domingo, 25 de enero de 2009

Autorretrato de JULIA OTXOA

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San Sebastián 1954, en la foto aparezco sonriente con una cucharilla en la mano en brazos de mi tía Mercedes. Estamos en la boda de una de mis primas y yo tengo cara de haber hecho una de las mías, y si he de creer a mi familia, así fue, aquel día armé en el restaurante una gordísima. Ocurrió durante la comida, de improviso y velozmente, como acostumbran a hacerlo los niños, agarré con fuerza la botella de sifón y apreté con todas mis fuerzas apuntando el burbujeante chorro justo hacia el escote de una desconocida y enjoyada dama que comía frente a nosotros en la mesa. Por lo que cuentan el escándalo fue mayúsculo, los gritos de la aterrorizada dama, empapada de arriba abajo, mis carcajadas cada vez más fuertes y mis avergonzados padres sin conseguir quitarme de las manos el dichoso sifón que no cesaba de apretar.
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A lo largo de los años he recordado como preciado talismán aquella escena, jamás he abandonado ese espíritu surrealista y anti solemne tipo Hermanos Marx, ni siquiera cuando años más tarde conseguí una beca para estudiar en la Compañía de María, prestigioso colegio religioso de San Sebastián, pero que, poco fiel a la doctrina evangélica, discriminaba con todo rigor los espacios de las niñas de pago de los de las niñas de no pago, entre estas últimas me encontraba yo. Jamás nos mezclábamos, ni en el patio de juegos, ni en las clases, ni siquiera en los oficios religiosos, nuestras vidas se desarrollaban en ámbitos no compartidos. Dos partes bien diferenciadas del enorme edificio nos dividían, unas niñas entraban por una puerta y las otras por otra. Como una suerte de negros y blancos, es decir, una segregación clasista con todas las de la ley.
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Bueno, yo no tomé aquello por un trauma, a pesar de que eran tiempos oscuros de postguerra con el crucifijo en las clases presidido por el Caudillo y Jose Antonio Primo de Rivera y cachete libre por parte de las monjas. También recuerdo que incluso en aquellos años y viniendo yo del bando de los vencidos en la guerra civil, de una familia trágicamente diezmada por los matarifes franquistas, logré reirme de aquella historia de mentiras que nos contaban las religiosas y que hablaba de una España grande y libre portadora de valores en lo universal.
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Y más tarde, cuando tras una dura batalla de mi padre con la directora, logré hacer el bachillerato en el otro lado de la luna, es decir, en la parte de las niñas de pago, también seguí riéndome de los prejuicios sociales, religiosos y políticos a los que tan habituado suele estar el ser humano. Ese ha sido mi escudo, mi alegría, por supuesto a menudo, también me río de mi misma. A estas alturas no tengo ninguna duda de que el humor, esa actitud poética y cuestionadora ante la existencia, es una poderosa arma contra el pensamiento único y la adversidad.
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Y aunque frecuentemente tanto mis poemas como mis relatos hablen de la perplejidad, de esa edad de los bárbaros, en la que siempre me ha tocado vivir, no hay que olvidar que en mi caso, de la memoria de la crueldad contra mi familia en la guerra civil , pasé directamente a vivir en el laberinto de esta otra crueldad de la violencia etarra, en esa otra noche nacionalista y totalitaria, jamás he abandonado esa filosofía de los Hermanos Marx, la estética de lo absurdo contra la barbarie, contra lo ilegible de la condición humana.
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Y hablando de ese necesario “no mirar para otro lado”, regreso una y otra vez en mis lecturas a algunos de esos admirados autores que me han acompañado siempre, y que tanto en su literatura como en su existencia se implicaron en el tiempo que les tocó vivir: Albert Camus, Miguel de Cervantes, María Zambrano, Kafka, Bohumil Hrabal, etc. Todos ellos, a su manera, incluso Kafka, utilizaron el humor, la ironía, como actitud vital e intelectual ante el hecho de existir.
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Y es que la alegría, el amor a cuanto vive, en la literatura, en el pensamiento, en la acción, es dinámica, saludable para las ideas, para el camino como aventura, para la incesante curiosidad que hace avanzar el conocimiento, ahuyentando egolatrías y desestabilizando la grávida seriedad de soberbios y fanáticos. Sí, la alegría, amante siempre de la libertad, rompe los esquemas asnales del verdugo, en los que tan cómodamente pacen pureza y ortodoxia.
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Tal vez, este boceto para la aproximación a un autorretrato haya resultado finalmente una defensa de la alegría, el recuerdo de esa niña sonriente que sostiene a modo de trofeo una minúscula cucharilla en la mano, y desafía con su poderosa alegría a las tinieblas.
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* Julia Otxoa (San Sebastián, Guipúzcoa, 1953) ha cultivado la poesía, la prosa narrativa y la literatura visual. Ha compuesto varios libros en coloboración con el escultor Ricardo Ugarte. En Un extraño envío (Menoscuarto, 2007) ha recogido una seleccion de su prosa narrativa más breve. Su último libro de poemas es La lentitud de la luz (Cálamo, 2008). Además, sus textos han sido traducidos a diversos idiomas y aparecen recogidos en algunas de las más exigentes antologías de poesía, microrrelatos y poesía visual.

* El autorretrato es de Claude Cahun.

8 comentarios:

Pedro Herrero dijo...

Comparto con Julia, además del año de nacimiento, mi etapa de educación religiosa (en mi caso, con las Hermanas Carmelitas de mi ciudad). Mi “malesa” (malicia, en catalán) ya de niño crecido, consistió en utilizar el incensario con el que debía ungirse un oficio de Semana Santa (yo era monaguillo) como si fuera el martillo de un lanzador olímpico, y empezar a darle vueltas demasiado cerca de una columna, donde acabó destrozado. La bofetada me la dio la hermana portera (una mujer con pinta de luchador de Sumo). En cuanto a la batalla con la dirección del centro, en mi caso no corrió a cargo de mi padre sino de mi madre, empeñada en que yo hiciera la comunión vestido de blanco como la hizo mi hermano. Aquel dia todos los niños vistieron de marinero, menos yo que fui de almirante. Pero en la foto me pusieron al lado de las niñas para que no desentonara. Todo esto viene a cuento de que el autorretrato de Julia es tremendamente evocador y lleno de ternura. También comparto con esta autora la pasión por el humor bien entendido, como antídoto para tantas calamidades. Un placer, verla por aquí.

Julia Otxoa dijo...

Muchas gracias Javier por tus palabras para este autorretarto y que también animan en este frente del norte como le llamamos medio en broma medio en serio para tratar vivir con dignidad cada día en este laberinto, sé que otros pasaron por esta noche antes, por eso he querido recordar al mirarme en esa niña que sonríe con una cucharilla en la mano, a aquellos que como Albert Camus,desde su rebeldía moral plantaron cara a los que tras la ignominia de los nazis y sus colaboradores en la la segunda guerra mundial, decían como proclaman otros ahora,esos a los que tan acertadamente llama Juan Gelman "organizadores del olvido" que la memoria no es buena para la convivencia.
La libertad siempre estará junto a la memoria para señalar a los bárbaros franquistas y a los de ahora.

Me he extendido un poco, disculpadme.

saludos
Julia Otxoa

Julia Otxoa dijo...

Muchas gracias Pedro, me alegro te haya gustado mi"autorretarto" como a modo disléxico llamo en mi anterior mensaje,me ha parecido una imagen genial,poderosa tu utilización del incensario como un martillo de lanzador olimpico, te aseguro que no voy a olvidar jamás esa imagen, estalla de alegría la mires por donde la mires, no te conozco personalmente pero ya desde entonces expresabas de un modo fabuloso tu reacción contra toda aquella liturgia que te debía de parecer demasiado grave y solemne.Que maravillosa imagen la de un monaguillo como lanzador de incensario!!! Fellini,Hermanos Marx todos juntos te hubieran fichado
Y la otra llena de ternura de comunión en medio de las niñas para no desentonar con el color...qué historias, me alegro de haber comenzado con ellas, porque seguro todos tenemos de este tipo de imágenes poderosas que nos definen bastante bien, contra aquellas monjas como sargentos de infantería....

encantada de saludarte Pedro,
y gracias de nuevo por tus palabras

Julia Otxoa

marisa dijo...

Me ha emocionado profundamente este autorretrato. Me sumo a su defensa de la memoria y de la alegría, y del pensamiento libre. Un saludo y un placer encontrar este blog.

Agustin Galvez dijo...

Hola Julia, no te conozco, pero en lo que cuentas me siento identificado. Yo soy del 55, y me toco nacer en Bilbao, mis padres aun se casaron en el pueblo viejo de Belchite y como tantismos, emigraron a Bilbao, donde nacimos los hijos para mas tarde al cabo de una decada emigrar a Cataluña.
Recuerdo cantar: Prietas las filas, recias marciales... y caralsoles con 7 y 8 años en el instituto Luis Briñas, al lao de la "campa el muerto" en el barrio de Santutxu de Bilbao, donde jugabamos a iturris y a la cadeneta, a mis diez años fuimos para Barcelona,donde todavia vivo y soy conductor de TMB,pero guardo mi infancia en un cofre lleno de recuerdos y de nombres....ah! si! a los cinco años estaba en los Angeles Custodios ( al lado de una carcel)pero no quiero ser pesao.Y si, muchas veces he pensao en el destino que me hubiese tocado en aquello años pues, mas de la mitad de mi pandilla( de la que recuerdo todos los nombres pese, a no verlos nunca mas)estan muertos. Gracias, me ha gustado mucho tu autorretrato. Salud. Agustin

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

Julia, junto a la alegría, la honestidad, la decencia y tu valentía, que admiro y respeto. No quiero hurgar en las heridas, ni en las del pasado, ni en las del presente, me gustaría mirar hacia el futuro con esperanza y que algún día fuera posible encontrar el hilo de Ariadna que permitiera salir de ese laberinto al que te refieres en tu hermoso texto; que las palabras no sean nunca un impedimento para que alguna vez se logre. Me ha gustado mucho tu autorretrato. Un saludo, Javier.

Magnolio dijo...

Hola Julia,

Te comento (gracias por la oportunidad, Fernando) desde esta Donosti, un poco desolada y apagada aún por el cicloncito, - "ciglogénesis exploxiva" que dicen los expertos, jajaja - bah, sólo otra "fierecilla" más para este frente enfrentado, ¿Verdad?.

Ni siquiera como la tuya, indeleble, que "te revuelve la sopa y luego, cuando se aleja otra vez hacia la melancolía
queda un rastro de pelos en mi plato,
una navegacion a la deriva,
un idioma extraño y necesario".

Un rastro, tal vez, como el de esas monjas negras, ellas si que eran negras, (mi uniforme:gris, tal vez por eso me gustaba tanto aquel velo - ¿Lo llevabas tú? - de las festividades importantes, blanco, largo, almidonado, que pretendía virginidades cuando todas nos soñabamos princesas en nuestro reducto imaginario) como tú, tan bien, describes en tu autorretrato.

Ah! No pierdas las letras, ni la risa: llegarás pletórica a los 83, Ana Mª Matute dixit.

Gracias.

Rosabcn dijo...

Hola Fernando,

Conozco un poquito a Julia de un grupo literario que actualmente ya no existe. De hecho, entré en este blog por casualidad, buscando el título de su nuevo poemario, que ella me había mencionado hace bastante tiempo.
Esta idea me vino cuando estaba leyendo por centésima vez uno de sus poemarios, ahora 'Taxus Baccata', a veces reconfortan estos textos.

Soy del '57, y también estuve en un colegio de Carmelitas (interna...), así que estas historias me resultan muy familiares. Mi pasión por la literatura nació en esta época. Para mí ha sido siempre "una poderosa arma contra el pensamiento único y la adversidad", como comenta Julia.
Pero no quiero alargarme más en este tema. Podría escribir infinidad de historias sobre ello.

Veo que tienes un curriculum literario impresionante. Yo he sido toda mi vida una aficionada, y comparto mi pasión por la poesía y la literatura con el dibujo/pintura y la fotografía. Formas diferentes de expresarse que adapto a mis necesidades.

El blog me parece realmente un tesoro, y sólo echando un vistazo a los títulos me he dado cuenta del valor que tiene y lo que puedo aprender.

Así que tendré que disfrutarlo poco a poco. Un placer haber leído de nuevo los textos de Julia, las casualidades dan color a la vida!

Un saludo desde Holanda,
Rosa