domingo, 20 de marzo de 2011

De Rodríguez a Aldecoa

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Josefina Rodríguez firmó su primer libro, los cuentos de A ninguna parte (1961), con su nombre de soltera. Pero cuando en 1977 prologa y edita en Cátedra la antología de narraciones de su marido, Ignacio Aldecoa, con el título de cuentos, firma como Josefina Rodríguez de Aldecoa. En 1984 aparece su primera novela en Seix Barral, titulada La enredadera, a la que seguirán Porque éramos jóvenes (Seix Barral, 1986), El vergel (Seix Barral, 1988), Historia de una maestra (Anagrama, 1990) y La fuerza del destino (Anagrama, 1997), todas ellas firmadas por Josefina R. Aldecoa. Sólo cuando en el 2004 empiece a publicar sus libros en Alfaguara, sus memorias tituladas En la distancia, aparecerá con el que sea su cuarto y definitivo nom de plume: Josefina Aldecoa. Y con este mismo nombre firma, de hecho, en el 2004 la reedición en Menoscuarto de A ninguna parte. Parece ser que, en alguna ocasión, Carmen Martín Gaite le reprochó que prescindiera de su apellido para adoptar el de su marido. Y en 1994, en un congreso titulado Mujer y creación literaria, de la Fundación Luis Goytisolo, celebrado en El Puerto de Santa María, en el que yo estaba presente como miembro de la organización, una de las participantes en el coloquio que siguió a la intervención de Josefina Aldecoa, se lo reprochó de manera demasiado airada. Ella, con mucha calma, le contó que siempre había sido una mujer independiente, que había trabajado y se había ganado la vida desde muy joven, y que en todo caso ella había sido quien había mantenido económicamente a su marido, pero que cuando este murió en 1969, puesto que siempre los habían llamado los Aldecoa, costumbre habitual en España, empezó a pensar en añadir el apellido del marido al suyo, como un recuerdo y homenaje al amor que había sentido por él y por lo felices que habían sido. Recuerdo que la sala del Hotel Monasterio San Miguel, llena de gente, en ella habría más de doscientes personas, siguió la explicación en absoluto silencio, y cuando acabó la mayoría de los asistentes estallaron en aplausos que se mantuvieron unos cuantos minutos. A la pobre señora que había formulado la pregunta en términos tan poco adecuados se la tragó la tierra y no se tiene noticias de que haya vuelto a la superficie.
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Unos cuantos años después, en el 2004, Fernando Conde, en una entrevista para la revista Los libros en Castilla y León (13, IX/2004), le preguntaba: "¿qué hay más en Josefina, de Rodríguez o de Aldecoa? Y ella le contestó: "Yo creo que en Josefina, en mi persona, hay de Rodríguez toda una infancia; y de Aldecoa hay el cincuenta por ciento restante". Pero lo curioso es que debe de ser, dentro de la historia de la literatura universal, la escritora que más veces haya cambiado de nombre, sin utilizar nunca un seudónimo. El caso es que sólo mantuvo siempre su nombre de pila, mientras que el apellido paterno fue cediendo su lugar, poco a poco, al del marido, como identificación familiar y marca literaria de indiscutible prestigio.
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5 comentarios:

Clarissa dijo...

A médida en que la escritora iba diluyendo su personalidad en la de su marido, lo cual se reflejaba en los cambios que introducía en su nombre, se disminuía la calidad de su producción literaria. Al llegar a “Aldecoa”, perdió toda originalidad su obra. Es triste saber que una mujer que inclusive mantenía económicamente a su marido no logró verse como un ser humano completo. Como resultado, la calidad de su obra sufrió mucho.

-Dra. Olga Bezhanova.

Fernando Valls dijo...

Olga, no acabo de ver la relación de una cosa con la otra, la verdad. Y no sé de dónde sacas eso de que diluyó su personalidad en la de su marido. He conocido pocas mujeres, y hombres, con tanta personalidad como la que tenía Josefina. Eso sí, nunca vi que hiciera ostentación de ella. Saludos

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

Buena y curiosa entrada, Fernando. La evolución desde el Rodríguez hasta el Aldecoa tiene algo de simbólico y podría tomarse como un impecable ejemplo de fidelidad, ahora que en horas tan bajas anda este valor.

Siento discrepar con Olga. Si bien es verdad que la trilogía sobre el pasado, la de Anagrama, la que iba firmada como Josefina R. Aldecoa, es lo mejor de su producción, o al menos así me lo parece a mí, el resto de su obra, la publicada en Alfaguara bajo el nombre de Josefina Aldecoa no desciende tanto en cuanto a calidad se refiere.

Un abrazo, Javier.

Sinsellos dijo...

Me ha gustado mucho leer esta entrada tuya, Fernando (siempre ofreces una óptica novedosa, al menos para mí, de los asuntos que tratas).

Entiendo que el utilizar una firma u otra es más una cuestión práctica, como ocurre en tantos autores, lo cual no quita que tenga sus significados propios (como en este caso expresó perfectamente la escritora), y dudo que esto haya afectado a su personalidad, que ha dejado una profunda huella en su brillante trabajo cotidiano, hasta el fin de sus días.

carmen peire dijo...

De acuerdo con Fernando, siendo mujer. Las perspectivas cambian, lo sé, ahora es extraño que en este país una mujer renuncie a su apellido, no así en otros, que es lo más corriente. A mí no me gustaría renunciar a mi apellido por imposición, pero menos me gustaría renunciar a mi vida autónoma, mi trabajo y mi quehacer literario.
Agradezco la entrada, un punto de vista nuevo para recordar a una escritora de la generación de los 50.