El viernes pasado estuve en Valencia formando parte del tribunal de la tesis doctoral de Maria Rosell, sobre La dimensión apócrifa de la Modernidad: la escritura de Max Aub, dirigida por el profesor Joan Oleza. El trabajo da mucho más de lo que el título anuncia, pues empieza proporcionándonos una historia de los falsos, y no solo en la literatura, puesto que también tiene en cuenta la pintura y el cine. Aclara conceptos como apócrifo, heterónimo, pseudónimo, falso, pastiche o canular, que no siempre se usan con la precisión y el rigor necesarios. Sin olvidarse nunca de la dimensión internacional de este tema, se centra en autores tan importantes como Fernando Pessoa, Antonio Machado, Eugenio D'Ors y Max Aub, con alusiones a obras de Joan Perucho o el apócrifo Sabino Ordas. Dada la calidad del trabajo, debería publicarse en uno o varios libros.
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Esta tesis, además, tenía la categoría de doctorado europeo, por lo que debía incluir un resumen en inglés y, entre los componentes del tribunal, haber al menos un investigador de otro país. En este caso era la profesora italiana Rosa Maria Grillo. El resto del tribunal estaba compuesto por Dolores Fernández, Xelo Candel y Joaquín Álvarez Barrientos.
Tras acabar la licenciatura, los investigadores más brillantes suelen conseguir una beca que los vincula a un proyecto colectivo de investigación. Tras cuatro años de duro trabajo, de múltiples lecturas, visita a bibliotecas y hemerotecas, el estudiante concluye su tesis que, tras el visto bueno del director, es juzgada por un tribunal de especialistas en la materia. Si todo este proceso se cumple, como ha ocurrido en este caso, el Departamento universitario ha hecho bien su trabajo, y el Estado, una inversión que debe rentabilizar, lo que solo puede conseguir concediéndole un puesto de trabajo remunerado a la persona, a fin de que esta, a su vez, pueda transmitir a otros estudiantes los conocimientos adquiridos, y no se quiebre la cadena del saber. Todo ese proceso, decía, culmina, pero también empieza, con la lectura de la tesis doctoral, uno de los ritos de paso más importantes en la vida del investigador, y como nos recordaba Oleza, una fiesta del conocimiento y del saber, y una ceremonia emotiva. Así las cosas, una vez la Universidad, los estudiantes y los profesores han cumplido con su obligación, el Estado no debería de incumplir con la suya. En los últimos tiempos, lamentablemente, el gobierno no siempre ha asumido su responsabilidad, malbaratando de este modo no solo la inversión hecha en la investigación, sino también un activo humano que ve de pronto su formación sin proyección de futuro. Es un pésimo camino que nos aleja, una vez más, de los países civilizados, de la Europa de la cultura.
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* En las fotos, Maria Rosell y Joan Oleza.





























