viernes, 27 de abril de 2012

Sobre los relatos de José Gutiérrez-Llama

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COMO IMAGEN DE CALEIDOSCOPIO, por Emilia Oliva
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El título, Mínimos desvíos, que recoge la recopilación de relatos de José Gutiérrez-Llama (Ediciones ENdORA, 2012), funciona como clave de interpretación del libro, ya que lo que el autor nos propone, en cada uno de sus textos -generalmente breves-, es un pequeño desvío, una vuelta de tuerca, respecto a las expectativas que se hace el lector, bien en la trama del relato, bien en la concepción del personaje, bien en el tema, bien en el proverbio o sentencia que constituyen el punto de referencia del relato; ya que los relatos se construyen a partir de referentes precisos dados en la cita -literaria o filosófica- que anticipa el texto y se elaboran cogiendo un camino de través, un desvío mínimo, según indica el autor.
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Ya en el prólogo Gutiérrez-Llama nos muestra las cartas de la baraja, dos ideas germinales que sustentan los diferentes textos: la idea mitológica del caos como principio creador y el principio de incertidumbre de la física de partículas. El desvío que se nos propone es salir de la construcción de una historia que refleje lo que entendemos como realidad y, a través de la pirueta de alguno de sus componentes, nos lleve por un camino incierto. El resultado es la iluminación de zonas de sombra y la exploración de una realidad más vasta que aquella a la que estamos habituados. Así, en no pocos de los relatos, nos encontramos con un narrador que descubrimos al final mismo que habla incluso cuando ya está muerto. El autor llega a darse tal libertad que incluso viola en ocasiones el principio de verosimilitud sobre el que se sostiene toda historia (“En serio”)
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El hombre y la mujer, y sus conflictivas relaciones de pareja, constituyen un campo de exploración recurrente en la que ambos personajes suelen salir mal parados. Cinismo, humor negro e ironía se reparten la carga en estos relatos que podríamos denominar historias de pareja, encuentros resueltos en desencuentros, en una fugacidad de sentimientos marcada de cierta frivolidad (“Mentiras piadosas”) o contextualizados en crudos conflictos territoriales de nuestro tiempo (“Abrázame”, enmarcado en el conflicto Israel, Palestina y el azote terrorista de Hamás). La sangre nunca llega al río porque la dosis es la adecuada para asistir al conflicto allí enunciado como si lo viviéramos en el fondo de un espejo cóncavo o convexo, realidad distorsionada que nos conmueve o nos provoca la sonrisa, pero regresamos a lo real, tras la incursión ficticia, sin daño alguno. El autor vigila para que el lector quede a salvo, incluso cuando el sesgo que toma la historia, sin la envoltura de palabras que el autor mima, sea realmente atroz.
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Más que banalizar los conflictos expuestos, el autor convoca la ironía, el cinismo, el juego de palabras (“Un cuento de brujas”), el manejo desbordante de estereotipos (“Ridículos extremos”) o el azar que juega sus cartas como telón de fondo o constituye figura central del relato (“Líneas imaginarias”).  La base es una escritura juguetona y arriesgada que no cede incluso cuando bordea el sinsentido mismo (“Forajidos”, “Sueños premonitorios”). Gutiérrez-Llama parece concebir la escritura como una construcción sobre elementos fijos, como notas musicales que elaboran un tema, y sobre ese tema, el autor realiza una variación al infinito. La interpretación musical constituye el elemento central en el cuento “Sarolt” y es referente indispensable en múltiples de estas historias. Pero no es sólo eso, es de la construcción musical de dónde saca la horma para sus textos.
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En ocasiones, el final del relato más que dejarnos frente a un final abierto, nos deja en el peldaño de inicio de otro relato posible, y es que los relatos, como territorios de exploración de lo real, abren las puertas a infinitas incursiones, de las que el autor explora sólo un desvío. Sucede así en el “Huésped”, relato mínimo, que se cierra con una frase que constituye una obertura en toda regla en tanto en cuanto sólo podemos comprenderla encadenada  a la frase que inicia el relato. De modo que el juego narrativo parece proponer al lector un juego infinito de reescritura posible, juego de reflejos cambiante, variaciones sobre un tema, como en ciertas composiciones musicales.
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Si ciertos relatos bordean la reflexión, la sentencia y recogen la tradición milenaria del cuento moralista (“De cien”), otros emergen casi como aforismos  y entroncan con una obra anterior del autor, Calendario del arrabal y hojas del basurero (Libros En Red, 2005) tales como “En otras palabras” o “Variaciones y desvíos sobre un tema de amor”; que, en realidad, son una réplica en tono menor, cargada de ironía y acidez, a los aforismos filosóficos.
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Constituyen constantes rastreables en el libro, por un lado,  la cita de partida que abre el texto, y, por otro, la utilización de una escena cotidiana. La cita inicial viene a incidir en presentarnos el proceso de escritura como el resultado de una labor de reflexión consciente de trabajo sobre textos de otros autores, más allá de la vivencia personal o la propia biografía, a lo que el autor añade el juego del azar o de las permutaciones posibles. No obstante, el bagaje cultural del autor, sus conocimientos científicos, médicos, literarios, filosóficos impregnan todos y cada uno de los relatos, exigiendo a veces una relectura para no perdernos. Respecto a la utilización de una situación banal, cotidiana, como elemento aglutinador de la historia, breve, en la mayoría de los cuentos: la espera que precede a una cita (“Ridículos extremos”), la contemplación del rostro o la figura en un espejo (“Sin remedio”), una fiesta de viernes (“De cien”) sirve para amplificar el efecto de vuelta de tuerca sobre las expectativas que pudiera mantener el lector.
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Si, en ocasiones, el desvío reflexivo del texto nos exige gran atención, para dejarnos, al final, en campo descubierto y sin abrigo: ninguna de las hipótesis imaginadas por el lector a lo largo de la lectura anticipa el desenlace final del texto;  si, en otras ocasiones, el barroquismo de imágenes y metáforas nos obligan a una lectura pausada, reflexiva, poco acorde con la rapidez de interpretación que parece estar en el canon de los géneros de la brevedad, el resultado es de endiablado disfrute cuando enganchamos con la propuesta creativa del autor, que no es otra que la de un avezado ingenio para construir, de uno a otro cuento, un juego infinito de variaciones sobre temas recurrentes. El más persistente, el encuentro/desencuentro amoroso, cambiante, como imagen de caleidoscopio.
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 * José Gutiérrez-Llama (Ciudad de México, 1958) es ensayista y narrador. Licenciado en Estomatología y doctor en Humanidades con una tesis sobre El autor diletante. Cuenta con especialidades en múltiples disciplinas científicas y ha publicado artículos en prestigiosas revistas médicas nacionales e internacionales. Es autor de ensayos ¿Darwinismo social o utópico mal menor? (2007), El mito, una fantástica forma de aproximarse (2008), Antropoliogía y lenguaje (2008) Inquietudes filosóficas (2008) Lo que queremos contar (2009) La unidad psíquica y el SER simbólico (2010) La dictadura perfecta (2011) El poder, breve recorrido antropo-social-filosófico (2011) entre otros. Además, ha publicado un libro de afuerismos (aforismos de lo obvio) titulado El calendario del arrabal y Las hojas del basurero (2005). Es fundador y editor general de la revista En Sentido Figurado.
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* Tanto la foto del autor como la de la cubierta del libro son de Josep Vilaplana, quien lleva el blog La cua del diable.
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4 comentarios:

Pedro Herrero dijo...

Rigurosa crónica de Emilia, sobre un libro riguroso de un autor al que admiro, entre otras cosas, por su afán de perfeccionismo y por la introspección sistemática sobre los personajes, que aborda en todos sus relatos. Celebro verlo en la nave y, como en esa imagen tomada en el puerto de Barcelona el día en que nos conocimos, espero que siga fumando y gozando de la vida.

Anónimo dijo...

Gracias Emilia por esta crónica sobre un autor que no sólo escribe maravillosamente, sino que ha sabido construir un gran proyecto del que todos los que lo integramos somos incapaces de desintoxicarnos.
Besos a los dos
Puerto

Ana Alvea dijo...

Como siempre, Emilia, una mirada muy lúcida la tuya. Mis felicitaciones a los dos. Un abrazo

Anónimo dijo...

¡Vaya sorpresa, Emilia! Sí, de alguna forma y luego de estos años me has acostumbrado (con todos los éxitos y proyectos que emprendes) a que nada, o casi nada me sorprenda de ti, y mírame ahora, aquí con la boca abierta, estupefacto y taquicárdico, leyendo la reseña que ha hecho de mi libro. Generosa, siempre, con esa extraña generosidad que nubla la lucidez y la decanta hacia donde señala el cariño.
¡Qué te digo! si no GRACIAS por apreciar en mi (en mis textos, pues) lo que ni yo mismo sospecho.

Y bueno, el ecuentro de otro personaje de toda mi estima, Pere, al que recuerdo aún ese día en Barcelona y su abrazo de desepedida en una estación del metro.

Ambos, Emilia y Pedro, parte fundamental en mi escritura y aunque los exhimo de toda mi torpeza, les aseguro que me encanta sentirme su discípulo.

Casi al final, la sonrisa, como siempre llena de cariño, cálida como el verano en las rodillas. Puerto, preciosa, siempre es encantador saberte cerca.

Y ahora sí, al final, simplemente sentirme honrado por mis amigos y esta vez, además, de aparecer en una casa (así le llamo a los WEB, blogs, etc.) de gran alcurnia.

Muchos besos y gracias a todos.

Pepe (el susodicho de los desvíos)