sábado, 14 de febrero de 2009

De Lope de Vega a Jerzy Grotowski

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En 1609, hace cuatrocientos años, Lope de Vega (1562-1635), el autor de El caballero de Olmedo y El castigo sin venganza, publicó su Arte nuevo de hacer comedias, compuesto por trescientos ochenta versos. Tenía 47 años y llevaba escritas nada menos que 483 comedias. Escrito por encargo del Conde de Saldaña, como reacción a los teóricos italianos que seguían defendiendo la preceptiva clásica, latina, el autor se confiesa, con triste ironía, víctima de los gustos del público de la época, a quien se siente obligado a "hablarle en necio". Así, este texto revolucionario tiene en cuenta al público; defiende la tragicomedia, la mezcla de lo cómico y lo dramático; defiende los tres actos, frente a los cuatro habituales; acepta la unidad de acción aristotélica, pero rechaza la de tiempo; establece una tipología de personajes cuyo lenguaje debe ser el propio de su condición; concibe las piezas como un espejo de las costumbres y de la vida y aboga por la libertad del tema y la convivencia de personajes de distintos estamentos sociales. Estas ideas tuvieron una gran repercusión en Europa, en Francia, Italia o Alemania. Pero cuatro siglos después, la asignatura pendiente es la presencia habitual de Lope en los escenarios españoles, según es normal que ocurra con Molière en Francia, Goldoni en Italia, Brecht en Alemania, Strinberg en Suecia o Shakespeare en el mundo entero, Inglaterra incluida. Nos faltan referencias, montajes memorables, interpretaciones que hayan perdurado en la memoria. Nada de eso tenemos aún cuatrocientos años después. Por fortuna, en cambio, el proyecto Prolope, de la Universidad Autónoma de Barcelona, comandado por Alberto Blecua y Guillermo Serés, lleva años editando con primor las obras de uno de nuestros mejores dramaturgos de todos los tiempos, junto a Calderón, Valle-Inclán y Lorca.
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En una de las excelentes crónicas que Joan de Sagarra publica los domingos en La Vanguardia leo que la Unesco ha declarado el 2009 como el año Jerzy Grotowski. Quizá porque se cumplen diez años de la muerte del director polaco y cincuenta de la fundación del Teatro de las trece filas, en Opol (Polonia), que luego se trasladó a Wroclaw, sede hoy del Instituto Grotowski, y pasó a llamarse Teatro Laboratorio. Parece ser que los montajes de Grotowski nunca llegaron a España, pero sí conocimos, pese a ello, sus teorías, su concepción del teatro como ceremonia, las ideas sobre el teatro pobre, el espacio teatral y la potenciación del cuerpo del actor como instrumento fundamental de la interpretación, como antes sólo lo había hecho Meyerhold. Para Grotowski, lo recuerda Peter Brook, su gran valedor y prologuista de Por un teatro pobre (1968), el teatro fue un vehículo, un medio de autoestudio, de autoexploración, una posibilidad de salvación. El montaje que quizá le proporcionó un prestigio mayor en todo el mundo (junto a Apocalipsis con figuras y Acrópolis, ambas puestas en escena en 1970) fue su versión, en 1966, de El príncipe constante, de Calderón, adaptada por el poeta romántico Juliusz Słowacki, e interpretada por Ryszard Cieslak. Durante la última época de su vida estuvo dedicado a investigar el arte del actor, con el apoyo económico del Centro para la Investigación y Experimentación Teatral de Pontedera (Italia), de Roberto Bacci y Carla Pollastrelli. Quizás uno de sus principales seguidores fue Eugenio Barba. A lo largo de los ochenta el prestigio del otro gran director polaco, Kantor, lo eclipsó un poco; pero ambos y el exigente repertorio del Stary de Cracovia, el Teatro Viejo, donde vi Opereta, de Gombrowicz, y La boda (Wesele), de Wyspiański, han pasado ya a la historia del teatro de la segunda mitad del siglo XX.
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* En la penúltima foto, aparece Grotowski con Peter Brook.
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1 comentario:

La_Polu dijo...

Lope era un irónico y un mala sangre, como todos los grandes escritores de su época. De esa manera hay que entender su "Arte nuevo", desde el título hasta la afirmación de que le daba al vulgo lo que el vulgo le pedía. A Lope hay que aprender a amarlo, pero es tan inmenso, tan desmesurado, que se pueden contar con los dedos de una mano las personas que lo han leído entero. De él no nos quedan ni los huesos, por no quedarnos nada. Tras su entierro, el duque de Sessa se negó reiteradamente a pagar su nicho y sus restos desaparecieron en uno de los "mondos" (extracciones de cadáveres) que se hicieron en la iglesia donde se encontraba, quizá ya en el s. XVII. En sus últimos años de vida lo veía venir, cuando su querido vulgo se decantó por los nuevos dramaturgos, con Calderón a la cabeza, y la corona jamás le concedió el puesto de Cronista que tan incansablemente había pedido dentro de sus obras. A lo mejor, algún día, sabremos darle el puesto que realmente se merece dentro de nuestra literatura. Por el momento, tendremos que conformarnos con las ediciones de Prolope y los esfuerzos de cuatro locos que se dedican en cuerpo y alma a hacerlo más visible al nuevo vulgo de la era digital.