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miércoles, 5 de agosto de 2015
40 años de la revista `Estreno´, por Emilia Oliva
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miércoles, 1 de julio de 2015
Angélica Liddell en Berlín
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martes, 4 de noviembre de 2014
Consejos a un aspirante a actor
* El cuadro es de Georg Grosz.
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martes, 2 de septiembre de 2014
Lope de Vega en la casa de Shakespeare
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* La caricatura de Lope es de David Pintor, y siento no saber a quién se debe la de Shakespeare.
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jueves, 17 de abril de 2014
Ha muerto el rey Alcón
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martes, 16 de julio de 2013
La responsabilidad del público
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miércoles, 20 de marzo de 2013
El Max Aub de Esther Lázaro
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lunes, 25 de febrero de 2013
Jan Fabre, vanguardia y tradición
Es esencial entender que la vanguardia auténtica está enraizada en la tradición.
sábado, 28 de abril de 2012
Más Jardiel: `Diez minutos antes de la medianoche´
martes, 11 de octubre de 2011
Los Valle-Inclán de Sargadelos
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miércoles, 9 de junio de 2010
La `Angelina´ de Jardiel
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sábado, 10 de abril de 2010
Lluís Pascual regresa al Lliure
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Un buen amigo, más joven que yo, me comentaba que el regreso de Pascual podría suponer la vuelta al pasado. La verdad, no lo creo, quizá porque en cuestiones artísticas nunca he creído en esas divisiones de jóvenes y veteranos, y mucho menos en el juvenilismo que nos invade. Para mí, el director, discípulo del gran Giorgio Strehler, ha sido siempre un clásico, y los clásicos, a diferencia de los modernos, nunca dejan de estar de moda. Espero con suma curiosidad los nuevos montajes, la reapertura del viejo teatro de Gracia. ¿Con La casa nova, de Goldoni? Por lo pronto, me imagino que veremos aquí Doña Rosita la soltera que ha preparado para el Piccolo de Milán, curiosamente la única pieza española que el Berliner tiene ahora en su repertorio. Las obras dirigidas por Lluís Pascual pueden ser más o menos acertadas, pero nunca decepcionan y, a menudo, son de lo mejor que puede verse hoy en Europa. No en vano, ha sabido siempre apostar por autores, actores y obras que no se olvidan.
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* En la primera foto aparece el director y en la segunda y tercera los montajes de Esperando a Godot y Luces de bohemia.
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sábado, 14 de febrero de 2009
De Lope de Vega a Jerzy Grotowski
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En una de las excelentes crónicas que Joan de Sagarra publica los domingos en La Vanguardia leo que la Unesco ha declarado el 2009 como el año Jerzy Grotowski. Quizá porque se cumplen diez años de la muerte del director polaco y cincuenta de la fundación del Teatro de las trece filas, en Opol (Polonia), que luego se trasladó a Wroclaw, sede hoy del Instituto Grotowski, y pasó a llamarse Teatro Laboratorio. Parece ser que los montajes de Grotowski nunca llegaron a España, pero sí conocimos, pese a ello, sus teorías, su concepción del teatro como ceremonia, las ideas sobre el teatro pobre, el espacio teatral y la potenciación del cuerpo del actor como instrumento fundamental de la interpretación, como antes sólo lo había hecho Meyerhold. Para Grotowski, lo recuerda Peter Brook, su gran valedor y prologuista de Por un teatro pobre (1968), el teatro fue un vehículo, un medio de autoestudio, de autoexploración, una posibilidad de salvación. El montaje que quizá le proporcionó un prestigio mayor en todo el mundo (junto a Apocalipsis con figuras y Acrópolis, ambas puestas en escena en 1970) fue su versión, en 1966, de El príncipe constante, de Calderón, adaptada por el poeta romántico Juliusz Słowacki, e interpretada por Ryszard Cieslak. Durante la última época de su vida estuvo dedicado a investigar el arte del actor, con el apoyo económico del Centro para la Investigación y Experimentación Teatral de Pontedera (Italia), de Roberto Bacci y Carla Pollastrelli. Quizás uno de sus principales seguidores fue Eugenio Barba. A lo largo de los ochenta el prestigio del otro gran director polaco, Kantor, lo eclipsó un poco; pero ambos y el exigente repertorio del Stary de Cracovia, el Teatro Viejo, donde vi Opereta, de Gombrowicz, y La boda (Wesele), de Wyspiański, han pasado ya a la historia del teatro de la segunda mitad del siglo XX.
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* En la penúltima foto, aparece Grotowski con Peter Brook.
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lunes, 2 de febrero de 2009
La última morada de Strindberg, 3

Llama la atención que August Strindberg (1849-1912), una de las personalidades culturales suecas más importantes de toda la historia, junto a Carl von Linné (a quien nosotros conocemos como Linneo), Alfred Nobel e Ingmar Bergman, tenga una casa museo tan modesta en Estocolmo. Fue inaugurado en 1973 y ocupa dos apartamentos de un espléndido edificio art nouveau, en el 85 de la Drottinggatan, llamado por el autor la Torre Azul, su morada durante los cuatro últimos años de su vida. En 1904 se divorció de su tercera esposa, la actriz Harriet Bosse, pero en 1908, cuando ella se volvió a casar, abandonó la vivienda en Karlavägen, conocida como la Casa Roja, rompiendo con su pasado, y se instaló aquí, trayendo consigo un cáncer de estómago. Strindberg tuvo veinticuatro domicilios distintos en la ciudad, si bien el único que se conserva tal cual es éste.
La casa acababa de ser construida en 1907, y era una vivienda moderna, con calefacción, ducha y ascensor, invento que -según testimonio de la portera- nunca llegó a utilizar el escritor. ¿Por qué la llamó la Torre Azul, si el edificio era amarillo? ¿Por el color del vestíbulo de la escalera? ¿O en recuerdo de una célebre cárcel de la ciudad donde varios famosos personajes estuvieron presos, dado que el autor la consideró su última prisión?

La decoración de la casa, según se cuenta, tiene algo de puesta en escena. Así, la acuarela que hay encima de la nevera es una copia de la que se encuentra en la entrada del Dramaten, mientras que las esculturas son copias de yeso o loza. También forman parte de la decoración sendos bustos de Goethe y Schiller, y una máscara de Beethoven; la escultura de Thorvaldsen, situada en la estantería de la música, tiene que ver con su drama En Roma, primera obra estrenada en el Teatro Real; y el relieve con motivos del rey Vasa, con sus dramas históricos Maese Olof y Gustav Vasa. En cambio, no queda ningún original de sus propios cuadros.

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jueves, 23 de octubre de 2008
`Las tres hermanas´. Chejoviana, 2
Voy a la Schaubühne a ver el montaje de Las tres hermanas, dirigido por Falk Richter. Olga, Mascha e Irina son tres mujeres huérfanas, entre 20 y 28 años, que viven en una lejana ciudad de provincias, cuya existencia gira alrededor de un destacamento militar, que hasta hace un año, cuando falleció, había mandado el padre. Sus sueños llevan siempre a estas mujeres a Moscú, donde nacieron, y donde les gustaría llevar una vida plena, ser felices. Su hermano Andrei, en quien tantas esperanzas había depositado la familia, parecía destinado a ser una gran científico, a tener una cátedra en la Universidad de Moscú, pero su acentuada desidia y la boda con la mujer inadecuada lo condenan al fracaso personal y profesional, a la desgracia. La aparición en escena de Natasha, su futura esposa, la progresiva transformación, de mosquita muerta en arpía, determina -en cierta forma- el ritmo de la trama, la ruina de la familia, el adulterio (uno en la pieza de Chéjov, dos en este montaje), la pérdida de la casa, la inevitable y definitiva conquista de la infelicidad..
Las tres hermanas, Olga (Steffi Draeger), Irina (Jule Böwe) y Mascha (Bibiana Beglau).
Irina
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Irina, Kulygin, Olga, Tschebutykin, Natalia, Mascha, Tusenbach y Soljonyj
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Dramaturgo (Jens Hillje) y director modernizan la historia (Mascha parece la reencarnación de Bimba Bosé), la traen al presente, que ahora transcurre en un espacio despojado, especialmente afortunado en el cuarto acto, con lo que cambian las relaciones entre los personajes, sobre todo las sentimentales, haciéndolas más explícitas. Con ello, la historia que se cuenta pierde esa sutileza tan chejoviana, pero también profundidad dramática, puesto que abusa de los trazos gruesos en la concepción de los personajes. Los significativos silencios de los protagonistas, de las hermanas, o la estulticia y ñoñeria de Natalia, se convierten aquí en gritos desesperados, casi histéricos. La relación que se produce entre la malcasada Mascha y el nuevo jefe de la batería militar, Werschinin, papeles que en el estreno interpretaron nada menos que Olga Knniper y Stanislavski (quien como actor no era del gusto de Chéjov, aunque sí como director), aquí se hace mucho más explícita, con caricias y muestras de amor que no figuran en el texto. Lo que resulta especialmente desafortunado en la escena final, entre ambos, en el momento de la despedida, puesto que el regimiento es trasladado a otra ciudad, y en la que el militar, para librarse de Mascha, que se le agarra al cuello con desesperación, acaba lanzándola al suelo... A pesar de valerse de esta discutible opción, en que los personajes sobreactúan, la interpretación funciona casi siempre bien, sobre todo los actores que desempeñan los papeles de Masha e Irina, o Ferapont, el sordo anciano empleado del municipio. Tanto el borracho doctor Tschebutykin, como Kullygin, el marido, aquí más ridículo de lo aconsejable, se lucen en sus correspondientes papeles, más bien vodevilescos, como le hubiera gustado a Chéjov. Afortunada me parece también la elección de la música, tanto la tenue, de fondo, como la estridente de la pequeña fiesta que improvisan durante el tercer acto. El público recibió la obra con aplausos, aunque no con el entusiasmo de otras ocasiones. .....
El profesor Kulygin (Thomas Bading), marido de Mascha
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Escena del cuarto acto, con Irina, a la dcha.
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jueves, 16 de octubre de 2008
Hamlet: con un ojo risueño y el otro vertiendo llanto
El entierro del Rey Hamlet, en el arranque de la obra
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¿Es posible montar Hamlet con sólo seis actores? ¿Pueden obtenerse buenos resultados trastocando gran parte de la trama? Si nos atenemos al montaje dirigido por Thomas Ostermeier en la Schaubühne, de Berlín, la respuesta rotunda es que sí. Arranca con el "ser o no ser" (que se repite) y sigue con el entierro del Rey Hamlet, con una escena de cine cómico, con los problemas que tiene el sepulturero con la caja, y concluye la pieza con la múltiple matanza y la frase "el resto es silencio". Pero sigamos con las preguntas, e incluso con alguna respuesta: ¿entenderá este montaje quien no esté familiarizado con la obra? No. ¿Qué se gana y que se pierde con respecto a otras puestas en escena más tradicionales? Se pierde literatura y se gana espectáculo, sobre todo espectáculo visual.
La reina Gertrudis....

El resultado, en suma, es que el público ríe y se emociona, hasta beberse la obra que pasa a la velocidad de un cometa, tras dos horas y media de representación. En pocas escenificaciones de teatro clásico he visto aunarse tan bien, lo convencional y lo renovador, tanto por lo que se refiere a la interpretación como a la escenografía. Los espectadores de Barcelona podrán verlo pronto en el Teatre Lliure. Les aconsejo que no se lo pierdan, porque es uno de esos pocos montajes que nunca se olvidan.
.... Thomas Ostermeier
lunes, 7 de julio de 2008
100 años del Teatro Infanta Isabel
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