domingo, 18 de mayo de 2008

Gonzalo Goytisolo Gil y sus objetos inanimados

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Conocí a Gonzalo (Barcelona, 1966) cuando era un adolescente que empezaba a pintar, en compañía de su madre, Maria Antonia Gil Moreno (véase, más abajo, el sillón de mimbre que utilizaba para trabajar en su finca de El Teular), en la calle Balmes, el mítico piso en el que los componentes del llamado boom hispanoamericano se juntaron por última vez, en una fiesta de Noche Vieja, según relato de José Donoso, en su Historia personal del boom.
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Después he visto todas y cada una de sus exposiciones, al menos las que ha celebrado en Barcelona, con interés y creciente admiración, al ver cómo maduraba y se bifurcaba su mundo plástico, desde los primeros cajones con frutas, membrillos, limones, sandías, hasta el fotorrealismo, pasando por el arte conceptual y, como última vuelta de tuerca, el regreso a los orígenes y el cultivo de una pintura autorreferencial, en donde tanto protagonismo adquieren los marcos de los cuadros, quizás influido por el magisterio de Antonio López (GGG ha seguido sus cursos en la Universidad de Navarra), sin que falten tampoco las lecciones bien aprendidas en la pintura matérica de Tàpies. Así las cosas, esta exposición puede valer como una meditada muestra, síntesis de todos los Goytisolo Gil posibles hasta el presente, aunque no habría que olvidar sus afortunadas portadas de libros y espléndidos retratos. No debe de resultar fácil hacerse pintor cuando se nace en una familia en la que sus dos tíos, José Agustín y Juan Goytisolo, y su propio padre, Luis, han destacado como grandes poetas, narradores, ensayistas y traductores. En esa senda también se haya, sin duda, Gonzalo.
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Os dejo, pues, una muestra de los cuadros que prefiero de su última exposición en la Sala Parés, la cual no siempre se limita a exponer pintura estrictamente comercial.
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Monólogo
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Bodegón con máscara chunga II (faux futurisme)
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La luz, en mi casa
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Verdura acuchillada
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Arcadia, 1987
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Al celler de cal Canart
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Como un payaso cazado (autorretrato, a ratos)
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Un mal día lo tiene cualquiera
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Como un mapa
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Sandía levemente acompañada
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La música del azar
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Dos manzanas II
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* En la foto, Gonzalo Goytisolo Gil.

sábado, 17 de mayo de 2008

Pere Gimferrer, uno y diverso, en la Academia de Buenas Letras

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Con diez años de retraso leyó Pere Gimferrer su discurso de entrada en la Academia de Buenas Letras de Barcelona, situada en el barrio gótico, en el viejo Palacio de los Requesens. Esta institución ha cumplido tres siglos, tras ser fundada en 1729 como Academia de los Desconfiados. En 1998, Juan Perucho, Francisco Marsá, ya fallecidos, y Martín de Riquer, fueron los padrinos del nuevo académico.
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Qué contar de Gimferrer que no se sepa y que pueda referirse en público..., excelente escritor y entrañable personaje. A la persona la conocemos poco, nada, aunque Alberto Blecua lo describió como "sentimental, sensible, sensitivo", de "inteligencia admirable pero también de sensibilidades únicas". Sí me gusta recordar, a pesar de todo, que -"tan diverso y, a la vez, tan uno", como lo definió Blecua-, ha cultivado la poesía, la prosa, no necesariamente narrativa, el ensayo sobre cine o arte (en libros sobre Max Ernst, Miró y Tàpies) y sobre literatura. Y que se ha ganado la vida asesorando editoriales, sobre todo a Seix Barral, su casa en las últimas décadas.
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Con Arde el mar (1966), quizás el mejor de todos sus libros, obtuvo el Premio Nacional de Poesía. Después, abandonó el castellano y adoptó como lengua poética el catalán, coincidiendo con el inicio de su relación con la que luego sería su primera esposa, la pianista Maria Rosa Caminals, con quien se casó en 1971, en atrevida pero verosímil hipótesis de Alberto Blecua. Cuando, muchos años después, ya viudo, se reencontró con Cuca de Cominges, a quien había conocido en 1969, regresó al castellano, con Amor en vilo (2006) e Interludio azul (2006), quizá por razones semejantes a las que lo llevaron a la lengua catalana. "Cuca y Pere, nos recuerda Blecua, se amaron en castellano". En estos últimos libros, confiesa el poeta, ha intentado conquistar al mismo tiempo el absoluto amoroso y el poético. Tampoco debemos olvidarnos de su experiencia como novísimo, en la tan célebre como poco afortunada antología de Castellet, en la que el entonces llamado Pedro Gimferrer, desempeñó un papel capital. Imprescindible resulta recordar también su importante obra poética catalana, de Els miralls (1970) a El diamant dins l´aigua (2001), sin olvidarnos de la prosa de su Dietari (1981) y de la insólita novela Fortuny (1983). A finales del presente año aparecerá, en Seix Barral, su nuevo libro, Tornado, compuesto por setenta sonetos, o pseudosonetos, odas o elegías, y algún poema en prosa, dedicados a su nueva compañera. .
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El discurso de Gimferrer, tras recordar a su antecesor en la medalla número 11, José María Valverde, trató sobre la palabra poética, de su condición enigmática, en una reflexión para ser leída con detenimiento, tras haberla escuchado, en la que recorre con ideas y ejemplos, toda la historia de la lírica, desde los poetas grecolatinos hasta casi nuestros días, mostrándonos la continuidad de un género, desde un punto de vista teórico y vivencial. La respuesta de Alberto Blecua fue extraordinaria, pocas veces lo hemos visto tan ameno, brillante, sabio y divertido, y lo he escuchado en infinidad de ocasiones, disfrutando siempre, en público y en privado, en sus inolvidables clases en la Universidad Autónoma de Barcelona y en solemnes conferencias académicas. Que alguno de los periodistas que realizaron la crónica del acto no aludieran a ello es una buena prueba de que cultivan mal su oficio.
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De lo apuntado por Gimferrer puede desprenderse quiénes han sido sus poetas preferidos: Ovidio, Píndaro, Dante, Ausiàs March, Garcilaso, Shakespeare, Góngora, Racine, Baudelaire, Apollinaire, Eliot, Riba, Foix, Wallace Stevens, Ungaretti, Octavio Paz... Entre los poetas hispanos del siglo XX, aludió también en el discurso a Rubén Darío, Neruda, Borges, Alberti y Aleixandre. Para Gimferrer, se lo confiesa a la excelente periodista de La Vanguardia, Rosa Maria Piñol, el poema es "un objeto ambiguo: impersonal y personalísimo al mismo tiempo, cotidiano e insólito, autónomo de sentido y cargado de pensamiento latente en su mismo tejido".
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Entre los asistentes al acto, no olvidemos lo que este texto tiene de crónica social, se encontraban los escritores Carme Riera, Eduardo Mendoza, Luis Alberto de Cuenca; editores como Gonzalo Pontón (padre), Elena Ramírez, Carmen Esteban, Oriol Izquierdo y Jaume Vallcorba; el arquitecto Oriol Bohigas; el pintor Frederic Amat; los periodistas Jorge de Cominges y Margarita Riviere; los historiadores Josep Massot y Pancho Riquer; y los maestros Martín de Riquer y Joaquim Molas. Hubo, en cambio, pocos escritores catalanes, aunque sí estaba Josep Maria Espinàs, miembro de la institución. .
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En fin, sólo nos resta felicitar al "nuevo, antiguo y tardano académico", como lo definió Blecua con su habitual precisión. Tras despedirnos de los protagonistas, un pequeño grupo de amigos nos fuimos a cenar, a charlar y echar unas risas, tan ricamente; con la satisfacción del deber cumplido y, sobre todo, con la alegría de haber pasado un buen rato a costa de la poesía.
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viernes, 16 de mayo de 2008

La poesía en el tebeo


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A veces, los políticos, o quienes los asesoran (en este caso, el poeta Gabriel Planella), tienen ideas curiosas y originales como ésta, que pretende acercar la poesía al ciudadano mientras se traslada en el metro. Así, han convertido en microtebeos diversos poemas, entre ellos, de José Corredor-Matheos, último Premio de Literatura en castellano Ciudad de Barcelona, por su libro Un pez va por el jardín (Tusquets, 2007); Cristina Peri Rossi, escritora uruguaya afincada en Barcelona, procedente de su libro Estrategias del deseo (Lumen, 2004); y de los poetas catalanes Anna Aguilar-Amat, Trànsit entre dos vols (Proa, 2001); Manuel Forcano, Corint (Proa, 2000); y Enric Cassases, Que dormin? (Edicions 62, 2002).

La campaña ha costado 270.000 euros y los microtebeos viajarán pegados en las ventanillas de unas cuantas líneas de metro, entre el 14 y el 21 de mayo. No creo que de esta singular iniciativa surja un nuevo género graficoliterario, pero ojalá me equivoque... Me conformaría, al menos, con que se repitiera en los próximos años, aunque no acabo de entender por qué el coste de la campaña resulta tan elevado. A ver qué os parece el resultado, obra del dibujante Juanjo Sáez.

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jueves, 15 de mayo de 2008

El nuevo Cervantes de Varsovia

Para los amantes de la estadística diré que el Instituto Cervantes de Varsovia es el que tiene más alumnos del mundo, 2.500 al año, y el mayor de todos los existentes desde que la semana pasada se inauguró su nueva sede, un edificio de cinco plantas situado en el centro de la capital polaca, en Nowogrodzka, 22. Su biblioteca, con 26.000 volúmenes, debe ser también una de las mejor dotadas. Por qué la biblioteca lleva el nombre de Guillermo Cabrera Infante no parece fácil de explicar, pues me temo que el escritor cubano no tuvo ninguna vinculación ni con el país ni con la ciudad.
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Lo que no dice la noticia del diario El País, que sí nos habla en cambio de príncipes y princesas, es que una parte importante de estos éxitos se deben a la excelente gestión de su director, Abel Murcia, poeta y traductor (de la Premio Nobel Wislawa Szymborska, por ejemplo), un catalán, de Vilanova, afincado en el país hace muchos años, profesor antaño en la Universidad de Varsovia y en los cursos de extranjeros de la U.I.M.P, en su sede central de Santander. Quienes amamos ese extraordinario y sorprendente país, su cultura y sus gentes, sólo nos queda esperar que la subsede de Cracovia se convierta pronto en un centro independiente. Gracias, pues, por un trabajo tan bien hecho, per la feina ben feta. .
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miércoles, 14 de mayo de 2008

La perorata de Angélica Liddell o El año de Ricardo

¿Por qué se ha visto tan poco en Barcelona el heterodoxo teatro de Angélica Lidell? En el 2005 le fue concedido el Premio Ojo Crítico a toda su trayectoria; el pasado año el CDN programó Perro verde muerto en tintorería: los fuertes; y ahora acaba de obtener el II Premio Valle-Inclán, el mejor dotado del teatro español. La autora nació en Figueras (Gerona), en 1966, hija de militar, aunque ha acabado afincándose en Madrid. Y creo que no es inútil del todo recordar lo mucho que le ha costado obtener un cierto reconocimiento, salir del subsuelo.
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Quizá no sea la mejor manera de conocer su teatro -de tener que buscarle una tradición, creo que provendría de Artaud, Jean Genet y Passolini-, asistir a un ciclo titulado, con escasa fortuna, "Radicales Lliure 08". Por lo demás, la exigente crítica local tampoco se ha mostrado demasiado complaciente con ella, lo que está muy bien, me parece una actitud sana. El año de Ricardo, escrita, dirigida e interpretada por Angélica Lidell (el apellido proviene del de la niña en la que se inspiró Lewis Carroll para su Alicia), y escenificada por la compañía Atra Bilis Teatro, se presenta como una versión libérrima y actual del Ricardo III, de Shakespeare. Pero la autora no engaña a nadie, ya que en ningún momento se cita al autor inglés, ni se le utiliza para enganchar al espectador. Con esta pieza, estrenada en Valencia en el 2005, completa una trilogía titulada Actos de resistencia contra la muerte, compuesta también por Y los peces salieron a combatir contra los hombres y Como no se pudrió... Blancanieves, publicada por la editorial Artezblai en el 2007. .
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La perorata que el insaciable Ricardo le dirige a su mudo sirviente (Gumersindo Puche) resulta machacona y te deja, a veces, sin resuello; apenas si te permite dar un respiro. Pero de eso se trata, de "que el lenguaje esté a la altura de las pasiones humanas", como ha declarado la autora, de abrumar al espectador con una sátira feroz del poder, de su lógica y su palabrería constante, que no suele dejar espacio para la meditación, para poder rumiar un discurso que se nos queda dentro porque se reitera hasta la saciedad. El protagonista es un monstruo, exhibicionista, cínico y manipulador, otro Ubú, nueva reencarnación del mal, uno de esos poderosos que se valen de la legalidad para conculcar las leyes, interpretándolas en su provecho. Un individuo cuyas pulsiones corporales se convierten en motor de sus acciones. Pero también hay en esta farsa, y no me parece menos importante, una defensa de los débiles; de los niños utilizados en las guerras, por ejemplo. Al final, el tirano termina convirtiéndose en escritor, puesto que cualquiera puede serlo, si consigue que se le preste atención, y los medios -ya se sabe- están dispuestos a ocuparse de cualquier nueva etiqueta, por peregrina e insustancial que resulte. Así, el monólogo pretende ser un revulsivo contra el adocenamiento de la sociedad, contra la idea del teatro como un simple entretenimiento intrascendente.
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El único defecto del montaje es que no sabe acabarlo y lo prolonga innecesariamente. Sintetizándolo, el impacto y la intensidad de la experiencia hubiera sido mayor. La atípica interpretación de Angélica Lidell fue memorable, con sus diversos discursos y un generoso despliegue de gestos y voces. La actriz rezuma energía, ira y visceralidad, con lo que cuerpo y discurso, lengua y sudor, se aúnan en su desaforada expresividad para inquietar al espectador, sacándolo de su letargo, de la habitual complacencia con la que suele seguir la representación.
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El espacio escénico está demasiado recargado de objetos y símbolos, minúsculos a veces, que para la autora deben ser cristalinos, pero sospecho que no lo son para los espectadores, abrumados ante tantas imágenes. El jabalí, las fotos de los niños vietnamitas asesinados, la cama, los pies... Tuvo la mala suerte de que le tocara un público gili, ese que no paga porque forma parte del cogollito teatral, de los teatreros, el público más resabiado y conservador entre los posibles, los enteradillos, una variante de esos que antes se denominaba "espectadores pintados". En fin.
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Y no deja de ser sorprendente que uno de los que más hayan jaleado el teatro de esta autora ("Angélica Lidell es el teatro") sea el periodista Luis María Anson ("Que él diga eso de mí es el puro exotismo", ha replicado la escritora), quien, por lo visto, no debe de sentirse identificado con ninguno de los siniestros personajes a los que con tanta lucidez denosta esta singular dramaturga. Pero así están las cosas en esta pintoresca época en que nos ha tocado vivir.


martes, 13 de mayo de 2008

Sobre poesía y canción

"... algo que no es música es la poesía..."
(Miguel de Unamuno, Poesías, 1907)
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"... los mejores versos líricos no pueden llevarse a la lira, no son cantables (...), la música no hace sino estropear su recitado, de modo que como hay romanzas sin palabras hay romances sin romanza..."
(Miguel de Unamuno, prólogo a San Manuel Bueno, mártir, y tres historias más, 1933)




"La canción popular y el poema tienen exigencias muy dispares, pero se apoyan mutuamente. La canción está hecha para ser escuchada en una plaza, debe ser más directa, más fácil, con menos matices y sutilezas que un poema escrito para ser leído en soledad. Un ripio nunca funciona en un poema y puede ser un encanto en una canción. Cuando el género huele a cerrado, cuando se hace demasiado arqueológico, demasiado distante de la vida cotidiana, la canción llega como un golpe de aire fresco. Ha pasado desde la Edad Media en nuestra poesía. Los boleros, los tangos, las letras de los cantautores cumplen hoy el mismo papel que la canción popular jugó en el Barroco o en el Romanticismo".
(De una entrevista de Arantxa Gómez Sancho a Luis García Montero, Ínsula, 737, mayo del 2008, p. 35).

* Edward Burra, "El Snack Bar", 1930.

lunes, 12 de mayo de 2008

Más sobre la destrucción y quema de libros, por Julia Uceda

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El papel arde a 451º Fahrenheit. Los quemadores de libros no son ignorantes: conocen el valor testimonial de la palabra. Vladimir Nabokov, profesor en las universidades de Standford y Harvard, quemó el Quijote en el Memorial Hall ante más de 600 alumnos y Martin Heidegger dio libros de Edmund Husserl a sus estudiantes para que los quemaran en 1933.
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La destrucción de material escrito (tablillas, papiros, pergaminos, papel) no es nueva (los manuscritos de la Divina Comedia, de Dante, fueron quemados en París en 1324), pero en la que fuera cultísima Europa posterior a la primera Guerra Mundial, el 10 de mayo de 1933 tuvo lugar el acto más siniestro. Cerca de 40.000 personas se dieron cita esa noche en el Opernplatz de Berlín para escuchar al ministro de la Ilustración del Pueblo y de Propaganda Joseph Goebbels: `Estas llamas -dijo- no sólo simbolizan el final de los viejos tiempos, sino también el principio de una nueva era´. Aquel día ardieron libros de Herman Broch, Albert Einstein, Sigmund Freud, Henrich Heine, Ernest Hemingway, Franz Kafka, Lenin, Jack London, Thomas Mann, Marcel Proust, Erich María Remarque y Emile Zola, entre muchos otros. Quemaron libros por donde pasaron: en la Biblioteca Nacional de Varsovia, 700.000, y en la Militar, 350.000. A veces eran incunables o ediciones que jamás podrían ser reemplazadas. En nuestro presente inmediato, ha ocurrido también en la Biblioteca de Bagdad: las primeras estimaciones calculan un millón de libros destruidos; entre ellos, obras irrecuperables como la de Avicena, referencia obligada para todo estudioso de la Medicina durante la Edad Media europea.

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En España también ardió la palabra. Justino Sinova y Juan Bardavío, en Todo Franco: franquismo y antifranquismo de la A a la Z (Plaza y Janés, 2000), recogen que el 30 de abril de 1939, en la Universidad Central, en un `auto de fe´ se sacrificaron obras de los `enemigos de España´ (Sabino Arana, Gorki, Lamartine, Freud, Marx, Rousseau, Voltaire y escritores liberales y modernistas). Negando a los poetas, ensayistas, novelistas y pensadores de lo que llamaban un mundo a la deriva, el periódico Arriba del 2 de mayo se congratulaba de que hombres jóvenes hubiesen quemado aquellos libros sin un gesto de aflicción.

* Fragmento tomado de "Fingiendo no ver nada", Revista de Occidente, 302-303, julio y agosto del 2006, pp. 125-139. El título del artículo, me recuerda la autora, está tomado de la canción de Bob Dylan, "Flotando en el viento": ¿Cuántas veces puede un hombre volver la cabeza fingiendo no ver nada? .....

* Claudio Bravo, "Calaveras", 1990.

domingo, 11 de mayo de 2008

Alessandro Baricco y el triunfo de los bárbaros

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"La contra" me parece una de las mejores secciones de entrevistas en la prensa española. Los responsables son Ima Sanchis, Victor-M. Amela y Lluís Amiguet, periodistas de La Vanguardia, y puesto que aparece todos los días, excepto los domingos, van turnándose el trabajo. Voy a resumir, con generosidad, las sugestivas declaraciones que hizo ayer, sábado, 1o de mayo, el escritor italiano Alessandro Baricco a Lluís Amiguet.



"Allá en los noventa, el mundo todavía era sólido, algo que te esforzabas en comprender: había que concentrarse, trabajar, mejorar para lograr captar las cosas (...) Para relacionarse con el mundo profundizabas en él: hoy sólo navegas sobre él (...) Ya no. Han ganado los bárbaros y ya no se cerca [cercare (en italiano, buscar), "dar vueltas a un asunto hasta profundizar en él y encontar la salida, la respuesta, la solución", aclara Baricco] ni en la vida ni en la ciencia, sino que se surfea en la experiencia de la realidad (...) Ha cambiado el modo de saber: hoy la sabiduría es desplazarse sobre la superficie de los asuntos sin fatiga, pero con habilidad, navegando como en internet. Te mueves por la superficie del saber y de la vida, cambiando de un tema a otro, pero sin ninguna necesidad ni ganas de profundizar (...).
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Para los pensadores de mi generación, el surfing sería mera imbecilidad, pero hoy es la forma suprema de sabiduría: han triunfado los bárbaros. Profundizar en algo es pesado y aburrido, engorrosa manía de viejos".

* Edward Poynter, "Estudio para retrato", 1882.

sábado, 10 de mayo de 2008

10 de mayo de 1933: la quema de libros en la Opernplatz de Berlín

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Hoy se cumplen 75 años de la quema de libros por los nazis en la Opernplatz de Berlín, símbolo de la muerte de la razón. Voluntarios de la S.A. (los camisas pardas) y de las Juventudes Hitlerianas, pero también ciudadanos corrientes, destruyeron 20.000 publicaciones de filósofos, científicos, poetas y escritores, considerados peligrosos y antigermánicos. La simbólica operación fue dirigida por Goebbels, ministro de propaganda, mientras proclamaba que "Alemania había comenzado a limpiarse interna y externamente". Muchos de estos autores fueron asesinados, arrestados o tuvieron que exiliarse, como les ocurrió a los 24 premios Nobel de Alemania y Austria que se refugiaron en Estados Unidos. Se cuenta que Sigmund Freud comentó al enterarse: "es un gran progreso con respecto a la Edad Media; ahora queman mis libros, y entonces me hubieran quemado a mí".



El Consejo de Cultura alemán ha decidido dedicar el aniversario al recuerdo de toda una serie de autores que padecieron dicha purga, rescatados por Volker Weidermann, autor de El libro de los libros quemados, quien ha desenterrado a 131 de estos escritores, entre los que aparecen Lion Feuchtwanger, Emil Ludwig, Heinrich Mann, Theodor Plevier, Erich Maria Remarque, Arnold Zweig…, por no recordar a los celebérrimos Heine, Marx, Thomas Mann, Freud o Brecht.



Los motivos para verse incluidos en la lista negra elaborada por el bibliotecario Wolfgang Hermann fueron diversos. Algunos como Zweig fueron condenados por promover el pacifismo; otros por sus tendencias comunistas o socialistas; otros aún, simplemente por cultivar un modernismo revolucionario y librepensador que irritaba a los nazis. Aunque el pecado mayor para acabar en la hoguera consistía en ser judío. Es lo que le sucedió, por ejemplo, a Arthur Holitscher, un modesto escritor de principios de siglo que pasó a la posteridad como el modelo en el que se basó Thomas Mann para componer el grotesco Detlev Spinell, personaje de Tristán.
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Como escribió Philip Roth, todos los escritores cuyos libros fueron quemados por el III Reich fueron dignificados por las llamas. Pero no olvidemos tampoco que, en algunas ciudades españolas, se produjeron actos similares tras la guerra civil, quemas públicas de libros, como en Almería, mi ciudad natal.
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Hoy, la plaza lleva el nombre del líder socialdemócrata August Bebel. La Bebelplatz, junto a la Unter den Linden, ha vuelto a convertirse en uno de los espacios más céntricos y transitados de la ciudad. En ella se encuentra nada menos que la Staatsoper (la Opera estatal, a la izqda. de la foto), la Universidad Humboldt (a la dcha.), la catedral católica, dedicada a Santa Eudivigis (al fondo, a la izqda.), y el elegante Hotel Roma (junto a la catedral). En el centro de la plaza, para que sirva de recuerdo permanente, se halla el monumento a la quema de libros, una losa de cristal a través de la cual es posible apreciar unas estanterías vacías, de un blanco clamoroso; así como una frase premonitoria de 1817 del poeta Heine (cuyo monumento se encuentra muy cerca, junto al edificio de la Humboldt, al otro lado de la avenida) que reza así: "Eso sólo fue el preludio; ahí donde se queman libros, se termina quemando también a las pesonas".
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viernes, 9 de mayo de 2008

A vueltas con el bilingüismo


"Josep Pla escribió en castellano por necesidad, porque estaba prohibido hablar en catalán. El bilingüismo le hizo escribir un mal castellano".
Jordi Pujol, expresidente de la Generalitat de Cataluña, declaraciones realizadas en una conferencia pronunciada en Madrid, CaixaForum, el pasado 9 de abril.



"Los niños bilingües tienen mejor desarrollo cognitivo: aprenden mejor (...) Muchos padres anglosajones envían a sus hijos a escuelas francesas (...) El gobierno canadiense invierte cantidades ingentes en que cada niño pueda mantener la lengua materna y estar orgulloso de ella: sea urdu o swahili (...) La preferieble es (...) una sociedad cohesionada donde todos interactúan sin renunciar a sus propias identidades, y así conviertes la diversidad en un valor y una oportunidad, y no en un problema".
Elisabeth Coelho, pedagoga especialista en educación multicultural y plurilingüe (La Vanguardia, entrevista de Lluís Amiguet, 4 de febrero del 2008).
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jueves, 8 de mayo de 2008

PABLO GARCÍA BAENA

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....Bajo tu sombra, Junio, salvaje parra,
ruda vid que coronas con tus pámpanos las dríadas
.............desnudas,
que exprimes tus racimos fecundos en las siestas
sobre los cuerpos que duermen intranquilos,
unidos estrechamente a la tierra que tiembla bajo
.............su abrazo,
con la mejilla desmayada sobre la paja de las eras,
la respiración agitada en la garganta,
como hilillo de agua que corriera secreto entre
.............las rosas
y los labios en espera del beso ansioso
que escapa de tu boca roja de dios impuro.
Bajo tu sombra, Junio,
yedra de sangre que tiende sus hojas
embriagando de sonrisas la pared más sombría,
la piedra solitaria;
Junio, paraíso entre muros, que levantas la antorcha
..............de tus árboles
ardiendo en la púrpura vesperal,
bajo tu sombra quiero ver madurar los frutos,
las manzanas silvestres y los higos cuajados de corales
..............submarinos,
la barca que va dejando por los ríos lejanos sus perfumes,
los bosques, las ruinas,
las yuntas soñolientas por los caminos
y el zagal cantando con un junco en los labios.
Quiero oír el inquieto raudal de los torrentes,
el crujido de las ramas bajo el peso del nido
y el resonante silencio de las constelaciones
entreabriendo sus alas como pájaros espumantes de fuego
al fúnebre conjuro de los nocturnos pífanos.
Bajo tu sombra quiero esperar las mañanas fugitivas
.............de frescura
y los atardeceres largos como miradas
cuando todo mi ser es un canto al amor,
un cántico al amor entregado,
mientras las manos se curvan sobre las espaldas desnudas
y mis párpados se tiñen con el violento jacinto de la dicha.

(Junio, 1957)


Sólo tu amor y el agua... Octubre junto al río
bañaba los racimos dorados de la tarde,
y aquella luna odiosa iba subiendo, clara,
ahuyentando las negras violetas de la sombra.
Yo iba perdido, náufrago por mares de deseo,
cegado por la bruma suave de tu pelo.
De tu pelo que ahogaba la voz en mi garganta
cuando perdía mi boca en sus horas de niebla.
Sólo tu amor y el agua... El río, dulcemente,
callaba sus rumores al pasar por nosotros,
y el aire estremecido apenas se atrevía
a mover en la orilla las hojas de los álamos.
Sólo se oía, dulce como el vuelo de un ángel
al rozar con sus alas una estrella dormida,
el choque fugitivo que quiere hacerse eterno,
de mis labios bebiendo en los tuyos la vida.
Lo puro de tus senos me mordía en el pecho
con la fragancia tímida de dos lirios silvestres,
de dos lirios mecidos por la inocente brisa
cuando el verano extiende su ardor por las colinas.
La noche se llenaba de olores de membrillo,
y mientras en mis manos tu corazón dormía,
perdido, acariciante, como un beso lejano,
el río suspiraba...
Sólo tu amor y el agua...

(Rumor oculto, 1946)


Pablo García Baena nació en Córdoba en 1923. Estudió historia del arte y pintura en la Escuela de Artes y Oficios de su ciudad natal, donde conoció al pintor Ginés Liébana. Su primer libro, Rumor oculto, apareció en 1946. Un año después, funda la importante revista Cántico (1947-1949 y 1954-1957), junto a los también poetas Ricardo Molina, Juan Bernier, Julio Aumente y Mario López; rara avis dentro del panorama poético español por su exigencia formal y estética, pero también por su vitalismo y sensualidad, características que los vinculaba con los poetas del 27, pero sobre todo con Luis Cernuda, a quien le dedicaron un número monográfico, contribuyendo decisivamente a su revalorización. Tras diversos viajes, en 1965 fijo su residencia en Torremolinos y luego en Benalmádena (Málaga), donde trabajó como anticuario hasta que en el año 2004 regresa definitivamente a Córdoba. En 1984 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Quizá la más completa recopilación de su poesía aparezca en el volumen Recogimiento (Poesía, 1940-2000, Ayuntamiento de Málaga, 2000), que lleva un estudio introductorio del poeta Fernando Ortiz. Su último libro se titula Los Campos Elíseos (Pre-textos, Valencia, 2006). Acaba de obtener el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Ventas y calidad literaria, o `me debo a mi público´

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Entre los tópicos que circulan hoy sobre la novela, uno de los más reiterados es afirmar que hay quienes creen que cuanto más se vende un libro, menos calidad literaria tiene. El caso es que, en los muchos años que llevo en esto, nunca he conocido a nadie que sostenga tal cosa, ni de forma oral, ni mucho menos por escrito. Lo que sí he oído y leído, en demasiadas ocasiones, es justo lo contrario: que los libros más vendidos son los que prefiere el público, y que eso merece un respeto, porque deben de ser buenos, ¡y ya envalentonados!, que algo tendrán cuando gustan a tantos lectores, y que si patatín, que si patatán...
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Si alguien afirmara que los libros por el mero hecho de venderse masivamente carecen de entidad literaria, me parecería un auténtico disparate. La literatura se calibra por otros procedimientos. Otra cosa es que pensemos que determinados autores han cedido en sus exigencias para llegar a un público lector más numeroso. En las últimas décadas, grandes novelas se han vendido generosamente, dentro y fuera de España, como Corazón tan blanco de Javier Marías, por no recurrir una vez más a Cien años de soledad. ¿Por qué las novelas de Rafael Chirbes se venden mucho mejor en Alemania que en España? Y el hecho de que Soldados de Salamina, de Javier Cercas, se vendiera muchísimo, frente a las previsiones más optimistas del autor, los editores y los que acudimos a la presentación de la novela, no la convierte ni en mejor ni en peor. En fin, todo esto son obviedades que da vergüenza repetir.
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Quizá más sorprendente aún si cabe haya sido el éxito de Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez. Pero siempre me ha quedado la duda de por qué este libro se ha vendido tanto, ha superado los ¡cien mil ejemplares!, un auténtico record para un libro de cuentos. Lo que desmiente otro tópico, que el cuento no se vende. En cambio, no ha ocurrido lo mismo con los libros de Juan Eduardo Zúñiga, con los que tantas semejanzas comparte, en temática, ambición y calidad.
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Sabemos que lo de las ventas no es una ciencia exacta, no se olviden que La sombra del viento ni siquiera ganó el Premio Fernando Lara, al que había concurrido. O lo que es lo mismo, los expertos de Planeta no consiguieron detectar el valor comercial de esta vendidísima novela, sobre cuyo interés les llamó la atención, con insistencia, Terenci Moix, quien formaba parte del jurado. .

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Sí se ha afirmado, en cambio, la existencia de libros que se venden mucho, pero que por su simplismo, por cuanto tienen de productos prefabricados, así como por la inconsistencia de la historia y de sus personajes, poco o nada tienen que ver con lo que algunos seguimos entendiendo por literatura. En suma, por ser demasiado previsibles, por su lenguaje pobre y funcional y por su escasa complejidad. Y en ese saco entrarían, acepto que en diversos grados, Carlos Ruiz Zafón, Javier Sierra, Ildefonso Falcones, Julia Navarro, etc.
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Lo evidente es que muchas publicaciones, periódicos y revistas (más o menos literarias), apoyan estos libros de los grandes grupos editoriales porque, de no hacerlo, se les racanearía la publicidad. En realidad, se trata de una estafa a sus lectores. Esto es algo sabido, pero callamos y nos preguntamos por qué las secciones de cultura de los periódicos sólo se ocupan de los libros de las grandes editoriales. Y así sigue girando la rueda de la farsa, a trompicones, como si del carnaval se tratara, quitándonos y poniéndonos las caretas, fingiendo todos -unos más y otros menos- que eso es lo normal, cuando también sabemos que no debería serlo... Mientras tanto, los escritores nos cuentan que se han presentado a tal premio para ganar lectores; el mismo argumento, en suma, que utilizaban las folklóricas cuando nos confesaban que se debían a su público. Pero a qué público, me pregunto, ¿se refieren, acaso, al público lector? Vaya, no lo creo.

* Joan Brossa, "El intelectual".
* Con esta entrada empiezo una serie que llevará el título general y la etiqueta de Grandes éxitos.

martes, 6 de mayo de 2008

Los Espectros de Magda Puyo

La versión que Magda Puyo ha hecho de Espectros es un ejemplo de cómo no debería tratarse nunca a los clásicos. Ibsen escribió esta obra en Italia a lo largo de 1881, se editó en Copenhague (se tiraron nada menos que 10.000 ejemplares), estrenándose en 1882 en Chicago, en su lengua original, para los emigrantes escandinavos. Fue la primera pieza del autor representada en América. Varios teatros nórdicos la rechazaron, entre ellos los más importantes, como el Dramaten, de Estocolmo. En Noruega se estrenó en 1883 y fue muy bien acogida por la crítica. Pero, en general, fue considerada una pieza disoluta y revolucionaria, y produjo un gran escándalo porque ponía de manifiesto los prejucios y la doble moral burguesa, con la complicidad de la iglesia. Su obra anterior, Casa de muñecas, también había generado bastante alboroto. Muchos de aquellos ejemplares fueron devueltos por los libreros, avengonzados de tener la obra. Así, no se reimprimió hasta 1894. Hoy, la incomodidad sigue, pero ahora por la alegría con que Carles Mallol y Magda Puyo se toman la pieza del autor noruego.


En Espectros se cuenta el drama de los Alving, una realidad, más bien folletinesca, en la que la realidad parece imitar a la ficción entonces de moda. Una mujer (Elena) que se ha casado sin estar enamorada con un hombre promiscuo y tarambana (tiene una hija con la criada), con sífilis, enfermedad incurable entonces. Se la trasmite a su único hijo (Oswald), quien abandona la casa familiar para estudiar pintura en París, moviéndose en los ambientes de la bohemia. Pero cuando el joven descubre el mal heredado, ya muerto el padre, a quien el joven había idealizado, regresa con la madre, a su ciudad natal. Oswald se enamora entonces de la joven Regina, acogida en la casa, que resulta ser su hermanastra. Así, vamos descubriendo los engaños, las ocultaciones, y surge la tragedia, los enfrentamientos entre los personajes: Elena y Oswald con el abogado de la familia; la madre con el hijo, y éste, a su vez, con Regina. La mujer que hubiera podido salvarlo, según el joven artista, cuando se descubre su grave enfermedad, decide abandonarlo, vivir su vida, sin problemas.
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La versión catalana que se representa en el Teatro Romea consiste en modernizar esos conflictos, convirtiendo al hijo sifilítico en drogadicto; a la timida hermanastra en una lolita; la relación entre la madre y el hijo en incestuosa; y al pastor calvinista Manders en abogado y asesor financiero. En fin, una absurda manipulación de la obra de Ibsen, que ni la actualiza, ni mucho menos la mejora, sino que más bien, la vulgariza, como ha denunciado la crítica, con rara unanimidad. Lo sorprendente es que se presuponga que no pueda interesarnos un conflicto ocurrido hace un siglo presentado tal como sucedió, que sólo pueda captar nuestro interés el presente. De ser así, cosa que no creo, por qué montar entonces a un clásico. Pero quizá lo peor de todo sea que el público se traga lo que le echen, sin rechistar, sin darse cuenta de que le están dando gato por liebre, por lo que el papel de la crítica se vuelve fundamental. Quizá esto ocurra porque, desde hace un tiempo, una parte del público sólo asiste al teatro para ver en directo a los actores de sus series favoritas en televisión.


Por si todo ello fuera poco, hay que añadirle la descontrolada interpretación de Emma Vilarasau en el papel protagonista, basada en una hiperactividad histriónica. Va camino de convertirse en otra actriz anulada por los vicios que se adquieren en la televisión. Así, sobresale Jordi Boixaderas, como Manders, puesto que tampoco se luce Mingo Ràfols, en el antipático papel del carpintero Jakob Egstrand, siempre a la caza de los resquicios que le dejan los señores para aprovecharse de ellos.
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Guardo mejor recuerdo del montaje de Francesc Nel.lo, en 1988, con Àngels Poch en el papel estelar de la señora Alving. Visto lo visto, no cabe más remedio que decir que, en esta ocasión, Ibsen sólo es una excusa para desbarrar.

lunes, 5 de mayo de 2008

José María Bernáldez, periodista y crítico literario


Dicen las crónicas que, tras presentar una novela de José María Pérez Zúñiga en la Feria del Libro de Sevilla, murió de un infarto el periodista de Canal Sur televisión y crítico literario José María Bernáldez.
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En los últimos años coincidí con él en la revista Mercurio, en cuyo último número comenta la nueva novela de Clara Sánchez. No llegamos a ser amigos, ni mucho menos, pero siempre que nos encontrábamos en Sevilla, echábamos un buen rato de amena conversación literaria. Para mí era una referencia en la ciudad. Como sabía que estaba interesado, solíamos recordar aquel mítico suplemento de libros, Informaciones de las artes y las letras, pilotado por Pablo Corbalán, con la ayuda de Rafael Conte y Juan Pedro Quiñonero, que nació en 1968, y en el que él colaboró. José María era cacereño, de Alcántara, donde había nacido en 1948, y quizá por eso a mí me parecía un andaluz atípico, sobrio y elegante, a su manera, tímido y discreto. Tenía fama de ser un lector voraz y benévolo en sus juicios, aunque defensor siempre de la mejor literaura, de la más exigente, y de hacer, desde hacía trece años, un buen programa cultural, llamado Al Sur, en la televisión andaluza. Antes había sido crítico literario, que no director, de El Socialista, como se ha dicho por error, y había trabajado en Radio Nacional de España, Televisión Española y El País. Entre sus libros se encuentran el que dedicó a la dicotomía entre ruptura y reforma durante la transición, otro sobre Rumasa y una biografía de Fraga, todos publicados por Plaza & Janés, entre 1983 y 1985. Por toda esta labor recibió diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Andalucía de Periodismo.
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Quizás el mejor homenaje que pueda tributársele, podría consistir en reunir una selección de sus críticas literarias y de las conversaciones que mantuvo con escritores. Le echaremos de menos.
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domingo, 4 de mayo de 2008

El Vázquez Montalbán de Xavier Albertí: Crónica sentimental de España

Para Georges Tyras


En 1969, Manuel Vázquez Montalbán publicó en la revista Triunfo una serie de reportajes que gozaron de gran aceptación, hasta el punto de que aumentaron las ventas del semanario. Me refiero a Crónica sentimental de España, que aparecerían en forma de libro dos años después, en la editorial Lumen. A la manera brechtiana, el autor pretendía hacer una contralectura de la cultura popular, de las canciones de moda durante las dos primeras décadas de la postguerra española.


El director, dramaturgo y actor Xavier Albertí, ha creado un paródico espectáculo de cabaret inspirado en aquel libro, pero valiéndose también de otros de autor, con excelentes resultados, debido al singular tratamiento que le da a cada uno de los números. Los cinco intérpretes, acompañados al piano por Albertí, que hace también de relator, están espléndidos, barajando humor, ironía y una cierta distancia crítica, por lo que cuesta trabajo destacar a ninguno de ellos. Me inclino, sin embargo, por la siempre maravillosa Lina Lambert, con su interpretación en árabe del pasadoble "¡Que viva España!", y por Xavier Pujolràs (por su trabajo en este espectáculo se le ha concedido el Premio Butaca al mejor actor de comedia musical), interpretando "Mi jaca", transformado en una folklórica enana, y haciendo de Raphael y de Michael Pffeifer sobre el piano. Pero, sobre todo, es una pieza coral, en la que el juego del relato, de la interpretación atípica de numerosas y muy conocidas canciones ("Rascayú", "La vaca lechera", "Mi casita de papel"), de la búsqueda de la complicidad y de la participación del público, es donde funciona este magnífico espectáculo, lo más parecido al cabaret literario que he visto en nuestro país en mucho tiempo. De la crítica no se libra apenas nadie, desde Aznar hasta la Banca Catalana, del señor Pujol, que Dios tenga en su gloria. Por aquí desfilan las sombras musicales de Concha Piquer, Raphael, Alaska, Joaquín Sabina ("Yo quiero ser una chica Almodóvar"), o el celebérrimo cantable de la zarzuela El niño judío, "De España vengo".



Lo que aquí se pone de manifiesto es cómo el poder se apropió de la música popular, de los sentimientos que propagaba, para crear una determinada moral, aquí completamente desactivada. Pero a estas alturas, se trata -ante todo- de entretener y emocionar al espectador, por encima de todo, sin olvidar aquella frase de Antonio Machado rememorada por Vázquez Montalbán, de que "todas las emociones están educadas". Sí, casi todas, y más en estos tiempos tan inocentes y tonrorrones que nos ha tocado vivir. El mayor elogio que podemos dedicarle a este espectáculo, estrenado en el 2006, es afirmar que nos supo a poco, por ello quizá se palpaba en el ambiente que los espectadores estaban disfrutando de lo lindo, hasta el punto de que me atrevo a afirmar que si hubiera podido verlo, le hubiera arrancado más de una sonrisa al poco expresivo pero entreñable Manolo.

sábado, 3 de mayo de 2008

Sobre El hombre de la flor en la boca, de Pirandello

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No es esta breve obra del escritor siciliano una de las más representadas de las suyas, aunque el año pasado se montara en Madrid, en el Círculo de Bellas Artes, dirigida por Antonio Rodríguez Menéndez. Sin embargo, se cuenta entre las más intensas, sugestivas y conmovedoras. La compañía La Perla 29 la ha montado, en catalán, dirigida por Carlota Subirós, en el Teatro de la Biblioteca de Cataluña, de Barcelona, un espacio escénico improvisado -y bastante incómodo- en el claustro, bajo la nave de Levante, del antiguo Hospital de la Santa Cruz.
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La obra se publicó por primera vez en Florencia, junto a otra piezas del autor, en 1926. Dos años antes, Pirandello había formado la Compañía del Teatro de Arte de Roma y se había afiliado al fascismo, aunque pronto se desilusiona. En sus orígenes, esta texto fue un cuento, escrito en 1923 y titulado "Con la muerte encima", que el dramaturgo transformó en una obra teatral. Debido a su corta duración, se suele representar junto a otras piezas. En este caso, aparece acompañada por la narración "Un día", convertida en el monólogo que interpreta Jordi Oriol, con el que arranca la representación.
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El hombre de la flor en la boca es una obra para dos personajes, dos hombres que se encuentran por azar en un "mísero café nocturno" cercano a la estación de tren, un poco después de la medianoche. Mientras el hombre joven, llamado en la obra El parroquiano pacífico, acaba de perder el tren y tiene que soportar el fastidio de esperar el siguiente cargado de paquetes para reunirse con su familia en el lugar de veraneo; el otro, El hombre de la flor en la boca, se halla en una situación de angustia extrema, de ahí que se dirija al joven que toma un refresco de menta para contarle sus cuitas. Dice la acotación inicial que, hacia el final de la pieza, asomará dos veces la cabeza de "una sombra de mujer vestida de negro, con un viejo sombrero de plumas lloronas". Pero ¿quién es esa negra sombra? La solícita mujer del enfermo que lo vigila, pues nos lo confiesa el protagonista, pero también, en cierta forma, la muerte que lo acecha. Lo que en realidad se cuenta son los pesares de un hombre deshauciado por el cáncer, representado por un florón en el paladar, un epitelioma. "La muerte, ¿comprende?, ha pasado (le comenta a su interlocutor). Me ha puesto esta flor en la boca".



Así, el protagonista es un individuo que se vale de la imaginación para agarrarse, en su desaliento, a la vida de los extraños, para que su fantasía pueda trabajar libremente, aunque sin obtener placer alguno, sin que ese simulacro de vida le interese demasiado. Sólo busca en la vida de los demás, espera encontrar, el aliento que a él empieza a faltarle. Su esposa desea que se quede en casa, tranquilo, pero él se lanza a la calle para poder observar a los extraños.
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En 1984, Vittorio Gasman representó en Barcelona Non essere, durante la temporada del Grec, compuesta por diversas piezas breves y fragmentos de obras de varios autores, entre ellas la que ahora comentamos. Fue una de esas actuaciones memorables que no se olvidan jamás, lo que se llama un noche mágica de teatro. En la versión que comentamos, Lluís Soler está muy bien en el papel protagonista, incluso excelente, con una dicción clara, perfecta, y una presencia apabullante, pero el listón lo teníamos demasiado alto. Su espantado interlocutor (Jordi Oriol) y la bailarina (Elena Alonso) cumplen discretamente. Con el monólogo de este muerto en vida hubiéramos tenido recompensa teatral más que suficiente con su media hora de duración, de ahí que lo demás terminara pareciéndonos un relleno innecesario.

viernes, 2 de mayo de 2008

¿Son cuentos?

¿Mil y un cuentos de una línea? El caso es que ni son cuentos, ni todos tienen una línea, aunque sean mil uno, en la antología de Aloe Azid (Mil y un cuentos de una línea, Thule, Barcelona, 2007). El autor reconoce en el prólogo que ninguna de estas piezas son cuentos. Y si bastantes de ellos sólo tienen una línea es debido a que se ha forzado su disposición natural en la página, su composición tipográfica. Resulta sorprendente que se nos den como cuentos textos que son otra cosa, y sobre todo que quien lo haga sea una editorial que tan encomiable labor realiza por la difusión del microrrelato. Sólo queda pensar que, en cierta forma, se ha tratado de repetir el juego del venezolano Gabriel Jiménez Emán, excelente autor de microrrelatos, con su Los 1001 cuentos de 1 línea (1981), donde sólo aparece una única pieza de esa dimensión.

¿Qué son, entonces, estos textos? Según el antólogo, se trata de ficciones, lo que no es decir mucho, puesto que no son menos ficciones la novela o la poesía. En esencia, son microrrelatos, aforismos (lo curioso es que en el prólogo se niega que aparezcan piezas de este género, ¿qué son, entonces, los textos de Lichtenberg?) y greguerías, sin que tampoco falte alguna ocurrencia de escaso fuste… Además, por si todo ello fuera poco, la ordenación del libro en 26 secciones, tal y como se lleva a cabo, sólo consigue añadir más confusión.



Desde la literatura clásica grecolatina, sin olvidar las vanguardias del siglo XX, sabemos que la disposición del texto en la página genera sentido, e incluso se ha convertido en un procedimiento utilizado hasta el abuso. A estas alturas, por tanto, parece imprescindible respetar la voluntad del autor, algo que aquí me consta que no se hace. Así, los textos aparecen dispuestos de tal manera que se extienden a la página de la derecha, generan curvas, círculos y otras figuras geométricas, proporcionándoles una dimensión que no tenían en la intención del creador. La única duda que me queda es si estas innecesarias alegrías son producto de la ingenuidad o del desconocimiento. Acaso no resulte baladí recordar que aunque el autor puede jugar con la disposición del texto en la página, no así el antólogo.

Aloe Azid es el evidente anagrama de José Díaz, editor de Thule, autor de la útil antología Ojos de aguja (2000) y de un puñado de microrrelatos. Aclarado todo esto, la recopilación tiene mucho bueno que ofrecer, aunque esté hecha con escaso criterio, pues conviven en sus páginas lo mejor y lo medianejo. Incluso se recoge completo, sin apenas disimulo alguno, los Crímenes ejemplares, de Max Aub; lo que cuesta entender, teniendo en cuenta que la misma editorial tiene el libro en su catálogo.
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Este volumen demuestra, una vez más, y produce rubor tener que señalarlo, que armar una antología no es un trabajo que pueda hacer cualquiera; es necesario conocer bien la materia, tener criterio y gusto literario. Por otro lado, no he visto en la prensa ni un solo comentario sobre este libro, que a pesar de los defectos en su concepción, merecía más atención de la que se le ha prestado. No en vano, aquí aparecen casi todos los grandes clásicos del microrrelato en castellano: Max Aub, Augusto Monterroso, Adolfo Bioy Casares, Juan José Arreola, Enrique Anderson Imbert, Marco Denevi, René Avilés Favila, Edmundo Valadés, Rafael Pérez Estrada, Antonio Fernández Molina y Antonio Di Benedetto; así como los principales autores actuales: José de la Colina, Luisa Valenzuela, Luis Mateo Díez, Eduardo Galeano, Ana María Shua, Guillermo Samperio, David Lagmanovich, Pía Barros, José María Merino, Gabriel Jiménez Emán, José Emilio Pacheco y Julia Otxoa.
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¿Puede hacerse, entonces, como desearon Italo Calvino y Salvador Garmendia, una antología de cuentos de una línea? Hoy no, porque los textos narrativos de una línea son llamados microrrelatos. Lo que sí podría haberse hecho es una antología de microrrelatos de una línea, o de textos de una línea, fueran éstos narrativos o aforísticos, aunque sean cosas distintas. Y, ¡ojo!, todo esto no son chincherías de profesor, de crítico, sino un empeño por lograr que no nos ahogue la banalidad, el todo vale.

* Edward Burtynsky, 2004.
* Publicado en la revista Mercurio, 101, mayo del 2008, p. 31.

jueves, 1 de mayo de 2008

Las letras del rock español

¿Es Bob Dylan un poeta, y Tom Waits; lo es acaso Joaquín Sabina? La respuesta afirmativa se viene repitiendo con insistencia en los últimos tiempos. Sin ánimo de llevar la contraria, a mí la verdad es que no me lo parece; al menos, si entendemos por poesía, como entiendo yo, lo que escriben Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente o Wislawa Szymborska. Aunque la poesía pueda ser de muy distintas clases, funciona por otros procedimientos y mecanismos, persiguiendo efectos diferentes.
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En medio de estas disquisiciones, no inútiles del todo, me llega la sugestiva recopilación de Silvia Grijalba, en cuyo prólogo se describe el conjunto como una "antología de poetas del rock español". Y todo ello, a pesar de que el título y el subtítulo del volumen se ajustan más a la estricta realidad: Palabras de rock. Antología de letristas españoles, publicado por la Fundación José Manuel Lara, de Sevilla, en la colección Vandalia, dedicada a la poesía.
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No acabo de entender, quizá porque apenas nada sé de rock, de ahí que vaya a intentar moverme con cautela dentro de este casi ignoto territorio, el motivo por el que, mientras la literatura está a punto de desaparecer, tal y como la hemos entendido hasta ahora -según diversos agoreros, desde Vicente Verdú a los mutantes de diverso pelaje-, todos quieran apropiarse del concepto de literatura, desde los autores de tebeos (a los que tampoco la palabra comics les resulta ya suficiente) hasta los letristas de rock.
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El caso es que, entre las letras de esta antología, incluidas las de un autor tan estimable como Luis Alberto de Cuenca (sin el énfasis, las muecas y la música de Gurruchaga y Loquillo se quedan casi en nada, si es que hablamos de poesía), apenas hallamos restos de lírica alguna, ni tiene por qué haberla. Estas letras sólo están escritas para ser cantadas, o dichas, siempre acompañadas por la música correspondiente, no para ser leídas. Por tanto, sin la melodía ("la letra con música entra", afirma Alfredo Taján en el epílogo) ni la puesta en escena, en caso de que prescindiéramos de la atmósfera peculiar que se genera en un concierto, me parece que estos textos literariamente valen más bien poco. De la misma forma que los guiones de las películas, con escasísimas excepciones, no tienen peso literario, se pongan algunos como se pongan. En ambos ejemplos, su función es otra, y su sentido pleno lo alcanzan al complementarse con el conjunto del espectáculo del que son un elemento más, importante y significativo, pero a fin de cuentas una pieza más de esa obra de arte total, póngamonos pomposos recordando los sueños de Wagner, que puede llegar a ser un concierto.

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Silvia Grijalba, en una de las interesantes presentaciones que dedica a cada uno de estos autores, afirma que "la letra de canción es un género en sí mismo", y que "las canciones de Radio Futura y Juan Perro son alta literatura". Pero a mí me parece que si la letra de canción es un género, no es de la estirpe de lo literario, porque en ese territorio no tienen nada que ganar, y sí mucho que perder. ¿A qué se refiere con canciones, a la letra y música interpretadas, a la conjunción de letra y melodía? ¿Son, acaso, alta literatura? ¡Qué manía con meter por medio a la literatura, como si ello proporcionara a las letras un cierto pedigrí cultural! Me temo que, en todo caso, serían gran música, ¿no os parece? Sea como fuere, considero un gran acierto la publicación de este libro, pues nos sirve de contraste y nos invita a pensar acerca de las diversas semejanzas y diferencias existentes entre la literatura y los otros géneros vecinos. Acaso su mayor acierto estribe en conseguir despertarnos la curiosidad y las ganas de volver a escuchar muchas de las canciones que la autora elogia.
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No me resisto a concluir sin recordar alguna estrofa -poco inspirada, pero singular- de Astrud, los creadores del electro pop del absurdo, de "Nuestros poetas", que reza:
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"Qué malos son, qué malos son,
qué malos son nuestros poetas.
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Quevedo el putero y Góngora el lameculos,
Garcilaso el usurero y Rosalía la ludópata,
el maricón de Lorca y Bécquer,
que era un poco mariquita también.
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Ferrater el desgraciado,
Gimferrer el pervertido,
los hermanos Machado,
el drogadicto y el maltratador.
San Juan de la Cruz
y Santa Teresa de Jesús".
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Mercurio: 100 primeros números

Que en estos tiempos de flojera y sinsustancia una revista literaria consiga llegar a los 100 números, tras diez años, no parece cosa baladí. Por fortuna, en la drástica limpieza que ha llevado a cabo la Fundación Lara, se ha salvado la revista Mercurio, lo que sólo puede alegrarnos. Parece muy importante que una publicación mensual que edita 50.000 ejemplares y se regala en las librerías, siga existiendo. .
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En su último número, las páginas monográficas están dedicadas a Ana María Matute (¡magnífica la foto de la cubierta!), una de las grandes narradoras españolas vivas, a quien le debemos libros tan significativos como Los niños tontos, un verdadero clásico del microrrelato, el volumen de cuentos Algunos muchachos, y las novelas La torre vigía y Olvidado rey Gudú, por sólo citar alguno de los libros que prefiero de la autora. En esta ocasión, entre otros, se ocupan de su obra María del Pilar Palomo, Carme Riera o Santos Sanz Villanueva. Sin embargo, la entrevista de Ángeles Caso sabe a poco. Del resto de la entrega, destacaría la conversación que Guillermo Busutil mantiene con Juan Gelman, último Premio Cervantes, las reseñas de Luis Antonio de Villena, Fernando Iwasaki, Luis Alberto de Cuenca, Justo Navarro (valedor de best sellers) y Luis Mateo Díez (es todo un lujo tenerlo como crítico), sin olvidar el artículo de Francisco Rico sobre La lozana andaluza, a quien no le cuesta nada convertirse en publicista cuando sirve a sus propios intereses.
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Los que alguna vez hemos cometido la osadía de ponernos a hacer una revista, sabemos cuánto cuesta que salga con dignidad. ¡Felicidades a todos aquellos que la han hecho posible, desde su fundación, y a Guillermo Busutil, su actual director!
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