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Monólogo.
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La luz, en mi casa.
Literatura y más...
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Monólogo
La luz, en mi casa
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A veces, los políticos, o quienes los asesoran (en este caso, el poeta Gabriel Planella), tienen ideas curiosas y originales como ésta, que pretende acercar la poesía al ciudadano mientras se traslada en el metro. Así, han convertido en microtebeos diversos poemas, entre ellos, de José Corredor-Matheos, último Premio de Literatura en castellano Ciudad de Barcelona, por su libro Un pez va por el jardín (Tusquets, 2007); Cristina Peri Rossi, escritora uruguaya afincada en Barcelona, procedente de su libro Estrategias del deseo (Lumen, 2004); y de los poetas catalanes Anna Aguilar-Amat, Trànsit entre dos vols (Proa, 2001); Manuel Forcano, Corint (Proa, 2000); y Enric Cassases, Que dormin? (Edicions 62, 2002).
La campaña ha costado 270.000 euros y los microtebeos viajarán pegados en las ventanillas de unas cuantas líneas de metro, entre el 14 y el 21 de mayo. No creo que de esta singular iniciativa surja un nuevo género graficoliterario, pero ojalá me equivoque... Me conformaría, al menos, con que se repitiera en los próximos años, aunque no acabo de entender por qué el coste de la campaña resulta tan elevado. A ver qué os parece el resultado, obra del dibujante Juanjo Sáez.
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* Edward Poynter, "Estudio para retrato", 1882.








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Si alguien afirmara que los libros por el mero hecho de venderse masivamente carecen de entidad literaria, me parecería un auténtico disparate. La literatura se calibra por otros procedimientos. Otra cosa es que pensemos que determinados autores han cedido en sus exigencias para llegar a un público lector más numeroso. En las últimas décadas, grandes novelas se han vendido generosamente, dentro y fuera de España, como Corazón tan blanco de Javier Marías, por no recurrir una vez más a Cien años de soledad. ¿Por qué las novelas de Rafael Chirbes se venden mucho mejor en Alemania que en España? Y el hecho de que Soldados de Salamina, de Javier Cercas, se vendiera muchísimo, frente a las previsiones más optimistas del autor, los editores y los que acudimos a la presentación de la novela, no la convierte ni en mejor ni en peor. En fin, todo esto son obviedades que da vergüenza repetir.
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Quizá más sorprendente aún si cabe haya sido el éxito de Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez. Pero siempre me ha quedado la duda de por qué este libro se ha vendido tanto, ha superado los ¡cien mil ejemplares!, un auténtico record para un libro de cuentos. Lo que desmiente otro tópico, que el cuento no se vende. En cambio, no ha ocurrido lo mismo con los libros de Juan Eduardo Zúñiga, con los que tantas semejanzas comparte, en temática, ambición y calidad.
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Sabemos que lo de las ventas no es una ciencia exacta, no se olviden que La sombra del viento ni siquiera ganó el Premio Fernando Lara, al que había concurrido. O lo que es lo mismo, los expertos de Planeta no consiguieron detectar el valor comercial de esta vendidísima novela, sobre cuyo interés les llamó la atención, con insistencia, Terenci Moix, quien formaba parte del jurado. .

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Sí se ha afirmado, en cambio, la existencia de libros que se venden mucho, pero que por su simplismo, por cuanto tienen de productos prefabricados, así como por la inconsistencia de la historia y de sus personajes, poco o nada tienen que ver con lo que algunos seguimos entendiendo por literatura. En suma, por ser demasiado previsibles, por su lenguaje pobre y funcional y por su escasa complejidad. Y en ese saco entrarían, acepto que en diversos grados, Carlos Ruiz Zafón, Javier Sierra, Ildefonso Falcones, Julia Navarro, etc.
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Lo evidente es que muchas publicaciones, periódicos y revistas (más o menos literarias), apoyan estos libros de los grandes grupos editoriales porque, de no hacerlo, se les racanearía la publicidad. En realidad, se trata de una estafa a sus lectores. Esto es algo sabido, pero callamos y nos preguntamos por qué las secciones de cultura de los periódicos sólo se ocupan de los libros de las grandes editoriales. Y así sigue girando la rueda de la farsa, a trompicones, como si del carnaval se tratara, quitándonos y poniéndonos las caretas, fingiendo todos -unos más y otros menos- que eso es lo normal, cuando también sabemos que no debería serlo... Mientras tanto, los escritores nos cuentan que se han presentado a tal premio para ganar lectores; el mismo argumento, en suma, que utilizaban las folklóricas cuando nos confesaban que se debían a su público. Pero a qué público, me pregunto, ¿se refieren, acaso, al público lector? Vaya, no lo creo.
* Joan Brossa, "El intelectual".
* Con esta entrada empiezo una serie que llevará el título general y la etiqueta de Grandes éxitos.


Dicen las crónicas que, tras presentar una novela de José María Pérez Zúñiga en la Feria del Libro de Sevilla, murió de un infarto el periodista de Canal Sur televisión y crítico literario José María Bernáldez.
El director, dramaturgo y actor Xavier Albertí, ha creado un paródico espectáculo de cabaret inspirado en aquel libro, pero valiéndose también de otros de autor, con excelentes resultados, debido al singular tratamiento que le da a cada uno de los números. Los cinco intérpretes, acompañados al piano por Albertí, que hace también de relator, están espléndidos, barajando humor, ironía y una cierta distancia crítica, por lo que cuesta trabajo destacar a ninguno de ellos. Me inclino, sin embargo, por la siempre maravillosa Lina Lambert, con su interpretación en árabe del pasadoble "¡Que viva España!", y por Xavier Pujolràs (por su trabajo en este espectáculo se le ha concedido el Premio Butaca al mejor actor de comedia musical), interpretando "Mi jaca", transformado en una folklórica enana, y haciendo de Raphael y de Michael Pffeifer sobre el piano. Pero, sobre todo, es una pieza coral, en la que el juego del relato, de la interpretación atípica de numerosas y muy conocidas canciones ("Rascayú", "La vaca lechera", "Mi casita de papel"), de la búsqueda de la complicidad y de la participación del público, es donde funciona este magnífico espectáculo, lo más parecido al cabaret literario que he visto en nuestro país en mucho tiempo. De la crítica no se libra apenas nadie, desde Aznar hasta la Banca Catalana, del señor Pujol, que Dios tenga en su gloria. Por aquí desfilan las sombras musicales de Concha Piquer, Raphael, Alaska, Joaquín Sabina ("Yo quiero ser una chica Almodóvar"), o el celebérrimo cantable de la zarzuela El niño judío, "De España vengo".

Lo que aquí se pone de manifiesto es cómo el poder se apropió de la música popular, de los sentimientos que propagaba, para crear una determinada moral, aquí completamente desactivada. Pero a estas alturas, se trata -ante todo- de entretener y emocionar al espectador, por encima de todo, sin olvidar aquella frase de Antonio Machado rememorada por Vázquez Montalbán, de que "todas las emociones están educadas". Sí, casi todas, y más en estos tiempos tan inocentes y tonrorrones que nos ha tocado vivir. El mayor elogio que podemos dedicarle a este espectáculo, estrenado en el 2006, es afirmar que nos supo a poco, por ello quizá se palpaba en el ambiente que los espectadores estaban disfrutando de lo lindo, hasta el punto de que me atrevo a afirmar que si hubiera podido verlo, le hubiera arrancado más de una sonrisa al poco expresivo pero entreñable Manolo.

El hombre de la flor en la boca es una obra para dos personajes, dos hombres que se encuentran por azar en un "mísero café nocturno" cercano a la estación de tren, un poco después de la medianoche. Mientras el hombre joven, llamado en la obra El parroquiano pacífico, acaba de perder el tren y tiene que soportar el fastidio de esperar el siguiente cargado de paquetes para reunirse con su familia en el lugar de veraneo; el otro, El hombre de la flor en la boca, se halla en una situación de angustia extrema, de ahí que se dirija al joven que toma un refresco de menta para contarle sus cuitas. Dice la acotación inicial que, hacia el final de la pieza, asomará dos veces la cabeza de "una sombra de mujer vestida de negro, con un viejo sombrero de plumas lloronas". Pero ¿quién es esa negra sombra? La solícita mujer del enfermo que lo vigila, pues nos lo confiesa el protagonista, pero también, en cierta forma, la muerte que lo acecha. Lo que en realidad se cuenta son los pesares de un hombre deshauciado por el cáncer, representado por un florón en el paladar, un epitelioma. "La muerte, ¿comprende?, ha pasado (le comenta a su interlocutor). Me ha puesto esta flor en la boca".



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