martes, 1 de septiembre de 2009

Último adiós a Antonio Rabinad

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Murió con 82 años el narrador Antonio Rabinad (Barcelona, 1927), sin que le prestáramos nunca la atención que merecía, dada la calidad de su obra, como cada vez ocurre con más frecuencia. ¿Por qué a algunos escritores se les presta tanta atención y a otros tan poca? Para calibrar el valor de su obra, sólo hay que recordar algunos títulos: Los contactos furtivos (1956 y 1985, en su versión completa, no censurada), El niño asombrado (1967), con la que obtuvo el Premio Ciudad de Barcelona; Memento mori (1983, con versión definitiva en 1989) y El hombre indigno (2000), su autobiografía, en los que siempre merodeaba alrededor del Clot, su barrio en Barcelona.
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Antonio era lo menos parecido a un escritor al uso, un hombre amable, discreto y algo tímido. Pero casi siempre que nos encontrábamos le gustaba detenerse y conversar un rato. Su inconfundible aspecto, pequeño, algo rechoncho, con su barba blanca, de viejo lobo marino, el pañuelo rojo en el cuello y sus inconfundibles gorras, azul marino o blancas. Siempre que se hablaba de él en la prensa, poco, se recordaba que tenía un puesto de libros viejos en el barcelonés mercado de San Antonio. Ni que decir tiene que, en estos últimos años, nunca tuvo reconocimiento oficial alguno, ni medallas de la ciudad, ni cruces de santjordi, de esas que suelen conceder los políticos locales, autonómicos o nacionales. Pero, claro, Antonio no los apoyaba públicamente, ni hacía vida literaria, ni le gustaba moverse entre los cenáculos cultos de la ciudad. Sus últimos editores, benditos sean, fueron la editorial Lumen, la de Esther Tusquets, y Alba. Pero tampoco lograron que se le prestara excesiva atención a su obra.
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Rabinad no cursó estudios tradicionales, pero no le hacía ninguna gracia que lo tacharan de autodidacta, pues muy pronto, a los 13 años, tuvo que ganarse la vida. A su padre lo fusiló la FAI, durante la guerra. Trabajó como oficinista y con su primer sueldo se compró una Olivetti para poder escribir. Con su primera novela, ya citada, ganó el Premio Internacional convocado por Janés, cuyo jurado lo componían nada menos que Somerset Maugham, Eugenio D´Ors y Wenceslao Fernández Flores. Pero la censura no permitió que se publicara la novela hasta 1956, apareciendo mutilada. Emigró a Venezuela, donde trabajó como vendedor de tejidos y regresó a España a comienzos de los setenta, cuando Carlos Barral decidió recuperar Los contactos furtivos. En aquella época fue director de Difusora Internacional, vinculada a Seix Barral, hasta que lo cesaron en 1976. Durante los últimos años se ganó la vida vendiendo libros de viejo. Su última novela, El hacedor de páginas, se publicó en el 2004, aunque obtuvo poca repercusión. Colaboró en algunos guiones cinematográficos, como los de Tiempo de silencio y Libertarias, dirigidas con escasa fortuna por Vicente Aranda. Pero sobre todo fue uno de esos escritores que hoy llaman de la memoria, con un estilo realista, en el que conviven la crítica, el desencanto y un cierto humor.
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Lo recuerdo también como un lector voraz, que presumía de haber leído todos los libros que ponía a la venta, en su parada del mercado de San Antonio. Pero estoy seguro de que no nos olvidaremos de su obra, a la que habrá que volver con detenimiento.
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14 comentarios:

Anónimo dijo...

Es triste lo que cuentas en esta entrada, Fernando. Ese “Ni hacía vida literaria, ni le gustaba moverse entre los cenáculos cultos de la ciudad” me trae a la memoria otra entrada tuya reciente, lamentablemente también dando cuenta de una defunción. Me refiero a la dedicada a Pablo Antoñana. Comentando su adiós escribes: “Pero era, sobre todo, un escritor notable, a quien no se le prestó la atención que merecía, quizá porque no supo hacer amigos, ni subirse al carro de las generaciones o capillitas”. Que todos aceptemos que la obra no sea suficiente, que necesite para ser considerada de ciertas camarillas, en cierta manera envilece este mundo. Nos hemos habituado tanto al maridaje por intereses, que en ocasiones parece que los libros son sólo la portada. Una lástima.

Fernando Valls dijo...

Anónimo comunicante, que tienes toda la pinta de llamarte Miguel, no te preocupes. Antonio tenía sus lectores, que quizá no fueran muchos, pero creo que eran exigentes, como él quería. Cuando nos hayamos olvidado de la mayoría de los novelistas que hoy dan la lata en los medios, seguiremos leyendo Memento mori. A muchos no les consuela y quieren que todo el caso se lo hagan en vida, pero no me parece que fuera el caso de Rabinad. Aunque, ojo, claro que le hubiera gustado ser más leído y que se le hubiera prestado un poco más de atención. Quizá sea una cuestión de grados.

hugo dijo...

Hola Fernando:
Conocí a Antonio en el Mercado de San Antonio, como creo que lo conocimos casi todos los que tratamos alguna vez con él. Gustaba decir que él no era un escritor desconocido, sino "un escritor clandestino". cuando le respondí que en esa "clandestinidad" no movíamos unos cuantos, especuló con realizar un encuentro mundial de escritores "clandestinos". Convinimos que era una idea que le hubiera gustado a Erdosain, el personaje de los Siete Locos de Roberto Arlt. Precisamente y gracias a él, allá por el año 1981conseguí la edición de la obra de Roberto Arlt y de la Poesía Completa de Julio Herrera y Reissig de la venezolana Biblioteca Ayacucho, de la que él tenía un increíble fondo editorial.

El día que quise comprarle Memento Mori, me lo regaló.

Hacía tiempo que no lloraba con lágrimas de dolor muy amargo la pérdida de un gran amigo. Me quedo con su ética, con su ironía sobre el paisanaje editorial, y su socarronería acerca del "éxito" de algunos escritores "de éxito"

Quiero quedarme con la sonrisa de Antonio, pero en este momento estoy muy,pero muy jodido.

salut,
hugo

Fernando Valls dijo...

Hugo, eso que recuerdas, de que cuando alguien pretendía comprarle un libro suyo se lo regalaba, me lo habían contado algunas veces más. Muestra el talante de Rabinad, que era, además de un buen escritor, un gran tipo.

Olga B. dijo...

Yo no le conocía, Fernando, lo que no es en mí una novedad. Pero la entrada me ha tocado, con una cierta suavidad de reseña al uso al principio, y con una fuerte bofetada de realismo al final, de ese que nos cuentas que él usaba, con su desencanto.
A mí me lo has presentado. No sé si sería uno de los exigentes lectores que él quería, pero me acercaré a él.
Saludos.

June dijo...

Conocí a Antonio Rabinat y traté con él para realizar una tesis doctoral pero, por circunstancias que no vienen al caso, no la llevé a término. Era un enamorado del Mercat de Sant Antoni y le entristecía que los los puestos de libros tal y como son llegaran a desaparecer algún día. Todo un personaje con una obra no demasiado conocida ni reconocida pero él me contaba que estaba contento porque lo llamaban de los institutos de ensañanza media para dar charlas a los alumnos. Eso, me pareció, que le satisfacía. Vivió como quiso vivir, y eso me parece muy importante.
Si me permites, lo recordaré en otros lares. Un saludo

June dijo...

Siento de decir que yo le compré a él todos sus libros y que a mí no me los regaló...pero sí que me trató bien...y ne hizo buen precio...Un apunte sin importancia. Saludos.

June dijo...

de decir. Sorry.

David Rabinad dijo...

Muchas gracias por la nota, de parte de toda la familia. Y gracias a los comentaristas por recordarle. Os dejo una poesía suya inédita:
http://davidrabinad.posterous.com/apaga-y-vamonos

Fernando Valls dijo...

"Apaga y vámonos"
(POema inédito)

Porque uno se quede inmóvil
no quiere decir que ha muerto.
Está absorto, concentrado
en sus propios pensamientos,
atendiendo lo que importa,
aquello que oye por dentro,
escuchando la animosa
salida de los obreros,
el apagarse las máquinas
dejando el local desierto.
Feliz, porque finalmente
también tú te vas con ellos
hacia un lugar sin horario
cambiando el más por el menos

Antonio Rabinad
29 de julio de 1999

Maite dijo...

Hay pocos libros que me hayan tocado tanto como El hombre indigno

Francisco Ortiz dijo...

También yo creo que "Memento mori" seguirá viva mucho tiempo. Se agradece este buen recuerdo.

Anónimo dijo...

Estudie con su hijo Sergio en el los Hermanos Corazonistas de Sarria. Por aquella epoca los curas de ese colegio solian pegar a los alumnos ademas de otras. Un dia de esos, Sergio no aguanto mas y tiro el borrador a la cabeza del cura. Despues vino su padre y puso al colegio en su sitio. Para toda la clase aquello fue un alivio y padre e hijo, en nuestro silencio, fueron unos heroes para nosotros. Era una gran persona.
Oscar Domenech Beahin

Abel Garriga / abel@icab.cat dijo...

Estoy convendio que tarde o temprano volverá, aunque sea solo para aquellos lectores que, sin filtros, hemos empezado alguna obra suya desde entonces no hemos parado.