lunes, 20 de octubre de 2008

Miguel Romero Esteo, Premio Nacional de Literatura Dramática

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Si todavía existe hoy un autor maldito en España, es Miguel Romero Esteo (Montoro, Córdoba, 1930). No en vano la mayoría de sus obras siguen sin ser estrenadas. Pues este curioso personaje, quien lo haya tratado podrá entender a qué me refiero, dramaturgo y profesor universitario, acaba de obtener el premio Nacional de Literatura Dramática, dotado con 20.000 euros, que otorga el Ministerio de Cultura, por su obra Pontifical, escrita hace nada menos que treinta años, pero publicada en el 2007 por la editorial Fundamentos, atenta siempre a la literatura dramática.

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Romero Esteo es doctor en Filología Hispánica y fue profesor de Literatura en la Universidad de Málaga. Su carrera empezó en 1963 con obras de teatro de ruptura que fueron prohibidas por la censura. Entre sus piezas cabe destacar: Paraphernalia de la olla podrida, la misericordia y la mucha consolación (1972), Pasodoble (1974), Pizzicato irrisorio y gran pavana de lechuzos (Cátedra, 1979), El bodevil de la pálida, pálida, pálida, pálida rosa y Tartessos. En 1985 consiguió el Premio Europa de Teatro. En esta ocasión, el jurado estuvo compuesto por Rubén Darío Ruibal, Santiago Martín Bermúdez, Jesús Campos, Jordi Coca, Salvador Gutiérrez Ordóñez, Julia Barella, Dario Xohán Cabana, Aizpea Goenaga, Aurora Egido y Javier Villán. Quizás el mayor reconocimiento que se le pueda hacer, a este casi desconocido, sorprendente y ambicioso dramaturgo, sería montar -por fin- sus obras en condiciones, con los medios adecuados, lo que sólo podría llevar a cabo, dada la complejidad del empeño, un teatro público. Veremos si es posible.
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Pero, además, me parece que Miguel Romero Esteo, otro patafísico genial (¡ojo, Olgoso!), no se sentiría del todo incómodo en esta nave de los locos...
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* La caricatura es otra gentileza más de LPO.* ...

8 comentarios:

hombredebarro dijo...

Me alegro muchísimo de que se reconozca una labor tan personal como la de Romero Esteo, que como bien dices es una curiosa persona, a la que tuve la suerte de tratar allá por los primeros años ochenta, cuando yo era alumno y él profesor de la facultad de filología de la univesidad de Málaga, aunque nunca me dió clase, pero me invitó a comer en varias ocasiones, cosa que nunca olvidaré.
Otro loco.

Fernando Valls dijo...

Antonio, dado lo singular de la persona, ¿no podrías contarnos algo más de esas comidas?

Juan Yanes dijo...

Fernando: Contemplo horrorizado, que el día 19 colgué en la Máquina casi las mismas viñetas de El Roto que tú colgaste el 18... no ha habido plagio, sino mera y curiosa coincidencia. Aprovecho para agradecerte la mención que hiciste hace algunas fechas al blog de marras. Un saludo

Fernando Valls dijo...

Juan, no te preocupes, no tiene ninguna importancia. La lucidez implacable de El Roto la compartimos muchos. Mañana seré yo quien te siga o te birle alguna de tus maravillosas fotos.
Saludos

Herman dijo...

Celebro por todo lo alto este reconocimiento. Como Antonio, tuve la suerte de conocer en persona a Romero Esteo, pues una vez vino a casa invitado por mi padre, creo que a cenar. Yo era muy pequeño y sólo recuerdo un detalle de aquella noche, y es que Romero Esteo, al entrar en el salón y descubrir el piano, se lanzó entusiasmado hacia él y estuvo tocándolo un buen rato, invadido por una suerte de trance. La música que interpretaba era extrañísima y seductora. Al terminar, mi padre le hizo algún comentario elogioso y Romero Esteo contestó que él en realidad no sabía nada de música, pero que un piano siempre suena bien, aunque sea un profano quien lo toque. Nos quedamos petrificados. Había estado improvisando como un niño, guiado únicamente por la intuición y por un irreprimible deseo de jugar. Me quedó claro que aquel hombre venía de otra galaxia.

hombredebarro dijo...

Conocí a Miguel Romero Esteo en el curso 82-83, en la facultad de filología de Málaga, cuando todavía estaba muy cerca de la catedral en el edificio del antiguo colegio de San Agustín, antes de que fuese trasladada al Campus de Teatinos. Me apunté a un curso de escritura narrativa que se hacía los sábados por la mañana en una sala del palacio episcopal, y era él el que la impartía. Allí leí por primera y última vez textos míos en público. Después íbamos a cualquier parte a tomar algo. Miguel era una persona peculiar, hablaba y te contaba cosas como si tú, yo, como otros que en aquella época teníamos 18 años, fuésemos sus mejores interlocutores. Contaba muchas anécdotas, era muy divertido en su forma de hablar, como lo es en su forma de escribir. Nos invitaba siempre, claro, nosotros no teníamos ni un duro. Estuve en su casa, caserón, donde sigue viviendo, cuando todavía vivía su hermana, que sólo me vio dos veces con cierto intervalo de tiempo entre ellas y fue capaz de recordar mi nombre. Vimos alguna película de video, recuerdo la de Liliana Caviani sobre Nietzsche, sin acordarme del título. Por aquel entonces creo que andaba terminando Tartessos. Miguel de repente te cantaba un airecillo popular y después venía una anécdota sobre su estancia en Madrid: no soportaba, por ejemplo, a Nieva. Lo pasaba mejor con los más jóvenes, aunque fuesen alumnos indocumentados, que con sus compañeros profesores, o esa impresión saqué yo. A mí, que entonces era muy tímido, con ese punto de valor a flor de piel, me encontró en varias ocasiones en el patio de la facultad y me llevó a comer por ejemplo a los montes, a la venta El mirador. Subimos en taxi, entonces no conducía y creo que no lo habrá hecho después, y bajamos andando. No dejaba de hablar. Yo no tenía mucho que aportar, así que no recuerdo ni papa de lo que podría contarle. Había trabajado para alguna revista en Madrid, pero no había aguantado el rollo. Otras veces formaba un grupito heterogéneo y nos llevaba a un gallego. Me llamaba a casa por teléfono y eso me daba una percepción de mí mismo nueva. Porque yo allí encerrado leía todo lo que caía en mis manos, pensando que los escritores estaban en una dimensión y esfera distinta a la mía. Una vez nos dijo que no había que dejarse abrumar por las grandes obras de la historia de la literatura, que era muy interesante leer malas obras, que de ellas se podía aprender más y mejor que del Quijote, por ejemplo. Siempre hablaba y bromeaba con hacer tríos y orgías con las chicas, pero creo que sus hábitos han sido siempre los del monje. Luego, no sé por qué, nuestro caminos dejaron de coincidir. Siempre lo he seguido desde la distancia. La última vez que lo vi estaba desayunando en la cafetería de una clínica donde acababa de nacer mi segundo hijo. No fui capaz de decirle nada después de más de 20 años. Al día siguiente estaba en otra cafetería cercana interesado en los menús caseros del local. Ahora me alegro muchísimo por él, que merece este premio con toda seguridad. En realidad, es un autor poco leído, porque sus textos teatrales son difíciles, pero cuando se pone a contar tiene una amenidad y un sentido del humor muy particulares, que se pueden ver en sus recuerdos en la edición de algunas de sus obras en Cátedra. O en sus ensayos a contracorriente, disparatados o no tanto.
Hace unos años estuvo propuesto para el nobel, lo que aceptó con humor diciendo que mayores cretinos que él lo habían obtenido.
Siento la extensión, pero tú lo quisiste.

Fernando Valls dijo...

Javier, Antonio, gracias por contarnos la relación que mantuvisteis con Romero Esteo. Como creo que es un escritor muy poco conocido, vuestro testimonio tiene mucho valor.

tartessa dijo...

Pues yo tambien me alegro muchisimo de que se reconozca a Miguel Romero.Tuve la gran suerte de tenerle de profesor hace ya 15 anios(perdon, teclado guiri) y fue unas de las experiencias mas conmovedoras que he vivido nunca. Digo conmovedora porque para lo que era entonces,una joven de 22 anios tener delante a Miguel Romero desplegando su encantadora, inteligentisima y divertidisima forma de enseniar fue algo unico.
Recuerdo que cuando me despistaba y llegaba tarde a clase(la unica clase a la que SIEMPREiba) y no sabia en que aula estaba Don Miguel, yo solo tenia que mirar por la ventanilla de la puerta, si todos los alumnos estaban atentos sorprendidos y riendo, alli estaba el. Nos ensenio muchisimo, no solo aprendimos literatura renacentista,que por cierto, vaya con las hermanas de Cervantes, y con la florecilla de San Juan de la Cruz, nos ensenio-por lo menos a mi y a muchos- a pensar, a llegar al meollo de las cosas, todo era una dualidad, nos quedo claro,-sus clases eran obras de teatro interpretadas con una entrega y generosidad que nos dejaba a todos descoloccaos y a muchos babeando. Fue un autentico privilegio poder asistir a sus clases, y como en una ocasion le dije, solo me merecio la pena hacer la carrera por haberle tenido a el de profesor.Si si es un loco, un poco mas de locura por favor, y por cierto no quiero irme sin afirmar que lo que el escribe es ARTE de ese del que cuesta mucho, pero que mucho hacer y encontrar--por si alguien lo dudaba.