viernes, 22 de agosto de 2014

Los posos de las civilizaciones, por Lola Sanabria

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Al igual que la palabra azúcar evoca el dulzor en la lengua, en el momento en que mi dedo índice señaló Sicilia en el mapa, convocó a Alain Delon girando con Claudia Cardinale en un grandioso salón donde los encajes de los vestidos de las señoras se reflejaban en espejos ricamente enmarcados en dorado. Viajé a la isla con el vals dentro de mi cabeza. A través de la ventanilla del avión contemplé el cielo con las avenidas azules bordeadas de nieve, y un invierno imposible y fugaz llegó de repente barriendo las imágenes de la película siciliana.
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Sicilia es mar, volcanes que avisan cuando van a entrar en erupción y los caminos de lava bajan lentos con un ruido de cristal roto que engulle lo que se deja al paso de la naturaleza desbordada; volcanes sumergidos que explosionan y sepultan con olas gigantes lo que encuentran en su camino; y Strómboli, imponente y amenazador en aquella claustrofóbica película que protagonizó Ingrid Bergman. Sicilia preside, con sus tres piernas flexionadas, la cabeza de medusa y sus espigas, los senderos de la memoria donde se alzan soberbias sus iglesias normandas y bizantinas sobre el esplendor árabe, destruidas sus mezquitas; los pueblos borrachos de sol y callejuelas de casas encaladas; sus edificios barrocos; la leyenda del rapto de Plutón a Proserpina; la mafia y el juez Falcone; los anfiteatros, la grandiosidad orgullosa de los templos griegos, señores de colinas y atalayas de mares, y la majestuosidad de los teatros inmensos donde las representaciones se sucedían una tras otra durante toda la tarde. Y crees que una civilización que amaba el arte no podía enseñar la cara de la crueldad más allá de las guerras con los fenicios por el control del territorio. Pero la mostró...


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La Oreja de Dionisio es una herida abierta en la piedra. Un grito mudo, aunque el canto infantil o el solo de cualquier turista consiguen la resonancia de la voz multiplicada y engrandecida por la piedra que arrancaron los esclavos cartagineses al servicio de sus captores. Queda ahí, como testigo de unos seres humanos que trabajaban en las canteras, bajo techo de piedra, ciegos por la falta de luz y el polvo, hacinados y con el alimento y el agua que les daba para sobrevivir unos años antes de morir y quedar abandonados en el mismo lugar donde vivían, sin derecho a enterramiento. Y hay en el interior de la oreja de asno como la llamó Caravaggio en referencia a Dionisio, una oquedad, como ventanuco por donde dicen que el tirano espiaba a sus esclavos para estar al tanto de posibles rebeliones o intentos de fuga. Y están los huecos donde debieron introducir las maderas para romper la piedra. Y existen otras huellas en la pared que no han sabido descifrar para qué eran, tal vez una escalera a la vida sin ataduras. Entonces los escuchas. Oyes sus lamentos, sus gritos, sus ansias de vivir o morir libres. Si quieres. Porque cuando vas como turista muchas veces te colocas las orejeras y el antifaz con filtros y sólo pasa lo amable, lo divertido, en todo caso el horror lejano y cubierto por capas de distancia emocional. Porque eso ya pasó, porque no ocurre ahora. Y olvidas genocidios cercanos. No es lo mismo, dices. Sacudes la cabeza como quien se quita un mechón rebelde de pelo de la cara y sales a la luz amarilla machacada por el canto sin tregua de las chicharras....


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Al día siguiente una chica entró en el comedor a desayunar con los ojos hinchados y el aspecto cansado de quien no ha dormido bien. Toda la noche soñando con esclavos. Toda la noche, repetía. Y yo no era uno de ellos. Pero los veía, pero escuchaba los golpes en la piedra, terminó antes de buscar el café y la leche, antes de dulcificar con un sobre de azúcar la pesadilla...


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Al hacer repaso del viaje en el aeropuerto, Lampedusa me devolvió a Alain Delon, guapo a pesar de la cinta negra cubriéndole el ojo, bailando con Claudia Cardinale en El gatopardo, y con esta imagen subí al avión. Antes de despegar, recordé la solidaridad de “Señorita solitaria”, la más joven del grupo, con una de las mujeres de más edad, frágil y torpe en el andar, cómo le prestaba su brazo en los desplazamientos, cómo cuidó todo el tiempo de ella, y cerré los párpados y vi una mano que ofrecía a un esclavo un cuenco de agua, y seguí la línea del brazo y remonté el hombro hasta llegar a la curva suave del cuello, y más arriba descubrí la ternura en el rostro de una joven griega, y pensé que seguramente habría existido esa ayuda anónima hacia los más débiles; porque las civilizaciones se mueven hacia adelante, hacia el respeto a la vida, que asegura nuestra permanencia en la Tierra. Y desde la distancia que convertía Sicilia en una placa marrón en medio del azul inmenso, saludé con la mano y me despedí con una sonrisa de la isla.
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miércoles, 20 de agosto de 2014

La Autoridad, por Lola Sanabria


Si vas a Cantabria, no puedes dejar de pasarte por Santoña. Recorres el paseo marítimo, pasas por alto el monumento-horror al que voló por los aires y vas derecha a por las anchoas. Después de llenar una bolsa con las especialidades de la casa, te entrará el hambre, o no, da igual, se trata de cenar cositas típicas del lugar. Te indican el restaurante de la Emilia (otro monumento, en esta ocasión a la anchoa), y allí te diriges. Ves a la señora en un cartelón, ves los chuletones, las rodajas de bonito y las sardinas haciéndose en una barbacoa montada en el exterior, hueles la mezcla de aromas, te empapas el pelo y la ropa de humo y ahí ya matarías por las viandas hechas a la brasa.

 

 
Cumplidas nuestras expectativas, satisfechos y felices de la vida, volvíamos a Isla mi señor y yo, él conduciendo, yo de paquete, cuando se equivocó y tiró para Noja. Enseguida se dio cuenta y cruzó la carretera, entró en un callejón y reculó para retomar la dirección correcta. Al pasar por una rotonda, pareció que no respetaba un ceda el paso y el paquete dijo: “Ten cuidado”. Fue decirlo y oírse y verse una sirena azulada a nuestra espalda. Mi esposo detuvo el coche en el arcén. Y en eso apareció la cara desencajada de una autoridad, autoridad, en la ventanilla. “¿No ha visto que le hacíamos señales con la linterna?”, gritó desaforado. “No he visto nada, señor agente”, contestó mi esposo. Ahí ya me hice carne y dejé mi condición de paquete. “Yo tampoco”, intervine. Y el de verde oliva que se coloca en el cristal del limpiaparabrisas y nos hace una demostración impresionante de cómo se abre y cierra la luz de una linterna. Y otra vez la misma pregunta. Y nosotros que no hemos visto nada. Entonces La Autoridad dice que el conductor ha cometido una infracción al echar marcha atrás en el arcén. Mi santo le explica lo de la equivocación y él le pregunta si ha bebido. Y mi santo que no. A mí me dan ganas de decirle: “¡Cálmese, joven, que le va a dar algo!”, pero me muerdo la lengua por si la multa. “Comprenderá que resulte sospechoso que dé la vuelta sin atender a nuestras señales”, sigue el guardia civil con el mismo tono desquiciado.  Y otra vez que si ha bebido. “No señor, no he bebido. Íbamos para Isla, sabe usted, y me equivoqué... “, vuelve mi marido a repetir la historia. “¿Cómo que no has bebido, y la botella de Rioja que te acabas de meter entre pecho y espalda, qué? Hágale la prueba del alcohol, señor agente, ya verá, ya verá”, me dan ganas de decir, pero no está el horno para bollos mucho menos para chistes.
    
Después de repetir las mismas preguntas y no concretar de qué éramos sospechosos, el Número se fue calmando él solito y nos perdonó la multa (más bien parecía que era la vida lo que nos perdonaba) y nos ordenó continuar. Sólo faltó que nos hubiera apuntado con una metralleta para que la aventura hubiese sido tope de estimulante. Subidón de adrenalina. Tal vez en otra ocasión.


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* Lola Sanabria mantiene una bitácora que lleva su nombre: http://lolasanabria.blogspot.de/
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lunes, 18 de agosto de 2014

`Sombreros´, por Paz Monserrat Revillo


Temprano, cuando las calles huelen a musgo y la calzada parece la piel cuarteada de un elefante, me introduzco en el barrio antiguo como quien entra en un mapa. 
 
Muchas tiendas todavía se ocultan tras las persianas metálicas. Una ligera brisa lame las paredes rugosas de los callejones. A medida que me desplazo, la luz va dibujando tímidas líneas oblicuas en algunas esquinas. El barrio se despereza. Librerías de viejo se codean con cafeterías modernas y estrechas. La tienda de reliquias exhibe sus santos de escayola y sus muñecas antiguas muy cerca de los pendientes de colores del local vecino. Una sobredosis de aromas procedente de una exclusiva boutique de jabones precede a una pastelería que- aunque se llama Caelum- muestra unos cruasanes de plástico tras sus cortinas. La gente transita por la calle como figurantes en un decorado de cartón-piedra.

 
 
Pero yo tengo una misión. Busco aquella tienda que vi la última vez. Fundada a principios del Siglo XX, la sombrerería posee esa atmósfera polvorienta propia de lo que no cambia. El sombrerero parece haber envejecido al mismo ritmo que el establecimiento. Meticuloso y nostálgico de aquellos tiempos en los que un buen sombrero hongo imprimía clase a quien lo llevaba, se destiñe esperando un cliente. Ordena los nuevos complementos que ha tenido que adquirir, resignado, para ampliar su repertorio: pañuelos de caballero, corbatas y boinas. Necesito volver a ver a ese hombre situado tras el mostrador y a la vez tan fuera del tiempo. Pero parece que he perdido la brújula y sigo atascada en el presente: una pareja de hombres se besan aparentando naturalidad pero a la vez comprobando si son observados, un perro advierte a quien corresponda que esa farola es sólo suya, el aire huele a salitre y a orines. Una colada de claridad empieza a derramarse con decisión sobre las callejuelas  por las que avanzo. Voy doblando esquinas que primero prometen y enseguida decepcionan.
 
 
Sigo buscando. Paladeo la imagen que me obsesiona. Sombreros, que te protegen del sol. Sombreros, que te convierten en alguien más alto y más elegante. Anacrónicos como un reloj de cuerda. Decadentes como esa tienda que no consigo encontrar. O quizás la palabra se refiera a otra cosa. Tal vez alude a los hacedores de sombras. Entretanto, se completa la mañana y me tengo que ir. Intento salir de esa región del mapa bañada ahora por diáfanos surcos de luz vertical. Me imagino a mí misma observada por dos maestros titiriteros que manipulan un etéreo teatro de sombras chinescas. Dos gigantes ociosos que, desde arriba, se entretienen cambiando las fronteras sobre la cuadrícula de la Ciudad Vieja. Son los “Sombreros”, que juegan con sus espejos y tiran con habilidad de los hilos de luz,  trazando líneas con ellos. Que fabrican siluetas, las sueltan y después observan su trayectoria. Levanto la cabeza. Sonrío sin conocer el motivo. Y entonces, aunque no he localizado esa sombrerería que juraría haber visto en mi anterior incursión en el barrio gótico de Barcelona, salgo del laberinto de callejuelas aliviada y fresca como si emergiera de un sueño.

sábado, 16 de agosto de 2014

`Música para Obelix´, por Paz Monserrat Revillo


"Llovía cuando llegamos a la estación de Nantes” era la frase con la que, un día antes de iniciar el viaje, tenía previsto empezar esta crónica. Afortunadamente los partes meteorológicos fallan, también los de Francia. Después de haber gozado durante toda la semana de un sol que amenazaba permanentemente tormentas que nunca llegaron, no tengo más remedio que cambiar la introducción. Empezaré, pues, por el asunto de los fantasmas, igual de melancólico aunque menos realista.

Mi teoría es la siguiente: viajar consiste, lo sepamos o no, en salir a la caza de fantasmas. Pocas cosas estremecen tanto como leer en una placa de bronce: “Aquí vivió…”, y a continuación el nombre de uno de nuestros personajes históricos favoritos. De la misma forma, impresiona pensar en todos esos seres anónimos que- en épocas tan difíciles de imaginar como la Edad Media- vivieron con toda naturalidad sobre el suelo que ahora nosotros pisamos por primera vez. Por no mencionar el escalofrío en el espinazo que se siente al reconocer el escenario que habitó alguno de `nuestros´ personajes de ficción.

Se trata de poner la suficiente atención, de emitir ondas cerebrales generadoras de “empatía histórica”. Una sutil vibración, que sólo nosotros podremos notar, nos avisará de que estamos preparados. Y entonces, solo entonces, podremos entrar en un discreto trance espaciotemporal que nos permitirá percibir esas presencias, penetrar en otro estrato de tiempo.

Voy  diciéndome a mí misma todo esto mientras me acerco al primer alineamiento de menhires que visitamos en Carnac, en la Bretaña francesa.  Me siento como si  jamás hubiera viajado tan lejos. Conectar con los fantasmas del Neolítico requiere un esfuerzo extra, así que cierro los ojos y me transporto a una época remota e incierta, evocadora de misteriosos rituales astronómicos y complejísimas ceremonias funerarias de esa humanidad tan ruda y tan espiritual al mismo tiempo. Parece ser que nadie conoce el propósito original de estos bloques de granito que, sembrados a lo largo de nueve kilómetros de terreno, apuntan al cielo. El único que supo atribuirles una función práctica conocida fue, muchos siglos y ficciones después, Obelix (para desgracia de romanos y jabalíes).

Abro los ojos de nuevo y veo un horizonte interminable de menhires alineados. En plano corto, turgentes hortensias de colores imposibles explotan por todas las esquinas del paisaje. Enfoco y desenfoco mientras escucho por los auriculares las más estrambóticas leyendas para explicar el origen, el transporte y la función de semejantes monolitos. Me siento insignificante como una brisa pero también telúrica, turista y bruja a la vez, por un momento conectada a la armonía insondable del universo. Al bajar del autocar que recorre los lugares turísticos del Menhir regreso a mi ser y me compro una Coca-Cola para solucionar el ligero vértigo existencial que acabo de padecer.
 

 
Seguramente la Coca-Cola ha sido insuficiente como antídoto porque a la hora de comer en una crepería de Carnac Ville imagino a la fornida bretona que nos sirve la comida disfrazada con el vestido tradicional de esa zona, como recién salida de un cuadro de Gauguin.

Más tarde, paseando por el pueblo me parece reconocer al mismísimo Assuranceturix el bardo en uno de los lugareños. Nadie más se percata. Se lo digo a mi marido y me mira raro. Así que cuando, dos días más tarde, me encuentre con Asterix merodeando por la estación de ferrocarriles de Nantes me cuidaré muy mucho de comentarlo. Una nunca espera que sean tan duraderos los efectos de la poción mágica. ¿O será la chispa de la vida? ¿O más bien esa actitud lúdica que conlleva el viajar sin  más  motivo que el placer del propio viaje?  A Obelix, he de admitirlo, no me lo he cruzado en todo este tiempo.



Otros ilustres ectoplasmas que esperaba encontrarme en el Interrail de seis días por el norte de Francia: Julio Verne (en Nantes), Houdin (en Blois), los personajes de Hergé (en el castillo de  Cheverny )  y Leonardo da Vinci ( en Amboise). A algunos de ellos  los disfruté con el entusiasmo de una presidenta de club de fans. Otros me esquivaron con excusas vanas como la falta de tiempo (desgraciadamente no pude visualizar a la Castafiore haciendo gorgoritos en la escalera del castillo), pero a cambio me topé con otros inesperados y generosos: un monje benedictino agonizando en la abadía del Mont Saint Michelle y un peregrino acompañado de su perro. He de confesar que al abrirse la veda aprovecharon para aparecérseme algunos de mis propios fantasmas, viejos compañeros que no desperdician la ocasión para seguir taladrándome con sus temas recurrentes: la familia, los vagabundos y el misterioso funcionamiento de la mente. Estaban escondidos entre las páginas de los libros que leí mientras viajaba en los trenes.

Viajar en ferrocarril tiene numerosas ventajas y encantos. En los países por encima de los Pirineos los trenes regionales son confortables, silenciosos y puntuales, tres características muy de agradecer. Además, las estaciones francesas de tamaño grande tienen un piano clavado en el suelo para que la gente toque a su antojo, con un lema muy acorde con el espíritu del viaje: POUR VOUS DE JOUER! Si algo me fascina es contemplar a una persona tocando el piano con soltura o dibujando una escena a mano alzada.

La fórmula del Interrail da una refrescante sensación de libertad y de aventura controlada. Además de avanzar en el mapa y contemplar paisajes pintorescos queda mucho tiempo para leer. Los tres libros que he leído han sido elegidos por el azar y por mis fantasmas para acompañarme. Desde varios párrafos saltaron a la yugular los espectros interiores, que llegaban como un eco de mis pensamientos.

De vez en cuando, como una marea que subía súbitamente y anegaba el instante, me acordaba de las coordenadas y los proyectos de mis hijos.

Soy una madre normal, es decir que de noche tengo unos miedos horribles. Y también de día. Basta con que Sophie y Marie se comporten como las chicas normales y vivarachas que son, basta que se comporten como si confiasen en el mundo, como si fuera a ser bueno con ellas, y con que salgan de casa con ese optimismo pintado en la cara… para que se me encoja el estómago de miedo ( Amor, etcétera, Julian Barnes).
El idílico viaje por el norte de Francia estuvo jalonado por la visión de mendigos: jóvenes o viejos, con sus perros o en solitario, hablando solos o en grupo… en todas las ciudades aparecían para recordarme algo que no me gustaba, que no podía descifrar más que como un error que preferiría que permaneciera escondido. Peor aún, como un error propio, algo que inexplicablemente me hacía sentir culpable. 

Humedad + frío = desesperación. Desesperación + hambre = no hay dios. No hay dios + alcohol= autodestrucción (King , John Berger).
Hay un libro de Oliver Sacks que re-visito cada tanto, esta vez en mi flamante e-book.

Las pautas personales, las pautas de lo individual, habrían de tener la forma de partituras o guiones. (El hombre que confundía a su mujer con un sombrero, Oliver Sacks).
Como no sé tocar el piano y soy incapaz de dibujar el boceto de una escena al natural,  escribo mis impresiones para intentar dibujar la partitura de esta visita a los irreductibles fantasmas galos.
 
 
* El blog de Paz Monserrat Revillo se llama Crónicas desenfocadas.


jueves, 14 de agosto de 2014

Las huellas de Leningrado

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Los ecos de la Revolución de Octubre de 1917 siguen estando muy presentes en la ciudad, con distintas estatuas de Lenin y con el crucero Aurora, que puede visitarse, desde donde se lanzó el cañonazo que anunciaba el asalto del Palacio de Invierno -siguiendo los planes trazados por Trostky- que acabó con la guardia de cosacos y la detención del gobierno provisional. Pero quizá sea en los jardines y en el edificio del Instituto Smolny, que da al Neva, en el que habían estudiado las jóvenes de la nobleza, donde se perciban más huellas. En octubre de 1917 se trasladó allí el Soviet de Petrogrado y en septiembre fue copado por los bolcheviques, dirigido por Trotski, quien junto a Lenin encabezó la Revolución de Octubre. En 1934, cuando abandonaba este edificio, fue asesinado Serguei Kirov -le dispararon un tiro por la espalda- por orden de Stalin, pues había sido propuesto como su sustituto en el Congreso del citado año, hecho que desencadenó la llamada Gran purga de Leningrado, la cual eliminó a gran parte de la élite que llevó a cabo la revolución, entre ellos la gran mayoría de los intelectuales de la ciudad.
Hoy en día es la residencia del alcalde de San Petersburgo. Al lado se encuentra la catedral de Smolny, de obligada visita, a pesar de lo mal comunicada que está. Y, por cierto, la casa de Kirov ha acabado convertida en un museo destinado a recoger la vida de Rusia en los años 30. 
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Estatua de Lenin frente al Parlamento

Recuerdo de Lenin en la fachada de la Biblioteca Nacional


Lenin en una plaza del barrio de Petrogrado, junto a la calle Kamennoostrovsky
 
Lenin con palomas
 
Karl Marx en los jardines del Instituto Smolny
 

Friedrich Engels en los jardines del Instituto Smolny
 
El monumento a Lenin, que data de 1927, frente al Instituto Smolny, en el frontón puede verse el águila bicéfala, símbolo del imperio bizantino, cuyas cabezas miran a oriente y Occidente, respectivamente, emblema de Rusia que data del siglo XV y sustituyó a la hoz y el martillo.
 
El Instituto Smolny

* Las fotos son de GP.
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miércoles, 13 de agosto de 2014

Escritores y músicos en San Petersburgo

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Como recordarán por otras entradas anteriores, San Petersburgo está plagada de lápidas, bustos y monumentos que recuerdan a los grandes personajes que nacieron o vivieron en la ciudad, entre los que también se cuentan los escritores y músicos que aparecen a continuación.
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La lápìda recuerda que en este edificio, que albergaba el Hotel Inglaterra, se suicidó en 1925 el poeta ruso Serguei Esenin

Fachada del actual café donde se encontraba el Hotel Inglaterra 

Restaurante Gogol, situado en la calle en la que vivió el escritor.
No solo se come bien, a un precio razonable dentro de lo cara que es la ciudad, sino que en su interior se le rinde homenaje al escritor.


La lápida recuerda que en esta casa vivió Gogol

La casa de Gogol

Monumento a Gogol cerca de la Avenida Nevski

Gogol

Busto de Gogol en el Jardín Alexandrovsky,
frente al Almirantazgo

El músico Mijaíl Glinka en el Jardín Alexandrovsky

El escritor Lermontov en el Jardín Alexandrovsky

Monumento a Glinka frente al Teatro Mariinski

Monumento a Nikolái Rimsky-Kórsakov 
frente al Teatro Marinski
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* Las fotos son de GP.
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domingo, 10 de agosto de 2014

La contracultura en Quimera

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El número doble de verano de la revista Quimera, tras su atractiva portada, está dedicado en su mayor parte a la historia de la denominada contracultura durante los años setenta, los últimos del franquismo y los primeros de la naciente democracia. ¿Dónde dio mejores frutos? Probablemente en la música, el diseño gráfico, los comics, la fotografía, el teatro, el mail-art, las revistas políticas y/o culturales (Camp de l´arpa, El Viejo Topo, Ozono, Ajoblanco o La Luna de Madrid) y en ciertas ideas sobre la vida cotidiana, aunque es evidente que lo que aquí se entiende por contracultura no se manifestó de la misma manera en esos distintos campos de actuación artística. El caso es que han pasado ya más de cuarenta años y disponemos de una perspectiva suficiente para hacernos una idea del valor de aquellas empresas. Por ejemplo, nada trajo a la literatura, quizá con la excepción de la narrativa de Mariano Antolín Rato; algo que ya entonces podía apreciarse dado lo perdidos que iban en esta materia los señores que hacían La luna de Madrid o Ajoblanco; si bien la editorial Kairós, que no se cita, de Salvador Pániker, editó algunos de los grandes clásicos de la contracultura, tales como el libro de Theodore Roszak, El nacimiento de la contracultura (1970).  

Aquí disponemos de mucho material atractivo, aunque un panorama general no hubiera venido mal, para poner las cosas en claro. De todas formas, la conversación entre Santiago Auserón y Sabino Méndez tiene mucho interés, como no podía ser menos tras considerar lo bien amueblada que tienen la cabeza ambos. Pero yo destacaría, en especial, el homenaje que le rinden a Martín de Riquer, al autor de Los trovadores. La conversación que mantienen Clemot, Cutillas y Vico con Pepe Ribas muestra, una vez más, que el editor de Ajoblanco es el descendiente más directo de Antoñita la Fantástica, que aquí se nos presenta como un pituco indignado que amenaza con una tercera etapa del Ajo. Mucho más sugestivas resultan las entrevistas con Elena Medel, poeta y editora; el crítico musical Diego Manrique; el poeta visual y ensayista Antonio Orihuela; y el director de teatro Ángel Alonso, responsable de la Sala Villarroel; y la actriz Gloria Muñoz. Muy clarificador me parece el artículo de Rebeca García Nieto, sobre el concepto de subnormalidad en Vázquez Montalbán, sobre todo en su Manifiesto subnormal (1970). Y un poco forzada resulta la comparación entre Genet y Ocaña, pues es como comparar a Emily Dickinson con Gloria Fuertes, y que Laia López Manrique me perdone. También quisiera destacar los inéditos (cuentos, microrrelatos y poemas) muy buenos, a cargo de Javier Sagarna, Manu Espada, Eva Paz y Rolando Sánchez Mejías. A todo ello se suman las secciones de reseñas y de opinión, con un doble mano a mano entre Julia Otxoa/Vila-Matas y Lara Moreno/Elvira Navarro. En suma, un número excelente.         
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sábado, 9 de agosto de 2014

La San Petersburgo de Dostoyevsky

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Dostoyevsky fue uno de los primeros escritores que leí de adolescente, pues sus obras completas, en la edición de Aguilar, estaban en mi casa. El caso es que entonces devoré todos sus libros, uno tras otro, por orden, aunque me imagino que debí de entenderlos regular... Me impresionó mucho, sobre todo, Memoria de la casa de los muertos. Toparme en San Petersburgo con el barrio donde transcurren algunas de sus principales novelas ha supuesto también un reencuentro con aquel primer lector que fui. En una entrada anterior vimos la tumba del escritor en el cementerio Tijvin, por lo que ahora vamos a detenernos en su Casa Museo. Está emplazado en la última vivienda que tuvo el escritor, entre 1878 y 1881, antes de morir con apenas 60 años de un enfisema, dada su afición al tabaco. Desde la ventana de su despacho podía ver la Iglesia de Nuestra Señora de Vladimir, pues le gustaba que se divisara el campanario. Se trata de un piso modesto, ya que hasta la primera fecha citada sus obras no empezaron a tener éxito; luego sería traducido a otras lenguas y nombrado miembro de la Academia de Ciencias. En esta vivienda escribió Los hermanos Karamazov. En el museo se conservan algunos objetos personales, como su sombrero y una caja de tabaco. Durante el régimen soviético sufrió modificaciones tras ser convertido en un piso comunitario. Pero en 1960, teniendo en cuenta la descripción de su esposa y amigos, fue reconstruido y se abrió al público en 1971, con motivo del 150 aniversario de su muerte.
       
La acción de sus novelas se sitúa con frecuencia en los alrededores del canal Griboiedova, en el barrio de Sennaya, donde se hallaba el Mercado del heno, quizá porque en esa zona las calles son sinuosas e insalubres, frente al trazado casi rectilíneo del resto de la ciudad. En el XIX, aunque fuera un barrio pobre, convivían en él diversas clases sociales. Así, por ejemplo, la planta baja de los edificios solía ocuparla el propietario, un comerciante acomodado, encima habitaban sus criados; en la segunda planta podía residir un coronel retirado, la viuda de un militar, un comerciante o bien un usurero; y en la buhardilla un estudiante pobre. Esta mezcla, con sus choques y violencia correspondiente aparece en sus novelas. En esta zona transcurre la acción de Crimen y castigo (1866) y aquí vivía Ralkolnikov, y no lejos, en el muelle, la usurera asesinada. Además, cerca encontramos la vivienda en que habitó entre 1864 y 1867, y donde escribió Noches blancas, cuya acción transcurre en las orillas del canal.
   
Pero, mucho antes, estuvo sentenciado a muerte por el zar Nicolás I, y detenido en la fortaleza de Pedro y Pablo, hasta que le fue conmutada la pena, tras un simulacro de fusilamiento, por el destierro a Siberia, condenado a trabajos forzados. Alejandro II le conmutó la pena y regresó a San Petersburgo, donde escribiría Memoria de la casa de los muertos (1861). Podría decirse, por tanto, que San Petersburgo es, como de ningún otro escritor, la ciudad de Dostoyevsky: en ella vivió 28 años, llegando a instalarse en unas veinte casas distintas.  
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* Las fotos son de GP.

martes, 5 de agosto de 2014

Los autorretratos de Manuel Falces

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La revista electrónica Olvidos.es, dirigida por Mariano Maresca, en su número de verano dedica un dossier a los autorretratos del fotógrafo almeriense Manuel Falces, fallecido en el 2010: 
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domingo, 3 de agosto de 2014

Ceremonia en la catedral de Vladimir

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Sea uno religioso o no, resulta obligado en San Petersburgo visitar la catedral de Vladimir, que se encuentra situada muy cerca de la casa museo de Dostoyevsky. El momento más adecuado para la visita es durante la celebración de una ceremonia religiosa. Se accede a la nave central del templo subiendo unas escaleras que nos llevan al primer piso y allí nos encontramos con un recinto más bien pequeño, para las dimensiones habituales de las iglesias católicas, en el que aparecen iconos adornados con jarrones de flores distribuidos por todo el espacio, colgados de la pared o de las columnas, ante los que los feligreses hacen cola para besarlos. A lo largo de la nave se produce un incesante bulle bulle de gente de toda edad y condición (desde ancianas decrépitas a atractivas jóvenes con tacones inverosímiles, sin que falten los hombres) que reza, se santigua o hace cola ante el sacerdote para que le aconseje, quien se mantiene de pie, a la vista de todo el mundo. Las mujeres van tocadas con velo, que entregan asimismo en la entrada a las que no lo llevan consigo, pero se distingue también a algunas, pocas, que no lo visten. Lo que no vimos fue a ningún turista, por lo que nosotros éramos allí la nota discordante... Aunque en ningún momento nadie nos hizo ninguna indicación de que no pudiéramos asistir a la ceremonia, sí recibimos más de un empujón de los sacristanes y monaguillos que iban franqueando los diversos recorridos de los sacerdotes por el templo durante la celebración de la ceremonia.   

Uno de los objetivos que tiene la visita al templo son las ofrendas y peticiones que se formulan en unos pequeños papeles rectangulares, impresos para el caso, que se hallan distribuidos por las mesas o bancos del lugar, o se adquieren al comprar velas. De tanto en tanto, unas mujeres limpian con paños los candelabros, para que todo se mantengan impolutos y desaparezcan los restos de la cera quemada. Son las mismas señoras que van limpiando los cristales que protegen los iconos, para que la gente pueda volver a besarlos.

Antes de que comience la ceremonia religiosa los sacristanes extienden por el suelo una alfombra que nadie, excepto los oficiantes, debe pisar. Después, el sacerdote recorre los márgenes de la iglesia repartiendo incienso y una vez completado el recorrido se encierra tras el iconostasio a rezar. En el momento que se inicia la ceremonia, un coro va replicando las oraciones que entona el sacerdote, como un contrapunto cantado al rezo salmódico.   

Se trata, en suma, de ceremonias mucho más atractivas (los cánticos, las luces que se atenúan o encienden en distinto grado), con mayor participación de los feligreses y, desde luego, seguidas con más devoción que las católicas. Visitamos la catedral un lunes, a las 6 de la tarde, la hora de la misa diaria, y la iglesia está llena. Uno de los sacerdotes que ofician, son nueve en total, se sitúa en el centro de la nave y salmodia las oraciones con voz de tenor. Sus compañeros se colocan al final de la nave y salmodian diversas oraciones, a las que replica el coro, y una vez regresan todos al altar, las alfombras se retiran y los fieles vuelven a situarse en torno a él. Por cierto, leo en un libro de Jean Mayer (Rusia y sus imperios. 1894-2005, Tusquets, Barcelona, 2007, p. 31) que la palabra pope, que los extranjeros suelen usar como sinónimo de sacerdote, es para los rusos un término despreciativo, casi ofensivo.

Es una pena no entender los rezos y cánticos, pero sí se palpa la auténtica devoción con que la gente participa, la cercanía y la vez la distancia entre los fieles y los oficiantes. A pesar del empeño que pusieron, durante las siete décadas que duró el régimen comunista, no lograron extirpar la religión. Ahora, Putin, sumamente astuto, ha encontrado en la iglesia ortodoxa un inmejorable y fiel aliado, pues ha restaurado los recintos religiosos y dignificado la vida de los sacerdotes, cuyas cúpulas brillan hoy con tanto esplendor como en la época de los zares. Y a ese propósito hay que decir que los soviéticos clausuraron la catedral en 1932, convirtiéndola en una fábrica de ropa interior, hasta que en 1990 fue reconstruida y vuelta a consagrar. Su construcción data de la década de 1760 y sus cinco cúpulas se le atribuyen a Domenico Trezzini. Las guías de viaje dicen que se ha convertido en una de las catedrales de más actividad en la ciudad, como prueban los numeros mendigos y babushkas (ancianas con el pañuelo en la cabeza) que piden limosna en la entrada, aunque el día que nosotros la visitamos nadie pedía en la puerta del templo.      
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* Las fotos son de Gemma Pellicer.
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viernes, 1 de agosto de 2014

Sobre Juan Eduardo Zúñiga

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El siguiente enlace os llevará a un artículo panorámico sobre la obra de Zúñiga, en mi opinión uno de los mejores escritores españoles de cuentos de las últimas décadas, publicado en la revista Turia, núms. 109-110, marzo-mayo del 2014, pp. 165-183: 
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miércoles, 30 de julio de 2014

Anécdotas de escritores y cineastas

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Un día le preguntaron a Borges si se llevaba bien con su cuñado, el crítico y editor Guillermo de Torre, que estaba sordo. Muy bien, respondió el autor de Ficciones, `ni yo lo veo, ni él me oye ´.
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Stephen King cuenta que en varias ocasiones le han preguntado por qué no visitaba Europa, Francia o Alemania. Suele responder que porque son países civilizados donde él siente vergüenza de ser estadounidense. Y concluye: "Amo a mi país, pero está lleno de basura".
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En una conversación que los hermanos Coen mantuvieron con el periodista Guillermo Altares (El País Semanal, 8 de diciembre del 2013), aparece el siguiente diálogo a propósito de la crisis del cine y de las librerías, de la concepción apocalíptica sobre el mundo de la cultura:
ETHAN. Es algo que vuelve de forma recurrente. En los sesenta se hablaba de la muerte de la novela. Pasamos por la muerte de Brodway, del teatro, ahora es la muerte de las películas, de los libros.
JOEL. Las novelas no han muerto, pero ahora la gente las lee en kindles.
ETHAN. En los sesenta también se hablaba de la muerte de Dios.
JOEL. Sí, eso fue bastante pronto. Tenía que haber acabado ahí porque luego vino la muerte de la novela y de las películas [risas].
ETHAN. La muerte de los libros como objetos no es el fin del mundo. Lo lógico sería que lo siguiente que se muriera fuesen las conversaciones apocalípticas sobre cosas que mueren...
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