miércoles, 11 de junio de 2008

Elogio de la Feria del Libro de Madrid (1), por Jorge Herralde

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Los presentes estamos convencidos de la importancia de la lectura, de la necesidad de fomentarla, del apoyo a las librerías y del imprescindible precio fijo. Sin insistir en ello, por tanto, he preferido hacer una crónica anecdótica de una época, como un travelling subjetivo a lo largo de cuatro décadas.
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Quiero decir, de entrada, que la Feria de Madrid es la más agradable entre las muchas que conozco, debido en parte al acierto de su implantación en el parque del Retiro: el cliché de “marco incomparable” está plenamente justificado. Y no me he perdido ni una desde mi primer año, en mayo del 69, recién estrenada la editorial, y en la caseta de Miguel García y Mari Paz Arias, entonces llamados los Visores, expuse dos libros: Detalles, de Hans Magnus Enzensberger, y Laclos. Teoría del libertino, de Roger Vailland. Ambos, a pesar de ser casi tan desconocidos como Anagrama, tuvieron una reseña instantánea y magnífica de César Alonso de los Ríos, en una anterior encarnación, en la decisiva revista Triunfo, y me hizo mi primera entrevista una joven e inquieta periodista, Juby Bustamante, del diario Madrid, poco antes de ser dinamitado. No conocía aún a ninguno de los dos, por lo que fue una gratísima sorpresa.
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Pilar Gallego, Jorge Herralde y Teodoro Sacristán

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En aquella época, los editores estaban habitualmente en sus casetas respectivas, “expuestos” ellos mismos, junto al fondo editorial resplandeciente. Así, como si tal cosa, Javier Pradera, Jaime Salinas e incluso José Ortega Spottorno, en Alianza; Jesús Aguirre, antes de soñar con ser Duque de Alba, en Taurus; Pedro Altares y Rafael Martínez Alés, en Cuadernos para el Diálogo; Javier Abásolo y Nacho Quintana, en Siglo XXI; o un puñado de jóvenes editores rojos, como Ramón Akal, en Akal; o Paco Serraller, en Fundamentos. Y si no, te los encontrabas tomando cerveza en alguno de los muchos bares de la Feria.

Y podía escucharse el grito de alerta del queridísimo Juan García Hortelano, avisando a la ciudadanía: “¡Qué vienen los catalanes!”. Y, en efecto, allí estábamos: Carlos Barral, el pionero, al frente de Barral Editores; Josep Maria Castellet, de Península (la hermana pequeña en castellano, de Edicions 62); Esther Tusquets, de Lumen; Beatriz de Moura y Oscar Tusquets, de Tusquets; Alfonso Carlos Comín, de Laia; o yo mismo de Anagrama. Todos estos catalanes y otro más, Paco Fortuny, de Fontanella, habíamos fundado la distribuidora Enlace y una colección de bolsillo común, con un socio madrileño, Cuadernos para el Diálogo, como agentes dobles del progresismo político y la vanguardia literaria y artística, con la misión de combatir a la censura franquista, y arengar y enriquecer culturalmente al pueblo. El entusiasmo era mucho y el resultado no fue tan malo.

Cada Feria dábamos una fiesta para la afición en la hermosa sede de Cuadernos para el Diálogo. Un festejo militantemente alcohólico, fumador y trasnochador, que pasó al imaginario colectivo como la fiesta de Cuadernos, no la de Enlace, pero nosotros, los catalanes, encantados. No éramos nada puntillosos: no había entre nosotros ni rivalidades, ni celos, ni nada parecido: entre otros milagros de aquellos tiempos, los egos estaban como aparcados.
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Después, dejando aparte posibles errores propios, la transición y el desencanto se llevaron por delante muchas revistas y editoriales que tanto protagonismo cultural tuvieron durante el llamado tardofranquismo. Y desapareció, entre ellas, Cuadernos para el Diálogo. Pero la fiesta ritual para los muchos amigos no podía faltar. Y tomaron el relevo Miguel y Mari Paz, que siguieron celebrándola en sus sucesivos domicilios: la primera fue en su casa de Fernando VI, enfrente de su librería Antonio Machado; la segunda, en la calle Arturo Soria; y luego en su casa de verano en Boadilla del Monte, para llegar a la cual es aconsejable ir con guía, con un sherpa, ya que los extravíos han sido muy frecuentes. Me contaba Miguel hace poco que estaba inventariando las fotos de las fiestas, más de diez mil; podría hacerse una exposición a lo Factory, de Andy Warhol, pero en castizo, de los protagonistas de la Feria que por su casa han ido desfilando, algo así como el Museo Etnográfico de la gente del libro en las últimas décadas.
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Algunos recuerdos personales son de las firmas de los años 80, con la eclosión de la nueva narrativa española y su creciente éxito. Aunque, al principio, los nuevos narradores empezaban a vender, aún no congregaban masas, por lo que era frecuente, por ejemplo, que dos de ellos compartieran nuestra pequeña caseta. Esta coexistencia, potencialmente conflictiva, no duró mucho. A Álvaro Pombo, siempre reacio a las firmas, cuando se ponía a ello, y si las colas eran nutridas, se le alegraban las pajarillas y se le veía gesticulante y parlanchín, incluso vociferante, pero con un toque de selfdeprecation very british. Félix de Azúa siempre sostiene que Pere Gimferrer es “el mayor espectáculo del mundo”, pero cuando tiene el día, lo que por suerte sucede con frecuencia, la frase le conviene aún más a Álvaro.
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También eran notables las firmas de la bellísima Adelaida García Morales, unos años en el candelero gracias a El Sur y El silencio de las sirenas: una cola compuesta invariablemente por jóvenes lánguidos, pálidos y tan tímidos como la propia Adelaida. Ella, en cada firma, se quedaba un rato reflexionando, con el bolígrafo en el aire, hasta que se posaba en el libro y escribía aplicadamente “Con afecto...”, o alguna otra destilación escuetísima (Continuará mañana).

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* Los cuadros son de Hodler, Alameda de castaños en otoño, 1892, y Egon Schiele, Árboles otoñales, 1911.
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* Esta conferencia inédita de Jorge Herralde, editor de Anagrama, fue pronunciada con motivo de la inauguración de la Feria del Libro de Madrid, el 2 de junio del 2008, y de la concesión del Premio Leyenda que por primera vez otorga el Gremio de Libreros
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5 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Mi comentario no tiene que ver con esta entrada, sino con el conjunto. Me admira tu capacidad para dedicar diariamente tu tiempo y talento a mantener vivo este blog, de los mejores que flotan hoy en el océano de internet. Gracias, pues. Y saludos.
PD.: la cosa con tu amigo Joaquín va bien; parece que trabajaremos junto en un proyecto erasmiano para Gredos.

Fernando Valls dijo...

Gracias, exagerado y amable Antonio, pero el blog lo hacen -en gran parte- los colaboradores, que son muchos y generosos.
Me alegra que te hayas puesto de acuerdo con Joaquin. Haréis un buen tandem.

Pepe Cervera dijo...

La semana pasada vi una entrevista a Jorge herralde en el programa "L'hora del lector" que emite el canal 33 (¿lo conoces, Fernando? te lo recomiendo, es uno de los mejores programas que creo se pueden ver en la actualidad sobre libros, ameno e incluso divertido. No depende del entrevistado, sino que sea quien sea el invitado consiguen interesarte ¿Por qué los mejores programas siempre se pueden ver en "la catalana"?)Independientemente de que Herralde es el editor de una de las editoriales más codiciadas por los escritores a la hora de publicar, siempre que lo escucho me transmite una sabiduría envidiable.

Respecto al trabajo que me comentas sobre Alemania, lo leeré con gusto si avisas cuando se publique. No creas que es sencillo asomarse a ese tipo de información de una manera fiable y objetiva, sin que los datos estén contaminados por los intereses políticos (sic) que mencionas. A mí mismo mme han llegado a insinuar que de escribir en valenciano tendría mucha más facilidad para publicar. Ya ves.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Siempre digno de atención Herralde. Y tu blog, por supuesto: me sumo a los parabienes de mi tocayo. ¡Y qué bien ilustrado! En esta ocasión, me han encantado los cuadros: buscaré más obras de este pintor. Gracias.

Anónimo dijo...

¡Qué curioso, Fernando! Igual te he pedido pegatinas cuando era niño. Mi padre iba todos los años a la Feria, pero vendía otro tipo de libros: enciclopedias. Los de este gremio son tipos peligrosos: no puedes bajar la guardia en ningún momento o te encasquetan un Summa Artis sin darse uno cuenta jejeje. Yo me pasaba el verano montando en bici de un lado a otro y leyendo cómics de Garfield, Superlópez y Asterix. Eso pasó y ya van quedando pocos distribuidores y vendedores de enciclopedias. Aún los veo, algunos no se acuerdan de mí a la primera, y siempre van impolutos, con ese traje y corbata a cincuenta y con el sol en la cara, pero haciendo sus pedidos hasta las 21:45...

Lo que más me gustaba era la hora del almuerzo de los fines de semana. Uno tenía más tiempo para comer como Dios manda y los del gremio se juntaban en varios grupos y se iban a comer todos juntos. Qué bien lo pasa entre esa gente, comiendo unas fabadas en un asturiano que había cerca de la Feria, que luego a uno se le quitaban las ganas de abrir la caseta.

Veo a los jóvenes de mi edad y no comprendo qué ha pasado. Pregunté hace unos días por varios libros y algunos no sabían ni lo que les pedía. Lo de los cuentos de Clarín fue llamativo. Al rato de andar buscando en la caseta, después de haber repasado el listado de libros varias veces, me dice: "Ahhh, es que es "Alas Clarín"... Claro, Alas..." No sabía ni quién era ni lo que le estaba pidiendo. Antes había mejores profesionales. Claro que también se compraba y se leía más.

Me decía un jovial librero, hoy tristemente fallecido, que en España había que prohibir la lectura porque así los jóvenes volverían a leer y a leer con entusiasmo. Igual llevaba razón, el bueno de Ignacio.

Un saludo,
Rafael.