jueves, 23 de octubre de 2008

`Las tres hermanas´. Chejoviana, 2

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Voy a la Schaubühne a ver el montaje de Las tres hermanas, dirigido por Falk Richter. Olga, Mascha e Irina son tres mujeres huérfanas, entre 20 y 28 años, que viven en una lejana ciudad de provincias, cuya existencia gira alrededor de un destacamento militar, que hasta hace un año, cuando falleció, había mandado el padre. Sus sueños llevan siempre a estas mujeres a Moscú, donde nacieron, y donde les gustaría llevar una vida plena, ser felices. Su hermano Andrei, en quien tantas esperanzas había depositado la familia, parecía destinado a ser una gran científico, a tener una cátedra en la Universidad de Moscú, pero su acentuada desidia y la boda con la mujer inadecuada lo condenan al fracaso personal y profesional, a la desgracia. La aparición en escena de Natasha, su futura esposa, la progresiva transformación, de mosquita muerta en arpía, determina -en cierta forma- el ritmo de la trama, la ruina de la familia, el adulterio (uno en la pieza de Chéjov, dos en este montaje), la pérdida de la casa, la inevitable y definitiva conquista de la infelicidad..
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Las tres hermanas, Olga (Steffi Draeger), Irina (Jule Böwe) y Mascha (Bibiana Beglau)

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Irina
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Irina, Kulygin, Olga, Tschebutykin, Natalia, Mascha, Tusenbach y Soljonyj
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Dramaturgo (Jens Hillje) y director modernizan la historia (Mascha parece la reencarnación de Bimba Bosé), la traen al presente, que ahora transcurre en un espacio despojado, especialmente afortunado en el cuarto acto, con lo que cambian las relaciones entre los personajes, sobre todo las sentimentales, haciéndolas más explícitas. Con ello, la historia que se cuenta pierde esa sutileza tan chejoviana, pero también profundidad dramática, puesto que abusa de los trazos gruesos en la concepción de los personajes. Los significativos silencios de los protagonistas, de las hermanas, o la estulticia y ñoñeria de Natalia, se convierten aquí en gritos desesperados, casi histéricos. La relación que se produce entre la malcasada Mascha y el nuevo jefe de la batería militar, Werschinin, papeles que en el estreno interpretaron nada menos que Olga Knniper y Stanislavski (quien como actor no era del gusto de Chéjov, aunque sí como director), aquí se hace mucho más explícita, con caricias y muestras de amor que no figuran en el texto. Lo que resulta especialmente desafortunado en la escena final, entre ambos, en el momento de la despedida, puesto que el regimiento es trasladado a otra ciudad, y en la que el militar, para librarse de Mascha, que se le agarra al cuello con desesperación, acaba lanzándola al suelo... A pesar de valerse de esta discutible opción, en que los personajes sobreactúan, la interpretación funciona casi siempre bien, sobre todo los actores que desempeñan los papeles de Masha e Irina, o Ferapont, el sordo anciano empleado del municipio. Tanto el borracho doctor Tschebutykin, como Kullygin, el marido, aquí más ridículo de lo aconsejable, se lucen en sus correspondientes papeles, más bien vodevilescos, como le hubiera gustado a Chéjov. Afortunada me parece también la elección de la música, tanto la tenue, de fondo, como la estridente de la pequeña fiesta que improvisan durante el tercer acto. El público recibió la obra con aplausos, aunque no con el entusiasmo de otras ocasiones. .....

El profesor Kulygin (Thomas Bading), marido de Mascha

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Escena del cuarto acto, con Irina, a la dcha.
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