lunes, 30 de noviembre de 2009

Sánchez Ferlosio: premiado con marcha atrás

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Se acaba noviembre y parece que no hemos tenido un sólo día sin un premio literario; ni autor que, por joven que sea, no atesore en su zurrón unos cuantos reconocimientos. Desde luego, Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) se merece todos los premios que le den, e incluso alguno más, aunque sólo sea por lo poco que ha cabildeado a lo largo de su existencia. En la importancia de su obra narrativa y ensayística parece innecesario volver a insistir. Ahora, todos lo saben, acaba de obtener el Premio Nacional de las Letras Españolas, que concede el Ministerio de Cultura, dotado con 40.000 euros. El jurado estaba compuesto por José Manuel Blecua, Andrés Fernández-Albalat, Andrés Urrutia, Marta Pessarrodona, José J. Gómez Asencio, Juan Mollá, Santos Alonso, Lucía Martínez Odriozola, Esther Tusquets y Ana María Matute, como autora galardonada en el 2007. La presencia de varios de ellos resulta difícilmente justificable, pero esto ya no es noticia... Sin dudar de los merecimientos del autor, como decía, uno no puede dejar de preguntarse si tiene algún sentido concederle este premio a quien ya obtuvo el Cervantes, algo que ya había ocurrido con Antonio Buero Vallejo.
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¿No existen, acaso, otros escritores que se merezcan también este premio y que nunca han obtenido un reconocimiento por el conjunto de su obra? Por no sólo citar a autores que tienen más de 75 años, por tanto con una obra ya hecha, recuerdo ahora a Juan Eduardo Zúñiga, Carlos Edmundo de Ory, Cristóbal Serra, Ramiro Pinilla, Francisco Nieva, Javier Tomeo, José Luis Sampedro, Jorge Semprún, Luciano G. Egido, Pablo García Baena, María Victoria Atencia y Julia Uceda. ¿Por qué no a X.L. Méndez Ferrin y a Alfonso Sastre, corriendo el riesgo de que lo rechazarán? O a Medardo Fraile, que tanto predicamento tiene entre algunos jóvenes escritores de cuentos españoles.
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Rafael Sánchez Ferlosio acaba de publicar un nuevo libro, Guapo y sus isótopos (Destino), un título poco afortunado pero con el que conseguirá que algunos sepamos para siempre lo que es un isótopo. Pero me imagino que, al premiarlo, el jurado habrá pensado más en novelas como Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951), que ha reeditado Destino con fotos de la época, El Jarama (1956), con la que obtuvo el Premio Nadal y el Premio de la Crítica, o en algunos de sus extraordinarios cuentos. Menos interés tiene, en mi modesta opinión, El testimonio de Yarfoz (1986), y los diversos libros ensayísticos, aunque son excelentes sus artículos más breves y sus reflexiones y aforismos, a los que ha denominado pecios, recogidos en Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, libro con el obtuvo el Premio Nacional de Ensayo.

P.S. Para los interesados en la narrativa brevísima: ¿el texto de Sánchez Ferlosio que doy a continuación puede leerse como un microrrelato?
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(Biografía) Al prenderse mediante un imperdible la carta para el juez ya se estaba tratando como muerto, como si le dijese anticipadamente a su propio cadáver: “Te la voy a prender en la solapa, porque te vas a quedar solo y se te va a caer”. Treinta años antes había aparecido en el torno del hospicio con otra carta prendida de igual modo por la mano de una madre ignota.
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* Las caricaturas de Ferlosio, joven y maduro, son del generoso LPO.
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domingo, 29 de noviembre de 2009

Para José Viñals, 2

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"Futaleufu", por Yolanda Soler Onís
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Allí donde el agua entre las cenizas
y los alerzales cautivos,
en el origen mismo
de las palabras que forman los rios,
-ruffff rufff kürüf-
el viento y su sonido
sin que la lengua importe.
Allí donde es principio
............y fin de la memoria
el balbuceo.
Sucede donde las horas caen despacio
y al caminar los insectos dibujan
la lluvia,
donde los tragos conversados
pero también en la frontera
donde todo se apura
.....................“así no más”.
Hay viajes de los que jamás se vuelve.
Es otro siempre el que regresa.
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(Manchester, noviembre, 2009)
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* Yolanda Soler Onís es poeta y narradora. Ha sido profesora de la UIMP y dirigido los institutos Cervantes de Manchester, Leeds y Dublín. La niña del violín es Celia Viñals Soler.
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José Viñals (1930-2009), 1

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Acabo de leer en las bitácoras de Álvaro Valverde y Miguel Ángel Lama que ha muerto el poeta argentino José Viñals (Corralito, Córdoba, Argentina, 1930). Apenas añadiré nada a lo que ellos explican mejor de lo que yo pudiera hacerlo. Pero sí me gustaría recordar que llegué a su obra por el cariño y la devoción que le profesaba Andrés Neuman, quien lo consideraba su maestro. El último recuerdo que guardo al respecto, pero no él único, es que el año pasado, estando en Málaga, en un congreso sobre el microrrelato, Neuman abandonó la cena de prisa y corriendo, recién llegado de un viaje, porque tenía que visitar a su amigo, que ya se encontraba enfermo. Viñals era un lector voraz, un escritor de la estirpe de Baudelaire, Rimbaud, Lautremont y Michaux, a quienes solía citar como sus autores favoritos. Y entre los españoles actuales, decía preferir a Gamoneda, Diego Jesús Jiménez, Juan Carlos Mestre y Jorge Riechmann. Su salida de Argentina, primero por mótivos familiares y luego políticos, su definitiva instalación en España, en Málaga y Jaén, en el pueblo de Torredonjimeno, su modesto pasar y la dificultad para que su obra tuviera una cierta aceptación, valen como ejemplo de los difíciles avatares y las resistencias que encuentra un escritor en el exilio.
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José Viñals era poeta, ensayista, dramaturgo y narrador. En 1986 apareció en tres volúmenes su Poesía reunida, entre la que destaca su libro Entrevista con el pájaro (1968). Pero, además, el lector curioso que no conozca su obra puede leer Milagro a milagro (Hiperión, 2000), Padreoscuro (Montesinos, 1998) y He amado (2006). En noviembre del 2007, la revista Lunas rojas le dedicó su número 15, coordinado por Andrés Fisher y Benito del Pliego.
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"Caronte"
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La embarcación sombría desciende el río de la muerte. Son de labrada plata fría los remos, de madera tallada la proa decidida. De cadáver oscuro es el barquero, de ajado terciopelo el trono solitario.
Una música tersa abre sin ruido las esclusas. Negra es la noche. La corriente del río es de aceite de lámpara callada. El cielo es de pizarra.
Alguien muere a lo lejos. Luces de humildes candelabros enrojecen un ángulo del mundo. Alarmado de sombras, mira el faisán de ojo agudo y cuello estiradísimo. Con el pico cerrado, la garza no dormita. Emblemas de la noche, el faisán y la garza, la lechuza silente, el lobo de los lobos, el señor del aullido.
Aquél que muere carece de razones para vivir. Tiene pies escarchados, revuelta y mustia la ropa de su cama. Muérese de morir y de haber muerto, ya sin deberle a nadie una sonrisa.
Allí el barquero aguarda. Trepo a la barca, miro de soslayo, con un resto de vértigo en los ojos. ¿Dónde llevas mi cuerpo, guardamarina del vacío? Llevo el alma en un puño. Un polen ceniciento se escapa de mis huesos. Llevo el alma en un puño; lo repito en voz baja, en los tonos sombríos de la escala.
Pero no escuchas, barquero impenitente. Tienes el orificio de la oreja sellado de estearina. ¿Adónde llevas mi alma encerrada en un puño? ¿Hacia qué mar me llevas? El faisán y la garza y la lechuza y el lobo mismo, te ven pasar con estremecimientos. Son de labrada plata fría los remos.
El cielo de alquitrán nos engulle. No hay horizonte ni astros. El velo de la viuda tiene escamas sutiles de azabache. Allí el mar de los muertos, allí el inicio de las estribaciones. Allí la vieja trama del acridio, la plaga de langostas marrones. Aquí tú y yo sin dirigirnos la palabra, investidos de muerte, de muerte interminable convictos y confesos.
Sin embargo, reiremos con mueca fugitiva. La escasez de sentido. La gratuidad del acto de morir sin ser vistos, en el secreto de las soledades. Llevo el ceño fruncido. Llevo las telas del alma aletargadas. Llevo un paraíso claro de divisas de cielos funerales. Llevo hinchada la tripa, donde estuvo la tripa hundida y macilenta.
Eso, reír, por la tersura del fagote de la voz comprensiva, por la alarma del ave, por la garza picuda, por el lobo viejísimo de ademanes concretos. Reír por esta noche de aceite silencioso que lleva al mar, al mar, al mar de las fragancias de la vida. Así morir de muerte arrinconada, en el globo nocturno del amor aterido, del ser sin ti, vacío y sin consuelo.
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sábado, 28 de noviembre de 2009

LAURA NICASTRO

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"Tinieblas"
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No sé qué es lo que hay allá afuera, a la noche. A veces, mientras leo o simplemente estoy sentada con las manos cruzadas sobre la falda, mi alma zozobra. Entonces contengo la respiración para oír la otra respiración, igual a la mía.
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.....Siento que algo, del otro lado, me vigila. No me atrevo a levantar la vista. Nos acechamos.
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El silencio mineral todo lo magnifica; la sangre late en los tímpanos como un reloj antiguo. Un teléfono perfora habitaciones desiertas. Algunas veces quise aferrar el picaporte, pero el espanto me desanimó.
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.....Enseguida me doy cuenta de que esto está vacío. La oscuridad que me rodea ni siquiera permite contemplar la nada.
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Es inútil, sé que está poblada la oscuridad de afuera. No quiero abrir la puerta. Apenas espío la ranura del umbral por la que se filtran, insidiosas, las tinieblas. El silencio, de tan profundo, es sonoro. A duras penas puedo morder un grito.
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.....Es mucho más terrible: una nube oscura me quiere engolfar, un vértigo me atrae y quiero pasar del otro lado.
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No sé qué es lo que está ahí afuera, esperando para sorprenderme si, por un descuido, yo salgo.
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.....Una noche de estas, cuando la oscuridad y la espera se me hagan intolerables, abriré la puerta de un golpe y entraré a ese cuarto lleno de luz desde donde me llaman a cada hora.
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* Laura Nicastro nació en Buenos Aires (Argentina), estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y residió dos años en Alemania. Pertenece a la generación de escritores que comenzaron a publicar en los ochenta. Su obra incluye libros de cuentos -Los ladrones del fuego, Oyó que los pasos, Pueblos de Arena, Libro de los amores clandestinos y La Tigra, y novelas: Intangible (Premio Municipal Ricardo Rojas) y Jueves para siempre (Premio Alfredo Roggiano). Sus textos aparecieron en varias antologías y revistas locales y extrajeras. http://www.lauranicastro.blogspot.com/
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viernes, 27 de noviembre de 2009

Muñoz Molina en `Mercurio´

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La revista Mercurio, con una tirada de 50.000 ejemplares y una distribución gratuita en las librerías españolas, le ha dedicado el dossier de su último número a la nueva novela de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, que está recibiendo muy buenas críticas. Colaboran Pere Gimferrer y Antonio Garrido Moraga, junto a los especialistas en su obra Ángel G. Loureiro, Justo Serna, William Sherzer, Olga López y Santos Sanz Villanueva. El informe se redondea con la conversación que Guillermo Busutil y Ricardo Martín mantienen con el autor. El próximo número de la revista estará dedicado al relato. .....
Por
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jueves, 26 de noviembre de 2009

EUGENIO MANDRINI, y 2

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"Del amor y la muerte"
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Ella sabía que era un amor peligroso. Que en cualquier momento la fatalidad iría a suceder. Por algo ella tenía un cuello largo y tentador de cisne melancólico, y él esas manos de estrangulador, velludas y poderosas. Y cuando sucedió, y comenzó a sentirse asfixiada por esas manos, abrió la boca y de allí emergió una lengua de serpiente, desmesurada y zigzagueante, con la que empezó a lamerlo de tal forma y tanto y no es posible precisar cuánto, que a él no le quedó rincón sin ser pintado por una jugosa lluvia de tierna ferocidad y azucarada locura.
Ella misma me contó que desde esa vez no hubo mas sombra de tragedia entre ellos. Que libres como nunca trotan hoy por la pradera de la sábana. Y que lo ocurrido no tiene nada de fantástico. Solo se trata, dijo, de una de las tantas invenciones con que el amor engaña a la muerte y ésta, por amor a los juegos del amor, se deja engañar.
Le creo a ella.
Lo envidio a él.
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"De la oftalmología"
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Él era uno de esos predestinados que ven más allá. No desde el balcón de los dioses, sino desde aquí, desde este lugar común llamado Tierra.
Él, como ejemplo, veía el dolor (para ser más preciso: el temblor) del bosque cuando al amanecer los pájaros lo abandonan para entrar en el aire.
También, al encenderse la luz, él veía cómo las sombras se contorsionaban (en realidad, se resistían) en ese fugaz y fulminante instante antes de desaparecer.
Y si, por caso, en el horizonte aparecía una veladura, él, de una sola mirada, sabía si aquello era un remolino de niebla, la polvareda de una estampida, una invasión enemiga o un espejismo.
Hasta llegó a ver, cierta vez, frente al espejo, el lento trazado de un lápiz invisible, o dicho de otro modo, el nacimiento de una arruga.
Y sin embargo no vio llegar al dulce animal amargo del amor, y eso que éste animal, antes de dar el salto y atraparlo, lo miró hondo a los ojos.
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* El cuadro es de Antoni Tàpies. Los microrrelatos son inéditos.
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CFC, GHB y CM

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Con mucho retraso, quizá por la lejanía, acabo de enterarme que se han fallado los Premios Qwerty 2009 que concede el programa de libros de Barcelona Televisión. Cristina Fernández Cubas lo ha obtenido en el apartado de narrativa breve, por Todos los cuentos, y es el cuarto que consigue con este afortunado libro. Gonzalo Hidalgo Bayal en el de novela por El espíritu áspero, y Carlos Marzal en el apartado de poesía por Ánima mía, del que dimos aquí un anticipo. Tienen, además, tres cosas en común: son excelentes escritores, autores de Tusquets y apreciados amigos. Para ser casi perfectos, a estos premios sólo les falta veteranía y dotación económica.
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miércoles, 25 de noviembre de 2009

Manuel Alcantara, premio Nebrija

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La I Edición del Premio de las Letras Andaluzas que lleva el nombre de Elio Antonio de Nebrija ha recaído en el escritor Manuel Alcántara, de 81 años, quien ha destacado por su labor como poeta, pero sobre todo como columnista de prensa, en la Agencia Colpisa. Me gusta pensar, por tanto, que se está reconociendo también el cultivo de un género, el artículo literario, que tanta importantancia ha tenido en España, desde la revista El Censor, con Cañuelo a la cabeza, y Larra. No en vano, el escritor malagueño cuenta ya en su haber con casi todos los premios más prestigiosos del periodismo español, como el Luca de Tena, el Mariano de Cavia, el José María Pemán y el González Ruano. Me parece muy adecuado, como apuntan las bases, que no sólo pueda premiarse, "por el conjunto de su obra, de carácter excepcional", a un autor nacido en Andalucía, sino también a los que residen en ella; en cambio, no parece muy afortunado que se le exija "haberse hecho acreedor del reconocimiento de los escritores andaluces". Pues, cómo medir tal mérito. Estaría bien que, en las próximas ediciones, suprimieran esa innecesaria coletilla, ya que resulta una minusvaloración de sus méritos y, de paso, una catetería. Tampoco se han lucido mucho con la elección del nombre del premio, puesto que ya existe otro con esa misma denominación, que concede la Universidad de Salamanca, desde hace muchos años, a un hispanista de reconocido prestigio. Todas estas minucias no empañan la acertada decisión del jurado, que ha optado, en esta ocasión, por un autor que no es obvio, pero cuyos méritos literarios resultan indiscutibles. Acaba de aparecer, editado por la Universidad de Málaga, el libro El artículo literario: Manuel Alcántara, que recoge trabajos de numerosos autores, aunque siento no haberlo visto. No me resisto a concluir sin plantear una pregunta: ¿por que ninguno de los periódicos de mayor difisión, El País, El Mundo, ABC, La Vanguardia o El Periódico, recogen en sus páginas los artículos de Manuel Alcántara?
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martes, 24 de noviembre de 2009

ANA MARÍA SHUA en Berlín, 1


Esta tarde, a las 7´30, presento y converso con la escritora argentina Ana María Shua, en el Instituto Cervantes de Berlín, sobre su obra narrativa brevísima. Dejo, en dos entregas, unas muestras inéditas de los últimos microrrelatos que ha escrito......


"Las dos mitades"

Charles Tripp, el hombre sin brazos, se ganaba la vida como carpintero antes de entrar en el circo. Eli Bowen, el acróbata sin piernas, tenía dos pequeños pies de diferente tamaño que nacían de sus caderas y era considerado el más buen mozo de los artistas. En una de sus actuaciones conjuntas Bowen conducía una bicicleta mientras Tripp pedaleaba. Los espectadores aplaudían como tontos, sin darse cuenta de todo lo que podríamos hacer si tuviéramos esa otra mitad de la que nada sabemos, la mitad que nos falta, la otra parte de estos cuerpos inacabados que sólo por ignorancia o por falta de imaginación, suponemos completos.
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"Palomas, mago"
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El mago se saca palomas de la manga, las hace aparecer de la galera. Después de un corto revoloteo, las palomas se posan en el dedo del mago, que las traslada a su vez a una percha.
¿Por qué no se escapan volando? pregunta un niño. Porque les cortan las alas, explica el padre. Algunos magos les cortan las plumas de una sola de las alas y es suficiente para que no puedan volar. Otros, para evitar que el público se de cuenta, les cortan una pluma por medio de los dos lados. Durante la actuación, cuando la paloma abre sus alas, parecen completas, pero así mutiladas no le permiten sustentarse en el aire. También hay algunos pocos magos, muy hábiles, que logran adiestrarlas de modo que no escapen.
Cuando termina su número, mago y palomas se van a su carromato. Las palomas doblan al mago en cuatro y lo guardan en su caja.
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"Los freaks"
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Ningún fenómeno de circo es lo bastante interesante como para sostener la atención del público sin necesidad de representar algún número. La capacidad de concentración es breve en los seres humanos, se aburren rápidamente y no basta con exhibir un fenómeno (o un cuadro, o una escultura, o una instalación) para hacerla durar al menos unos cuantos minutos. Se necesita acción, movimiento, y un módico relato que los sostenga. Así, la artista inglesa Elizabeth Allen, además de mostrar sus cuernos naturales, bailaba y entonaba canciones picarescas sobre el escenario. Así los famosos Johnny y Robert Eckhart, hermanos gemelos (excepto que Johnny no tenía piernas) horrorizaban a los espectadores con el truco del mago y el serrucho. El más famoso de los hombres-gusano, el Príncipe Randian, enrollaba, encendía y fumaba su cigarro en público, y no era poca proeza. Yo misma me hamaco con violencia en las palabras y escucho al lector suspirar con alivio cuando evito por milímetros, en cada envión, ser arrojada fuera del límite de veinticinco líneas que los críticos han establecido para este género.
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* Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) ha cultivado el cuento, la novela y el microrrelato. Entre sus libros destancan La sueñera (1984), Casa de geishas (1992, reeditado por Thule), Botánica del caos (2000) y Temporada de fantasmas (2004), que han sido recogidos en Cazadores de letras (Páginas de Espuma, 2009), sus microrrelatos completos.

* La foto es de Silvio Fabrikant........

lunes, 23 de noviembre de 2009

EUGENIO MANDRINI, 1

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"La almohada"
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En mi almohada hay un tigre.
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Me lava la cabeza con su aliento de fósforo,
me cuenta la selva en el oído, el matorral
donde acechan las voces del terror o el susurro, el
arte del sigilo que apaga el gemir
de las hojas secas.
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En mi almohada hay un tigre.
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El resplandor donde los ciegos tambalean.
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La sangre de la luz que envidia el fuego.
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Si duerme –raras noches-
lo hace con la cola enroscada en mi cuello
como un látigo que espera.
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..........Si está alerta –tantas noches-
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..........me habla. Me dice: Escribe,
..........con el asombro del color que soy
..........con el hambre de las entrañas que soy
..........con el brillo de oscuridad de la mirada que soy.
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En mi almohada hay un tigre.
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Todo tigre es un poema feroz.
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* Eugenio Mandrini (Buenos Aires, 1936) es autor del volumen de microrrelatos Criaturas de los bosques de papel (1987). Ha escrito libros de poesía (Campo de apariciones y Parpadeos del ojo que sale de mí) y forma parte, como miembro titular, de la Academia Nacional del Tango. Este poema proviene del libro Conejos en la nieve, al que un jurado compuesto por Antonio Gamoneda, Juan Gelman, Gonzalo Rojas y Jorge Boccaneras le concedió en el 2008 el premio Olga Orozco.
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* P.S. El fotógrafo Christophe Macquet, cuyas fotos han aparecido en alguna ocasión en este blog, que vivió diez años en Camboya, y es especialista en la lengua del país, me comenta que la ilustración es un dibujo/tatuaje de protección propio del budismo tántrico mágico.
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domingo, 22 de noviembre de 2009

Los cuentos de Álvaro Fernández Suárez

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De los escritores que formaron parte del exilio republicano español uno de los menos conocidos quizá siga siendo Álvaro Fernández Suárez (1906-1990), a pesar de la calidad indiscutible de su única novela y de sus dos libros de cuentos. Hermano perro (La novela de los tiempos), se publicó en México en 1942, siendo reeditada por Edicios do Castro en el 2006, con un prólogo de Ignacio Soldevila Durante. Se trata, en suma, de una narración antimilitarista, contra las guerras.
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Respecto a sus cuentos, el primer libro, Se abre una puerta... (1953) se acaba de reeditar en KRK, de Oviedo, con un prólogo mío. Son fábulas existencialistas, el autor las tacha de "celestiales" e "infernales", atípicas tanto por lo que se refiere al cuento que se cultiva en España, como respecto a los que escribían los exiliados. En estas seis narraciones, se tratan algunos de los problemas filosóficos y políticos candentes tras la Segunda Guerra Mundial. El libro apareció en la mítica editorial Sur, de Victoria Ocampo, vinculada a la no menos prestigiosa revista del mismo nombre. Creo que Álvaro Fernández Suárez es un eslabón imprescindible para entender la trayectoria del cuento español a comienzos de la segunda mitad del siglo XX. Me parece que estos relatos no decepcionarán a ningún amante del género.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Fernando Aramburu, inventor del chestoberol

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Desde la memorable intervención de Alberto Blecua en la Academia de Buenas Letras de Barcelona, contestando al discurso de entrada de Pere Gimferrer, no me reía tanto en una conferencia, como en la que le oí en el Palacio de Münster, hace unas semanas, a Fernando Aramburu, en donde presentó su invento del chestoberol. Me recordó aquella película de Ernesto Giménez Caballero, Esencia de verbena, en la que aparecen Ramón Gómez de las Serna y Ortega y Gasset, hablando, dialogando con objetos, haciendo monerías... O aquel pasaje de Tiempo de silencio, en el que Luis Martín-Santos remeda una conferencia de Ortega y Gasset. O, al menos, esa es la impresión que produce, vista hoy.
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En su juventud, Fernando Aramburu formó parte de Cloc, movimiento literario vanguardista al que pertenecieron escritores como Álvaro Bermejo, Juan Aguirre, Francisco Javier Irazoki y Juan Ramón Corpas, consejero de Cultura del Gobierno de Navarra. Según ha confesado Aramburu: "Teníamos mucha energía y poco poco dinero. Pretendíamos hacernos un hueco en la vida cultural local, y también, a poder ser, en el mundo entero, porque ambición no nos faltaba, ni tampoco ideas. Comprendimos inmediatamente que hay estrategias llamativas que son capaces de generar cierto prestigio, e incluso de instalar debates literarios dentro de la sociedad". Hasta que un día dijo basta, porque "la rebeldía continuada es una forma de conformismo", y también porque les ofrecieron hacer en una discoteca lo mismo que hacían en la calle, en la radio y en su revista. "Uno deriva poco a poco al payasismo. Cuando recibí esa oferta, me sentí un hombre inofensivo, y eso no podía ser".


Pero, ¿qué es el chestoberol? Pues un objeto de su invención que tiene forma esférica, está hecho de hojalata, pintado de símbolos y prendido por una cadena. Durante la conferencia el autor sacó de su mochila varios chestoberoles, desgranó su historia, qué utilidad tienen, creándole al objeto, digamos, una pequeña mitología. Confiesa Aramburu que "cuando tenía 19 y 20 años, me dedicaba con regularidad a desconcertar a mis semejantes. Hoy no lo hago igual, ni con la misma intensidad, pero un poso de todo aquello sigue estando presente en mi literatura". En fin, qué mejor manera para concluir un largo congreso académico que una inteligente y divertida conferencia en torno al chestoberol, con la que Fernando Aramburu nos hizo pasar un rato excelente.

* P.D. El origen del chestoberol, me aclara Aramburu, es del todo literario. "Lo saqué, por vez primera, me comenta, en un cuento incluido en No ser no duele y después en dos novelas, Los ojos vacíos y Bambi sin sombra".

* En la segunda foto aparece con la profesora Aurora Egido, quien le dio clase en la Universidad de Zaragoza. Y en la tercera, pueden verse tres chestoberoles.
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viernes, 20 de noviembre de 2009

Homenaje a Daniel Moyano, y 3

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"El incendio imposible"
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El incendio que por razón aún desconocidas se declaró en el Cuerpo de Bomberos no pudo ser sofocado debido a que al personal, sin experiencia de un hecho semejante, le pareció que, aunque tenían el fuego ante los ojos, éste era imposible en razón de la naturaleza del cuerpo y de su función.
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Entonces, mientras la alarma sonaba enloquecida, se quedaron de brazos cruzados hasta ser consumidos por llamas gigantescas.
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La no existencia, por definición, de bomberos para bomberos favoreció notablemente el desarrollo del evento.
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"Una vidalita para Daniel", por Ángeles Prieto
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Diecisiete años sin Daniel son muchos, demasiados. Y veintitrés tendría que retroceder ahora para llegar al momento justo en que vino a Cádiz y le conocí, pero como en la vida pesa más la intensidad del momento que el propio paso del tiempo, no me cuesta nada evocarlo ahora en el patio del Palacio de Diputación, bajo un cielo estrellado y al olor de los naranjos, donde yo escuchaba a sesudos ponentes, de grandes nombres propios campanudos, que analizaban con brillantez y rigor diversos aspectos de la literatura hispanoamericana. Cuando a mis diecinueve años atendía con interés a aquellos cuatro primeros intervinientes, sin saber, ignorante de mí, hasta qué punto se lo estaban poniendo fácil con este desfile de relumbrón al último, un humilde escritor llamado Daniel Moyano. Porque fue llegar él, ponernos esa cara suya de circunstancias y soltarnos sin más su cuento El halcón verde y la flauta maravillosa, mucho más eficaz que ninguno de los despliegues intelectuales anteriores para explicarnos las heridas aún abiertas de su Argentina natal, de donde vino tras quince días de cárcel, un amago de fusilamiento y todo el miedo metido en el cuerpo.

Pero no fue hasta el año siguiente cuando empezó a impartirnos aquí dos talleres: uno para darnos a conocer la literatura hispanoamericana, financiado por la Universidad, y otro de creación literaria, costeado por la Diputación. Yo me apunté a los dos como becaria, gracias al dinero público, y en ambos tuve la fortuna de recibir clases extras cuando finalizaban, sin que cobrara su autor nada, bien en alguna tasca o paseando por el cercano Parque Genovés a la sombra de un ombú, árbol argentino y familiar, tan querido por Daniel. Ese hombre capaz de embarcar al mismo Julio Cortázar en el estanque del Retiro, cuan largo era, y apto también para imitar, a escondidas, la firma de su amigo García Márquez en cuantos ejemplares se negara a dedicar éste. Gran autor alérgico a parabienes, honores y medallas, cuyos mejores cuentos se los comió un burro riojano al dejar un día de calor la ventana abierta. Ese hombre que empleaba idéntica galantería con la señora diputada que con la menos ilustre limpiadora que debía recoger nuestra clase. Ese hombre que me enseñó, sobre todo, ética.

En sus talleres me fueron presentadas las musas doña Elocuencia y doña Perfecta, y ésta última, gracias a Daniel, me pareció más afín, por lo que decidí entonces escribir cuentos. Esos relatos breves que Daniel nos presentaba como un mecanismo pequeño y delicado, una cajita de música maravillosa donde todo debe quedar armonizado ya desde los tres primeros párrafos. Me educó en el amor a las palabras, en sus sonidos y significados, huyendo con horror de lugares comunes en los hermosos relatos, habituándome a aprender cada día una definición nueva y a utilizarlas con propiedad, llamando maestro sólo a quien puede contagiarte las ganas y a reconocer lo que denominamos “talento”, únicamente en portadores de múltiples lecturas, trabajo duro y algunas insondables y tempranas heridas. Y sobre todo, asimilé su generosidad y calor comprendiendo por qué y para qué escribir, pues no es posible que nos quieran si nosotros no queremos antes, que no merece la pena empuñar la pluma o mover los dedos si no nos guía antes el corazón. Todo eso.

Mil veces me he preguntado por qué Daniel no alcanzó, como también le ocurrió a mi cálido paisano Fernando Quiñones, amigo suyo, todo el reconocimiento editorial y académico que merecía. Y la respuesta es que escritores como aquellos tienen difícil acomodo en este frívolo mundo farandulero de presentaciones, intrigas y saraos que constituye el día a día de la promoción editorial española, un escenario frío, previamente diseñado, donde hasta los chistes suenan gastados y donde se puede advertir, con sólo escucharla, esa humillante jerarquía constatable entre consagrados y aspirantes cuando intercambian palabras de displicencia, coba y medro. Daniel y Fernando se sentían –y los sentíamos- bien lejos de esto.

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Por otra parte, sus hermosas y arriesgadas obras literario-musicales no corrieron mejor suerte, pues es difícil, por no decir imposible, convertirlas en objetos de consumo, mucho menos venderlas a granel como enlatados sonidos como sí se hace ahora con impactantes historias sórdidas, autocompasivos lamentos sentimentales o esos impúdicos desahogos emocionales que tratan de conmover al lector sin contar para nada con éste, en estos momentos tan a la moda. Pues mil y una veces le propusieron escribir su biografía y otras tantas rechazó la oferta, juraría que para no apenar a sus lectores amigos debiéndoles relatar las terribles e incurables heridas que llevaba en el alma. Porque lo de Daniel, toda su magia, consistía en escuchar, querer y hacer sonreír a quien se le ponía por delante. Ya que no podía asimilar su vida, sólo calmar a otros le importaba.

Os debo contar también que de esas historias tremendas sólo me enteré quince años después, gracias a las atentas y hermosas cartas que recibí de Ricardo, su hijo, el hombre que más le quiso, a quien más quiso y quien mejor lo conoció, a quien aprovecho para saludar ahora dondequiera que esté. También de la entrañable Irma, su esposa, aquella que supo darle el cariño, la familia y el apoyo que necesitaba y sin la cual de ningún escritor podríamos estar hablando ahora. Veinte años después para enterarme de aquello que Daniel nunca quiso entonces que supiera, pese a que en nuestros paseos abordarámos todo lo literario y todo lo humano. De lo que verdaderamente nunca dejó de atormentarle, más allá incluso del sufrimiento que le produjo el exilio, vivir sin raíces en tierra de nadie.

Pues lo que a Daniel le dolía y nunca pudo entender ni superar fue su propia existencia en la que, salvo Irma y sus hijos, un cúmulo de dolorosas desgracias se fueron sucediendo con crueldad: el temprano asesinato de su madre a manos de su propio padre, su infancia dura y perdida alejado de Blanca, su única hermana a la que adoraba y también la temprana muerte de su hija Beatriz, quien debió tener ahora la misma edad que la mía. Sólo con amor, honestidad y valentía pudo afrontar Daniel todo esto, con ese profundo calor humano que volví a sentir al conocer su historia, después de esos veinte años, que no son nada, y que me hicieron volver a escribir cuentos, tras tanto tiempo de silencio, aunque no de olvido. Pues bien sé que me es imposible alcanzar su talla literaria y humana, pero guardo su calor, porto de alguna manera su testigo y siento el irremediable deber de continuar y transmitirlo. También de que entonemos, todos sus incontables lectores, discípulos y amigos, a uno y otro lado del Atlántico, una vidalita por él ahora: Norberto Luis Romero, Herbert Francis, Andrew Graham-Yooll, Marcelo Casarín, Virginia Gil Amate, Nelson Marra, Dolly Onetti, Carmela Greciet, María Neder, Gustavo Wagener, Eugenia Rico, Jesús Ortega, Juan José Hernández, Juan Gelman, Daniel Prieto, Félix Grande, Carlos Mamonde, Teuco Castillo, Mercedes y Reina Joffé, Andrés Sorel, Rodrigo Brunori y tantos, tantos otros que olvido pero que aún seguimos recordándolo. Porque en verdad creo que, con Daniel Moyano entre nosotros, encontramos raudo el camino de la honestidad y del cariño, la senda de la verdadera literatura y que transitándola con alegría, conseguimos salvarnos.
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* Angeles Prieto Barba (Cádiz, 1966) es licenciada en Historia, educadora vial de la DGT, donde ha publicado diversos libros, y escritora de cuentos, habiendo sido finalista en el II Premio Ciudad de Huesca (2008). Sus piezas han aparecido en la revista Clarín, en El Independiente de La Rioja (Argentina) y en diversos blogs españoles y extranjeros. En la actualidad, realiza crítica literaria y escribe artículos con una columna semanal propia en el periódico El Heraldo del Henares.

* En las fotos aparece con Juan Gelman, en 1992, y con José Bianco.

jueves, 19 de noviembre de 2009

El profesor Jon Kortazar, premiado

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El escritor, ensayista y crítico literario, Jon Kortazar, ha sido galardonado con el Premio Lauaxeta 2009, concedido por la Diputación Foral de Vizcaya, que reconoce a personas, colectivos y entidades que se han distinguido por sus esfuerzos en la promoción, difusión y normalización del euskera y la cultura vasca. Jon Kortazar (Mundaka, Bilbao, 1955) es catedrático de Literatura Vasca en la Universidad del País Vasco, en Vitoria, y profesor visitante en diversas universidades de Europa y América, desde Kiel (Alemania) a La Plata (Argentina). Compagina su actividad docente y su producción intelectual con sus colaboraciones, como articulista, en distintos medios de comunicación, entre otros el diario El País.
Como conozco a Jon desde hace veinticinco años, me parece que desde el Primer Encuentro de Verines, he leído sus trabajos y oído en numerosas ocasiones sus intervenciones públicas, habiendo compartido con él en infinidad de ocasiones el jurado del Premio de la Crítica, creo que pocas personas han debido de contribuir tanto al normal desarrollo de una literatura. ¡Felicidades, Jon!
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El mundo está loco, loco...

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Amigos:
una amiga mía barcelonesa, amante (con sus buenas razones) más de los animales que de los seres humanos, me pide le ayude a hacer un mailing sobre el calendario que su asociación filantrópica acaba de editar. Yo cumplo con gusto el encargo.
La asociación se llama Galgos 112. En su página web podréis adquirir algo así como el calendario “Pirelli” de los galgos. Generalmente, estos canes suelen andar por el mundo ligeros de ropa. Pero en este caso sus dueñas se han puesto a la altura, y también enseñan algo.
Seguro que tiene interés. Todo sea por una buena causa. Echad un vistazo al archivo adjunto, y comprobadlo.
Saludos
Rafael Fombellida
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* Tal y como me llegó el correo, archivo adjunto incluído, lo transcribo.
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miércoles, 18 de noviembre de 2009

JORDI MASÓ RAHOLA

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"Addicció"
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Els símptomes comencen sempre de bon matí: un pessigolleig al ventre, acompanyat de marejos i d’una sensació de buidor. En dies així arribo a la feina cargolant-me de dolor, i és un miracle que pugui atendre algú sense defallir. Però els anys m’han ensenyat a controlar els tremolors i a mantenir una aparença serena: mentre enceto una conversa tranquil·litzadora amb el pacient, busco la vena més adient per la punció, l’acaricio, l’amanyago fins que la sento bategar sota els meus guants de làtex, la ressegueixo amb delectança i imagino el corrent sanguini fluint per aquells rierols escarlates. Faig penetrar l’agulla amb delicadesa i llavors arriba el moment exquisit en que la xeringa, amb parsimònia, va xuclant el líquid anhelat. Pocs s’estranyen que els n’extregui un tub de més (“i aquest, de propina”, comento, si estic de bon humor). Només quan marxen –prement-se un cotó fluix contra el braç, com si se’ls hagués d’escapar la vida– em prenc la dosi. La tebior em guanya l’esòfag, omplint-me cada racó de l’organisme, s’aturen els espasmes i revisc, respiro alleugit, i amb un mocador de paper m’eixugo els llavis tacats de vermell.
Avui, però, he arribat a l’ambulatori desencaixat. Una abstinència, forçada per les vacances nadalenques, m’estava consumint: arrossegava dies de turment i nits d’insomni. “Es troba bé?”, m’ha preguntat la dona rabassuda que ja m’esperava amb una màniga alçada. Tenia un d’aquells braços tous, embotits de greix. Les venes s’amagaven juganeres entre els plecs, i he hagut de punxar-la fins a tres vegades, sense encert. “Es pot saber què fa?”, ha protestat quan em disposava a provar-ho de nou. Jo suava, angoixat, l’ansietat em tenallava. Quan s’ha aixecat, indignada, li he clavat la xeringa a la papada. Mentre es desplomava m’hi he amorrat: el raig de sang m’ha colpejat el paladar com un sortidor i he begut a galet, assedegat, llargues glopades de vida.
En acabar, reprimint un rot inoportú, he pressionat el foradet amb el preceptiu cotó fluix.
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"Adicción"
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Los síntomas aparecen siempre por la mañana: un cosquilleo en el vientre, acompañado de mareos y de una sensación de vacío. En días así, llego al trabajo retorciéndome de dolor, y es un milagro que pueda atender a alguien sin desfallecer. Pero los años me han enseñado a controlar los temblores y a mantener una apariencia serena: mientras entablo una conversación tranquilizadora con el paciente, busco la vena más adecuada para la punción, la acaricio, la estrujo hasta sentirla latir bajo mis guantes de látex, la recorro con complacencia e imagino la corriente sanguínea fluyendo por aquellos riachuelos escarlatas. La aguja penetra con delicadeza y entonces llega el momento exquisito en que la jeringa, con parsimonia, va succionando el líquido anhelado. A pocos les sorprende que les extraiga un tubo de más (“y este, de propina”, comento, si estoy de buen humor). Sólo cuando se van –oprimiendo un algodoncillo contra el brazo, como si la vida fuera a escapárseles– me tomo la dosis. La calidez me gana el esófago, llenando cada rincón de mi organismo, se detienen los espasmos y revivo, respiro aliviado, y con un pañuelo de papel me limpio los labios manchados de rojo.
Pero hoy he llegado al ambulatorio desencajado. Una abstinencia, forzada por las vacaciones navideñas, me estaba consumiendo: arrastraba días de tormento y noches de insomnio. “¿Se encuentra bien?”, me ha preguntado la mujer rolliza que ya me esperaba con una manga alzada. Tenía uno de esos brazos blandos, embutidos de grasa. Las venas se escondían juguetonas entre los pliegues, y he tenido que pincharla hasta tres veces, sin acierto. “¿Se puede saber qué hace?”, ha protestado cuando me disponía a intentarlo de nuevo. Yo sudaba, angustiado, la ansiedad me atenazaba. Cuando se ha levantado, indignada, le he hundido la jeringa en la papada. Mientras se desplomaba me he acercado al cuello: el chorro de sangre me golpeaba el paladar como un surtidor y he bebido, sediento, largos tragos de vida.
Al acabar, reprimiendo un eructo inoportuno, he presionado el agujerito con el preceptivo algodón.
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* Jordi Masó Rahola (Granollers, 1967) es pianista, habiéndose formado en Granollers, Barcelona y Londres. Ha actuado en Europa, América y Asia, y realizado más de cuarenta grabaciones discográficas. Es profesor de la Escuela Superior de Música de Cataluña y del Conservatorio de Granollers. Sus cuentos han sido premiados en varios concursos y se han publicado en revistas y en libros colectivos. Publica asiduamente en la web Relats en catalá (http://www.relatsencatala.com/) bajo el pseudónimo de Vladimir. Ha reunido una selección de sus microrrelatos en el libro Els reptes de Vladimir (Bubok, 2009). Con esta narración ha ganado el III Concurso de Microrrelatos de Terror y Gore (2009), en el apartado de literatura catalana, que organiza el Festival de Cine de Terror de Molins de Rei (Barcelona). La versión castellana es del autor.
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* El cuadro es de Edvard Munch.
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Matías Candeira, premio Ignacio Aldecoa

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El Premio de Cuentos Ignacio Aldecoa, que convoca la Diputación de Álava, anda ya por la edición XXXVIII y acaba de obtenerlo Matías Candeira, con "Exploradores", un autor de 25 años. Está dotado con 6.010 euros. Según el jurado, compuesto por Jorge González, Karmelo Caballero, Felipe Juaristi e Iñaki Aldecoa, el cuento ganador es "sombrío y sin embargo luminoso, triste pero también esperanzador", un "pequeño pero magnífico tratado sobe el mal y la redención". El jurado ha destacado de "Exploradores" la riqueza de registros yatmósferas. Según recoge el fallo, es un cuento "sombrío y sin embargo luminoso, triste pero también esperanzador, un pequeño pero magnífico tratado sobe el mal y la redención". De Matías Candeira, los interesados en el cuento, tendrían que haber leído La soledad de los ventrílocuos, con el que consiguió el Premio Provincia de Guadalajara de Narrativa 2007, publicado el año siguiente por Tropo Editores. Si yo fuera escritor de cuentos pocos reconocimientos literarios me harían tanta ilusión como ganar un premio que lleva el nombre del autor de El corazón y otros frutos amargos. ¿Habrá leído Matías Candeira los cuentos de Aldecoa? Me gustaría poder pensar que sí.
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* La foto es de José Matías Candeira, padre del autor.
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martes, 17 de noviembre de 2009

CHANTAL MAILLARD, y 2

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[Etterbeek]
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...túnel oscuro. Cartel Norte. Dentro cálido. Fuera reloj en alto cuadrante arriba chimeneas. Hojas secas de sol apenas o de vez en cuando. Túnel. Acabará. Acabará consiste. Sentir o constatar que algo acaba. El túnel. Es posible. Mejor el frío fuera dice alguien. Cartel azul y blanco. Dentro malva. Entran todos entran. Todos es lo que se mueve en túnel a través. En su sitio. Cada cual en su sitio pegado a él por un cable en su oído. Sin túnel casas alineadas ramas secas imagen también seca. De mí. Sin mí. Nostalgia abajo todo escapa. Cemento gris fachadas. Rectas. In-hóspitas y. De vuelta el reloj el reloj Etterbeek sin destello la grúa. Verde y también anaranjada en las vías piedras hojas escarcha en los tejados cuadraditos de hierba nieve escasa en los taludes nostalgia pinzamiento.
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[Groenendaal]
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...ahora la tarde. Cayendo, dicen. No cae. Tan sólo entorpece. Cuesta distinguir algo de otra cosa salvo placas de nieve reluciendo negra maraña sobre nubes abajo allí donde la luz en asientos vacíos otra luz en el raíl derecho difícil distinguir Groenendaal los caballos y él con frío en las manos resoplando dedos entumecidos ríe boca desdentada y gorra maloliente habla sin entender adiós la risa gruesa salpicando a mi abuela que le riñe su hermano alza los hombros ríe de nuevo gorra en la cabeza sale por fin su olor tras él y pequeña respira ahora muerto ya pasó ya todos muertos ya pasó
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* Chantal Maillard acaba de publicar La tierra prometida (Milrazones, 2009), que la autora define como "una letanía, para los animales en peligro de extinción". Y pronto aparecerá en Tusquets, Hainuwele y otros poemas, compuesto por el libro que le da título y una antología de piezas de sus primeros volúmenes, los anteriores a Matar a Platón, poco conocidas. El conjunto va acompañado de un CD con los poemas recitados por la autora, lo que supone una novedad en Tusquets. Estos textos son inéditos.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Homenaje a Daniel Moyano, 2

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"Visión del mundo"
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Las gallinas, encerradas para siempre en su inmutable naturaleza, no pueden ni siquiera atisbar el sentido de lo que hay más allá de su casi nulo entendimiento.
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Tras unos inútiles esfuerzos de sus ancestros para intentar un cambio de situación -que sólo sirvió para verificar la imposibilidad de conseguirlo-, y no pudiendo ir más allá de sí mismas, se refugiaron obstinadamente en su gallinidad, la idealizaron poniéndola en el centro de su mundo, la convirtieron en su verdad más profunda y aceptaron el sacrificio permanente de sus vidas a cambio de la continuidad de esta creencia.
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Su incapacidad de entendimiento las puso en esta penosa situación, pero a la vez las liberó, aciagamente, de advertir que aquella creencia tenida por razón vital no es más, en la tremenda realidad que ignoran, que una simple mecánica alimentaria impuesta por un verdugo desconocido, a quien ellas consideran su protector y al que apenas pueden ver a causa de la poco favorable posición de sus ojos.
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"Daniel Moyano, un escuchador empedernido", por Carmela Greciet
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Si en vez de aquel flequillo infantil Daniel hubiera tenido luenga barba; si en vez de aquella torcedura mínima con que caminaba –parentesco remoto, quizá, con la madrileña cuesta de Moyano-, Daniel se hubiera movido con aire distante y altivo; si en vez de ponérsenos los pantalones de calle sobre los del chandall (dejando asomar sus gomas por bajo los sobrepuestos), hubiera Daniel usado túnica anaranjada; y si en lugar del paraguas de sus desvelos (“Nunca existió en mi vida, y desde que llegué a Uviéu somos inseparables”, comentaba divertido), si en lugar de ese paraguas, digo, hubiese Daniel utilizado bastón de mando, ¿podría haber sido Daniel Moyano un santón? ¿Se habrían arremolinado en torno a La Granja –donde celebraba su taller- madres desesperadas con niños inapetentes, embarazos difíciles, drogodependencias obstinadas, tíaslilas con astenia otoñal, males de amor? ¿Quizá, llegado el caso, sus seguidores, bajo el nombre de los “moyanistas”, se habrían atrincherado en La Granja como único refugio del Arte, expresión de los sueños y deseos de la Humanidad que Daniel esgrimía como contrapartida a la brutal realidad del mundo?
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Obviamente, bromeo. Daniel no era un santón. Quien lo conoció lo sabe.
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Pero cierto es que aquel hombre de flequillo despeinado y caminar como si de continuo pasease, tranquilo y demorándose, por la cuesta de Moyano; aquel hombre de los pantalones sobrepuestos que andaba por Uviéu pegado a su paraguas (“No puedo evitar la sensación de que en realidad es él quien sale a dar un paseo –nos contaba riéndose de sí-, y simplemente le sigo, soy su apoyo y sostén”), aquel hombre, digo, que lograba con sus cuentos –ya tantas veces lo hemos recordado- hipnotizar a todo el que estaba próximo; aquel hombre, insisto, tenía un don especial: Daniel curaba.
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¿Qué curaba? Se preguntarán quienes no lo conocieron.
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Daniel curaba la tristeza, y la tristeza es mal común que afecta no ya sólo a madres desesperadas con niños inapetentes, a tíaslilas asténicas o a adolescentes afectados por males de amor, sino a todo hijo de vecino metido en este ruido mundanal.
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Así que, acercarse a La Granja, era asistir a una fiesta (donde, además, no estaba reservado el derecho de admisión), la fiesta de las palabras, “esas amantes que uno tiene para siempre”, como él las definía en una carta.
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Yo les confieso que me acerqué al taller movida por una curiosidad un tanto escéptica, pues creía, y sigo creyendo, que no existe una fórmula mágica para la escritura; y que esa curiosidad se convirtió en deslumbramiento, no ya sólo por la mencionada capacidad como narrador oral de aquel sudaca –como él se denominaba-, sino porque Daniel era un escuchador empedernido –nobilísima virtud que ya Quevedo ensalzaba en su “Genealogía de los Modorros”, y que es cada vez más escasa.
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Los silencios, por otro lado, y como le ocurría a su personaje Triclinio con el agua de la acequia, le llenaban a Daniel la cabeza de sonidos que después él interpretaba, y aún reinterpretaba, con distintas melodías: Era frecuente oírle contar sus propias versiones de cuentos que antes había ESCUCHADO (y digo escuchado con mayúsculas) en el taller, historias que trataba con el mismo cariño que si fueran suyas.
De Daniel, ¿qué nos queda?
En su cuento “Desde los parques”, el protagonista rememora un traumático episodio de su infancia.

Su tío Juan iba a matar a una perra preñada, porque después nadie quería a los cachorros, sobre todo si eran hembras, y porque, además, aquella perra no tenía, según el tío, “nada de particular”. El niño pensaba que principalmente estaba viva, y de forma desesperada, se hunde en el fondo de su mente, buscando una excusa para salvarla, pero no encuentra qué decir, no encuentra la palabra salvadora. El animal, que parece intuir el sacrificio que le espera, se tumba temblorosa en medio del camino, mostrando sus mamas hinchadas por la gestación, queriendo jugar, demorarse como sea.
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Cuando llegan los tres al descampado, aún la perra lamerá el cañón de la escopeta, antes de que ésta le apunte y suene el estampido. Al cabo, su cuerpo queda tendido como una mancha húmeda sobre la hierba salpicada por esqueletos de caracoles blancos.
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El niño no había sido capaz de evitarle la muerte, de encontrar la palabra que pudiera salvarla.
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Podemos imaginar que ese niño –al que no es difícil ponerle el nombre de Daniel (Danielín, si lo prefieren, diminutivo asturiano con que el escritor se hacía nombrar por su novia eólica en el relato “Tengo una moza en Oviedo”)-, ese niño, digo, habrá pasado el resto de su vida buscando aquella palabra que no pudo encontrar..

Ahora, cuando ya Daniel –que nunca dejó del todo de ser niño- descansa entre caracoles blancos, nosotros, contagiados por su empeño, seguimos aquí, afanados en la búsqueda de esa palabra –La Literatura-, que quizá, ya nos esté salvando, que quizá nos haya de salvar.
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* El microrrelato es de Daniel Moyano, quien en la segunda foto aparece con Adolfo Bioy Casares y en la tercera con el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro.
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* Carmela Greciet (Oviedo, 1963) es licenciada en Literatura por la Universidad de Oviedo. Ha ejercido la docencia durante varios años y ha colaborado con artículos de crítica literaria en algunas publicaciones y revistas, como el suplemento La Esfera del diario El Mundo, Quimera o Clarín. En 1989 obtuvo el premio Asturias joven de cuento, y en 1995 publicó su primer libro de relatos, Descuentos y otros cuentos (Trabe), con el que quedó finalista del Premio Tigre Juan. Ha sido incluida, asimismo, en varias antologías de cuentos y microrrelatos, entre las que se cuentan Pequeñas resistencias (Páginas de Espuma, 2002), de Andrés Neuman, y Ciempiés. Los microrrelatos de Quimera (Montesinos, 2005), al cuidado de Neus Rotger y Fernando Valls.
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domingo, 15 de noviembre de 2009

Plácido Domingo en Berlín

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Éstas han sido las semanas de Plácido Domingo en Berlín, en loor de multitudes. El pasado día 7 estrenó en la Staatsoper Simón Boccanegra, ópera de Verdi, dirigida por Baremboim, y el día 9, durante las celebraciones por el aniversario de la caída del Muro, acompañado por la Staatskapelle, la orquesta de la citada ópera, dirigida por su titular Daniel Barenboim, cantó en la Pariser Platz, bajo la protección de una carpa, la marcha popular "Berliner Luft" ("El aire berlinés"), pieza que forma parte de la opereta Frau Luna (1899), de Paul Lincke, y que se ha convertido en una especie de himno oficioso de la ciudad. Aquí les dejo la actuación para que puedan verla.
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De igual modo, el 4 de noviembre había dado un concierto benéfico en la Filarmónica destinado a recaudar fondos para la remodelación de la citada ópera de Unter den Linden. Pero vayamos por partes.
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El tenor español, que cuenta con 68 años, llenó el teatro, convocando a un público variopinto, como lo es siempre el berlinés, aunque en esta ocasión primaran los elegantes, quienes se habían vestido con sus mejores galas, sostenían una copa de vino, con ese mismo estilo que nos enseñaron los pintores expresionistas, y masticaban concienzudos una rica Brezel (la típica rosquilla lugareña) como si fuera pan de ángel. Las señoras lucían curiosos tocados en la cabeza, ropas con lentejuelas y lamé, además de escotes generosos, con la espalda al aire, hasta la cintura, a la ultísima moda, y estolas y bisones; mientras que los caballeros, siempre dando menos juego a los cronistas de salones, junto a las pajaritas habituales, habían recurrido a sus mejores chalecos de fantasía. Tampoco faltó algún que otro joven hecho un indio, en frase memorable de nuestras abuelitas, quien intentaba hibridar, con dudosa fortuna, unas zapatillas de deporte, un sombrerito a lo Cantinflas, que no se quitó hasta sentarse en la butaca, y un pañuelo azul claro en el cuello. Los acomodadores, jóvenes y jóvenas (de nada, Bibiana), vestían de rojo y negro, con elegante discreción.
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El caso es que Plácido Domingo consiguió anoche poner en pie al público de la Staatsoper berlinesa con su interpretación del corsario enamorado, Dux y padre, Simón Boccanegra, primer papel de su carrera en el que canta como barítono. En el entreacto se nos advirtió que el cantante llevaba dos días resfriado, pero a pesar de todo la representación transcurrió con normalidad y el público lo premió con tantos y tan calurosos aplausos que tuvo que salir a saludar en múltiples ocasiones. Incluso el maestro Barenboim, al que ya saben el amor incondicinal que le profesan los berlineses, supo quedarse en un discreto segundo lugar, cediéndole todo el protagonismo al cantante español. Está previsto que el montaje viaje en abril y mayo del 201o a la Scala de Milán, aunque también podrá verse en Basilea y Nueva York.
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Simón Boccanegra, de Verdi, obra compuesta por un prólogo y tres actos, con libreto de Francesco Maria Piave, está basada en una pieza del dramaturgo romántico español Antonio García Gutiérrez. Se estrenó en el Teatro de la Fenice, de Venecia, en 1857. Pero en 1881, dada la confusión del libreto, lo revisó Arrigo Boito y volvió a estrenarse, en la versión que acostumbra a representarse hoy, en La Scala de Milán, en 1881. La acción transcurre en la Génova del siglo XIV, en el período en que el corsario protagonista se convierte en Dux, enfrentándose a las familias patricias. Verdi se reiventa la figura histórica del pirata y lo convierte en un adalid de la concordia y de la unidad italiana, y hasta aduce, en un momento dado, la existencia de una carta de Petrarca para sustentar sus ideas. Pero junto a la trama política, transcurre otra sentimental, folletinesca, de amores, encierros, desapariciones y anagnórisis, odios africanos y reconciliaciones perpetuas. No quiero dejar de decir que en el montaje que vi el viernes en la Staatsoper, al lado de Plácido Domingo se lucieron, no pienso moderar el adjetivo, Anja Harteros, Kwangchul Youn y Fabio Sartori, buen cantante, aunque el papel de Adorno no fuera el más adecuado para él.
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Empiezo a pensar que cuando me jubile quizá pueda ganarme la vida como cronista de salones, aunque sólo sea porque es lo más cerca que puedo sentirme de Proust.
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* En la primera foto, Plácido Domingo aparece con la cantante alemana de origen griego Hanja Harteros, durante la representación de Simon Boccanegra, y en la segunda con Daniel Baremboim.
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sábado, 14 de noviembre de 2009

Pro acercanza, 26

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niebla
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el sol es un enorme reloj:
blanca carátula
asida a la línea del tiempo;
manecillas quebradas
garabateando su claridad apagada.
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tu voz, con sus devaneos,
retiene toda luz.
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la bruma arremolina la acercanza
enredando tu aliento con mi pelo.
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* "Suelo firmar como Issazul, tanto mis obras de barro como mis escritos (los que no son oficiales, claro), y si le parece bien, así quisiera que me identifique. Vivo en la ciudad de México, donde nací, y a la cual he regresado a vivir después de varias estancias en otros infiernos y paraisos. Soy alfarera, teóloga y psicóloga, y combino estos tres oficios en el trabajo con personas que se encuentran en situación de desamparo y desventaja social. Y son ellos quienes, con sus afanes y sueños, muchas veces orientan al espíritu de mis escritos. Aunque no sólo ellos. Eventos cotidianos y familiares, incluso algunos anodinos se han colado en la temática de mis letras. Sin haber publicado algo de mi archivo de poemas (la fantasía de hacerlo es a veces ilusión y a veces temor), me encuentro con lectores benévolos que alimentan esta vanidad"....
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viernes, 13 de noviembre de 2009

Desaparece el Tigre Juan

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Desde 1977 se viene concediendo el Premio Tigre Juan al mejor primer libro narrativo en castellano publicado en los doce meses anteriores. Con el nombre del premio se recordaba a la novela del mismo nombre del escritor asturiano Ramón Pérez de Ayala, publicada en 1926. En la actualidad, amparado por el Ayuntamiento de Oviedo, tenía una dotación 54.000 euros, de los cuales 40.000 eran para el autor y 14.000 para la editorial, cantidad, esta última, destinada a promocionar la obra en los medios de comunicación. El galardón solía fallarse en enero, si bien se acaba de anunciar su desaparición, debido a la crisis financiera. Lo he leído en el blog del escritor Jorge Ordaz, Obiter dicta, donde se recogen las sinrazones del concejal de cultura.
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Entre los ganadores del premio se encuentran autores y obras de prestigio, novelas y libros de cuentos: el chileno Luis Sepúlveda (Un viejo que leía novela de amor); Belén Gopegui (La escala de los mapas); Francisco Casavella (El triunfo); José Luis Muñoz (El cadáver bajo el jardín); Enriqueta Antolín (La gata con alas); Martín Casariego (Qué te voy a contar); Antonio Orejudo (Fabulosas narraciones por historias); José Ignacio Gracia Noriega (El viaje del obispo de Abisinia a los Santuarios de la Cristiandad); Pablo Tuset (Lo mejor que le puede pasar a un cruasán); José Luis Borau (Camisa de once varas); Vicente Gallego (Cuentos de un escritor sin éxito); Ismael Grasa (De Madrid al cielo), la excelente narradora catalana Imma Monsó (Nunca se sabe); Manuel Moyano (El amigo de Kafka) y el recientemente fallecido José María Rodríguez Méndez (Cosas de la transición), lo que me hace pensar que el jurado no iba desencaminado del todo. No puedo dar la lista completa, pero me parece más que representativa. Un premio a una primera novela supone el apoyo económico y el reconocimiento de un jurado, cuando el autor más lo necesita. Quizás el definitivo empujón para decantar unas inquietudes, todavía dubitativas, hacia la escritura. Algunos de los ganadores me parece que visitan este blog y quizá sean tan amables de explicarnos lo que significó para ellos obtener el Tigre Juan.
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Una vez más, los políticos se han lucido; entre la torpeza y la tosquedad, nunca han sabido muy bien qué hacer con la cultura, obras faraónicas aparte. Es dífícil dar más la nota por menos dinero. Espero que los electores les pasen factura, que es la única manera eficiente que tenemos de protestar, aun cuando nos olvidemos de ella con demasiada frecuencia.
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* En la foto, Ramón Pérez de Ayala.
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jueves, 12 de noviembre de 2009

Homenaje a Daniel Moyano, 1

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Hoy damos la primera entrada, de un conjunto de tres, en las que le rendimos Homenaje al escritor argentino Daniel Moyano. En cada una de ellas aparecerá un microrrelato del autor, sólo publicados hasta ahora en La Nueva España, de Oviedo, pues fueron un regalo que el escritor le hizo a Carmela Greciet, quien, junto a Ángeles Prieto Barba, colabora en estas entregas. Las fotos son cortesía de Óscar Sipán, de la editorial Tropo.
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El escritor Daniel Moyano nació en Buenos Aires, el 6 de octubre en 1930, aunque pasó su infancia en Córdoba, donde se formó intelectualmente. Sus antepasados provenían de Italia, Brasil y España, sin que le faltaran unas gotas de sangre india. En 1959 se trasladó a la provincia de La Rioja, en el noroeste argentino donde se inició en el periodismo, como corresponsal del diario Clarín y colaborador de la revista Primera Plana. Fue, además, profesor en el Conservatorio Provincial de Música y violinista de su Cuarteto de cuerda y de la Orquesta de Cámara de esa institución....

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Entre 1960 y 1974 publicó varias colecciones de cuentos, como Artistas de variedades (1960), El rescate (1963), La lombriz (1964), El monstruo y otros cuentos (Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1967), El fuego interrumpido (Sudamericana, 1967) y El estuche de cocodrilo (1974); así como las novelas Una luz muy lejana (Sudamericana, 1967), en la que intentaba explicar lo que los años de Córdoba habían supuesto para él; El oscuro (1968), con la que obtuvo el premio Primera Plana, cuyo jurado estaba compuesto nada menos que por Leopoldo Marechal, Augusto Roa Bastos y Gabriel García Márquez; Mi música es para esta gente (Monte Ávila, Caracas, 1970), El trino del diablo (Sudamericana, 1974; reeditado por Tropo). Son narraciones que se ocupan de las migraciones del campo a la gran ciudad, de los problemas que acarrea el desarraigo y la marginación, la falta de estabilidad y la persecución de la identidad.
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Pero el 25 de marzo de 1976, un día después de producirse el Golpe de Estado, fue detenido en su casa de La Rioja. Tras quedar en libertad se exilió definitivamente a España. Allí trabajó en una fábrica de maquetas para poder subsistir. Durante su exilio publicó la novela El vuelo del tigre (Legasa, Madrid, 1981) que había escrito y enterrado en La Rioja, Libro de navíos y borrascas (Legasa, 1983), Tres golpes de timbal (Alfaguara, Madrid, 1989) y su obra póstuma, el libro de relatos de Un silencio de corchea (KRK, Oviedo, 1999). En 1985 recibió el Premio Juan Rulfo por su cuento “Relato del halcón verde y la flauta maravillosa”. Además, dirigió talleres literarios y participó en cursos, conferencias y encuentros de escritores. Cultivó también la crítica literaria en el diario El Mundo, de España. Murió en Madrid el 1 de julio de 1992. Durante sus años en España tuvo que luchar contra la indiferencia de las editoriales y el público lector, intentado solventar, además, los problemas linguísticos que se le creaban, con la supersposición de las dos variedades del castellano. En el 2005 apareció en Buenos Aires su novela ¿Dónde estás con tus ojos celestes? (2005), cuyo título proviene de la canción “La pulpera de Santa Lucía”.
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"Heliotropos"
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El hombre es bípedo y andante por error biológico. De lo contrario, volaría. La evolución tiende a las congruencias, y el volar con naturalidad hubiera sido una de ellas. Todo estaba preparado para ese brillante comienzo. Porque volar era lo suyo. Una oportunidad única que le daba el Tiempo, entonces lento y generoso.
Por error o inclinación, prefirió el largo y tortuoso hecho de erguirse para reptar como un inválido (está a la vista que caminar sólo con dos pies es una de las costumbres más absurdas y antiestéticas) recorriendo el planeta, que, de paso, depredó escrupulosamente. A partir de entonces, el resto de los vivientes le llamó Dos Patas, triste nombre con el que lo reconoce la memoria biológica.
Pegado a la Tierra, a la que, por su naturaleza de evadido, no pertenece cabalmente, su comportamiento, debido a esta circunstancia, es el de un parásito, o como el de un pequeño y pernicioso gusano del universo, según la vio la implacable lupa del irlandés Jonathan Swift.
La Tierra estaba lista, como un regalo del tiempo en su primer milenio, para ser el descanso del vuelo, la mesa tendida llena de alimentos, un árbol en el diluvio. Pero él prefirió convertirla en cárcel, y como tal la ama, aunque a veces, en sueños, añora los espacios planetarios.
Cada vez que es consciente de la pérdida, dice que aquí abajo tiene como sustituto el consuelo del amor, y lo esgrime como respuesta a esa carencia fundamental. Ignorante de que en el espacio hubiera tenido acceso a esas casi increíbles mujeres descubiertas por el poeta y astrónomo argentino Oliverio Girondo, que hacen el amor en vuelo y que cada mañana, mientras desayunas terrícolamente, si te asomas un poco a la ventana puedes ver haciéndote señas desde las nubes bajas invitándote a un regreso.
Para cazarlas inventó unos sucedáneos metálicos del vuelo, de los que ellas huyen asustadas y como olas que desde la playa se alejasen mar adentro.
Acuciado por la nostalgia del paraíso perdido, últimamente construyó artefactos capaces de viajar por el cosmos. En el espacio, que pudo ser del hombre para siempre, estos pergeños, con o sin astronautas, actúan como intrusos.
En sueños, estos hombres que perdieron el espacio pueden a veces ver la Tierra-Jardín como desde lejos, ostentosa de mares azules mezclados con crepúsculos, salpicada por ínsulas extrañas, aguas súbitas, flores espasmódicas y mujeres en vuelo.
Y además verse a sí mismos, muy por encima de ese globo envuelto en luz, tal como hubiera podido ser, flotando, volando, renaciendo, arriba y abajo, como enormes mariposas transparentes y con consentimiento de los grandes heliotropos.
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* En la foto, aparece en el centro Daniel Moyano, junto a Julio Cortázar y Carol Dunlop, su compañera.
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miércoles, 11 de noviembre de 2009

Barenboim los vuelve locos...

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El pasado domingo, en la Staatsoper, de Berlín, se representaba Lohengrin, de Wagner. A mí, que no sé nada de ópera, pero que disfruto mucho viéndola, me pareció que los cantantes estuvieron bien y la orquesta en su habitual línea de calidad, aunque el reparto no resultara el más adecuado. Y, sin embargo, la puesta en escena, con su intento de mezclar pasado y presente, de convertir la escenografía en una construcción de Exín Castillos, así como el ridículo vestuario y el supuesto humor del montaje que pretendía ser paródico, me parecieron penosos. Una pequeña parte del público se quejó, con sonoros abucheos al final del primer y del segundo acto. Así las cosas, terminada la obra, todo fueron aplausos.
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A Barenboim lo adora el público berlinés. El domingo estaba la sala llena, no había un solo asiento libre. La orquesta estaba situada en el fondo del foso, sin que se viera desde la platea, como le gustaba a Wagner. El caso es que en uno de los palcos del proscenio ubicados en el primer piso, se encontraban los cuatro músicos encargados de tocar la trompeta. Unos minutos antes de empezar, Baremboim subió a verlos para departir un rato con ellos, me imagino que interesándose por su situación.
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Y llega el momento más emocionante de la representación, cuando se apagan las luces, la gente guarda absoluto silencio y aparece el director, que dada la profundidad del foso sólo pudo asomar entonces media cabeza. Fueron tantos los aplausos del público que Baremboim tuvo que subirse a una silla para poder saludar una y otra vez. Y todo ello sin que hubiera empezado aún el espectáculo. Pero yo quería comentarles cómo al concluir la obra, tras los mencionados pitidos no del todo injustificados, los espectadores se rompieron las manos aplaudiendo. Hasta el extremo de alcanzar incluso el éxtasis cuando hizo su aparición en escena el director, junto con el acompañamiento de toda la orquesta. Fueron tantas las expresiones de contento, para dar muestras de ello acostumbran los alemanes a aplaudir y patear con ambos pies el suelo, que tuvo que salir él solo varias veces a saludar, cosa que, por lo demás, aquí no resulta nada habitual. Si bien fue muy encomiable el respeto y el cariño que le mostraron al director de la ópera estatal, sentimientos que comparto; por otra parte, resultaba contraproducente este exceso de complacencia, como si se quisiera dar a entender que toda la representación había ido sobre ruedas y me parece, la verdad, que no fue así.
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Lohengrin, "ópera romántica", como la definió su autor, se representó por primera vez en el Gran Teatro Ducal de Weimar en 1850, aunque Wagner no pudo asistir al estreno porque se encontraba exiliado en Zurich, tras haber participado en el levantamiento de Dresde en 1848. Con todo, ese día, el 28 de agosto, dirigió la orquesta el padre de Cosima, la esposa de nuestro autor, que era nada menos que Franz Liszt. Tampoco está mal, ¿verdad? De todas formas, no me resisto a decir que de entre las óperas de Wagner que he visto representadas, en directo, Parsifal, Tristán e Isolda y Tannhäuser, ésta de Lohengrin, a pesar de las atractivas aperturas del acto primero y tercero, con la celebérima marcha nupcial, se me antoja la menos lograda, pues en ella el estatismo habitual de sus obras -el reproche es de Zubin Mehta- resulta aquí mayor. Ya les digo que sólo soy un simple entusiasta en la materia.
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* La caricatura de Wagner es cortesía de LPO.
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