viernes, 11 de enero de 2008

CARLOS CASTÁN

....
"Todo tan secreto"
En todos los entierros hay un desconocido, alguien de aire grave en quien nadie se fija demasiado, que no es de la familia y permanece todo el tiempo con las manos atrás. Siempre me había preguntado por estos seres, de dónde salían, cuál sería su vida. En los viejos álbumes de fotos de la casa de Ágata los encontré a todos retratados, uno por uno, adheridos a aquellas páginas negras. Muchas veces iba a verla. Yo era joven, ella no. Y además estaba enferma, pero su pelo olía siempre a pétalos morados y la casa entera tenía el perfume de los libros salvados de un incendio. Todo ese verano fue mi oasis de sombra. Nos acostábamos en una alcoba oscura y luego ella preparaba café. Me gustaba ir allí, era todo tan secreto... Por las ventanas, a través de una maraña de ramas muertas, podía divisarse toda una posguerra detenida. Apenas hablaba, Ágata. Me enseñaba tesoros que escondía en los cajones de sus mil armarios: óleos diminutos, soldados de oro, azucareros chinos, pero sobre todo aquellas fotografías de desconocidos.

Era todo tan secreto que cuando murió nadie pudo decirme nada, y una tarde en que fui a verla a principios del otoño me encontré en el patio de la casa con una mesita de faldas negras llena de condolencias y tarjetas de visita con una esquina doblada. Me esforcé en sentir dolor, pero la sorpresa y el deseo reventado como un globo pesaban de momento mucho más.

Tras dudar un poco, decidí subir al velatorio. Quise ser el desconocido de turno en ese entierro, quizá porque estuve seguro de repente que, de ese modo, por un extraño mecanismo que nunca perseguí entender, mi imagen pasaría a formar parte de aquellos álbumes oscuros en la estantería de la sala, como una mariposa muerta. Y mi alma entonces, o algo parecido, se quedaría a descansar para siempre cerca de la alcoba, en aquella penumbra fresca con olor a agua de rosas.

A veces notaba cómo alguno de los familiares de Ágata me miraba de reojo, pero nadie se decidió a hacerme preguntas, de manera que toda la tarde pude permanecer allí, como un centinela que guarda los restos de un general acribillado, con aire grave, los ojos llorosos, las manos atrás.


* Carlos Castán es uno de los escritores de cuentos más sugestivos que han aparecido en España en estos últimos años. Ya su primer libro, Frío de vivir (Zócalo, Zaragoza, 1998; reeditado en Emecé), causó muy grata impresión. Después sólo ha publicado Museo de la soledad (Espasa Calpe, 2000; reeditado por Tropo Editores). Este microrrelato inédito forma parte del libro Sólo de lo perdido, que aparecerá en marzo en la editorial Destino. Puede verse una entrevista reciente con el autor en El síndrome Chéjov.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Tropo Editores presenta

MUSEO DE LA SOLEDAD

de Carlos Castán, uno de los mejores libros de relatos de las últimas décadas.

www.tropoeditores.com

"Un libro intenso, sobrecogedor, hermoso, necesario como pocos, no sólo por su estética firme y afilada, sino, sobre todo, porque estos relatos son verdaderas medicinas para el alma"

Francisco Giménez García, Turia


"De la misma manera que las mejores fragancias se venden en frascos pequeños, quizá el lector no pudiese soportar por extenso el reconcentrado dolor que destilan estas páginas, quizás si durase más. Se convertiría en un veneno mortal de necesidad. (…) Carlos Castán ha trazado el laberinto de la soledad. Piérdanse en él sin dudarlo."

Lorenzo Oliván, Clarín

Anónimo dijo...

La sintaxis de Carlos Castán tiene la perfección del cuerpo humano, la mejor máquina nunca creada, y, como éste, además es capaz de generar emociones.Gracias por colgar esta pequeña maravilla.

Anónimo dijo...

Los relatos de Castán siempre parecen escritos en la sala de espera de un hospital; y nunca sabes si es el paciente o el familiar quien narra. Maravilloso. Simplemente maravilloso. Un lujo ese hombre.

ella y su orgía dijo...

Quienes admiramos a Carlos Castán llevábamos tanto tiempo esperando su regreso...
Este micro es simplemente una delicia más franqueada con su sello imborrable.

Besos orgiásticos.

PS: Felicidades por el blog.

Anónimo dijo...

Los personajes fantasmales más la observación implacable de Carlos Casan son una muestra química de la técnica, la realidad sugestiva y la facilidad de palabra de un hombre nacido para contar.