viernes, 25 de enero de 2008

FRANCISCO SILVERA

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“Cronista”


Subimos a la parte alta de un viejo pueblo blanco. Una iglesia, una plaza y una torre. La torre, caída; la plaza, bullente de niños; la iglesia deslustrada por los tiempos, una espadaña a trozos, graves contrafuertes volando sin miedo sobre el pueblo desparramado a sus pies. Siempre hay una hilera de casas misteriosas y antiguas, y siempre terminamos paseando por allí en busca de una terraza que nos permita observar cómo cae esta fortaleza elevadísima sobre las tejas regulares y hermosas del pueblo.
Un hombre sentado en el umbral de una puerta. Tiene el pelo enredado y sucio, como ceniza proveniente de madera ardida con premura, color gris, blanco, retales sardónices como de humo. Al pasar da un sonoro ¡buenos días!, preludio de su discurso. El sol cae de pleno sobre los forasteros:
-Domingo de Ramos, Jesús entró pacífico en Jerusalén, porque era “diplomático” y pacificador. Así fue. Y el pueblo le recibió como libertador y Herodes pensó que había que pararlo. Así fue. Un día como hoy; otra época, pero como hoy. Porque la sangre sólo trae más sangre, la violencia sólo trae violencia y, muertos los héroes, acabado el contrapeso soviético, los Estados Unidos se ven los únicos que pueden gobernar el mundo... Pero a todos no se nos puede hacer pensar igual, ¿no? Así es. Yo no soy beato, pero hay una Providencia... Todo lo controla la Providencia; eso de la explosión... ¿Cómo va a salir el mundo de ahí? Existe un plan y a la explosión estamos yendo, que no es lo mismo, así va a acabar todo. ¿Por qué tenía tanta prisa la Thatcher en derribar el Muro? Claro, porque la U.R.S.S. era la mayor potencia del mundo, debilitándola comenzaba la hegemonía de Occidente. Así fue. Pero todo está escrito y el Mal nunca gana, poco a poco el Bien come su terreno porque al Final de los Tiempos ha de triunfar plenamente. Así es. La prueba está en Cristo, que muere y sufre para alcanzar la Gloria, la suya y la nuestra, la Gloria máxima. Así fue. Lenin y Stalin, el Padrecito, crearon la mayor potencia de la Historia, que volverá triunfante. Así es. Volverán los comunistas, pacíficos y sin derramar sangre, como el inocente Cordero de Dios.
El cronista se da la vuelta, sucio y desgreñado. Vuelve a su asiento, no parece tener nada pendiente y sonríe, como si supiera algo. Con la cara manchada de barba anciana, los ojos vivos y la sonrisa coja, viejos los dientes. Los visitantes se alejan con aparente indiferencia, las gentes del pueblo salen procesionando de la iglesia, todos los niños con una ramita de olivo para recibir al Pacificador.


“El asesino”

Cuando uno quiere hacer algo terrible se miente a sí mismo.
Ray Bradbury

Justo en el instante de la masacre dudó, dudó porque sabía que matarlos no era la alternativa única, y aun así los mató, pues ya no tenía remedio.
Miraba los rostros de las gentes por la calle; al principio anadeaba asustado, temeroso de la ira de la muchedumbre… pero se dio cuenta de que ningún estigma lo marcaba, ninguna miasma ensuciaba su faz, sus ojos eran tan limpios como los de los demás. Y acompasó su sentir a los habitantes de la ciudad, y ya era uno entre tantos, indistinguible por nada concreto.
Alzó la mirada al cielo y a un árbol. Tampoco percibió nada extraño. Vio que todo estaba bien. Los pájaros tonaban desde las copas en una mañana blanca, las hojas mustias de gasolina derramaban sus heridas al acerado, los troncos resecos se elevaban sobre los adoquines y él caminaba entre hombres con toda la paz.
Justo al terminar la matanza, hirviendo todavía la sangre, una náusea de podre le atenazó el corazón y estuvo a punto de vomitar. La inercia de los muertos le angustiaba; la falta de rebelión e indiferencia, mientras él se alejaba despacioso y asqueado del lugar, le chocaba hasta indignar su capacidad de sorpresa… Habría querido que uno, aunque sólo fuera uno, se levantara para desquitarse del atroz asesinato pero los muertos estaban muertos y con cada paso, al alejarse, las sensaciones iban aplacando su furia y todo iba quedando atrás.
Observó, parado un momento, que el mundo seguía, la Naturaleza no había cambiado por causa de su crimen, el tiempo contaba igual y supo que sus actos eran nada en medio de nada. Entonces ya no se sintió culpable y comenzó a olvidar: lo pasado, pasado está, y comprendió la grandeza inútil de lo humano.


* Francisco Silvera es poeta y narrador. En la actualidad dirige, junto a Javier Blasco, la edición de las Obras de Juan Ramón Jiménez, en 48 volúmenes. Acaba de publicar, el Libro del ensoñamiento (Fundación Jorge Guillén), que le gustaría que fuera leído como una novela. Estas dos piezas narrativas que les presentamos forman parte de una obra inédita titulada Libro de apuntes.

1 comentario:

alba alpha dijo...

Muy buenas y certeras narraciones, apunto libro y autor.
Saludos
Alba