martes, 2 de septiembre de 2008

El microrrelato como filandón

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En el prólogo de Sabino Ordás a Palabras en la nieve (Un filandón) (Rey Lear, Madrid, 2007), se dice que la palabra filandón es un término dialectal leonés con el que se “designa las reuniones nocturnas en que las mujeres hilaban, mientras los asistentes contaban historias”. Pero, a pesar del título, el libro es una antología de microrrelatos de tres de sus más afortunados cultivadores, como son Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio y José María Merino.
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El origen de esta recopilación, una excelente idea editorial, se halla en las intervenciones de sus autores, saldadas con muchísimo éxito en diversos festivales Hay-on-Wye desde que en el 2007 actuaran en Segovia, en aquella ocasión se les sumó Antonio Pereira, y luego en Cartagena de Indias, Londres, etc., donde leyeron estas piezas que ahora se nos dan por escrito, hasta un total de 45, quince por cada uno de los autores, me parece que todas ellas procedentes de libros ya publicados.
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En honor a la precisión, lo único que este conjunto conserva de los viejos filandones es la idea de reunirse para contar historias en un ámbito privado, ante unos oyentes que desean oírlas. Ahora, en cambio, se leen en un teatro, o en un local similar, ante un público mucho más amplio que el que solía reunirse en las viejas cocinas de aquellos pueblos del noroeste de España. Por tanto, estas narraciones son estrictamente literarias, y en ellas encontramos sólo ecos lejanos de los relatos orales. Bien es cierto que tanto la narrativa de estos autores, sobre todo la de Merino y Luis Mateo Díez, mantienen un poso que proviene de aquellos filandones y calechos, como ellos mismos han explicado y la crítica ha estudiado con detenimiento. Los tres, por otra parte, han publicado libros de microrrelatos, desde Los males menores (1993), de Luis Mateo Díez, un clásico ya del género, a La mitad del diablo (2006), de Juan Pedro Aparicio, sin olvidar La glorieta de los fugitivos (2007), de José María Merino.
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Estamos, pues, insisto, ante una antología de microrrelatos, aun cuando haya superado con éxito -tampoco debe olvidarse- la prueba de la lectura en público. De las piezas de Juan Pedro Aparicio, son excelentes “Cielo”, “Mi nombre es ninguno”, “Carta sin respuesta”, “La coyuntura” y “El chachachá del tren”. Sólo voy a comentar uno, el titulado“Carta sin respuesta”, un microrrelato quijotesco en el que Sofía, una chica a la que nunca habían escrito una carta de amor, decide inventarse un enamorado, Roberto Sastre, quien le escribe casi cada semana. Hasta que un día deja de hacerlo, y la mujer, ofendidísima en su papel de enamorada tradicional, decide también no escribirle más, para no rebajarse... Así, Sofía no sólo regresa a la misma situación de soledad del principio, sino que en su desdoblamiento radical, con la consiguiente confusión entre realidad y ficción, ha conseguido volver real su fantasía, pues qué duda cabe de que ella es una víctima de Roberto, de acuerdo con su asumido papel de mujer tradicional.

De Luis Mateo Díez, figuran en la antología casi todas sus mejores piezas, desde “El tilo” (véase el comentario del pasado 11 de agosto en el enlace), y “El chopo”, a los ya clásicos del género, como “El sicario”, “Amores”, “En el mar”, “El sueño”, “La carta”, “Amantes” y “El pozo”, de los que me ocupaba en el prólogo a Los males menores.
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Por fin, de José María Merino, destacaría “La memoria confusa”, “Ecosistema”, “Un regreso”, “Viajero aparente”, “Mosca”, “Agujero negro” y “Cuento de Navidad”. En “Un regreso” se ocupa de la imposibilidad metafórica de volver, una vez el tiempo ya ha transcurrido. En esta ocasión, un viajero vuelve a su ciudad natal, veinte años después, y observa con sorpresa que los monumentos antiguos que la habían hecho famosa han desaparecido. En el almuerzo de bienvenida que le dan sus amigos, les pregunta qué ha pasado, pero todos guardan silencio, nadie le responde y lo observan extrañados, como si no comprendieran que el viajero pudiera desconocer los hechos, y esa información que ya no comparten lo distanciara de sus viejos amigos.
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Palabras en la nieve, en suma, constituye una excelente muestra formada por piezas de gran interés, ideal para quienes deseen iniciarse en la obra de tres autores que son importantes narradores; dos de ellos, Juan Pedro Aparicio y José María Merino, con una obra como microrrelatistas en plena producción y desarrollo.
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4 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Como siempre, muy jugoso comentario. Tomo nota de este libro, que no conocía. Gracias.

Isabel dijo...

Lo anoto en mi lista de libros pendientes.
Gracias por la reseña y permíteme que muestre una de las soledades mejor expresadas que encontré un día en este microrrelato de Pedro de Miguel.

SOLEDAD

Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando.

No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad.

Fernando Valls dijo...

Isabel, muy buen microrrelato. En una próxima entrada le dedicaré un recuerdo a Pedro de Miguel que falleció joven, en el 2007.

Elèna Casero dijo...

Los tres grandes maestros del relato y microrrelato, de los tres se puede aprender y disfrutar con su lectura.

Gracias por traerlos.