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jueves, 9 de marzo de 2017

Vila-Matas en el Collège de France

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Enrique Vila-Matas, el más francés de los escritores españoles, acaba de publicar en Seix Barral su nueva novela, titulada Mac y su contratiempo, pero mientras la leemos nos enteramos de que el próximo día 24 hablará en el Collège de France, acompañado por la artista de origen español Dominique González-Foerster, quien debería acentuar su primer apellido.  
Creo que esa noticia, por sí sola, era razón suficiente para acabar con mi pereza y volver a activar el blog. 


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lunes, 7 de diciembre de 2015

`Yoro´, primera novela de Marina Perezagua, en Barcelona

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lunes, 23 de noviembre de 2015

Homenaje a Rafael Chirbes en la Autonóma de Barcelona

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sábado, 7 de noviembre de 2015

Sobre la novela `Polaris´, de Fernando Clemot

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LAS PUERTAS DEL INFIERNO
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Esta nueva novela de Fernando Clemot, Polaris (Salto de Página, 2015), podría definirse como una distopía, o cacotopía, aunque su acción transcurra en el pasado, pues se trata de una narración sobre el control del individuo basado en el miedo y en los experimentos con seres humanos, que empezaron a practicarse durante la Primera Guerra Mundial. En suma, de una novela, dicho de manera abstracta, sobre el mal.
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En un barco que navega entre Noruega y Groenlandia, el Eridanus, de una misteriosa compañía llamada la Central, el 4 de mayo de 1960 se produce la misteriosa muerte del enfermero Mutter. Tres días después, Vatne y Dot, dos hombres enviados por la empresa para esclarecer los hechos, someten a algunos tripulantes a severos interrrogatorios, sobre todo al doctor Christian, el narrador protagonista de la historia, con quien el fallecido trabajaba de ayudante. Así, tanto los hechos como las reflexiones nos llegan tamizadas por la voz poco fiable del médico, un hombre enfermo, melancólico, que se atiborra de barbitúricos, de Veronal, que no miente a sabiendas, pero que sufre de ansiedad y náuseas con frecuencia, al que le falla la memoria y parece vivir en un delirio casi perpetuo.
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El Eridanus parte de Bergen, en Noruega, llega a Fugloy, al norte de las islas Feroe, de allí viaja a Raufarhofn, en la costa de Islandia (“un lugar tristísimo“, p. 40), pero entonces cambia de ruta y pone rumbo a la deshabitada isla de Jan Mayen, situada entre el Atlántico y el mar de Groenlandia, donde debe hacer unas prospecciones en aguas profundas que, al decir de los marinos, carecen de sentido (p. 107). Lo sorprendente es que tras abandonar Islandia la conducta de los marineros empieza a volverse violenta: se pelean o amenazan entre ellos, torturan a un delfín e incluso Mutter agrede al doctor. No puede extrañarnos, por tanto, que desde el comienzo del relato el narrador se queje de “esta maldita travesía“ (p. 14) y más adelante de “estos mares de hielo y muerte“ (p. 100), a la vez que los lectores nos preguntamos qué es lo que está sucediendo.
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El exhaustivo interrogatorio a que es sometido Christian propicia tanto la rememoración como las reflexiones, pues se trata de aclarar lo sucedido la noche del 4 de mayo en el Eridanus, mientras va desgranando importantes episodios sobre distintos momentos de su pasado (“el recuerdo es un lobo con piel de cordero“, p. 71), que reaparecen en varias ocasiones a lo largo de la trama, relacionándose unos con otros. Todo ello nos lleva a conocer los conflictos que atormentan al doctor, que comienzan en la infancia, se extienden a lo largo de toda su existencia y llegan hasta el presente, con la Segunda Guerra Mundial y la postguerra de fondo. Y nos sirve a los lectores para comprender la historia y la confusa personalidad del médico, contratado por la Central para ayudarlos a conocer mejor a sus empleados. Se trata, en esencia, de tres episodios significativos de su vida: los veranos de la infancia pasados en Feset, en la granja de su tía Alice, junto a su padre, también médico y miembro del NS noruego, la versión del Partido nacionalsocialista alemán que gobernó durante la ocupación, y su hermano Paul, gravemente enfermo; su participación en la batalla de Creta (1941), en el asalto al aeródromo de Maleme, en calidad de médico del bando alemán; su primer trabajo con la compañía en el Poel, realizando prospecciones en el Índico, entre Madagascar y las Islas Reunión, en Tromelin; y, por último, el anterior viaje que realizó con el Eridanus por el Mediterráneo, más los relatos que le cuentan en ambos trayectos y que no dejan de obsesionarlo.
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Así, tenemos en acción un barco que semeja “un cadáver flotante en descomposición“ (p. 8) mientras sigue un rumbo incierto, donde las únicas leyes son las de la Central; un ente incorpóreo que parece haber trazado de antemano la vida de todos ellos, la cual, mediante cartas que van abriéndose a diario, emite órdenes (“las órdenes no se meditan ni se discuten: se obedecen“, p. 49; pues, como si de Dios se tratara “la Central escribe recto con renglones torcidos“, p. 35); luego, un médico que, conforme progresa la trama, vamos viendo que no es quien en principio parecía ser, tras ir conociendo su pasado y las secuelas que le dejó; y, por último, un entorno de soledad en medio de un mar inmenso, en un viaje hacia el Ártico, a la nada. Sin embargo, los sucesos se precipitan cuando el doctor y sus ayudantes, Mutter y Agger, empiezan a realizar unas encuestas sobre los sueños de los marineros por mandato de la Central, algo que no se aclara hasta la p. 74. De la misma forma que hasta el final del séptimo capítulo (p. 137), no se nos proporciona el primer dato concreto sobre la tragedia a la que se viene aludiendo, con la aparición de un cadáver, que pende del cabrestante principal.
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Podría decirse, por tanto, que estamos ante una narración plagada de enigmas, algunos de los cuales, no todos, acabarán desentrañándose, en la que el lector tiene que ir recomponiendo la historia, con los pocos datos fiables que se le proporcionan. Así, no podrá dejar de preguntarse qué es la Central; qué órdenes aparecen en las cartas que tanto preocupan e indignan al doctor, mientras que a los demás les resultan rutinarias; o qué contenía la carga que llevaba el Nuuk, destinada a la torre de seguimiento de una base americana al sur de Thule. Pero también por qué cambian de ruta en medio de la travesía. Qué ocurrió en Islandia para que, al abandonarla, empezaran a surgir brotes de violencia. Qué sucedió la noche crucial del 4 de mayo. O bien, si el doctor intentó matar a su hermano (p. 102), y a Mutter (p. 137), y de ser así, por qué lo hizo, ¿tal vez por piedad, en el primer caso? De igual modo, ¿por qué hundieron los alemanes el tercer barco, el Polaris, y qué valiosa mercancia transportaba (pp. 141 y 161)? ¿Existió realmente ese buque? ¿Qué relación mantiene el doctor con la Central? ¿Conocía, quizá, las órdenes de la compañía, fue de él la idea del experimento, de escrutar en los sueños de los marineros? ¿Hasta cuándo compartió la ideología nacioalsocialista de Vidkun Quisling? Y si, por ultimo, el lector siente curiosidad indagará sobre la batalla de Creta, la historia de las islas de Jan Mayen y Tromelin, o sobre el citado líder noruego nazi, personificación del colaboracionista, del traidor. 
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Se vale el autor también de distintos símbolos. El primero y principal es el mismo viaje, rumbo al corazón de otras tinieblas, que en esta ocasión no están en el África profunda, sino camino del Polo Norte; el segundo sería la idea de las islas como grandes barcos flotantes, como prisiones; la radio que les recuerda que siguen vivos; y, por último, los mapas, los cuales le sirven al doctor para relacionar distintos momentos de su vida (p. 70). Asimismo, podría decirse que la historia se construye mediante contraposiciones: el barco frente a la tierra firme, a la que tanto anhelan llegar los tripulantes; la “racionalidad absoluta“ de la Central versus la irracionalidad o el sentimentalismo que defiende el doctor (pp. 115 y 178); o el mundo antiguo de este, creyente protestante y nacionalsocialista, frente al nuevo mundo que defiende la Central, basado en la racionalidad, el control y el terror que produce la energía atómica (p. 180).
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Llama la atención, sin embargo, que en una novela cuya acción transcurre durante una travesía en barco, apenas tenga protagonismo el mar. Quizá sea porque toda la historia se centra en el médico, en sus miedos y angustias, en los recuerdos que lo obsesionan, pues uno lo lleva a otro y el presente a su dramático pasado. No en vano, en el desenlace, Harris lo describe como “un hombre perdido en una fe que no llega a confortarlo [...], un hombre vacío, el más triste y aislado de sus malditos peones“ (p. 173). Por tanto, podría pensarse que si Christian indaga acerca del dolor, quizá se deba a que trata de apaciguar el que él mismo ha infringido o padecido, y por eso le inquieta tanto la historia de los náufragos de Tromelin, la muerte de Mutter, la cual le recuerda otra semejante que vio con espanto en Creta, los sufrimientos de la guerra, las huellas y traumas que le dejaron, cuyos horrores y consecuencias seguían todavía frescos en 1960. No en vano, se refiere a esos años como “la edad de hierro en la que vivimos“ (p. 46), o como “esta edad de ruina y plomo“ (p. 54). En el desenlace, que transcurre en la isla de Jan Mayen, se reencuentra con el mismo cielo estrellado de Feset o de Creta, y con los restos de un Junker de transporte JU-52, la clase de avión del que tuvo que saltar en paracaídas sobre la isla griega. Y aunque no parece quedarse allí a disgusto, algún lector se preguntará si logrará sobrevivir, si conseguirá llegar a la estación americana. Otros elementos que adquieren importancia a lo largo de la narración son la soledad, la memoria (la del doctor se manifiesta parcial, quizá por traumática: “A menudo mi recuerdo parece un cuarto revuelto al que no puedo poner orden“, p. 69), la culpa, el dolor, la dificultad de convivir...
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Esta es la tercera novela del autor, tras El golfo de los poetas (2009) y El libro de las maravillas (2011), quien también ha publicado dos volúmenes de cuentos: Estancos del Chiado (2009) y Safaris inolvidables (2012). Polaris se nutre de varios episodios del anterior libro de Clemot: la historia de María Aparecida, el reencuentro con el capitán Jensen (en esta novela llamado Denis) y la visita a su casa en “El muelle de Heysche“; y el viaje del Poel al Índico, en el cuento titulado “Tromelin“. Pero lo que en aquel leíamos como cuentos, aquí creo que funciona mejor como episodios de una novela.
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Además del periplo que emprende el barco, se narra también el viaje interior del protagonista, el combate mental que entabla con su propio pasado, que no deja de repicar en el presente. Diría, por tanto, que estamos ante una novela existencial, cuya trama se sustenta en la intriga, pero que compone una alegoría sobre el poder, y más en concreto sobre la crueldad humana (“el lugar más solitario del mundo se llena de muerte si desembarca el hombre“; “apenas hace falta la presencia del hombre para que el horror llegue con él“, pp. 68 y 73), y por tanto sobre el perdón, el castigo y la necesaria expiación. Y aunque la acción transcurra en el pasado, creo que apela al presente y nos alerta sobre el futuro (“Nos dirigimos hacia un mundo sin ideología –le espeta Vatne al doctor-, un mundo herramienta, pequeños engranajes que forman parte de un engranaje mayor. Todo debe estar sincronizado, ser previsible...“, p. 155), de ahí que nos atreviéramos a calificarla de cacotopía o distopía.
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* Esta reseña ha aparecido publicada en la revista El Viejo Topo, núm. 333, octubre del 2015. pp. 78-80. 
 

jueves, 23 de julio de 2015

Piropo a Eduardo Mendoza

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Se queja Eduardo Mendoza de que cada vez que saca una novela nueva le digan que La verdad sobre el caso Savolta, la primera que publicó, en 1975, era mejor. Y es probable que sea así; pero de lo que en realidad nos quejamos algunos -y el periodista que le hace la entrevista tendría que haber tenido los suficientes reflejos para habérselo planteado- es de que un narrador de tantísimo talento como es Mendoza, autor de otra novela no menos extraordinaria, La ciudad de los prodigios, haya perdido el tiempo escribiendo algunas obras tan flojuchas, de tan escasa sustacia. En eso consiste nuestra decepción, en realidad un elogio de sus mejores obras. En suma, que con un Gurb, divertídísima narración, era suficiente.
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jueves, 14 de mayo de 2015

`Noticias felices en aviones de papel´, de Juan Marsé

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En su nueva obra, Noticias felices en aviones de papel (Lumen, Barcelona, 2015), Marsé vuelve a cultivar esa dimensión narrativa intermedia que es la novela corta o nouvelle, tejida con pocos pero consistentes mimbres, muchos de ellos reconocibles por su público lector. Así, el barcelonés barrio de Gracia; una madre comprensiva y generosa (Ruth) y un hijo adolescente, silencioso y esquivo (Bruno); un padre ausente y cantamañas (Amador Cano Raciocinio); los niños del barrio con sus cabezas rapadas (los hermanos Rabinad); y una vecina mochales, la señora Pauli. Pero el tema en esta ocasión es la memoria, “la abeja muerta que pica” (p. 62), en metáfora que proviene de una frase del borrachín Eddie, personaje que interpreta Walter Brenan en Tener o no tener (1944), película de Howard Hawks.
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El caso es que los protagonistas adultos poseen un pasado que ha marcado su existencia, pues los padres de Bruno, en los años setenta, vivieron en Ibiza en una comuna hippie; mientras que la señora Pauli, en realidad se llama Hanna Pawlikowska, había nacido en Varsovia setenta años atrás, aunque llevara desde 1942 en Barcelona, después de morir su familia en los campos de exterminio alemanes, y desaparecer su novio, Michal, un joven boxeador, durante la guerra. Pero en 1941, con la ayuda de un oficial alemán que se enamora de ella, Hanna consigue llegar a Barcelona, para acabar convirtiéndose en corista del Paralelo.
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Como suele ser habitual en su obra, Marsé se nutre del pasado, aunque en esta ocasión sea a través de los ecos de la pesadilla nacionalsocialista, de la persecución de los judíos. Sin embargo, la historia no es lo que al principio del relato pudiera parecer, pues el autor baraja varias tramas que transcurren en tiempos y espacios diferentes: Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial, la Barcelona de su infancia y la de 1989, todas ellas trenzadas con maestría. Así, la narración acaba convirtiéndose en un relato sobre la juventud de la señora Pauli, pero también sobre esos otros supervivientes que son Ruth y Amador, contados por un narrador en tercera persona que se vale de la mirada de un adolescente perplejo. Pero mientras los padres de Bruno van diluyéndose en la historia, emerge la bella bailarina polaca, con sus amigos de infancia y adolescencia que se nos cuelan por el balcón de la señora Pauli, a través del cual revive aquellos años en el gueto.
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Se trata, en suma, de un relato sobre el acceso a la madurez de un joven que va conociendo la amistad, el sufrimiento y el peso de la historia, junto con la solidaridad y la compasión. Tras haber padecido el egoísmo y la degradación del padre, ahora reconvertido en “vendedor de imposturas y patrañas”, el joven Bruno primero lo rechaza, para acabar apreciándolo después. Como también aprende a distinguir lo que tienen de auténticos recuerdos los delirios de la señora Pauli. O terminan los lectores entendiendo su extravagante conducta, su manía de lanzar aviones, objetos y comida por la ventana… Por su parte, estos desvaríos enlazan pasado y presente, Varsovia y Barcelona, los kabileños y los chicos de la foto que se reproduce en el desenlace, lo cual desentraña parte del misterio, a la vez que le proporciona al relato una mayor profundidad. Hasta tal punto que si la señora Pauli nunca pudo olvidarse del balcón de su casa en el gueto de Varsovia, tampoco Marsé consigue alejarse de aquellos niños pobres sin escuela de su infancia que fumaban y soñaban en la calle.
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Juan Marsé, a diferencia de Antonio Muñoz Molina o de Javier Cercas, no cree en lo que viene llamándose ficción real, o narrativa de no ficción, pues para él la novela consiste en inventar una trama en un jardín de verdad en el que aparezcan ranas de cartón, haciendo lo posible para que resulte verosímil y, sobre todo, conmueva. Sin duda, lo consigue. 
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* Esta reseña ha aparecido publicada en el número de abril de la revista de la librería La Central.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Sobre `Como la sombra que se va´, de Antonio Muñoz Molina

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DE MEMPHIS A LISBOA: HISTORIA, VIDA PRIVADA Y LITERATURA
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Desde que existe la ficción literaria, pongamos el Cantar del Cid o el Quijote, no ha dejado de producirse un flujo constante entre realidad y ficción, aunque en las últimas décadas ese trasvase no solo se haya incrementado sino que ha ido adoptando otras formas y mecanismos. Muñoz Molina se ha valido a menudo de este procedimiento, que vuelve a utilizar con plena conciencia dentro de una tradición en la que destaca, entre otros nombres, a Manuel Chaves Nogales, Josep Pla, Truman Capote (a quien se describe en esta novela como “un sujeto con ademanes de marica y voz aguda de enano, un escritor al parecer experto en crímenes”, p. 230), John Hersey, Patrick Modiano o Emmanuele Carrere.
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En Como la sombra que se va (Seix Barral, Barcelona, 2014), afortunado título que procede de un salmo de la Biblia, a la que se suma una atractiva cubierta, se cuenta en esencia dos historias: la de James Earl Ray, el hombre que en 1968 asesinó a Martin Luther King, narrada casi toda ella en tercera persona. Y la del autor, en 1987, cuando estaba casado, tenía dos hijos pequeños, trabajaba como funcionario en el Ayuntamiento de Granada e intentaba escribir El invierno en Lisboa, al tiempo que se sentía insatisfecho con su vida privada y profesional. Esta segunda historia, que transcurre también en Granada y Madrid, arranca en el tercer capítulo, con un remedo del inicio de Pedro Páramo, presente también en Beltenebros. Se trata de dos huidas a una misma ciudad, la capital portuguesa, que comparte protagonismo con los personajes principales del relato. La acción se centra, sobre todo, en tres fechas: 1968, 1987 y 2012, momento este último en que surge la idea de la novela y su autor empieza a escribirla, cuando viaja de nuevo a Lisboa para celebrar el cumpleaños de su hijo, acompañado por Elvira Lindo (p. 387). Aunque también se aluda tanto a 1991, como al presente narrativo, en el 2014 (p. 259).
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Confluyen, en definitiva, dos historias muy distintas, ambas indagatorias, alternándose a lo largo de los capítulos: una, la referida a Ray, aparece exhaustivamente documentada y, en parte, imaginada; la otra, meramente autobiográfica, confesional y vivida. Asimismo, este último relato resulta –por así decir- expiatorio, la confesión de una culpa, a la vez que exultante, al recordar cómo conoció a su nueva mujer y fue gestándose el amor, evocando diversos momentos juntos. El tratamiento que le concede a Ray, un tipo tímido, embustero, sociópata y racista, con una infancia durísima, víctima –según él- de una conspiración, es tan minucioso que acaba resultando desmesurado, hasta el punto de que termina ahogando la historia, diluyendo lo significativo en mil detalles innecesarios. Sí resulta pertinente, por el contrario, el contexto social de esta trama: el `Movimiento de los derechos civiles´ en los Estados Unidos, la marcha sobre Washington, la lucha por la igualdad y la tolerancia.
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Diluida entre ambas historias, nos encontramos con una reflexión en torno a su evolución como escritor (en 1987, reconoce, “escribía de oídas”, p. 388), y el género novela, y más en concreto, acerca de cómo escribió El invierno en Lisboa (1987), amén de diversos comentarios sobre aspectos distintos de la narración, bien sean los inicios y finales (pp. 133, 353, 384-386 y 526), bien los nombres de los personajes (pp. 82 y 124-126). Para Muñoz Molina, “la novela simplifica la vida. La simplifica y la calma” (p. 522), pero la esencia de su poética estriba en extraer lo literario de lo real, pues opina –a la manera de Mark Twain- que la realidad es suficiente y vuelve irrelevante la ficción (p. 453), o que “la imaginación no se alimenta de lo inventado sino de los sucedido” (p. 523). Es, sin  duda, la poética hoy imperante, aunque no le falten detractores tan notables como Juan Marsé.
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Las dos historias, aunque casan perfectamente, están escritas con registros algo diferentes, pero la narrada en primera persona me parece más contenida, sincera y grata de leer. Tienen voz Ray y en el capítulo 25, el más extenso de la novela, Martin Luther King, aun cuando se imponga la visión de un narrador omnipresente, que coincide con el autor. Muy lograda me parece la recreación de Lisboa a lo largo de distintas épocas, e incluso la más breve de Memphis, así como su autorretrato a la altura de 1987, junto con los perfiles literarios que traza de Bioy Casares y Onetti. En cambio, resulta algo edulcorado el de Elvira Lindo y tan feroz como arbitrario, aunque probablemente fuera cierto en aquel entonces, el del poeta Juan Luis Panero, además de antojarse significativa la ausencia de Vila-Matas, borrado de la foto de conjunto (pp. 340-349).   
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La huida, tanto de Ray como del narrador, por muy diferentes motivos, ya se ha visto, acaba de manera desigual. La del americano, tras no lograr un visado para Ángola, Rodhesia o Biafra, lo empuja finalmente a ser condenado, muriendo en 1998 en la cárcel. Mientras que nuestro autor, después de retratarse como un ser inmaduro, egoísta y sombrío, consigue llevar en adelante una nueva existencia, armónica y feliz en lo privado, gozando del éxito literario a raíz de la concesión del Premio de la Crítica y del Nacional de Narrativa a El invierno en Lisboa.
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Si la novela, tal y como la define Muñoz Molina, es “un ascua que ha de seguir brillando bajo la ceniza enfriada mucho después de que se hayan apagado las llamas”, el tiempo dirá qué trayectoria merece cosechar esta ambiciosa, autocrítica y reflexiva narración, donde se baraja con absoluta solvencia lo real, lo posible y lo ficticio (por ejemplo, en el uso que hace de la película Casablanca o de las historias de James Bond), junto a la autobiografía y la reflexión metaliteraria.       
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Muñoz Molina es un escritor exigente. Buena prueba de ello son novelas como Beatus Ille (1986), El jinete polaco (1991), Sefarad (2001) o La noche de los tiempos (2009), por solo recordar las que prefiero, a las que podría sumarse un buen puñado de cuentos, artículos o ensayos, entre los que recuerdo con mucho agrado los que componen El huerto del Edén (1996) o El atrevimiento de mirar (2012), y ello al margen de que los resultados de Como la sombra que se va me parezcan desiguales. Sorprende, por último, que el narrador de la novela se muestre temeroso ante las posibles “reseñas hostiles” (p. 524), en vez de preocuparse más bien por las anodinas y, sobre todo, complacientes, que son las que suelen predominar.
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* Esta reseña ha aparecido publicada en la revista Buensalvaje, núm. 2, enero y febrero del 2015. La revista se regala a los clientes de las librerías.
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sábado, 31 de enero de 2015

La novela, según Marsé

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A diferencia de Antonio Muñoz Molina o de Javier Cercas, Juan Marsé no cree en lo que ahora se llama ficción real, o narrativa de no ficción, pues para él la novela, repite en una entrevista que le hace Nuria Azancot (El Cultural, 14 de noviembre del 2014) con motivo de la aparición de su novela corta Noticias felices en aviones de papel, consiste en inventar una trama que transcurre en un jardín de verdad en el que aparecen ranas de cartón, haciendo lo posible para que resulte verosímil, pero sobre todo para que conmueva.   
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lunes, 19 de enero de 2015

Sobre `En presencia de un payaso´, de Andrés Barba

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PADRES, HIJOS Y PAYASOS
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En el año 2006, dos años antes del estallido de la crisis económica, dos generaciones, padres e hijos, y dos familias, los Trelles y los Cotta, conviven sin poder evitar ciertas perturbaciones. Y aunque toda la historia que se cuenta en esta novela de Andrés Barba (En presencia de un payaso, Anagrama, Barcelona, 2014) pivote alrededor de Marcos Trelles, la mayoría de los personajes está presente en la acción y tiene voz, mientras otros solo aparecen aludidos sin que por ello carezcan de protagonismo.
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El caso es que cuando arranca la acción, Marcos, un físico de 43 años, acaba de conseguir que una prestigiosa revista científica le publique un artículo. Sin embargo, en ese momento de éxito empiezan también sus cuitas, al resentirse su moral, pues ni reconoce la contribución de Marta, la joven becaria, ni parece capaz de componer el autorretrato desenfadado que le exige la publicación. Por otra parte, Nuria, su esposa, profesora de enseñanza media, le ha confesado la aventura que mantuvo con Francesco, amante de quien nuestro científico no conseguirá olvidarse. Pero, además, su cuñado, el famoso payaso Abel Cotta, quien años antes había cuestionado el sistema político, regresa a Madrid, tras pasar unos años en Colombia, acompañado por Mina, su joven esposa. Al igual que Beppe Grillo, aprovechándose de su popularidad, había creado un partido para sentar un maniquí en el congreso, ya que la mayoría de los diputados parecía estar pintada en sus escaños.
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Por su parte, en la generación de los padres, la que  despliega más protagonismo es Marisa, la madre de Nuria y Abel, fallecida un año antes, una artista excéntrica sin reconocimiento. Las dos parejas se reúnen en la vivienda que tenía la madre en la sierra, para pasar juntos las Navidades, arreglar la herencia y levantar la casa. Y mientras esto sucede, el círculo que compone la trama se redondea con la llamada urgente de socorro del padre de Marcos. Estos son, en suma, los mimbres de un relato que se presenta sin apenas interrupción, aparte del epílogo, pues no hay capítulos más allá de las quince unidades narrativas levemente separadas por blancos. Sin embargo, es una pena que en una novela tan bien articulada y cimentada chirríe a veces la prosa, debido a las numerosas e innecesarias repeticiones léxicas, los anglicismos e incluso catalanismos tan manidos como: “¿Sabes qué? (de Saps què?).  
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Pero de lo que realmente trata la novela, cuyo título proviene de una película que Bergman rodara en 1997 para la televisión, es de las sutiles relaciones que se tejen tanto en el matrimonio, como entre hermanos, padres e hijos. Al fin y a la postre, todo pende de un hilo, nada resulta ser lo que parece, de modo que una conversación, los cuadros o esculturas que dejó Marisa, el descubrimiento de unas fotos escondidas, una llamada de teléfono o una bolsa sucia con dinero, pueden cambiar la idea que íbamos haciéndonos de los personajes, dadas las dobleces o secretos que escondían.
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¿Cómo se resume una vida? ¿Cómo nos presentamos ante los demás? ¿Qué imagen queremos mostrar? En la novela, el foco se centra primero en Marcos, luego se detiene en Nuria, se desplaza hacia Abel, y finalmente se ocupa de Marisa y del padre de Marcos. Pero, además, tengo la impresión de que aparecen tres imágenes que podrían sintetizar de manera alegórica el sentido de la novela: la de Abel luciendo el sujetador de su madre; las fotos de ésta desnuda y, por último, la escena en donde Marcos y su padre queman el dinero ahorrado por la esposa adúltera.
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Pero quizá sea el regreso del payaso, con sus exigencias, ironías y risas (véase, al respecto, su artículo “La moral de la risa”, Caminar en un mundo de espejos, 2014), el que empuja a Marcos a replantearse al cabo las relaciones que mantiene con sus allegados, permitiendo a los lectores intuir cómo somos realmente, en un país todavía demasiado envarado y en exceso trascendente. 
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* Esta reseña ha aparecido publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 10 de enero del 2015.
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martes, 16 de diciembre de 2014

Sobre `Todo lejos´, de Alfons Cervera

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TIEMPOS DE HOJAS MUERTAS
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En el verano de 1971 un grupo de militantes antifranquistas fueron detenidos en Los Yesares, que en esta ocasión no aparece como trasunto de Gestalgar, sino de la cercana Vilamarxant (Valencia), donde los padres del autor tuvieron un horno de pan. Dos de ellos, Juan y Andrés, sufrieron torturas, los  restantes fueron vejados, y Martín se quitó la vida. Cuando salieron de la cárcel gran parte de sus vecinos los había convertido en proscritos, pues prefirieron creerse la versión oficial de los hechos. Así, la lucha contra la dictadura fue reducida a un asunto de delicuencia y terrorismo. El caso es que para poder llevar una vida normal, la mayoría decidió emigrar y no regresó nunca, como Pedro, o tardó muchos años en volver. Y, sin embargo, todo acaba olvidándose, hasta el punto de que en el pueblo apenas nadie tiene ya noticia de este trágico episodio.
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En su nueva novela, Todo lejos (Piel de zapa, Barcelona, 2014), Alfons Cervera presenta el relato como una indagación cuyo origen puede hallarse en una pregunta y un comentario malévolo: la que la madre de Berto le plantea a su hijo: `en qué andan metidos tus amigos…´ (pp. 19 y 133); y el que un individuo del pueblo le susurra a la joven María: `¿sabes que tu padre fue un terrorista?´ (pp. 20, 35, 112 y 137). Tanto por las declaraciones del autor, como por la información que nos proporcionan los paratextos, sabemos que la novela parte de unos hechos reales, pero se vale de los mecanismos de la ficción para reconstruirlos y darles forma de relato. Así, un innominado narrador, con todas las trazas de ser un alter ego del mismo Cervera, entrevista a los once protagonistas y transcribe sus testimonios, que se alternan a lo largo del libro con sus propias reflexiones. Ocho de ellos fueron activistas políticos; mientras que los restantes eran: un torturador (el guardia civil Ramírez), un testigo de los hechos (el cantante Ginio) y la hija de uno de los perseguidos (María), que no había nacido aún cuando acontecieron los sucesos. Cada una de estas distintas conversaciones ocupa 4 capítulos, excepto las que mantiene el narrador con Berto y Juan, con solo 3, mientras que Luis y María, su hija, comparten dos conversaciones. De todos los personajes, ella, la más joven, es la única que realmente desea saber qué ocurrió. Los demás han preferido olvidar. En cambio, las reflexiones del narrador se extienden a lo largo de 9 capítulos completos, por lo que su voz, con la que arranca y concluye la novela, predomina, siendo la más reflexiva. E incluso anuncia un “final abierto” (p. 167) y formula una poética sobre la memoria y las relaciones entre ficción y realidad (pp. 21-23); aunque otros personajes también aporten comentarios al respecto.
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La novela está dividida en cuatro partes tituladas (en la denominación de la tercera hallamos ecos de un cuento de Ignacio Aldecoa, “La urraca cruza la carretera”) y un epílogo. La primera se compone de 12 capítulos y el resto, de 13. En esta ocasión, el epílogo (pp. 173-187) no es narrativo, ya que está compuesto solo por paratextos: cuatro citas (p. 173), una dedicatoria (p. 175), una especie de Dramatis personae titulado “Después de aquellos días”, donde como en ciertas películas se cuenta qué fue de los personajes (pp. 177-179), una aclaración sobre cuándo y dónde se realizaron las entrevistas (p. 181), los “Agradecimientos” (p. 183), un reconocimiento a los traductores de las citas textuales titulado “A cada uno lo suyo” (p. 185), y por último, la historia de la canción de Los Taburos “Recuerdo de verano”, con foto del grupo incluida (p. 187). Habría que tener en cuenta, además, los paratextos interiores que aparecen tras el título de la novela, en el orden siguiente: una advertencia (p. 7); una dedicatoria (p. 9); una cita (p. 11), y en fin, un prólogo compuesto por cuatro citas más (p. 13). Este excesivo despliegue de paratextos, a los que habría que añadir el escrito de la contracubierta, firmado por el autor, me parece que mina el efecto que deberían producir. En cambio, echamos de menos un Índice, lo que hubiera resultado útil para visualizar con comodidad las distintas partes.
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Se trata, en suma, de once voces diferentes que nos proporcionan una visión plural de los sucesos. De entre ellas se singulariza la de Ramírez, el guardia civil que torturó a Juan, quien considera peligroso remover el pasado, lo que él denomina “las tonterías de antes” (p. 121). La técnica resulta semejante a la que utilizó Rafael Chirbes en su novela La larga marcha (1996), donde se vale de una perspectiva múltiple, de un protagonista coral, junto a lo que ha denominado “tercera persona compasiva”. Comparte con él, además, el relato de unas detenciones, en su caso titulado La caída de Madrid (2000). También podríamos relacionarla con Los girasoles ciegos (2003), ciclo de cuentos de Alberto Méndez, en que el narrador recopila diversas historias orales, les atribuye un orden y les proporciona forma literaria. Y no cito a estos dos autores por mera erudición, pues ellos, junto a Vázquez Montalbán, Juan Eduardo Zúñiga y Juan Marsé, forman parte de la tradición literaria a la que pertenece Alfons Cervera. La novela tiene algo de rompecabezas, de relato policíaco, con un narrador que actúa a la manera de un detective, al indagar, recomponer y darle sentido a unos hechos olvidados por la mayoría.
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Tras el cedazo que supone el paso del tiempo, la memoria, sabemos que Berto no pudo olvidar que al día siguiente de las detenciones, Clara, su novia, abandonó el pueblo para siempre, y que un par de años después se casó en Francia, desapareciendo de por vida, como hizo a su vez Verena de la existencia de Juan en Wolfsburg, quien tampoco la olvidó. El grupo de antifranquistas que soñaban con acabar con el régimen, incluso con las armas si era necesario, nunca consiguió borrar de su memoria la muerte de Martín, aunque Juan, para poder seguir viviendo, tendría que olvidar las torturas sufridas. Pero la novela incluye, además, otro componente oxigenador; las referencias a su educación sentimental, su propia banda sonora: las noches en la Terraza Tropical con la orquesta los Taburos y su cantante Ginio, las canciones que bailaban, una mezcla de éxitos foráneos y modas locales (“Only you”, “La casa del sol naciente”, “Adiós linda Candy”, “Lamento”, “Nocturno” o el pasodoble “En er mundo”; los Platters y los Animals, pero también Bruno Lomas y Los relámpagos), el Drácula de Stoker, el teatro crítico de Fernando Arrabal (p. 122), el manual de materialismo histórico de la chilena Marta Harnecker (pp. 146, 168 y 178), fotos o carteles de J.L. Godard y los Beatles.
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La narración de Alfons Cervera no consiste solo en una rememoración del pasado, sino que además posee una dimensión actual, pues a lo largo de las conversaciones se alude a menudo al presente, al desencanto por la evolución política de algunos dirigentes izquierdistas de entonces. Así, por ejemplo, la Transición se entiende como una traición a aquellos que arriesgaron su vida para acabar con el régimen; encontramos breves comentarios críticos con la norteamérica imperialista, la monarquía o la corrupción, e incluso reaparece el deseo de echarse al monte… Pero también percibimos una burla de los ancianos Rolling Stones y de los estudiantes actuales, dado su escaso interés por el  conocimiento, por aprender, y su dependencia de las idiotizantes maquinitas electrónicas (pp. 74, 75 y 149). Y, en este sentido, quizá sea Pedro el personaje que se formula las preguntas clave.
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Leemos esta novela como una ficción, una historia real y posible en la que se cuenta cómo durante los últimos años del franquismo, en un pueblo de Valencia, un grupo de militantes izquierdistas creyeron poder minar la Dictadura, cambiar el mundo. Hoy sabemos que no lo lograron, pero al menos lo intentaron, y por ello tuvieron que pagar un precio muy caro: el de la calumnia, la culpa, la marginación y el desarraigo.
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* Esta reseña ha aparecido publicada en la revista El Viejo Topo, núm. 323, diciembre del 2014, pp. 85 y 86.
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martes, 2 de diciembre de 2014

La narrativa de Rafael Chirbes entre las sombras de la Historia

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Os dejo el enlace para los que quieran leer mi artículo panorámico sobre la narrativa de Rafael Chirbes publicado en la revista Turia, núm. 112, noviembre del 2014-febrero del 2015, pp. 127-145. 
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domingo, 23 de noviembre de 2014

Sobre `El balcón en invierno´, de Luis Landero

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EL JOVEN TROLERO
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Arranca este libro de Luis Landero, El balcón en invierno (Tusquets, Barcelona, 2014), con las cuitas de un narrador, que pronto identificamos con el autor, sobre la crisis que vive la literatura, no por falta de calidad, sino de lectores; acerca de sus dudas e inseguridades en el momento de iniciar una nueva obra. Semejantes cavilaciones surgen al darse cuenta de que no puede limitarse a narrar sus orígenes familiares, los episodios relevantes de su existencia, desde la estricta ficción convirtiéndolos en otra novela más con sus tecniquerías, tal y como reconoce en el capítulo primero, fechado en septiembre del 2013, “No más novelas”. Decide, por ello, contar los hechos con más sinceridad y devoción (en palabras del autor), con menos trucos retóricos. Así pues, se vale de los recuerdos, del material propio de la autobiografía, aunque utilizando también los mecanismos habituales de la novela, su forma y procedimientos, para barajar el tiempo a su gusto, como si su existencia hubiera sido una ficción, retratándose por tanto como un personaje novelesco, con el fin de convertir sin artificios innecesarios unas vidas sencillas en materia novelable.
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Cuando el lector comience el segundo capítulo no podrá evitar preguntarse quién cuenta, o si la voz del autor y la del narrador se superponen entre sí. El caso es que estamos en 1964, en el momento en que muere el padre del narrador, cuando este solo tenía 16 años. Desde la madurez del presente, empieza a relatar su vida con una cierta distancia e ironía, pues en el capítulo 17 se dirige en segunda persona a aquel joven que fue. Lo que cuenta, por una parte, es la historia familiar: la llegada a Madrid en 1960 de unos emigrantes extremeños; el largo viaje que los lleva del campo al pueblo, y del pueblo a la capital del país acarreando consigo el mundo rural; cómo empiezan a ganarse la vida; la apabullante figura del padre y de la madre abnegada, tan distintos; y la del primo hermano Paco, luego también cuñado, un inventor que tocaba la guitarra pero soñaba con ser torero, el Dédalo del joven Ícaro que era el protagonista, quienes acabarán transitando caminos muy diferentes. En todo ello subyace una visión de la postguerra española, un homenaje a las generaciones que más sufrieron.
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Por otra parte, narra cómo un chico acaba desempeñando diversos oficios modestos antes de jurar ante el cadáver de su padre, el episodio central de la vida del protagonista fue esa muerte (pp. 88 y 90), que llegaría a ser un hombre de provecho (p. 68), convirtiéndose con el paso del tiempo en estudiante, poeta y guitarrista, a pesar de tener en contra tanto las condiciones sociales como las familiares. Aunque, eso sí, había destacado ya en su familia como trolero, tal y como le reprocha su madre en varias ocasiones  (pp. 28, 60, 77), quizá porque los atractivos de la ficción se impusieron fácilmente a una realidad paupérrima, degradada. No parece, por tanto, que haya diferencia alguna entre el escritor que nos muestra sus dudas y el adulto que recuerda un pasado que esta vez, sin apenas filtros, podemos identificar con el del autor.
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El título alude precisamente al mirador de la vejez, del invierno de la vida (p. 133). En las fotos de la cubierta y la contra aparece Luis Landero con 17 años, junto a su abuela Francisca, Frasca, última depositaria de esa cultura o experiencia campesina de la que habla John Berger, maestra en el arte del relato oral. El libro se compone de 18 capítulos datados entre 1925 y el 2014, pero los dieciséis restantes se ocupan de lo que ocurrió en diversas fechas, aunque el año clave resulte ser 1959, pues seis capítulos están fechados entonces, cuando el autor tenía solo 11 años. De todo lo que aquí se cuenta destacaría la experiencia del viaje, en el capítulo 12; todo el extraordinario capítulo 14; y la atinada descripción del canon que se hace en el 15; pero también el relato de su educación literaria, las lecturas intuitivas de un joven de postguerra (p. 124), y sentimental, eso que denomina las sucias canciones románticas, la basura melódica que nos envenenaba (p. 83), “la música tramposa y fatal del amor” (p. 114). Algunas de las historias que se nos narran ya las conocíamos por otros libros del autor, como Entre líneas: el cuento o la vida (1996 y 2001) y El guitarrista (2002). No menos llaman la atención unos cuantos conceptos singulares, rastreables en sus anteriores ficciones: el bichero de la calle (p. 26), la gente gorda, el dinero chico y el grande (p. 97), el afán (pp. 20, 148, 210, 234 y 244), el jeito (pp. 34 y 238), las lumbres altas y las lumbres bajas (p. 163) o los momentos estelares de las novelas.
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Al final, el protagonista le confiesa a su madre que está escribiendo un libro sobre “la vida de todos nosotros”, en el que cuanto  “se dice es verdad” (p. 212). Esa verdad le llega al lector a través del estilo, del tono, de la sensación de autenticidad y sinceridad con que relata, y por la emoción contenida que destilan las historias. ¿Dónde encajarlas? Landero, sin disimulo alguno, compone una novela (la define en una entrevista como “novela de hechos totalmente verídicos”), un autorretrato en cierto modo, pero tratado en forma de ficción, como si quisiera contar la novela de su existencia; no en vano el protagonista se afilia a la casta de los desclasados, como Sorel o Gatsby (p. 220), y nos confiesa que `el signo de su vida´ había sido “la ambigüedad, el desarraigo, el merodeo, la vaguedad de los contornos, la indefinición de las tareas” (p. 97), pero, sobre todo, cómo fue encontrándole sentido a una  existencia errática. Quizá porque según se afirma en un momento dado: “lo que no se escribe se pierde sin remedio” (p. 116); y para que nada se pierda y adquiera sentido, el ámbar donde se atesoran los recuerdos debe convertirse en un relato como el que ahora nos brinda Luis Landero.
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* Esta reseña ha aparecido publicada en el núm. 1, correspondiente a los meses de noviembre y diciembre del 2014, p. 11, de la ed. española de la revista Buensalvaje. Corrijo un error que cometí en la versión que aparece en la revista impresa. 
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domingo, 16 de noviembre de 2014

Berta Vías Mahou, Premio de Narrativa Torrente Ballester

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La escritora Berta Vías Mahou ha ganado la XXVI edición del Premio de Narrativa Torrente Ballester, convocado por la Diputación de La Coruña y dotado con 25.000 euros, con su novela Yo soy El Otro, donde narra la historia de un torero que es el doble de El Cordobés. La autora tiene en su haber libros de cuentos y novelas notables, como Venían a buscarlo a él, así como una obra como prestigiosa traductora del alemán. Formaban parte del jurado, entre otros, Ángel Basanta, José María Pozuelo Yvancos, Mercedes Monmany, Amalia Iglesias, Jorge Eduardo Benavides (ganador del año anterior) y José Antonio Ponte Far.
En las anteriores convocatorias han obtenido el premio Ignacio Martínez de Pisón, Victor F. Freixanes, Antonio Pereira, Manuel Rivas, Rubén Abella, Luisa Castro, Andrés Barba, José María Merino, José María Guelbenzu y Jorge Eduardo Benavides, entre otros.
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jueves, 22 de mayo de 2014

`La oscuridad´, novela de Ignacio Ferrando

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Hoy, jueves, día 22, a las 19´30, en la librería La Central de Callao, en Madrid, Ignacio Ferrando presenta su nueva novela, La oscuridad, publicada por Menoscuarto, con la participación del escritor Óscar Esquivias y del editor José Ángel Zapatero. Con su último libro de cuentos, La piel de los extraños (Menoscuarto, 20129, Ferrando obtuvo el Premio Setenil.
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lunes, 5 de mayo de 2014

`Brilla, mar del Edén´, de Andrés Ibáñez

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EL OÍDO SIN PÁRPADO
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Esta excelente y amena novela, Brilla, mar del Edén (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2014),  empieza como un relato de aventuras, con la lucha por la supervivencia, en la misteriosa Isla de las Voces, donde se entremezclan sueño y realidad, y cuyos antecedentes literarios podrían ser el Decameron, La tempestad y El señor de las moscas, de William Golding, o la versión cinematográfica de Peter Brook. Con todo, el relato se alimenta de fuentes muy diversas: las leyendas sobre el Triángulo de las Bermudas o las ideas de Lobsang Rampa y Carlos Castaneda. Se trata de un espacio en el que residen de forma simultánea unos aborígenes polinesios (los Wamani), anacrónicos guerrilleros comunistas, los restos de un experimento científico y una especie de comuna orientalista, hasta confluir las diversas tramas en una historia de amor, en la búsqueda de la felicidad. También llama la atención la semejanza con algunos aspectos de la teleserie Perdidos, aunque las coincidencias sean meramente anecdóticas. No en balde, se produce un accidente de avión y unos cien pasajeros se quedan atrapados en una extraña isla que parece tener vida propia, y donde un hombre recupera las piernas que había perdido; amén del horror que supone descubrir a otros habitantes, enfrentarse a ellos.
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Habría que destacar el importante papel que desempeña la lengua, un castellano sobrio, en algunos tramos cargado de lirismo, como aquella tan eficaz de la que se vale Jovellanos para describir los alrededores del castillo de Bellver. La novela está contada en primera persona por Juan Barbarin, profesor español de música en los Estados Unidos, quien a veces se desdobla, anticipa la acción e incluso confiesa estar escribiendo sus “memorias” (p. 323). Uno de los mayores aciertos estriba en que consigue equilibrar la trama y el discurso, la acción y la reflexión. El narrador contrapone a los personajes racionales con los soñadores, a los reflexivos frente a los seres de acción, a los defensores del bien y los del mal. Pero a veces le cede la voz a otros, como Wade, un Kurtz bendito, como lo define, quizá junto a Juan el personaje más atractivo y el que acaba mimetizándose con la isla; o bien al japonés Noboru y el mexicano Óscar Panero, quien cuenta la historia de Xóchilt. Se trataría de tres novelas intercaladas (e incluso hay una cuarta historia, la de la isla, que nos llega a través de un vídeo), de las cuales prefiero la primera y la última, narradas de manera muy distinta, pues mientras Wade cuenta su vida, la de Xóchilt nos llega por persona interpuesta, remedando el español de México, como un homenaje a 2666, la novela inacabada de Roberto Bolaño, que aparece en la isla entre los náufragos. En cualquier caso, cabe señalar las hilarantes conversaciones de Wade, entonces un mecánico de coches, con Salinger y Pynchon, a los que Andrés Ibáñez trata con provocativa irreverencia.
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No menos importancia adquieren las distintas geografías que confluyen: la playa tropical, la selva, las montañas o el volcán. Y aunque se trate de una isla plagada de sorpresas, a la que se accede difícilmente y de la que resulta casi imposible salir, la percibimos como abierta. El narrador, además, detiene su mirada en los cielos y el mar, y se regodea en la flora y la fauna, cuyos nombres paladeamos con gusto, porque atesoran cierta musicalidad.      
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Novela de sentimientos y pasiones, en ella el amor (Juan se enamora de diversas mujeres que aparecen en escena, incluso -como don Giovanni y Jardiel Poncela- compone una lista de sus ligues en USA), la amistad, el erotismo, el odio, la desconfianza, el placer y el dolor están a menudo presentes, sin olvidar el humor. Además, la novela supura culturalismo, no solo por el protagonismo de Bruckner, de su extraordinaria Octava sinfonía, sino también por las constantes referencias a pintores, escritores, músicos, científicos, pensadores y charlatanes de diverso pelaje. En este terreno, lo que aquí se denomina “el mundo espiritual” (el yoga, la meditación, etc.), influye en la configuración de algunos personajes, y resulta bien traído y dosificado, en general, en la trama.
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En esta historia cervantina, contraria a la fe ciega en creencias e ideologías, se postula una recuperación de la cultura humanística y de la convivencia armoniosa con la naturaleza y con el resto de los humanos; una reconquista de la libertad. Y en la línea de Vargas Llosa o Juan José Sebreli, cuestiona diversos postulados del estructuralismo, como la idealización del pensamiento salvaje, o cierta arrogancia de las vanguardias. 
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Puesto que todos los que presumen de estar en el secreto de las cosas parecen convencidos de que hoy Shakespeare sería guionista de televisión, acaso sea esta la novela que -de haber podido- les hubiera gustado escribir a los autores de las series actuales de mayor éxito. 
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* Esta reseña apareció publicada en el suplemento Babelia del diario El País el viernes, 18 de abril del 2014. 
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lunes, 16 de diciembre de 2013

Sobre `Siempre supe...´, de Eduardo Lago

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Teatro de obsesiones
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Nace una editorial literaria de la mejor manera posible, amparándose en Cicerón, Alios vidi ventos, aliasque procellas (He visto otros vientos, y otras tempestades), según reza el colofón, nada menos que con una arriesgada novela de Eduardo Lago, Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee (Malpaso, Barcelona, 2013 ) cuya obra parece orbitar como un satélite independiente a caballo entre dos tradiciones literarias: la norteamericana y la hispánica. A la primera lo vinculan las lecturas, las técnicas, la composición y los materiales que acarrea; a la segunda, la lengua y el origen.
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No resulta sencillo sintetizar su argumento: un escritor que hace de negro, Stanley Marlowe, recibe dos encargos casi opuestos que acabará simultaneando, a la vez que lleva un diario y escribe su propia obra, el relato “Un torso sin rostro”, donde rehace la novela de Siri Hustvedt sobre el hijo que Paul Auster tuvo con la excelente narradora Lydia Davis. El primero consiste en escribir la autobiografía, orientada en parte, del magnate Arthur Laughton, a quien le quedan pocos meses de vida, y que recibe de su más joven y atractiva esposa, Gloria; mientras que el segundo encargo procede de un periodista y escritor, David Mitchell, que utiliza el sobrenombre de Benjamin Hallux, para que le ayude a desvelar –tras dar por hecho que quienes hacen de negros carecen de imaginación-  los recursos creativos agazapados en las 138 fichas que Nabokov compuso para escribir El original de Laura, novela inacabada que ordenó destruir a su muerte, lo que sus herederos desoyeron, pues fue publicada en el 2009.  .......

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Como puede deducirse, la novela resultante, de título poco afortunado y con resonancias de Poe, de una canción popular de la guerra de secesión y de Nabokov, está empapada de literatura. No en vano, muchos de sus personajes forman parte del sistema literario, y la historia se desarrolla en torno a la pieza inacaba del autor de Pálido fuego, de las palabras con que significativamente se cierra: siete sinónimos del verbo destruir. Asimismo, casi todos los nombres de los personajes remiten, más en calidad de parodia que de homenaje, a otros seres de ficción o reales, aunque lo reiterado del procedimiento menoscabe parte de su efecto. A todo ello deben sumarse los remedos de diversos géneros, ya sea la novela negra o la de intriga.
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Se trata, en suma, de un relato reflexivo y metaliterario en donde el pensamiento ahoga en ocasiones lo narrativo. Pero también resulta una novela ambiciosa aun cuando en conjunto me parezca fallida, al margen incluso de que algunos episodios sean gratos de leer, como la escena de persecución al más puro estilo del cine mudo y aquella otra del perro que habla, el olisqueador de manuscritos (pp. 149 y 156); o el diálogo de besugos que mantienen el capitancito y Hallux (p. 223).  
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Podría definirse como una novela de obsesiones: las que el propio Lago transmite a sus personajes, a Hallux y Marlowe, con el escritor ruso siempre de fondo. La historia gana cuando el autor se decide a contar peripecias, entre humorísticas y paródicas, con múltiples remisiones. En cambio, la transcripción y los comentarios que genera el informe de Marlowe sobre la obra de Nabokov, junto con las notas de Hallux, que ocupan cuatro de las catorce secciones de la novela (un Índice hubiera resultado útil), hasta alcanzar un total de algo más de cien páginas, casi un tercio de la obra, resultan más bien fastidiosos. Acaso habría sido mejor barajar ciertas dosis de metaliteratura y reciclamiento con algo más de emoción. Sea como fuere, lo que la novela plantea es el porqué de la ficción, su necesidad y posible utilidad.
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Siento no compartir el entusiasmo que Eduardo Lago manifiesta por la inacabada narración, y que en su día consideraron fallida los nabokovianos más conspicuos, con Martin Amis a la cabeza; la cual se nos presenta como “un conjunto de fichas manuscritas plagadas de borrones y tachaduras” (p. 5) bajo los que late una novela fascinante. Y aunque quizá semejantes disquisiciones interesaran a los fans incondicionales del autor de Lolita; creo que apenas si atraerá a la mayoría de los lectores. Y, sin embargo, durante la presentación de la novela en Barcelona disfruté oyendo al autor explicar los orígenes y entresijos de su obra, hasta el punto de que me pareció más atractivo su relato que la plasmación escrita.   
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Pero basta ya de chincherías. Si como ha apuntado Vila-Matas y ratificado su autor en alguna crónica, la novela acaba con esa indigesta olla podrida en que a menudo se convierte la metaliteratura (la comparación culinaria es mía), bienvenida sea; pues si lo menos consistente de esta obra es lo que tiene de ensayo tedioso, lo mejor aparece cuando Eduardo Lago se decide a narrar, adentrándose en el territorio del humor, el disparate y la parodia.
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* Esta reseña ha aparecido publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 13 de diciembre del 2013.
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domingo, 10 de noviembre de 2013

Sobre `Técnicas de iluminación´, de Eloy Tizón

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Inhóspito y emocionante
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No me extraña que los primeros atisbos de vocación artística de Eloy Tizón fueran los de pintor y poeta, siempre interesado –además- por la música, pues estas artes desempeñan un papel destacado en sus narraciones. Tampoco debería sorprendernos que un corredor de fondo como es él haya necesitado siete años para darnos un nuevo libro, si finalmente posee la calidad de éste: Técnicas de iluminación (Páginas de Espuma, Madrid, 2013). Por no hablar de la satisfacción que produce volver a constatar que no todos nuestros escritores son velocistas de medio pelo.    
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Me parece que la mejor manera de entender su narrativa es vinculándola a la tradición de la prosa con ribetes vanguardistas, experimentales, entre nosotros minoritaria, sin que por ello falten cultivadores notables. Los últimos quizá sean Carlos Edmundo de Ory, Antonio F. Molina, Javier Tomeo, José Manuel Caballero Bonald o Hipólito G. Navarro. Aunque de quien más cerca deba sentirse en la actualidad sea de Ángel Zapata, autor de ese gran libro que es La vida ausente. No se trata, pues, de un vanguardismo de estricta observancia, aun cuando podría afirmarse que el autor de Velocidad de los jardines ha asimilado en su obra algunos de los procedimientos estructurales y lingüísticos de la prosa de las vanguardias, tales como la ruptura con la concepción lineal de la historia y la relación causa-efecto; la utilización de un espacio a menudo “inhóspito y crucial, emocionante” (p. 58); o bien el uso de imágenes, metáforas, sinestesias, asociaciones y comparaciones insólitas o sorprendentes. Sin embargo, sospecho que el reto principal ha debido de consistir en armonizar la electricidad verbal con la precisa narratividad.
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En un libro de semejante estirpe no podía faltar el componente autorreflexivo que encontramos diluido en relatos como “El cielo en casa” y “Los horarios cambiados”, en esencia una poética que se ocupa de la vida de un matrimonio, de sus vacaciones. El volumen empieza con el cuento titulado “Fotosíntesis”, a la manera de un autorretrato ficcionalizado y declaración de principios sui generis. Se trata de una especie de balance existencial cuando se ha alcanzado la mitad del camino. En cambio, “Merecería ser domingo” se centra en tres momentos significativos de una vida: la juventud presidida por la timidez y la soledad; los primeros amores, con “la felicidad de ser dos” y el deseo de salirse del mundo; y, por último, el del hombre casado y con hijos.
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En “Ciudad dormitorio” una mujer recuerda un episodio de su juventud, cuando tenía que viajar desde más allá del extrarradio al centro comercial en que trabajaba mientras intentaba averiguar qué hacer con su vida, que le resulta ajena, mera “publicidad engañosa” (p. 51), cómo sobrevivir en un mundo extraño y degradado. “La calidad del aire”, cuento que se apoya en las elisiones y sobreentendidos, es la historia de un hombre que tras ser expulsado de una fiesta desea transformarse en busca de una nueva vida, romper “la carcoma de la costumbre”. Y en “El cielo en casa”, la desdichada pintora llamada Elisenda, desde el hospital en que se halla internada, narra su kafkiana relación con Usted, una rica galerista que primero le hace de mecenas, luego la convierte en su amante y, por último, la educa y transforma a su gusto, hasta vampirizarla por completo. Para ello, la humilla convirtiéndola primero en su secretaria y después en su criada, hasta que decide abandonarla. El libro se cierra con “Nautilus”, donde se nos muestra una vida que transcurre igual a sí misma, cuando de pronto un día le comunican al protagonista la muerte de su hijo.
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En esta ocasión, el título del libro no coincide con el de ninguna de las narraciones que lo componen. Alude a la luz física, si bien anuncia que el autor va a centrar su foco de atención sobre algunos momentos significativos de la vida de sus personajes, quienes suelen vagar de acá para allá, inquietos e incómodos, mientras se adentran en el abismo, para que sepamos quiénes y cómo son y cuál es su capacidad de reacción frente a una serie de situaciones comprometidas. Por ello, más que lo que se cuenta, importan las inquietudes del narrador, su exaltación o desazón, la soledad que padece, las peculiares relaciones que mantiene con el mundo, amén de las constantes digresiones del discurso de tintes poéticos.
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En este libro de cuentos, en absoluto se trata de una mera acumulación de textos, se apuesta por la unidad y la variedad, aunque las piezas individuales compartan un fraseo semejante y aliento parecido, donde lo trascendente a menudo aparece oxigenado por lo humorístico. Dentro de tan exigente conjunto no resulta fácil decantarse solo por algunas piezas, pero quizá prefiera  “Fotosíntesis”, “Ciudad dormitorio”, “La calidad del aire” (a pesar de forzar incluso la lógica del absurdo con la despampanante señora del huevo) y “Alrededor de la boda”, hermoso cuento en torno a la exaltación de aquellos momentos que, al ponernos en vilo, anhelamos prolongar.
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* Esta reseña ha aparecido publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 9 de noviembre del 2013.
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