Con la excusa de un
apresurado comentario sobre
Soplando vidrio, mi libro dedicado al microrrelato, el crítico José Luis García Martín nos regala doce piezas breves en prosa, en las que dice poner en práctica lo que ha aprendido en mi trabajo. A la vista de los resultados obtenidos, me temo que sus textos muestran escaso aprovechamiento, los reproduzco a continuación para que vosotros mismos los juzguéis, pues a mí me parecen un perfecto y claro ejemplo de lo que
no puede ser un microrrelato, esto es: un chiste, una anécdota, una ocurrencia con paradoja o una mera frase ingeniosa. Todo esto se repite hasta la saciedad en
Soplando vidrio, donde nunca se afirma, por cierto, como me atribuye García Martín, que el género se diferencie del cuento sólo por su extensión. Que el microrrelato sea, por sí mismo, un género nuevo y distinto (o no) es cuestión disputada, sobre la que los especialistas en la materia han barajado ya numerosos argumentos, pero que -me parece- no puede ser zanjada con premura, en unas pocas líneas de periódico. A no ser que el profesor de Universidad, como es su caso, haya acabado convirtiéndose en gacetillero. Lo cierto es que mi argumentación, en su conjunto, está plagada de matizaciones y dudas, que un crítico atento debería saber reconocer. Buena prueba del apresuramiento del director de
Clarín se pone de manifiesto cuando afirma que "bastantes páginas del volumen no pasan de un recuento bibliográfico", cuando en realidad sólo son 7 de las 333 que componen el libro, presentadas como una guía posible de lecturas, en sustitución de los clásicos listados de bibliografía. Páginas que, además, bastantes lectores han elogiado ya por su utilidad. Los críticos tienen que intentar ser siempre ecuánimes y juzgar los libros, ya sean de ficción o de ensayo, en su conjunto. Pero éstas son obviedades que se supone que debería ya saber un crítico veterano, aunque lamentablemente no siempre se practiquen. Sólo los críticos efectistas y banales, como aquél que anduvo por
El País de cuyo nombre prefiero no acordarme, escriben con el apresuramiento y la falta de respeto por el trabajo ajeno que muestra García Martín. Atendiendo a cuanto dice en su comentario, me temo que no ha entendido apenas nada, de ahí que prefiera pensar que, en realidad, no se ha leído el libro. Así, sale mejor parado.
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Su obsesión era convertirse en el autor del cuento más breve del mundo. Primero publicó un libro sólo de títulos, ya que un buen título encierra toda la historia; luego pensó que las buenas historias no necesitan título y publicó un volumen con todas las páginas en blanco.
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Un día, en el carnaval, quiso poner a prueba la fidelidad de su mujer y trató de seducirla; ella, también enmascarada, resistió todas las galanterías de aquel presunto desconocido. Cuando, orgulloso, se lo contó al día siguiente, se puso colorada y murmuró: «Entonces ¿no eras tú?».
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Cuando se abrió el testamento resultó que el padre había repartido todas sus posesiones entre sus dos hijos mayores y al tercero, al que más quería, no le había dejado nada. Al ir sus amigos a consolarle, este sonrío: «A mí me ha dejado lo mejor: su talento».
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Las dos amigas se enamoraron simultáneamente del mismo hombre, un capitán de artillería que no hacía caso a ninguna de las dos. Acabaron viviendo juntas y consolándose mutuamente de aquel fracaso.
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Un día, dando una vuelta por el paraíso, se encontró Dios con un santo que, desnudo de cintura para arriba, se golpeaba con aparente saña. «Pero ¿qué haces, buen hombre? Ahora estás en el cielo, ya no es necesario que te mortifiques». «Si no me mortifico?», respondió ruborizado.
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Buscaba mujer y no encontraba ninguna de su gusto. Ésta era un poco cejijunta, aquella estrecha de caderas, la otra demasiado habladora. Un día, cuando ya desesperaba, la encontró al mirarse casualmente en el espejo.
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Cada noche, cuando el pastor dormía, el lobo se llevaba una oveja. No había manera de evitarlo. Un día al despertarse el pastor se encontró al lobo que lo miraba fijamente. «¿Qué quieres?», preguntó, «Ya no me queda ninguna». «Quiero las ovejas que cuentas antes de dormirte».
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Para evitar desilusiones, antes de declararse a la mujer que amaba hacía cuidadosas averiguaciones sobre su pasado, su fortuna, sus costumbres. Contrataba detectives, preguntaba a familiares y amigos. Nunca se declaraba a ninguna mujer sin estar bien seguro de que iba a ser rechazado.
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Todo lo que hacía le salía bien, jamás estuvo enfermo, era el hombre más feliz del mundo. Había cumplido ya los noventa años cuando la muerte llamó a su puerta. Se asustó: «Ahora voy a pasar todas las angustias juntas». Pero la muerte sonreía: «Conoces todos los bienes de la tierra, pero te falta por conocer lo mejor, algo que hasta los dioses anhelan: la dulzura de la nada».
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Se pasó toda la vida viajando, estudiando, tratando de averiguar lo que era necesario para ser feliz. Cuando estaba a punto de averiguarlo, murió súbitamente. Nunca hubo hombre más feliz.
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A Oscar Wilde, poco después de su salida de la cárcel, le reconocieron unos viajeros ingleses en un café de Nápoles. Se quedaron parados, a cierta distancia, mirándole como se mira a un animal que causa a la vez pasmo, miedo y repugnancia. Pero una niña se soltó de la mano de la madre y, antes de que pudieran impedirlo, se acercó a él y le dio un beso. Oscar Wilde sonrió: «Dios os ha perdonado».
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Aquel gran pecador, cuando abrió los ojos, se sorprendió de encontrarse en un jardín con frutos de oro y ríos de leche y miel. «La verdad -le dijo al ángel que se acercaba con una botella de su whisky favorito y unos vasos- creí que el infierno sería un lugar menos agradable». El ángel sonrió: «Te han negado la entrada en el infierno porque cometiste todos los pecados, pero te olvidaste del único que de verdad importa: nunca hiciste mal a nadie».
.....A la vista de estos textos, su autor convendrá conmigo en que ni él como director de Clarín, ni Gemma Pellicer y yo, como responsables de la sección de la revista dedicada al género, titulada "Liebre por gato", podríamos recogerlos allí. En cambio, sí los utilizaré a partir de ahora como claros ejemplos de lo que no debe ser nunca un microrrelato.
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P.S. No publicaré los comentarios, ni hoy ni nunca, de quien no se identifique. Puesto que los demás utilizamos un nombre y correo público, no me parece razonable mantener diálogo con anónimos o seudónimos ridículos (tipo Azarel Leví), pues suelen ampararse en ellos para criticar o, en los peores casos, insultar y amenazar. Si tengo que responder, quiero saber a quién.
....* El cartel es de Arnal Ballester....