sábado, 16 de mayo de 2009

Carlos Castilla del Pino en la memoria

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Ha muerto a los 86 años el psiquiatra y ensayista Carlos Castilla del Pino. Había nacido en San Roque (Cádiz), pero pasó la mayor parte de su vida en Córdoba, desde 1949, donde ejerció la medicina hospitalaria y la docencia universitaria, con el talante humanista que siempre lo singularizó, heredado del pensamiento de la Institución Libre de Enseñanza, la mejor tradición liberal española. Destacó por el enorme impulso concedido a investigaciones sobre el dolor, la depresión y la incomunicacion humana, así como por su lucha en favor de la humanización en el tratamiento de los enfermos mentales.
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Cuando yo era estudiante universitario, los libros de Castilla del Pino, entonces militante activo del PCE, solían aparecer en Península (aquellos inolvidables libros amarillos) o Alianza, y sólo por el hecho de haber sido escritos por él, los leíamos, aunque aquellos temas de los que él se ocupaba no parecían tener nada que ver con nuestros estudios concretos. Así, nos llamó la atención y nos obligó a pensar sobre aconteceres y problemas de la vida cotidiana, en los que apenas hubiéramos reparado. Recuerdo ahora ensayos como Un estudio sobre la depresión (1966), La culpa (1968), La incomunicación (1969), Dialéctica de la persona, dialéctica de la situación (1968), Cuatro ensayos sobre la mujer (1971), Psicoanalisis y marxismo (1972), Temas. Hombre, cultura, sociedad (1989) y El delirio, un error necesario (1998), con el que obtuvo el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos. En los últimos años, quizás los libros suyos que más amplia repercusión tuvieron fueron sus dos volúmenes de memorias: Pretérito imperfecto (1997), con las que obtuvo el Premio Comillas, de la editorial Tusquets, y su continuación Casa del Olivo (2004). Fue académico de la Lengua y entre sus numerosas publicaciones tampoco falta la novela: Discurso de Onofre (1977) y La alacena tapiada (1991).
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Quienes tuvimos la inmensa fortuna de tratarlo, nunca lo olvidaremos. Creo ahora recordar que lo conocí en Barcelona, incluso años más tarde lo invité a dar una conferencia en mi universidad, y luego volví e encontrármelo en Cádiz, en El Puerto de Santa María y Jerez, en los encuentros que organizan las fundaciones de Luis Goytisolo y Caballero Bonald. Siempre acompañado por la querida Celia. El que Celia y Carlos acudieran a un encuentro era el primer aliciente para no faltar, pues entonces resultaba más grata la estancia y mucho más inteligente, amena y agradable la conversación. Uno se quedaba con la impresión de que volvía a casa más lúcido, sabiendo más cosas y teniéndolas un poco más claras. Con Carlos se hablaba de todo, tenía ideas propias sobre las cosas y un punto de vista personal y certeramente argumentado, pero sobre todo tenía el preciado don -lo ha recordado Anna Caballé- de hacerte sentir su igual.
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Hace un par de años tramé con el siempre eficiente Gonzalo del Puerto su visita a Berlín, invitado por el Instituto Cervantes. Pero, tras haber aceptado, no pudo viajar, por problemas de salud. Celia y él recordaban una grata estancia en la ciudad, su alojamiento en el hotel Kempinski, y les hacía gracia volver a repetirla. Ahora lo recuerdo, en Jerez, entusiasmado -le brillaban los ojos- con el nombramiento de la señora Pelosi, demócrata, como presidenta de la Cámara de Representantes, todavía durante el gobierno del nefasto Bush; o susurrándome en el oído sus quejas, durante la conferencia de un famoso político, por la intervención plagada de lugares comunes. A Carlos no se le invitaba en vano, asistía a conferencias, intervenía en coloquios, preguntaba, siempre quería saber más, o bien necesitaba que se le aclarara algún asunto que no había quedado lo suficiente claro. Fue un hombre libre, una persona entrañable y un amigo generoso. A los que todavía no conozcan su obra les aconsejo -si me lo permiten- que lean sus memorias o el libro de conversaciones con Anna Caballé (Península, Barcelona, 2006). Castilla del Pino nos ha ayudado, como pocos, a que podamos llegar a ser lo que somos, la vieja aspiración de Goethe que él había convertido en lema vital. Adiós, querido Carlos, cordial y sabio maestro, te vamos a echar mucho de menos.
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4 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Hermoso recuerdo. Yo lo conocí (pero no tuve la suerte de tratarlo) cuando lo nombramos Doctor Honoris Causa en Cádiz en 2004. Ya se le veía cansado. Al menos se ha ido con una vida larga y plena.

Joaquín Parellada dijo...

Hermosa entrada, en efecto. La esperaba desde ayer, pues recordaba tus reseñas de sus libros de memorias. Eres el mejor "retratista literario" que conozco, Fernando: algún día habrá que recoger estos textos. Un abrazo (y otro para Antonio).

siempreconhistorias dijo...

Bellísima entrada, Fernando. Yo tuve el placer de conocer a doctor Carlos Castilla del Pino en loso cursos de verano de San Roque, a finales de los 70 (horror). Tambien estaba Vázquez de Sola, y la Duquesa de Alba con Jesús Aguirre. Todo enmarañado. Leí adolesciendo toda su obra psiquiátrica e hice un curso de medicina en vano intento de seguir sus pasos. Pese a los comentarios que he tragado los últimos años por sus declaraciones sobre la paternidad y la muerte de los hijos, sí lo echaré de menos.
Gracias por traer su recuerdo.
Un abrazo

Gerardo Pedros dijo...

Muy acertada tu reseña sobre Carlos Castilla. Ayer estuve en la despedida laica que estuvo muy emotiva. El rector de la Universidad de Córdoba reconoció que esta universidad había sido poco sensible con Carlos.
Muy acertado estuvo el conductor del acto el periodista del País Vela del Campo.
Por supuesto no asistió ni el obispo ni ninguna autoridad religiosa.
Victor de la Concha hizo una gran intervencion.