miércoles, 21 de octubre de 2009

Pro acercanza, 22

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"24 horas"
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El garito ese estaba abierto las 24 horas, menos mal, de lejos las luces hacían pensar en una clase de nave espacial que hubiera aterrizado allí, junto a la estación de tren, aprovechando el silencio de la noche, la oscuridad y el que a esas horas, cualquier historia es plausible. El 24 enorme, un fluorescente de color rojo intenso, un tamaño casi descomunal, pero nada desproporcionado en la etérea pantalla negra y gigante que lo rodea. En realidad no es una pantalla, sino el espacio, el cielo con sus constelaciones, sus agujeros negros y todo eso, lo que se ha descubierto y lo que queda por descubrir. Desde dentro la luz blanquecina, poco piadosa, cruel, bajo la que los cuerpos parecen desaparecer absorbidos por esa ley física que habla de la descomposición de la luz o algo así, Angie piensa en el laboratorio y en un experimento antes de cruzar hacia allí.
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Cuando entra, ve a varios tipos enormes con unos brazos que son casi tan anchos como los muslos de Angie, incluso casi podría decir que como sus dos muslos juntos, unidos, atados con una cinta métrica, así apretaditos darían el grosor de esos bíceps. Llenos de tatuajes, también, los antebrazos y, supone Angie lo demás, lo que queda debajo de las camisetas negras y ajustadas que marcan músculos existentes sólo en las clases de anatomía, corazas. Vozarrones graves, risotadas, todo muy teatral. Asustan un poco, esos tipos duros, pero duros de verdad, no de una novela o de una película, sino allí, en aquel garito junto a la estación de tren, en la ciudad paralela a la dormida, en la ciudad extranjera, la que habla un idioma que Angie apenas entiende, con el que apenas se defiende. Ella sólo quiere yogurt, yogurt de vainilla, para ser exactos, esa es la razón por la que ha llegado hasta allí, lo reconoce. Extraña, pero cierta, son las necesidades de azúcar que marcan su ritmo. Científico. Los tipos duros sonríen o quizá se están riendo, algo infantil les habrá sonado lo de su yogurt y su hablar entrecortado, primitivo, pre-humano dijo alguien, le gustó, podría haberse reído de sí misma, pero no lo hace por miedo a que piensen que se burla de ellos, y eso jamás. La dejan pasar, se apartan hacia los lados y ella camina como un pequeño insecto entre una hilera de bloques grises de hormigón buscando desesperado su alimento, con la cabeza agachada, mirándose con interés las puntas desgastadas de los zapatos, sintiendo la acercanza amenazante de esas moles bajo cuyo voluntad ella podría desaparecer instantáneamente. Llega hasta el mostrador de los yogures, se pregunta qué absurdo capricho es éste, romper la ley que separa los mundos, qué extravagancia ésta de salir por la noche a buscar un yogur de vainilla, algo que no le pareció nada descabellado cuando se levantó de la cama, se puso los pantalones, la camiseta, los zapatos, cogió el dinero. El dinero, el que lleva en el bolsillo del pantalón, arrugados los billetes por su mano ansiosa, ya no le parece de lo más normal lo que ha hecho, quizá tengan razón sus amigos con eso de que está algo chalada. Casi ni ve, le cuesta concentrarse, sólo mueve los ojos de un lado a otro, sin fijarlos, nota el frío de la máquina que provoca una extraña rigidez en sus dedos, o será su cerebro que está empezando a encogerse, como dicen que puede hacer cuando recibe un golpe. Encuentra el yogur, lo reconoce por la flor de la vainilla que aparece en la etiqueta, no tanto por las letras, y se permite una pequeña sonrisa. Ahora le queda la vuelta, el regreso, lo más difícil, se puede convertir en una odisea, depende de los dioses, una tontería, eso está claro, porque ella no cree en los dioses, sí en las naves espaciales, es evidente, y en las leyes físicas, eso es innegable, científico, científico, científico, murmura como un talismán protector. Llega hasta la caja, los dedos enormes del cajero parece que van a reventar las teclas cada vez que las pulsa, como si tuviera que terminar con una plaga de bichos negros empeñados en resurgir y correr por el teclado burlándose de su falta de precisión. Estaría dispuesta a ayudarle, como muestra de su buena fe, de su sincera voluntad de paz. Los otros a su espalda ríen, ella callada, muda. Se gira para salir, vuelven a hacerle un pasillo, se le ocurre que quizá debió coger dos yogures, uno en cada mano, como si fuesen armas defensivas, el yogur de vainilla más poderoso del mundo. ¿Se llaman puños americanos? Le suena algo así. Imagina sus frágiles vidrios chocando contra esos pechos de acero. Y el dulce olor de la vainilla esparcido, ofreciendo su protección matinal. Sólo faltaría el aroma del café. Lo mejor sería atinar en la cabeza, aturdirlos así y aprovechar para huir. Muy cobarde, pero muy eficaz, para qué andarse con tonterías, es la hora de la verdad, ha llegado.
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Ha cruzado la calle, se gira, la luz los reabsorbió.
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* María Castro nació en Madrid en 1969 y tiene dos hijos. "En mis ratos libres, nos confiesa, además de trabajar en algo muy aburrido, he escrito dos novelas y un libro de relatos inéditos, así como un poemario, De Tierra. Soy miembro fundador de la Asociación Cultural los Musicantes de Sextante (sé que suena a ripio, pero cuando un amigo me recordó que el sextante sirvió de guía durante siglos a muchos navegantes, me pareció apropiado), en la que nos esforzamos fundamentalmente, por acercar a los niños a la música a través del canto coral (http://www.actividarte.blogspot.com/)".
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5 comentarios:

Ernesto Calabuig dijo...

Para mí, lo mejor de este texto está en cómo se van dando, poco a poco, las notas que hacen crecer la sensación de extrañeza y de amenaza en lo cotidiano. Me he acordado de aquel ensayo de Freud ("Lo siniestro") en el que jugaba con el significado de lo "unheimlich" (inquietante, siniestro)y lo "heimlich" (secreto, doméstico) para explicar que lo que de verdad atemoriza es lo que sucede en lo más cercano, familiar, de confianza. Es un acierto la sensación de decorado y de nave suspendida en el espacio que da, al principio, el local de 24 horas. La transformación progresiva de la realidad en irrealidad, el trastorno que se adivina en la protagonista, su mezcla de cientificismo y superstición. Enhorabuena, María.

Gemma dijo...

Hay seres que se desplazan por el mundo con el corazón de vainilla en un puño. Certero y sugerente por igual. Redondo.
Saludos

Alf dijo...

Seguramente, ocultar el nombre de la ciudad donde se desarrolla la acción contribuye a acentuar esa inquietud. A mí me ha traído a la memoria Moscú, y por extensión Rusia, y no sólo porque utilizan otro sistema de escritura y abundan los supermecados 24h., si no porque en ningún otro lugar he sentido un desasosiego tan desolador debido a la barrera idiomática.

María dijo...

Muchas gracias por la amabilidad de vuestros comentarios.
Nunca he estado en Moscú, aunque me encantaría ir. Me alegro de que pueda parecer Moscú o cualquier otra ciudad. Sí que es cierto que ese tipo de garitos, regentados por rusos, los he visto en ciudades como Berlín.

Ana dijo...

Me ha gustado lo que ha comentado alguien acerca del desasosiego...a mí me lo ha transmitido, es una atmósfera incómoda la que se percibe. Enhorabuena y me ha encantado leerlo aquí.