jueves, 21 de agosto de 2008

"[No habría sido igual sin la lluvia]", de Rubén Abella, comentado

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La historia que se cuenta parece pensada con el fin de resaltar la frase que da título a todo el libro, con que arranca y finaliza el texto, en donde se nos dice que “no habría sido igual sin la lluvia” como sinécdoque de la tormenta. Y, en efecto, todo el viaje que realiza Tina en ómnibus, para encontrarse con su amante, aparece dividido en tres partes. La primera corresponde al viaje, en su conjunto, con la tormenta. La segunda empieza con la entrada en el pueblo, cuando el chaparrón ya ha perdido fuerza. Y la tercera, brevísima, se centra en la mera visión del amante, quien permanece estático, a la espera, mientras el resto de los elementos en acción (la naturaleza, el ómnibus, la convulsión interior de la mujer), están en movimiento. De este modo, el aparato eléctrico que acompaña a la tormenta, con sus truenos y “aguacero apocalíptico”, es producto de una visión neorromántica del amor, por la cual naturaleza y pasión aparecen estrechamente unidas, siendo la una consecuencia de la otra, hasta el punto de que “el mundo quedó oculto tras un velo empapado y gris”. Al llegar a la estación, se nos cuenta cómo la mujer busca con la mirada a su amante, que la espera. Así, mientras la gente intenta protegerse de la lluvia, los niños juegan en los charcos, o Tina se fija en “un hombre en bicicleta con la cabeza cubierta con una bolsa de plástico”, su enamorado resalta protegido por un paraguas rojo. Y es entonces cuando se nos cuenta que “el cuerpo se le estremeció”, dándonos a entender que también la pasión amorosa, la visión del amante, actúa como una convulsión semejante a la de la naturaleza. Esa escena, junto a todas aquellas sensaciones, comenta el narrador, son las que recuerda hoy Tina, con añoranza. Se cumple, pues, una de esas leyes no escritas, según la cual la literatura de amor consiste en la rememoración de la felicidad, de una pasión que ya sólo existe para ser recordada. En este microrrelato, por tanto, Rubén Abella aúna vida y literatura, la asunción de la tradición literaria, cultural, como la mejor manera de relatarnos una experiencia vital. En fin, como debería ocurrir siempre, pero cada vez es menos frecuente, por falta de reflexión sobre la primera y desconocimiento de la segunda.
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* Fernand Khnopff, La ciudad abandonada, 1904.

8 comentarios:

alba alpha dijo...

No creo poder agregar mucho o casi nada a tu comentario. Quién no ha sentido el nerviosismo creciente ante la espera y ya con la certeza del momento decrece mas ante la vista del amado sobreviene el estremecimiento. Por supuesto no habría sido igual sin la lluvia que acompañaba y manifestaba su desesperación en perfecta sincronía.

Un abrazo

Isabel dijo...

Un análisis muy completo que hace que disfrutemos, si cabe en parte, más del microrrelato.
Después de un comentario así, de los que siempre aprendo, suelo preguntarme, ya que no puedo al autor, si éste a la hora de escribir tiene en cuenta, o debe tenerlas, todas estas cuestiones.
Gracias Fernando.

Fernando Valls dijo...

Gracias, Alba.
Isabel, la cuestión que planteas debería responderla alguno de los narradores que nos visitan. Pero me parece que en la composición de un texto literario se dan diversos grados de consciencia, sin que falte nunca ésta. Quizá lo ideal sea lograr un equilibrio, entre lo espontáneo y lo consciente.

Fernando Valls dijo...

Isabel, en una entrevista de Rubén A. Arribas a Andrés Neuman, en la Revistateína (18, junio de 2008), el escritor comenta, a propósito de lo que aquí debatíamos:
"cuando tienes un plan, improvisas; e improvisar también es tener un plan; al fin y al cabo, improvisar es concebir un plan que no tenías previsto... No creo que uno pueda alinearse en uno de los dos bandos: el arte es exactamente las dos cosas. estructura y libertad, premeditación e improvisación... La creatividad está hecha de ambos materiales".

Rubén Abella dijo...

Hola a todos. Soy Rubén Abella y quería daros las gracias por la atención que le estáis prestando a mi cuento. Gracias también a Fernando Valls (a quien no tengo el gusto de conocer) por colgarlo en su página y, como no, por su penetrante análisis.
Me ha interesado mucho un comentario enviado por Isabel, en el que se pregunta si el autor tiene en cuenta las cosas en las que se fijan sus comentaristas, pues pone sobre la mesa la eterna dicotomía entre el escritor y la crítica. En mi caso, he de decir que estoy de acuerdo con Fernando Valls. En toda narración existen diferentes “capas”, distintos niveles de significación, y el autor no tiene por qué ser consciente de todos. Lo importante es que existan, no tanto que el autor los conozca. Cuanto más cosas se puedan decir de una obra, cuanto más abierta esté a la interpretación (siempre, claro, dentro de los límites del conocimiento y del sentido común), más rica será. Desde luego, en mi cuento hay una identificación entre la tormenta y las pasiones. Formo parte de una tradición, y no puedo extraerme a sus símbolos. Pero la frase "no habría sido igual sin la lluvia" está también relacionada con la memoria, la verdadera protagonista del libro. La imagen del amante cambia, en este caso para bien, al ser vislumbrada a través de la ventanilla empañada. El vaho altera su recuerdo. ¿No es eso lo que la memoria hace con nuestro pasado?
Gracias de nuevo.
Un cordial saludo.
Rubén Abella

Fernando Valls dijo...

Rubén, gracias por tu clarificadora intervención. En mi próximo libro, que aparecerá en otoño, en la editorial Páginas de Espuma, con el título de `Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español´, le dedico un comentario general a tu libro `No habría sido igual sin la lluvia´.
Saludos

Rubén Abella dijo...

Gracias, Fernando. Estaré atento a la salida de tu libro. Quisiera darte mi dirección de correo elecrónico, por si necesitas cualquier cosa, pero no sé cómo hacerlo sin que aparezca publicada. Un saludo.

Fernando Valls dijo...

En mi PERFIL aparece un correo privado al que me puedes escribir.
Saludos