jueves, 11 de septiembre de 2008

Isaac Montero en el recuerdo

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Ayer murió, a los 71 años, Isaac Montero (Madrid, 1936). Mucho me temo que ha terminado siendo otro de esos narradores víctima de la época que le tocó vivir, la dura postguerra, debido a la férrea censura que haría trizas, en parte, una trayectoria literaria sin lograr nunca despegar del todo, conectar con un público que fuera lo suficientemente amplio, a pesar de que en su haber constaran novelas de mérito, como la tetralogía Documentos secretos (1971-1978), Pájaro en una tormenta (1984) o Ladrón de lunas (1998), con la que obtuvo el Premio de la Crítica, por sólo citar aquellas de las que conservo mejor recuerdo.
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Isaac Montero se licenció en Derecho y en Filosofía y Letras, fue redactor-jefe de la ya mítica revista Acento cultural, formó parte de la redacción del diario Pueblo y luego entró a trabajar en una empresa de publicidad, Hijos de Valeriano Pérez, junto a sus amigos Daniel Sueiro y Basilio Martín Patino. Fue el único que obtuvo el Premio Sésamo en sus dos modalidades literarias: la de cuento, por "El teléfono", en 1957; y la de novela corta, por Una cuestión privada, en 1964. Asimismo, trabajó en la televisión como guionista y dirigiendo programas culturales, literarios. Pero, quizá sería útil centrar su trayectoria en tres momentos que me parecen significativos para entenderla, sin olvidar su militancia comunista ni su desencanto durante la transición, acercándose al PSOE, para luego alejarse definitivamente, si bien mostrando siempre una actitud muy crítica con el poder y con los rumbos que tomaba la sociedad española. El primero de esos momentos, decía, sería cuando la censura destroza su novela Alrededor de un día de abril (1966), frenando las ambiciones de una narrativa que se presentía ambiciosa, en su apuesta por la evolución del realismo social. El segundo, la polémica que mantuvo en 1970 con Juan Benet, en la revista Cuadernos para el Diálogo, de la que salió mal parado y con su prestigio más bien mermado. Y, por último, la obtención del Premio de la Crítica con una de sus últimas novelas, quizá la más lograda. Su siempre ambiciosa narrativa obtuvo el apoyo de la crítica más selecta, aunque por lo visto le faltó pedigrí para que los responsables de los medios de comunicación le prestaran mayor atención. A los que nunca leen, pero deciden y opinan, y aquí podríamos poner nombres de periodistas culturales y editores, les debió resultar entonces un narrador poco pragmático, excesivamente rancio, demasiado agrio y sarcástico, de los pocos que no hacen concesiones.

Tuve la fortuna de tratarlo y nunca me produjo esa imprensión. Antes de conocerlo en persona, incluso de haberlo leído, Isaac Montero era para mí uno de aquellos señores que, en los setenta, aparecían en el programa de libros de televisión española, Encuentro con las letras, del que tan buen recuerdo conservo. Después, aprecié en él el gusto por la conversación, con preferencia sobre política o literatura, si es que ambas cosas podían separarse, que para él no, atento y respetuoso con los juicios ajenos, aunque siempre dispuesto a defender sus opiniones. Intento retenerlo ahora en la memoria, junto a su esposa, la traductora Esther Benítez, conocida por sus amigos como Tereto, en la veranda de la playa de Aguadulce (Almería), en animada charla, durante los descansos de un curso de verano sobre la narrativa española durante la transición, que dirigía Santos Sanz Villanueva, el crítico que quizá mejor lo entendiera y que más empeño puso en defender su obra. Me vienen también a la memoria las largas conversaciones telefónicas con Esther, siempre sobre asuntos relacionados con la traducción, cuando yo llevaba la revista Cuadernos de traducción e interpretación, en las que Isaac solía meter cuchara de vez en cuando, apuntándole que me dijera esto o aquello, al hilo de la conversación.

En los últimos años lo traté menos, pero siempre recibía puntualmente sus novelas, con cariñosas dedicatorias. Y, sobre todo, me alegraba que hubiera encontrado un editor que lo apoyara, como era Mario Muchnik, al tiempo que me complacía en especial que no hubiera bajado la guardia; que sus novelas fueran ambiciosas, complejas, verbalmente ricas, con algo de quevedescas, aun cuando no siempre representaran las que a mí me hubiera gustado leer. El caso es que Isaac Montero quizá fuera uno de esos últimos escritores que seguía creyendo que su literatura debía erigirse como conciencia crítica de la realidad. Descansa en paz, estimado amigo.

P.S. La agencia Europa Press acompaña la noticia de la muerte de Isaac Montero con una foto de José María Guelbenzu. En fin.
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5 comentarios:

Paseante dijo...

Mi único punto de contacto con esa amplia y emotiva reseña de Isaac Montero es el programa “Encuentro con las letras”, del que no era asiduo pero que solía ver con cierta frecuencia, en mi televisor en blanco y negro. Francamente, mi recuerdo de aquel programa se centra en la seductora figura de un joven y brillante Fernando Sánchez Dragó, cuya elocuencia no podía pasar desapercibida. Pero también comparto tu admiración por aquel oasis de cultura, en el que se hablaba en voz baja y de manera inteligente. Por desgracia, ese tipo de programas parece irrecuperable. Espero que la memoria de Isaac Montero permanezca viva en su obra.

Fernando Valls dijo...

Pues, sí, Paseante, aquel Sánchez Dragó parecía tener algo interesante que contarnos, en blanco y negro, y no negro sobre blanco, pero el paso del tiempo acabó convirtiéndolo -siento tener que ser cruel- en un fantoche.
Lo curioso es que partiendo del mismo lugar, del PCE, él e Isaac Montero, como escritores y persones, llegaron a extremos opuestos.

Camisas dijo...

hola!!

acabo de descubrir tu bloy y me ha gustado... nos vemos.

Paseante dijo...

Los extremos opuestos, partiendo de un mismo origen, son una fuente de inspiración cinematográfica. Tu comentario me recuerda la película “Herencia del viento”, de Stanley Kramer, donde Spencer Tracy se enfrenta a su antiguo amigo, Fredric March, en un combate dialéctico sobre la enseñanza de las teorías de la evolución. Imaginar a Sánchez Dragó haciendo el papel de Fredric March es inevitable.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Hermosa y justa necrológica. En esa foto equivocada que mencionas se retrata, si no el autor, sí la atmósfera de descuidada indiferencia que propician quienes "nunca leen, pero deciden y opinan".