martes, 20 de mayo de 2008

JOSÉ ALBERTO GARCÍA AVILÉS

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"El llanto"

Aquella mañana de domingo, demasiado temprano, todos los niños del edificio rompieron a llorar. Los padres se despertaban de mal humor e intentaban consolarlos. En el séptimo, Romualdo Canales, abogado, empujó el chupete dentro de la boca de su niña de nueve meses, sin ningún éxito. Era un llanto frenético, desolador. La madre pensó que la criatura se moría a causa de algún mal repentino. La desnudó, la volteó, le palpó todo el cuerpecito y comprobó que no tenía fiebre. Dos pisos más abajo, Raquel Esparza, maestra de escuela, probó a darle el biberón al crío, pero le escupía la leche, ante la mirada atónita de su marido. En el tercero izquierda, los padres de Isabel González, su primer retoño con apenas dos semanas, se pusieron muy nerviosos al ver a la niña berreando de aquella manera. No eran lágrimas de rabia, ni gritos de furia, como cuando los niños piden caprichosamente su alimento o sus juegos. Se trataba de sollozos lánguidos y amargos, como los del anciano que lamenta haber desperdiciado su vida.
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Más de uno vio entrar a un joven en el edificio. No son horas para llevar un traje tan elegante, pensó Romualdo mientras acunaba a su hija. Ese tipo parece tan triste, se dijo Raquel cuando observó al joven que andaba despacio, embotado en sus pensamientos estrambóticos. El doctor Iglesias, que vivía en la entreplanta, escuchó el ascensor, mientras su mujer abrazaba al bebé para consolarlo. Nadie vio cómo el joven cruzó su apartamento y fue directamente al salón. Abrió la ventana y se asomó. Sacó medio cuerpo y estuvo un buen rato en el alféizar, con la mirada perdida. Transcurrieron cinco minutos que parecieron cinco horas.
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Entonces entró y se tumbó en la cama, exhausto, como un toro antes de ser rematado en la plaza. A los dos minutos, cuando el joven se hubo dormido, Raquel sonrió satisfecha pues su hijo, al igual que todos en el edificio, había dejado de llorar.


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"Traje de luces"

En el ruedo flotaba el diestro, destilando verónicas y pases de la muerte antes de la suerte de varas. La maestría y el riesgo inaudito ante el toro, evidenciado en cada pase, cerró la faena con una ovación estruendosa, que le valió las orejas y el rabo. En el palco, el constructor dobló el cuello hacia su mujer: ese hombre es único, Sonsoles, ¿has visto de lo que es capaz? Ni el mismísimo Manolete le supera. Sin dejar de abanicarse, la señora, que ya frisaba los cuarenta, asintió en silencio. No le había quitado ojo de encima. Hacía meses que se había enamorado del portador de aquel traje de luces que embutía un cuerpo esplendoroso. En ese instante sus cinco sentidos rumiaban una sola cosa: deseo con toda mi alma que este hombre maravilloso sea para mí, cueste lo que cueste.
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El marido admiraba la virtuosidad de aquel joven torero; ella anhelaba poseer esa sustancia extraña, mezcla de encanto y seducción irresistible. Como era un matrimonio muy adinerado, él le invitó a que participara en una novillada en su finca. Ella intimó con el huésped la primera noche, sin que mediara cambio de tercio. Días después, el esplendoroso portador del traje de luces se convirtió en amante de la ilustre señora, mientras el marido presumía de contar con el mejor diestro del mundo entre sus allegados. Al principio, la señora sólo se arrimaba al torero los fines de semana en un hotel de las afueras. Después comenzó a exhibirle a su lado en alguna fiesta, en algún viaje, en la cubierta del yate familiar. A veces coincidían los tres: el caballero y su adlátere; la esposa y su amante. A la mujer, el torero la rejuvenecía; al marido, en cambio, su amigo le sacaba al exterior todo el espanto de la edad.

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"Inmersión"
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Se adentró en cada una de las estancias del barco naufragado. Era un veterano de búsquedas y rescates. Había visto de todo en sus más de treinta años surcando el fondo del mar.
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Encontró varias cabinas cerradas en la zona donde se produjo el impacto. En una de ellas, vio el cuerpo de una mujer que había estado probándose un traje rojo de seda para el baile de aquella noche. Su linterna tropezó con peces diminutos que le esquivaban veloces, mientras se adentraba por los compartimentos más profundos. En la cocina, los platos y las copas colgaban aún de los anaqueles, esperando a que alguien los dispusiera en mesa. En un angosto pasillo, se cruzó con camareros que justo antes del naufragio habían preparado las mesas y cocineros que habían dado los últimos retoques a los guisos de la cena: caballa al roquefort, delicias de perdiz y tomatillos salteados con sobrasada, regado con Chardonnay gran reserva del 72. Vio también tumultos de piernas y brazos arrebujados durante la huida, retratos de los seres queridos, plumas, sortijas, un esmoquin, un setter irlandés, un violonchelo y una réplica de la Venus de Milo.
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Todo eso lo soportó, pero cuando llegó al comedor de segunda, con los asientos azules y la gigantesca lámpara de araña, los cadáveres apiñados en torno a la mesa central empezaron a agitarse con un gesto macabro de bienvenida. El pobre buzo, horrorizado, dio la señal para que le sacaran de allí. Cuando le quitaron la escafandra, le escucharon reírse convulsivamente, con esas carcajadas estruendosas que sólo es capaz de producir la locura.
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"Nueva vida"

La prostituta ha decidido dejar la calle y buscar un trabajo digno. Por recomendación de una persona caritativa, se dirige a la oficina de colocación laboral. La recibe un secretario con un traje barato y corbata oscura. Impresionado por su decisión y su belleza, le aconseja pensarlo antes de precipitarse. Todavía es joven y goza de buena salud. Llaman por el interfono al secretario, que acude al despacho del director. Le explica el caso de la prostituta. “Envíemela: veré qué puedo hacer por ella”, le dice. Una hora después, el director y la mujer abandonan la oficina en el coche oficial. ¿Acaso hacia una nueva vida?

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* José Alberto García Avilés (Granada, 1965), periodista y doctor en Comunicación, trabajó como redactor de informativos de televisión, y en la actualidad es profesor de Periodismo en Elche. Sus microrrelatos han aparecido en la antología Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera (Montesinos, 2005). Acaba de aparecer su libro Dos minutos: microrrelatos (Eiunsa, 2008), con prólogo de David Lagmanovich. Estas piezas que presentamos son inéditas.
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* B. Benvenuti, El carro rojo, 1935-1940.

4 comentarios:

Freia dijo...

Gracias por la primicia. He podido leer el primero y me dejo el resto para después de cenar. Tomo buena nota del libro.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Me sumo al agradecimiento de Freia. No conocía a este autor.

alba alpha dijo...

"El llanto": el derrumbamiento de un joven es para provocar ese dolor.
"Nueva vida": que difícil cambiar cuando los que supondríamos darían su apoyo lo dan pero para continuar igual.

Un abrazo
Alba

Adela Fernández dijo...

Hace un mes me leí "Dos minutos: microrrelatos" y ahora descubro con alegría estos nuevos relatos de Avilés. Me gusta cómo dice mucho con poco y de qué manera retrata el terromoto interior que las personas llevan dentro, casi siempre en silencio. Muy recomendable. Gracias, Fernando, por esta tarea de divulgar autores poco conocidos.