sábado, 7 de marzo de 2009

La Universidad en tiempos de crisis (y 2), por Juan José Lanz

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Para muchas de las instituciones políticas que la sufragan, y de los núcleos económicos que la sustentan, la Universidad se ha convertido en una institución “sospechosa”. Y cautamente, buena parte de nuestros poderes políticos y económicos, han transferido esa sospecha a la sociedad a la que la Universidad sirve. ¿Para qué sirve la Universidad? ¿Qué rendimientos sociales otorga? ¿Merece la pena sostener una institución con tan alto coste económico? Son preguntas que vuelven a hacerse treinta años después para responderse de modo inverso a como se hizo en el período de la Transición. Son preguntas que tratan de desviar otras cuestiones quizás más profundas que podrían derivarse hacia la inoperancia de una parte de la clase política o hacia los detentadores ocultos de un poder económico esquivo pero omnipresente.
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Insisto en que la función principal del Sistema de Educación Superior (y aquí debería incluirse el Sistema Europeo) no ha de ser tanto la “preparación para el ejercicio de actividades profesionales”, sino la formación de espíritus críticos, de ciudadanos conscientes y libres capaces de construir una verdadera sociedad democrática que avance hacia la resolución de las desigualdades sociales y que profundice en la solidaridad, y que ha de hacerlo contribuyendo al desarrollo y difusión de la ciencia, la técnica y la cultura en aras de una mayor calidad de vida, que sólo puede concebirse en un mundo más igualitario y en una sociedad en constante construcción y transformación en la que esos ciudadanos son elementos indispensables. En una sociedad tan fuertemente tecnificada y capitalizada como la de nuestro entorno tal vez resulte más cómodo hablar de la formación de futuros trabajadores de nuestros universitarios, transfiriendo a la Universidad una responsabilidad (y los costes económicos que ello conlleva) que tradicionalmente desempeñaban y deberían seguir desempeñando las empresas que contratan a esos trabajadores. Como en otras facetas de nuestra economía de capitalismo avanzado, los costes empresariales se distribuyen entre el cuerpo social, mientras que los beneficios se capitalizan en unas pocas manos. Así, la acusación al sistema universitario aparece diáfana: la Universidad no cubre las necesidades que le demanda la sociedad, vistas éstas, desde una óptica netamente economicista, como la aportación de trabajadores técnicamente cualificados para lograr un mayor desarrollo cuyo beneficio recaiga básicamente en las manos de los que administran dicho desarrollo. Hace más de setenta años Ortega y Gasset se preguntaba si la formación científica y técnica debería integrarse dentro de las funciones que debería desarrollar la Universidad.
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Pero lo que resulta paradójico es que quienes escenifican ese aparente divorcio entre la Universidad y la sociedad, entre la institución universitaria y los beneficios económicos que ha de traer una sociedad más tecnificada, son precisamente aquellos que han apartado espacial e intelectualmente a la Universidad de los centros de decisión del poder político y social; los que temerosos de que pudieran reproducirse las revueltas estudiantiles de hace cuarenta años, comenzaron a construir los centros universitarios lejos de los núcleos sociales, apartados e incluso incomunicados (o mal comunicados) con el ágora, con los centros de convivencia cívica. Es un rasgo más de la geografía urbana posmoderna al que nos hemos acostumbrado, pero que no deja de ser llamativo. Frente al elitismo que esa dislocación de las sedes universitarias tenía para el modelo del humanismo tradicional, esa nueva desubicación o deslocalización (por utilizar un léxico que participa del sistema que critica) de los núcleos universitarios, característica de los años setenta y ochenta, ha hecho de ellos una especie de nuevos no-lugares, como los definió Marc Augé, espacios de tránsito donde se cultiva el anonimato, lugares que no pueden definirse ni como espacio de identidad, ni como relacional, ni como histórico. Los modernos núcleos universitarios participan de esas características del no-lugar, y su esencia se define, no por su ser relacional o por su historicidad, que contribuirían a la definición de su identidad, sino por su sentido de tránsito, tal como lo quiere el sistema económico, del mismo modo que los aeropuertos o los grandes centros comerciales, en que los ciudadanos se transforman en futura masa trabajadora tecnificada, se forman como futuros trabajadores especializados y contribuyen al sostenimiento del propio sistema. Los no-lugares universitarios eximen de toda responsabilidad a sus usuarios; son lugares de tránsito que no fuerzan la conciencia crítica ni el compromiso. Las modernas universidades no forman parte ya del perfil visual de la ciudad, porque han sido cuidadosamente apartadas del perfil social de la comunidad que en esas ciudades habita; son lugares de paso para futuros productores-consumidores y, no lo olvidemos, colchones de protección social frente al fracaso del propio sistema económico, manifiesto en las crecientes cifras de desempleo. En un no-lugar así definido no cabe lógicamente ni la formación de un pensamiento “crítico”, ni el desarrollo de la ciencia, ni la difusión de la cultura, ni, por supuesto, la mejora de la calidad de vida. Porque evidentemente tampoco la Universidad, en ese estado actual, ha contribuido a la permeabilidad social deseable en una sociedad democrática, en la que supuestamente ha de valorarse no tanto la posesión del conocimiento, sino la posibilidad de transformarlo y difundirlo. En este sentido, también se muestra indiferente, desposeída de toda operatividad social, y buena parte de los centros universitarios privados que proliferaron a lo largo de los años noventa y primeros años de este siglo, han venido a certificar la negación de ese papel discriminatorio que venía ejerciendo la Universidad pública en las sociedades democráticas.
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Zygmunt Bauman, el filósofo de la modernidad líquida, recordaba una idea de Claus Offe donde apuntaba que las sociedades complejas “se han vuelto tan rígidas que el mero intento de renovar o pensar normativamente su orden […] está virtualmente obturado en función de su futilidad práctica y, por lo tanto, de su inutilidad esencial”. Efectivamente, el mero hecho de pensar desde un espacio teórico el papel de la Universidad en una sociedad altamente tecnificada es rechazado por su “inutilidad esencial”, y sin embargo dicho pensamiento supone una profunda crítica contra la practicidad de dicha sociedad tecnificada. Se pregunta ahora una y otra vez, qué respuesta da la Universidad ante la crisis del sistema social y económico que estamos viviendo, cuál es el papel de la Universidad en tiempos de crisis como los que nos toca vivir (sin tener en cuenta que la crisis, concebida como cambio continuo, es el estado en que se desarrolla nuestra existencia). La Universidad lleva enunciando su respuesta de modo machacón desde hace por lo menos medio siglo, si no mucho más, pero la sociedad tecnocrática del capitalismo avanzado ha preferido borrar los espacios teóricos desde donde esa respuesta se enunciaba, por su “futilidad práctica”, mediante un progresivo desarme ideológico (la Universidad está habitada por utopistas que muerden la mano que los alimenta), un desarme social (no cumple el papel social para la que se formó) y económico (sus enseñanzas no son rentables económicamente). Frente al rodillo de los beneficios económicos a corto plazo, en un sistema que está demostrando a las claras que resulta insolvente para manejarse con el mundo contemporáneo, para construir un mundo más justo y solidario, la Universidad lleva años clamando en el desierto con un pensamiento crítico, con un constante “no, no era esto”, que reivindica el lugar y la importancia de los espacios teóricos, de los espacios de reflexión teórica, frente a la supuesta practicidad de un mundo altamente tecnificado, que no trata de formar ciudadanos sino de instruir a trabajadores alienados, productores-consumidores con una conciencia acrítica, que inmolar, como en Metrópolis, la película de Fritz Lang, al gran dios Moloch, al gran dios de la productividad y el consumo, que sustenta su propio sistema. A la Universidad se la ha recluido tácticamente al margen de la sociedad, y se la ha acusado del escaso rendimiento social de los saberes que impartía. Quizás haya llegado ya la hora de demostrar el verdadero rendimiento social de ese conocimiento, que el valor del espacio teórico que construye la Universidad consiste en intentar no participar directamente de la dinámica mercantilista que sustenta una sociedad tecnocrática basada en el beneficio económico cortoplacista, que olvida la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos, los valores de solidaridad e igualdad en que ha de construirse una verdadera sociedad democrática; definir el saber desde perspectivas que no se pliegan a esos valores económicos, sino que invocan otros: los de la posesión democrática del saber y de la cultura; los del derecho a participar en las redes de desarrollo, transformación y transferencia del conocimiento; los del derecho democrático a definir el saber desde otros lugares. Marcel Gauchet se quejaba hace unas semanas de la vacuidad de una reforma universitaria, como la emprendida en Francia por Sarkozy, que no atiende a las verdaderas cuestiones de fondo. Quizás sea hora, como planteaba Gauchet en sus palabras, de cuestionar la redefinición del saber que se lleva a cabo desde el neo-liberalismo. El saber no debería definirse en términos de desarrollo y beneficio económico, de productividad social medida en términos dinerarios, puesto que ya hemos visto el fracaso del sistema que sustenta dicha definición del saber; el saber debería definirse en términos de construcción de una sociedad verdaderamente democrática, donde la productividad económica no sea un valor absoluto, sino un elemento más para la integración social. El saber no debería entonces vincularse a la generación de empleo y a la productividad económica, sino al reparto más equitativo de la riqueza, a la racionalización de los medios de producción en un sistema de desarrollo sostenible y ecológico, al reparto del ocio, a la responsabilización colectiva en la construcción de un modelo social equilibrado y no al reparto de sus despojos y a la culpabilización colectiva de un desastre cuyos responsables exportan el modelo de explotación a otros lugares, más allá del brazo de la justicia. No deberíamos plantearnos si la Universidad está pensando en la nueva sociedad, sino el modo en que contribuye a construirla y transformarla, no sólo con la formación técnica y científica de sus alumnos, sino con la generación de ideas, de espacios teóricos resistentes, de un pensamiento crítico. Las ideas de Marx o de Adam Smith han contribuido a transformar nuestro mundo tanto como los descubrimientos de Marie Curie o Albert Einstein.
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Hace más de sesenta años, se quejaba Pedro Salinas, en el contexto de la II Guerra Mundial, del estado de desdén y menosprecio hacia los fines de conservación, transmisión y creación del saber que caracterizan a la institución universitaria, que se había instaurado en la sociedad de la época, para llegar, según indicaba, “a una perversión de conceptos, que yo llamaría satánica”. Y concluía señalando: “Porque se ha introducido en la Universidad el principio de destrucción de la misma: la indiferencia o la falta de respeto al saber puro y a la cultura desinteresada”. Esa indiferencia y esa falta de respeto siguen siendo hoy en día los elementos que marcan el principio de destrucción de la institución universitaria.
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* Los chistes son de El Roto y Forges, y la foto de Luis Matilla.
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5 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Si me gustó la primera parte, esta segunda es brillante. Esta reflexión debería (¿lo ha sido?) ser publicada en algún periódico de tirada nacional. Felicito al profesor Lanz y me lamento de que su visión de la Universidad no esté más extendida entre nuestros colegas. Porque esa percepción del saber de la que habla Lanz entra en colisión directa con el provecho político y dinerario que muchos colegas sacan de la Universidad. Me refiero, entre otras muchas perlas, al compadreo de las conferencias (tú me invitas y yo te invito); a la utilización a veces espúrea de los dineros de los grupos de investigación; a la omnipresencia de los más poderosos en "todos los fregaos" en los que se ventilan proyectos o se cuecen cargos... Por aquí deberían empezar los cambios, porque no puede defenderse una Universidad basada en el saber antes que en el rendimiento mercantilista, cuando está tan extendido el clientelismo y el intercambio de prebendas. Un abrazo.

DoctorMente dijo...

¿De qué sirve la universidad sino para organizar un proceso de memorización inútil?

Fernando Valls dijo...

¿Memorización inútil? ¿De qué Universidad me habla, DoctorMente? Para lo que sí sirve la Universidad es para conocer la Historia y no ponerse una esvástica como insigia del blog, como usted ha hecho.

Tomás Rodríguez Reyes dijo...

Indudablemente, las palabras del profesor Lanz son atinadas, pero poco compartidas por los teorizadores de la cosa educativa. Os puedo dar testimonio de que en otrosniveles del sistema educativo (en Secundaria y Bachillerato) esta posición contraria al conocimiento sin intereses es todavía más aguda. La política educativa ha llevado a que los alumnos no terminen por apreciar su formacion y conocimiento per se, sino en referencia a la nómina que les va a quedar después. De ahí que en Andalucía, por ejemplo, lasestadísticas son muy claras, un ochenta por ciento prefiere hacer un módulo antes que seguir en bachillerato. Se gana más y se estudia menos, en ocasiones, se regalan los títulos.Es un problema antiguo pero que empieza a asfixiar a los que entendemos el conocicmiento y la cultura como vehículos de la conciencia crítica de los ciudadanos.

María dijo...

En mi época del COU, los estudiantes que no lograban sacar la selectividad eran los que se metían, resignadamente, a maestros (si Mairena levantara la cabeza). ¿No debería ser al revés, que sólo los "excelentes" pudieran enseñar? Quiero decir que, el problema que hay en la Universidad, tiene raíces profundas en una sociedad acostumbrada a no valorar la enseñanza -aunque es cierto que el marco de la "sociedad líquida" agrava la situación-. Desarrollar el pensamiento crítico, aprender a respetar la diversidad (lo analiza de forma clara y poética Martha C. Nussbaum en su excelente trabajo "El cultivo de la humanidad")... puede y debe iniciarse desde mucho antes que la Universidad.
Al DoctorMente le quiero recordar que las Musas son hijas de Memosine (la Memoria). Otra cosa es que uno sepa o no utilizar ese bagaje.