mecedora mientras afilaba sus cuchillos de caza, cuando sintió que alguien llamaba a la puerta. Al abrir, como se ha dicho ya, Wilbor descubrió que era él, el propio Wilbor, quien estaba en el umbral, tiritando, precariamente vestido, con restos de nieve sobre los hombros, los viejos zapatos y el gorro de piel. Su desconsolado abrigo presentaba tantos agujeros como un queso de Gruyere; era como si el fiero viento de los últimos días se lo hubiera comido a dentelladas. Seguramente uno de esos buscadores de oro, un fracasado, pensó Wilbor de Wilbor al tiempo que el segundo se frotaba las manos avejentadas por el frío en un intento de entrar en calor.
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Wilbor, incorregible egoísta, denegó al pobre Wilbor la menor hospitalidad aun a sabiendas de que eran la misma persona. Por más que insistió el humilde Wilbor en que le permitiera pasar la noche bajo techo, o que al menos le diera un tazón de caldo caliente que echarse al estómago, el altanero y cicatero Wilbor se negó en rotundo. Después de despacharle sin el menor miramiento –lo hizo con energía pero con suma tranquilidad, ni siquiera se sacó las manos de los bolsillos de la bata–, Wilbor regresó a su mecedora mientras Wilbor, la cabeza gacha y el hatillo a la espalda, enfilaba el camino de El Sendero de los Ciervos en dirección a la iglesia de San Miguel. Allí a lo mejor podrían socorrerle. No tuvo suerte: minutos después, Wilbor caía exhausto y aterido sobre la nieve para no levantarse nunca jamás. Alguien que pasaba por la zona, al ver el cadáver, se hizo una señal en la frente en forma de cruz y siguió su camino.
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Cuando la asistenta regresó a la mañana siguiente a la casa de Wilbor Wagner, encontró a su patrón muerto en la alfombra del cálido salón. El doctor Joel Fleischman dictaminó que el señor Wilbor Wagner había muerto de frío junto a la chimenea encendida.
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"Naufragio"
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Después de pasar toda la noche braceando en las frías aguas del Atlántico, llegó exhausto a la orilla justo cuando empezaban a clarear las primeras luces de la mañana. Exhausto, se arrojó sobre la arena y, palpando tierra seca, se echó a llorar de rabia y alegría: sabía que estaba a salvo. Cuando se giró para maldecir a ese desaprensivo océano que había tratado de acabar con su vida, vio que allí no había agua sino un inhóspito e interminable desierto. ¡Un desierto! El náufrago se echó a llorar de nuevo. Pero de repente vislumbró a lo lejos un reluciente oasis. Venciendo al cansancio, empezó a correr en dirección hacia el oasis. El suelo, duro y agreste, lastimaba sus pies desnudos. Loco de emoción –el objetivo estaba cada vez más cerca–, el náufrago recobró la creencia de que la felicidad es posible. Aquel pensamiento no duró demasiado, porque a pocos metros de alcanzar el oasis el desierto se cubrió nuevamente con las frías aguas del Atlántico. Su vida volvía a correr peligro.
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Tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para bracear por segunda vez hasta ganar la orilla. Afortunadamente, en esta ocasión las olas jugaban a su favor. Y también por segunda vez alcanzó la arena, tumbándose sobre ella, más exhausto aun si cabe, ahora con más rabia que alegría, prometiéndose no abrir los ojos bajo ningún concepto. Y en esa posición hubiera estado un día entero de no ser porque su mujer entró en la habitación, vistiendo un raída bata de color fucsia, los rulos en la cabeza y los brazos en jarras, para preguntarle, airada, si tenía pensado quedarse toda la mañana del domingo en la cama, o si por el contrario iba a levantarse de una vez para ayudarle en las tareas domésticas.
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El hombre, incapaz de seguir escuchando la voz agreste de su malhumorada esposa, por la que ya no sentía sino hastío, se tapó los oídos y hundió el rostro en la vivificante arena.
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* Francisco Rodríguez Criado (Cáceres, 1967) compatibiliza desde hace tiempo la escritura con la docencia en talleres literarios. Ha publicado cuatro libros de relatos: Sopa de pescado (Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2001), Los Bustamante, una familia del siglo XX (Diputación de Badajoz, 2001), Siete minutos (La bolsa de pipas, Palma de Mallorca, 2003) y Un elefante en Harrods (De la Luna Libros, Mérida, 2006). También es autor de la recopilación de articuentos Textamentos (Alcancía, Cáceres, 2005) y de la novela Historias de Ciconia (De la Luna Libros, Mérida, 2008). Colabora con El Periódico de Extremadura, donde mantiene la columna semanal de opinión “Textamentos”. Su página personal de literatura: http://www.rodriguezcriado.com/ Y su blog Ciconia (alojado en la versión digital de El Periódico de Extremadura): http://elperiodicoextremadura.com/comunidad/blogs/franciscorodriguez/default.aspx
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* Pablo Palazuelo, Mármara II, 2004.
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sábado, 20 de diciembre de 2008

RAMÓN GIL NOVALES, Premio de las Letras Aragonesas

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A veces los jurados de los premios hilan fino, aciertan y reparan injusticias, reconociendo el trabajo callado de escritores a los que se les ha prestado menos atención de la que merecían. El caso es que Ramón Gil Novales (Huesca, 1928) acaba de ser galardonado con el Premio de las Letras Aragonesas, según leo en el blog del siempre atento y generoso Antón Castro. La noticia me alegra muchísimo porque Gil Novales es uno de esos autores que pesa mucho más de lo que desaloja, por recordar la afortunada clasificación de Manuel Vicent. Ramón Gil Novales es narrador, dramaturgo y traductor, y aunque nació en Huesca ha vivido casi toda su vida en Barcelona. Quizá su mejor y mayor valedor haya sido hasta ahora nada menos que José-Carlos Mainer, quien formaba parte del jurado que le otorgó el reconocimiento.
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Como traductor, le debemos versiones de Henry Miller, Marguerite Duras, Hannah Arendt y Roger Caillois, así como de uno de los textos fundamentales de la teoría teatral, El espacio vacío, de Peter Brook. Además, ha cultivado con acierto casi todos los géneros narrativos: la novela, el cuento y el microrrelato. Así, le debemos obras como Voz de muchas aguas (1970), Preguntan por ti (1974), La baba del caracol (Guara, 1985), Trilogía aragonesa (Larumbe, 1990), El sabor del viento y otros relatos (Montesinos, Barcelona, 2005), reedición ampliada con doce excelentes microrrelatos, de la primera de 1988 del mismo título, y la novela Mientras caen las hojas (Prames, 2007). Entre sus obras teatrales destacan Guadaña al resucitado (1969) y La bojiganga, estrenada en 1971.
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A continuación, reproduzco un microrrelato publicado en su libro del 2005, texto que comento en mi reciente volumen Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español (Páginas de Espuma).
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“Instantánea”

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-Ignacio, no cruces solo la carretera, hijo; dale la mano a tu tío Pablo.
-Ya me ocupo, Rosa –y aún siente en sus dedos el tacto del niño.
Atrás quedó la mañana de mayo, como colgada en el fiel de su cielo. En la distancia, la luz esparcía los azules de la sierra. Olía a pino, a retama y a polvo.
También a polvo, como ahora. Esposado a otro, salta del camión y la sacudida le clava el hierro de la manilla. El camión apaga los faros; del coche que los ha seguido bajan tres hombres y un mozalbete. El cañón de un fusil les empuja hacia donde comienza a romperse la noche, una franja deslavada de la que brota el borrón de la ermita. La luna, cegata por el roce de las nubes, apenas descubre las trazas del camino. Suena a tierra pisada, a pedreguilla esparcida, a tropezones, porque los pasos son torpes, como acobardados.
-¿Y la fuente, tío?
-En la ermita.
-¿Está lejos?
-Ahí mismo, en aquella arboleda. ¿Te cansas?
No vuelve la cabeza. Le llega a intervalos un leve jadeo; alguien, un murmullo, se acerca. Por el lado de la ermita se desmenuzan las sombras.
-No se cansaba. Tenía siete años, ahora ha cumplido dieciocho –su voz mínima, para él suficiente. -¿Cómo, qué dices? –su muñeca tira del otro.
-Caminábamos por aquí. Venía cogido de mi mano.
La tapia se configura, va creciendo conforme se adentra la madrugada.
-¿Quién, quién era? –frena a Pablo, quiere hacerse oír-. Yo no deseo mal a nadie -balbucea.
-Viene detrás, es uno de ellos –susurra Pablo.
-Será rápido, ¿no?, sin dolor, ¿verdad?
-Le he oído, es su voz.
La tierra seca, callada, respira calor y aliento de tomillo. Al fin se abre a la fatiga del día.
-¡Mi mujer... mi mujer...!
-Es él. No hablaré. No quiero que sepa que lo sé.
El culatazo los sitúa a un palmo de la tapia. Tres descargas aturden el contorno. Del bulto asoma la fijeza de unos ojos desorbitados.
-¡Vamos, Ignacio, remátalo! ¿A qué esperas?
-¡No, eso no! ¡No puedo! Aún... aún mira.
-Si tú no puedes lo haré yo –y aprieta el gatillo.

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* El cartel es de Josep Renau.
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viernes, 19 de diciembre de 2008

Cuento de Navidad, por PABLO ANDRÉS ESCAPA

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"Figuras"
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La llamita de la lámpara vibraba sobre el aceite que la nutría y aquel temblor, que era como un aleteo nervioso de polillas, contagiaba las sombras de la habitación, la mesa que parecía dudar de su perfil en la pared, las sillas rematando en baile su respaldo. También se estremecía la figura de un niño aplicado a escribir con un palito sobre una tablilla de cera. Era de ver el esmero con que dibujaba el muchacho remotas estirpes que la candela ponía en zozobra: Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos, Judá engendró a Fares y a Zara en Tamar... Y de pronto las vacilaciones eran del alma, donde acaso la candela alcanzaba también a inquietar curiosidades.
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¿Tamar es bonito? –preguntaba el niño dejando un momento la labor.
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Del otro lado de la mesa le respondía una mujer que amasaba. Y venían las palabras con una sonrisa por delante.
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Es que Tamar no es un sitio. Tamar era una mujer. Significa palmera.
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El niño se quedaba pensativo durante un rato. Y la llama de aceite se le subía a los ojos mientras seguía las manos de su madre, los pulgares blanquísimos haciendo mella en la masa, para rendirla en seguida a la voluntad delicada de las palmas que volvían a igualar la breve ofensa de los dedos. Era como si vinieran a juntarse dos mundos sobre la misma mesa, dos materias dóciles y sin memoria: una de cera, para recibir nombres antiguos, y otra de harina y agua, para festejar un nombre solo, herencia de todos los nombres que vivían en las recitaciones familiares repetidas de generación en generación. Y era aquel encuentro porque el heredero, tan pequeño en el reflejo de la vela, tan dado a ausencias de la imaginación y a figurarse parajes de la distancia, cumplía siete años.
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¿Una palmera? Entonces era guapa –sacaba en conclusión el niño volviendo a bajar la cabeza hacia la tablilla por donde crecían los linajes de arena: y Fares engendró a Esrom, Esrom a Aram, Aram a Aminadab...
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Del otro lado de la pared venían ruidos familiares. Si era uno propicio a enredos de los oídos, hasta se daba con un arte músico: ris, ras, ris, toc-toc; ris, ras, ris, toc-toc. Y con licencias alegres: run, run, tas-tas, run, run, tas-tis-tas.
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¿Qué está haciendo? –volvía a dispersarse la curiosidad infantil.
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La mujer lo miraba sin que abandonaran las manos su tarea de dar forma a la masa. Viéndola hacer, con el velo blanco sobre el pelo y aquel candor con que contemplaba la tarea del niño la habitación envuelta toda en la luz vacilante de la vela–, parecía que fuera a asomarse un milagro por cualquier rincón de la penumbra. Y acaso dignos de prodigio fueron los andares secretos de un gato que salió de no se sabe dónde para subirse mimoso al regazo del niño. El pequeño miró feliz a su madre y bebía ella de aquella luz del niño que ahora parecía haber nacido solo para acariciar a las criaturas más débiles.
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Anda, anda, escribe, que luego se enfada el carpintero.
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En las familias pobres, bien se sabe, la instrucción de los hijos es otra necesidad. Y no se entiende qué extrañas esperanzas ponen los padres humildes en el adorno de letras que quieren para sus hijos. Porque hay más maravilla en extraer un pan de la masa y en sentarse a comerlo luego que en poner por letras las cuatro partes del mundo o los nombres seguidos de toda la parentela, que no dejarán de ser letras ociosas que igual podrían vivir en la memoria, o vagar unos segundos en el aire buscando el reconocimiento de quien escucha.
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Y Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Salmón...
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No –corregía dulcemente la voz blanca– Aminadab a Naasón y Naasón a Salmón.
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El niño pasaba un pulgar sobre la cera mal hollada y de pronto se quedaba también él en blanco.
Cuéntame lo del ángel que se le apareció al tío.

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¿Otra vez? –La mujer no dejaba de amasar pero sonreía. De la habitación de al lado seguían llegando suspiros músicos que eran revelaciones del alma oculta en la madera.
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Había ido tu tío Zacarías al templo, a ofrecer el incienso, cuando se le apareció Gabriel el ángel a la derecha del altar.
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¿El mismo que te vino a ver a ti? –interrumpía el niño. Y era novedad esta duda.
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El mismo, a lo mejor con otro traje se estiraba su madre para prevenir nuevas curiosidades– . Tu tío, que ya era viejo y veía solo a medias, creyó que era un fuego lo que tenía delante, y como es tan sentido, hasta pensó que el incendio era culpa de un descuido suyo. Se estaba levantando todo apurado para pedir ayuda cuando oyó hablar al ángel: «No temas, Zacarías, que soy amigo. Vengo a decirte que tu mujer va a tener un hijo, como querías tú, al que pondrás por nombre Juan». Tu tío, que ya no sabía si levantarse del todo o volverse a arrodillar...
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Pero antes fue cuando le dijo el ángel que Juan no había de beber vino ni desde antes de nacer –intervenía el niño de nuevo.
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Es verdad, se me olvidaba, ¿ves como te lo sabes mejor que yo?
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Pues el año pasado, cuando vinieron por Pascua, Juan bebió un poco del vaso de papá. Y me echó el aliento riéndose.
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No lo vería su madre. –La mujer dejó un momento de amasar para buscar la cara del niño. Y se puso seria al advertir–: Si es en día de fiesta, no pasa nada. ¿Te pasó algo a ti por respirar el aliento de tu primo?
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El niño negaba con la cabeza. Y por un momento se miraron con una fe absoluta.
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Entonces fue cuando tu tío –siguió ella alargando el brazo para alcanzar un rodillo–, que siempre ha sido algo desconfiado, le dijo a Gabriel el ángel que cómo iba a tener un hijo él con lo mayor que estaba.Y Gabriel el ángel, para probar la autoridad de Dios y la paciencia de tu tío, le contestó que lo iba a dejar mudo hasta el día en que naciera el hijo prometido.
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El niño se quedó callado, viendo hacer a su madre una ola de masa que corría cada vez más pequeña por delante del rodillo hasta desaparecer bajo su paso. Y acariciando al gato, que cerraba los ojos. También la madre detuvo su labor cuando regresó el rodillo sobre la masa, como vuelve la espuma sobre su memoria de sal después de probar la arena.
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Y cumplido el noveno mes, Zacarías volvió a hablar –dijo la mujer a media voz, igual que si recitara un precepto, o como si hablara recién salida de un sueño extraordinario.
Porque los ángeles no dicen mentiras –remató el niño.
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Su madre lo miraba y volvía a sentir aquel sobresalto que un día le inundó el vientre. Y viéndolo tan pequeño, con la tablilla a medio escribir y el gato en el regazo, no dejaba de temer otro anuncio, aquel vértigo de que el niño iba a ser grande, y que iban a llamarlo Hijo del Altísimo, y que le daría el Señor Dios el trono de David, y que su reino no tendría fin. Porque los ángeles, es cierto, no engañan.
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Al otro lado de la pared seguía el oficio de la lima ris ras, ris ras– y del escoplo –toc-toc-toc–. Y por esta parte del tabique crecía la curiosidad del que cumplía siete años en el mundo. "¿Qué estará haciendo, eh?".
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Sobre la mesa iluminada por el candil de aceite, madre e hijo compartían imaginaciones y caprichos. Pero no tenían ya a la madera por juguete, que ahora era la masa la materia para tentar figuras. Con un cuchillito entre los dedos, iba el niño recortando formas que su madre dirigía llevándole la mano: el cordero de la señora Sara, con la boca abierta para balar; el jilguero del señor Caifás, con su ojo de mostaza; el burro del señor Ismael, con albardas y todo. Y si sobra masa, se atrevió el niño volviendo la cabeza, hacemos la escalera de Jacob, pero vacía, para que no se quemen los ángeles en el horno.
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Se abrió una puerta de la habitación y entró un hombre con otra candela poniendo luz al atardecer. Traía serrín en las alpargatas y una viruta enredada entre las barbas. Corrió el niño a su encuentro y el hombre lo cogió en brazos.
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A ver las letras –dijo el recién llegado apoyando la candela sobre la mesa, y sin soltar al niño. Miró el chico para su madre, a la vez que se agitaba nervioso en el abrazo que lo sujetaba. Su padre lo posó en el suelo.
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Vamos por Eleazar –se adelantó ella a responder. Me ha estado ayudando con la masa.
El hombre echó un vistazo a la mesa, por donde se esparcían los recortes blancos que la brasa había de dorar más tarde. Junto a un borde estaba la tablilla de cera.
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Tampoco acabé yo el oficio
dijo el hombre repasando la escritura y llevándose una mano al costado–. Debe ser que va ya uno viejo. –Y dijo esto mirando al niño, como quien da cuenta de una desgracia difícil de arreglar.
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Se quedó el muchacho quieto ante su padre, como si esperara más palabras. Pero él, con paso cansado, ya iba camino de una silla que le tendía la mujer. Entonces el chico corrió para adelantarlo.
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Aunque no acabé de escribir me lo sé de memoria. Y con voz segura recitó–: Eleazar engendró a Matán, Matán a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
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Acariciaba María la cabeza de José, que acababa de sentarse, y los dos sonreían al niño que intuía ya que entre aquellos que lo miraban había acuerdos dignos de confianza. Se ladeó José, y de una abertura de la tela que lo cubría, sacó una figura de madera que le ofreció a su hijo.
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¡El camello de don Gaspar! –gritó entonces Jesús. Y de un salto, se puso encima de su padre y lo abrazó con fuerza. María acariciaba las dos cabezas juntas y dejaba al pasar una memoria de harina sobre el pelo, como una nevada inocente.
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Y ahora no vuelvas a perderlo –advirtió el carpintero.
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Pero el niño ya se arrastraba por el suelo llamando al gato para que viniera a ver el regalo. Y vino como suelen venir los de su especie, saliendo de una sombra, progresando a pasos cortos y algo misteriosos, desconfiando del aire. Acercó el hocico a la figura que le tendía el niño y lo último que se vio, antes de que María cambiara de sitio la luz vacilante de la vela, fue la lengua del gato saludando muy respetuosamente al camello de don Gaspar.
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* Entre los nuevos cultivadores españoles de la narrativa breve, Pablo Andrés Escapa (León, 1964) es uno de los nombres que más me ha llamado la atención. Tiene en su haber dos libros: Las elipsis del cronista (2003) y Voces de humo (2007), ambos publicados en la editorial Páginas de Espuma. Se licenció en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y en la actualidad trabaja en la Real Biblioteca de Madrid. Es autor de diversos artículos sobre historia del libro. Su edición y traducción del Syntagma de arte typographica de Juan Caramuel (Instituto de Historia del Libro y la Lectura) obtuvo el premio Fray Luis de León 2005. Y acaba de entregarle al editor la traducción de De vita solitaria, de Petrarca, obra de la que no existía una versión completa en castellano.
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* El segundo cuadro es de Caravaggio, La virgen de la sierpe o la madona de los palafreneros, 1605-1606, y el tercero de Max Liberman, Presentación de Jesús en el templo, 1879.
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* ¡Felices y tranquilas Navidades y un mejor 2009!
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jueves, 18 de diciembre de 2008

Adiós a Francisco Casavella

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El escritor Francisco Casavella ha muerto a los 45 años de un ataque al corazón, según ha informado la editorial Destino. Ramón de España, en un artículo sincero y lúcido, achaca su fallecimiento a una existencia tarambana debido a los excesos con el alcohol y las ¿drogas?, aunque no cita nunca esta palabra, todavía -por lo visto- maldita, al menos cuando se trata de los autores de casa. Aunque Casavella había nacido en Barcelona, se consideraba gallego (una parte de su familia procedía de Mondoñedo), con cierta sorna, y su auténtico nombre era Francisco García Hortelano. Si le preguntabas por sus novelas favoritas, entre ellas citaba El gran momento de Mary Tribune, de Juan García Hortelano, autor que lo había obligado a cambiarse de nombre. Quizá sus mejores libros fueron El triunfo (1990) y la trilogía de El día del Watusi (2002 y 2003), aunque obtuviera más renombre con el premio Nadal del pasado año, Lo que sé de los vampiros (2008), en el que se decantaba por la tragicomedia, la forma literaria que decía preferir. Con su primera novela, La chica ye-yé ganó en 1990 el premio Tigre Juan. La crítica más exigente lo respetaba, aunque no sintiera un gran entusiasmo por su obra, esperando quizás algún libro de más entidad en el futuro. Era colaborador de El País, donde ejerció también la crítica literaria. Dos de sus novelas han sido llevadas al cine: Un enano español se suicida en Las Vegas (1997), titulada Volverás en su versión cinematográfica, y El triunfo, por Mireia Ros, aunque no se quedó satisfecho de esta versión. En 1995 firmó el guión de Antártida, película de Manuel Huerga, protagonizada por Ariadna Gil.
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Lo traté muy poco, y habiéndolo leído, la verdad, apenas me ocupé de su obra. Pero los elogios que le dedicaron Juan Marsé y Juan Antonio Masoliver, cuyos gustos suelo compartir, me hicieron pensar que no lo leí con la suficiente atención. Sí lo recuerdo, en cambio, en la librería Laie, de Barcelona, de pie, apoyado en una estantería, con su habitual aspecto desgarbado, aquella chaqueta en la que no acababa de sentirse cómodo, el rostro aniñado que conservó siempre, tintinesco. Aquel atardecer llevaba puesto un leve riptus de sorna, la mirada triste y escéptica, siguiendo la presentación de los Diarios de Witold Gombrowicz, el memorable autor polaco, quien debía interesarle mucho más que lo que decíamos los posiblemente decepcionantes presentadores. Parece que deja cien páginas de una nueva novela y cuando ganó el Nadal contó que estaba escribiendo un ensayo sobre paranoina y literatura. Veremos qué hay de cierto en todo ello. Como decía, habrá que volver a sus libros con el respeto que todo escritor de verdad, como era Francisco Casavella, se merece.
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