sábado, 10 de marzo de 2012

CARLOS GONZÁLEZ ZAMBRANO

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ESTÁ ESE HOMBRE
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Está ese hombre que acecha por la mirilla. Pero no lo hace del modo en que lo haría cualquiera, no; él mira desde fuera hacia adentro. Erguido frente a la puerta, anuda las manos en la espalda y adelanta la cabeza. Luego pega un ojo, el izquierdo, y cierra el otro, el derecho, y así permanece largo rato. Los vecinos que invaden el portal lo miran consternados. Unos se acercan y le acarician el lomo, otros le lustran los zapatos, los más afectados le estiran los faldones de la camisa. Algunos incluso regresan al cabo con una olla de lentejas y la dejan a sus pies. A todo esto, el hombre permanece inmóvil. De vez en cuando, la pupila de su único ojo abierto, el izquierdo, se dilata como un fogonazo, y por un momento pareciera que hubiera visto algo, acaso una silueta atisbada al trasluz, pero enseguida recobra su tamaño anterior. Esto los días pares.
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Los días impares está ese hombre que se aparta de la mirilla y desata las manos para posarlas sobre la puerta, a la altura de los hombros. Gira entonces la cara y aplica una oreja, la derecha, contra la madera veteada, y así permanece mucho tiempo. Los vecinos que llegan al portal lo miran afligidos. Unos se arriman y le atusan el pelo, otros alinean el felpudo contra la puerta, los más desolados le cosen el dobladillo del pantalón. Algunos incluso vuelven al cabo y aproximan sus labios a la oreja desocupada, la izquierda, y adaptan a Pavese en un susurro: “Vendrá el futuro y tendrá sus ojos”, le dicen con un hilo de voz; a lo que el hombre responde en un tono también inaudible: “Pero no los míos”; y retoma su silencio como si tal cosa. Esto los días impares.
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MÉNAGE À TROIS
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Mi primera reacción al saber que Tobías me engañaba fue volverle la cara del revés. Así, como lo digo. Por suerte, no estaba en casa cuando encontré la tarjeta delatora, con el membrete de un hotel en una cara y un teléfono y el mensaje inapelable en la otra. Investida de una osadía inédita en mí y enardecida por el impacto del descubrimiento, llamé al número inscrito y respondió una voz joven de mujer. De primeras se mostró recelosa, pero, tras un breve silencio, accedió a que nos viésemos esa misma tarde. Marta se llamaba la dueña de aquella voz y me aseguró con los ojos vidriosos que ignoraba que Tobías estuviese casado. La creí. Pasamos la tarde intercambiando confidencias en torno a un café, maldiciendo nuestra torpeza al no haber sabido interpretar las señales, inventariando los defectos de Tobías, rebajándolo a la condición de pelele. Esa obstinación, lejos de acrecentar nuestra ira, logró apaciguarnos, hasta tal punto que acabamos celebrando cada anomalía de Tobías, riendo sus flaquezas. Convinimos, al cabo, que esto era lo mejor que nos podría haber ocurrido, que disponer de Tobías a tiempo completo era un despropósito, una irresponsabilidad a todas luces, y acordamos compartirlo. Los lunes, miércoles y viernes me pertenece de cintura para abajo. Los martes, jueves y sábados dispongo a mi antojo de su tren superior. El domingo es el mejor día: nos juntamos Marta y yo, preparamos café y recomponemos el cuerpo desbaratado de Tobías.
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* Nací en Jerez de la Frontera (Cádiz), en 1973, y escribo a ratos, en la actualidad, trato de armar un libro de cuentos. Durante dos años mantuve un blog, ya clausurado (http://extremofilos.blogspot.com), en el que vertía microrrelatos propios y otras fruslerías. Obtuve el III Premio de Relato mínimo Diomedea y resulté finalista del concurso Relatos en Cadena en el año 2008, organizado por Cadena SER y la Escuela de Escritores de Madrid. Estos microrrelatos son inéditos.
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* El cuadro es de Gerhard Richter.
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6 comentarios:

Jesus Esnaola dijo...

Me han gustado mucho los dos (¿o son tres?. Yo me plantearía separar las dos mitades del primero porque después de la mirilla que tiene una fuerza y un poder de sugestión fabulosos, la parte del oído queda un poco difuminada.

Ménage à trois te mete en el microrrelato agarrándote de las solapas y no te suelta hasta el final.

Curiosa la coincidencia, ¿o no?, de las alternancias en ambos micros.

Un verdadero placer conocerte, Carlos; gracias, Fernando.

Javier Puche dijo...

Me alegra leer de nuevo a Carlos (otrora Viajero solitario), cuya inquietante escritura echaba de menos desde que cerró "Extremófilos". Celebro que lo hayas traído aquí, Fernando. Y espero que podamos disfrutar muy pronto de esos cuentos que Carlos prepara. Un abrazo para ambos.

AGUS dijo...

Coincido con Jesus en su comentario sobre el primer texto. La inquietud es terrible, uno no sabe que mira el hombre, si su hogar desahuciado, su familia rota o incluso su propia vida. Y la actitud de los vecinos aún acentúa más dicha inquietud. El único que quizás permanece ajeno es el lector, quien en algún instante hasta podría llegar a plantearse si el personaje está realmente ahí fuera, al otro lado de la puerta, observándolo.

En ambos destacaría la manera de trabajar el tono, casi aséptico, y la gestión de la tensión narrativa.

Un placer leer a Carlos, gracias Fernando.

Abrazos.

Manuel Rebollar Barro dijo...

Opino lo que Jesús. Una grata sorpresa Carlos González Zambrano. Me gusta mucho el primero de todos, esa imagen del mirón (o voyeur, eso depende de la situación del sujeto respecto a la cordillera pirenaica, que diría Ángel González), manos espaldadas, ojos punticomados y esa sucesión de personajes dándole naturalidad al asunto.
Otro descubrimiento que, espero, llegue a las librerías.

Abrazotes para los dos

Pedro Herrero dijo...

Sumo mi pequeño comentario, esta vez a favor del segundo texto, absolutamente equilátero y equiángulo, justo y equilibrado como el fiel de una balanza, iniciado en son de guerra y finalizado en paz, en franca camaradería, esbozando una sonrisa de ciento ochenta grados frente a una taza de café.

El Viajero Solitario dijo...

Muchas gracias a todos por vuestros comentarios. Y a ti, Fernando, por cederme un hueco en tu nave.
Saludos.

Carlos