lunes, 5 de enero de 2009

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN: Cuento para la noche de Reyes

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---------------"Hombres de Libia"
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En Belén, las noches de invierno son tibias y perfumadas; los días, lánguidos. Lagartos y bueyes duermen bajo el mismo sol, eternos aquéllos, estúpidos éstos, todos proféticos. José trabaja en silencio, bebiendo agua de una calabaza, es un maestro sin talento pero sin tacha. Sus mesas, sus sillas, sus camas son sencillas pero seguras, nadie nunca ha podido quejarse de que una obra salida de las manos de José se rompiera o faltara a su cometido. En sus mesas comen los felices y desdichados de Nazaret; a sus sillas se sientan los ricos y pobres de Nazaret; en sus camas duermen, procrean y mueren los recordados y los olvidados de Nazaret.
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Los tres visitantes llegan un hermoso atardecer. Visten ropas sucias y sus camellos hieden.
—¿Quiénes sois? —pregunta José temeroso de su aspecto.
—Comerciantes con sed —responde el más joven, un negro de aspecto hercúleo—. ¿Puedes darnos agua?
—¿De dónde venís? —pregunta José mientras aprieta un punzón bajo su tabardo.
—De Libia —contesta el segundo, un hombre melenudo y de rostro atormentado, que lleva tatuada una corona de espinas en su antebrazo derecho—. Vamos a Jerusalén. A vender pieles de ardilla.
—¿Libia? —pregunta María asomando a la puerta de su casa—. ¿Dónde queda Libia? ¿Y qué son las ardillas?
—Libia queda al norte, mujer —responde el tercero, que por su aspecto parece necesitar algo más que agua—. Donde viven las mujeres más bellas del mundo y el sol es del color de la sangre menstrual. Y las ardillas son animales que duermen en los árboles pero copulan en el suelo —María se ruboriza como si un escorpión la hubiera picado—. Sus colas son muy apreciadas para hacer pinceles.
—¿Es Libia romana? —pregunta José apretando aún con más fuerza el punzón.
—Danos agua —responde el negro descendiendo de su camello— y te contaré una vieja historia.
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De modo que comen pasas y beben leche en vez de agua, y a cada rato, sin pudor, observan el cuerpo de María con ojos encendidos. Hace tiempo que duermen solos. Demasiadas noches para hombres como ellos. Así que parecen conjurarse en silencio, preparados para el asalto, mientras José maldice en voz baja y mantiene el punzón contra su pecho, dispuesto a que todas esas sangres se derramen antes de que a su mujer le toquen un solo cabello.
Es entonces cuando el niño grita. María lo tiene oculto bajo unas ropas, en un serón de mimbre. El grito es tan horrible, tan espantoso, que los viajeros tiemblan.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta el negro.
—Nuestro hijo —improvisa José, descubriendo en ese grito una posible salvación— nació deforme. Mi mujer comió pescado crudo durante el embarazo.
Los hombres vuelven a temblar ante un nuevo grito. Imaginan un ser con escamas, o con la cabeza hipertrofiada, o con agallas en la piel del cuello. María ha corrido al serón y mece en silencio el manojo de carne fragante y tibia. El niño resplandece hermoso y frágil entre sus brazos, rubio como un trigal.
—Los romanos nos lo quisieron arrebatar, pero conseguí convencer al prefecto para que muriera entre nosotros. —Y José agacha la cabeza como una bandera ajada—: No creo que pase de esta noche.
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Un viejo escrúpulo ha amanecido en las pupilas de los tres viajeros. Un asco antiguo, nacido de los largos viajes y de las heridas en el cuerpo, una sensación de rencor hacia todo lo enfermo y gastado. El negro mira a María con una nube roja sobre su frente. Parece un bruto encadenado a su odio.
—Hemos visto ya demasiados monstruos en este viaje —dice el segundo hombre levantándose—. Será mejor que sigamos camino.
Un minuto más tarde, José, asomado a la puerta de su casa, los despide agitando su mano de carpintero. Bajo el tabardo, contra la piel a la que el invierno no parece lastimar, el punzón sigue pegado a su cuerpo enflaquecido. Cuando entra en casa, María se vuelve hacia él ruborizada. Lleva en la mano una cola de ardilla.
—¿Por qué has contado una mentira? —pregunta mientras se la pasa al niño por las mejillas.
—Porque eres una mujer ingenua —responde José dejando caer el punzón al suelo......

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* Ricardo Menéndez Salmón es uno de los autores más destacados de la nueva narrativa española. Su última novela se titula Derrumbre (Seix Barral, 2008) y ha sido reconocida como una de las mejores del pasado año. Este cuento apareció en diciembre del 2007 en El Periódico de Cataluña. La primera imagen es de un mosaico que se conserva en la iglesia de San Apolinar el Nuevo, de Rávena; la segunda es de Giotto; los azulejos de la tercera son obra de A. Hernández y la última es un fotograma de la película de Albert Serra, El cant dels ocells.
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12 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Muy bueno, Fernando. Vaya visión de los Reyes Magos, sedientos y rijosos. Me ha gustado mucho, pero, por ahora, no se lo contaré a mi hija. Un abrazo y feliz epifanía.

Cristóbal dijo...

Gracias, Fernando, por este regalo de Reyes adelantado. Espero que este año que recién comienza os sea propicio. Un abrazo.

Marta María López dijo...

Qué grande es Menéndez Salmón!

Por cierto, enhorabuena por el prólogo a los cuentos de Cristina Fernández Cubas. Es estupendo.

Un saludo.

Fernando Valls dijo...

Gracias a todos, por la mínima parte que me toca.
Y gracias, en especial, a Marta, porque es la primera persona que elogia en público el prólogo a los cuentos de Cristina Fernández Cubas. ¡Ufff, ya empezaba a estar preocupado!

Antonio Serrano Cueto dijo...

Vaya, yo acabo de comprar el libro de Fernández Cubas y aún no lo he empezado. Ya te diré, Fernando. Otro abrazo.

Natalia Cueto Vallverdú dijo...

Caray, qué bien sigue escribiendo este chico. Me gusta de este cuento el diseño de la atmósfera inquietante y la tensión dialógica que me trajo a la memoria, extrañas sinestesias, lo sosegante del mejor Cronenberg, por ejemplo, "Inseparables"; la contención en la violencia y el erotismo me importaron una sensación de imagen coagulada, quise ver, en otra versión de los clásicos bíblicos, el cuadro de Tamara de Lempicka, "Adán y Eva": cómo Menéndez Salmón logra dar la vuelta, en una inercia perversa, a una amplia tópica de la Epifanía me resulta el mejor hallazgo del relato, comparable, si se me permite, a esa fabulilla de Kafka que termina con "Tienes que cambiar el sentido de tu carrera -dijo el gato, y lo devoró".
"De eso se trata", (libro magnífico de ensayos literarios de Villoro) la gran literatura. A ti, Fernando, agradecerte el prólogo a los cuentos de Cristina F. C., me lo desayuné con el roscón: me tocó la fabita escondida, o sea, pagar el dulce, pero a cambio me alimentaron tus textos (regalo de RRMM: como un viaje, un acompañamiento, "leer en compañía").
En palabras prestadas: De eso se trata.

Vladimir dijo...

Vaya, pues yo esperaba recibir el libro de Fernández Cubas como regalo de reyes, y resulta que en la librería se había agotado...Aunque la alternativa no ha estado nada mal -el "interventor" de Hidalgo Bayal y unos cuentos de Manuel Moyano- tendré que buscar los cuentos de Fernández Cubvas yo mismo en otra librería mañana. Por cierto, estoy enfrascado estos días con "Soplando vidrio", disfrutándolo mucho. Es fantástico.
En cuanto a Menéndez Salmón, me gustó mucho el cuento sobre los reyes magos, muy en la línea sórdida de la literaura de este autor tan dotado (aunque a mí "Derrumbe", que es lo último que leí de él, me decepcionó un poco).
Cordialmente,
Vladimir.

Anónimo dijo...

De RMS nos gusta todo. Cómo no hacerle una tesis. Además su prosa es adictiva. ¿Alguien sabe cómo lograr su teatro?

Fernando Valls dijo...

Natalia, Vladimir, muchas gracias.

Rafael Rey dijo...

Muy bueno este cuento de Ricardo. Deberían publicar a más escritores como él: la literatura tiene que cambiar. No soy el único al que este escritor gusta, buenos comentarios. Enhorabuena Fernando.

albalpha dijo...

La mentira como protección. Menos mal que José no pecaba de ingenuo. Excelente relato.

Besos

Alba

Triana dijo...

Magnifico, me ha encantado.

Un abrazo.

Triana