martes, 10 de noviembre de 2009

El dominó del Muro

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Ayer llovió en Berlín, hacía frío y a las 5 de la tarde ya se había hecho de noche, pero en el espacio que hay entre la Postdamer Platz y la Puerta de Brandenburgo, en la Pariser Platz, donde se concentran las celebraciones, al cumplirse veinte años de la caída del muro de Berlín, la gente atiborraba las calles. Es más que sabido que supuso el fin de la separación de la ciudad y de Alemania, con el hundimiento del bloque comunista y la finalización de la guerra fría, del enfrentamiento este/oeste y el inicio de la preponderancia única de los Estados Unidos.

Pero el caso es que nadie lo esperaba, ni los más optimistas, y a todos les pilló de sorpresa. Buena prueba es que el canciller alemán, Helmut Kohl se hallaba ese día en Varsovia. Hoy, tras las guerras en Afganistán, Yugoslavia e Irak, el desmenbramiento definitivo del bloque soviético y el 11-S, el mundo no parece ser mejor ni peor, aunque para los ciudadanos del antiguo Este, el futuro sea más esperanzador, pero sí parece un mundo muy distinto, mientras que la correlación de fuerzas políticas y económicas ha resultado ser otra.
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A comienzos de noviembre de 1988 viajé por primera vez a un país del este, a Polonia, invitado por la Universidad Jagelónica, de Cracovia. Y si aludo a la invitación es por las ventajas que suponía con respecto a los turistas normales, en el cambio de moneda, etc. El caso es que nada más subirme en Frankfurt al avión de la compañía polaca que me trasladaría a Varsovia, tuve la impresión de que entraba en un mundo distinto. No voy a relatarles esa estancia en Varsovia y Cracovia, aunque quería recordar que no me topé con una sola persona que no manifestara su aversión por la Unión Soviética, y también me llamó la atención el respeto y orgullo que sentían, incluso los jóvenes polacos, por el papa Juan Pablo II. Pero quizá lo que más me impresionó fue la modestia con la que vivía la gente, la carencia de bienes elementales, junto con la amabilidad de las gentes, el ansia por saber, viajar y formarse. En 1988 sólo había que pasear una mañana por la ciudad para darse cuenta, si es que uno quería verlo, que aquella era una sociedad que no funcionaba, en absoluto, que era un mundo en el que nadie deseaba vivir. Sólo contaré una anécdota al respecto. Iba un día paseando por el centro de Cracovia, acompañado por estudiantes de la universidad, y de pronto aparecieron corriendo por una calle un grupo de mujeres, como si fueran a cobijarse en un refugio por un bombardeo. Les pregunté a mis acompañantes qué pasaba. Uno de los chicos fue a enterarse y nos contó que había corrido la noticia de que en una tienda tenían abrigos, por lo que las mujeres, que eran quienes se encargaban de las compras, iban a intentar comprarlos antes de que se acabaran. Podría contar muchas más anécdotas parecidas. El caso es que, desde entonces, no he dejado de preguntarme por qué los dirigentes españoles del partido comunista, que solían viajar entonces a estos países, y que los conocían, no habían criticado nunca esa falta de libertad y carencia de bienestar. ¿Les parecía, acaso, una conquista pequeño burguesa?
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En agosto de 1991 viajé por primera vez a Berlín. Hacía poco que había caído el muro, pero la ciudad no había recuperado todavía su aspecto actual, ni mucho menos, y las diferencias entre el este y el oeste eran todavía abismales. Recuerdo la decepción que me produjo Alexanderplatz, que al recorrer Unter den Linden me pareció un lugar casi fantasmal, y que la Postdamerstr., en el tramo más cercano a la plaza del mismo nombre, cerca de la Neue Nationalgalerie y la Biblioteca del Instituto Iberoamericano, de noche se convertía en un lugar degradado, donde abundaba la venta de drogas y la prostitución.
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No volví a Berlín hasta junio del 2003, invitado a dar una conferencia en el citado Instituto, y después regresé como turista en varias ocasiones, hasta que a partir de julio del 2006 estuve viviendo en la ciudad dieciocho meses seguidos. Desde entonces, Berlín se ha convertido en la ciudad en la que más tiempo he residido, incluso más que en Barcelona, donde tengo mi casa. Hoy, al ver derrumbarse ese simbólico muro convertido en fichas de dominó, a mí que –visto lo visto- nunca me ha gustado hacer ostentación de ser de ningún sitio, me he sentido un poco berlinés.
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11 comentarios:

Pepo Paz Saz dijo...

Fernando, gracias por trasladarnos con tus palabras a la tarde-noche berlinesa de ayer. Te puedes imaginar la avalancha de información que tuvimos por aquí al respecto. Yo estuve viendo un programa emitido por la noche en Cuatro de la serie "Callejeros viajeros" sobre la vida en Berlín y, sí, todos nos sentimos también un poco berlineses en la distancia. También yo tuve una experiencia extraña en mis dos visitas al otro lado del telón de acero: una a Budapest y otra a Bratislava. Sobre todo en la que hice a esta ciudad de la antigua Checoslovaquia puesto que en Hungría ya soplaban vientos de cambio. Pudimos vivir, aunque fuera de pasada y con la distancia del testigo, una realidad muy complicada. No sé a quién habría que apuntarle en el debe una crítica al mundo que orbitaba en torno a la Unión Soviética. Supongo que a los que callaron en su momento ante los crímenes de Stalin o el aplastamiento de la Primavera de Praga. No obstante: basta plantarse en cualquier punto del litoral costero que nos separa del continente africano, de Cádiz hasta Almería y Alicante, observar la llegada de pateras repletas de gentes que huyen de otros mundos donde tampoco resulta, a día de hoy, deseable vivir. Es más, resulta deseable morir antes de seguir viviendo allí. Quien dice esto puede mirar hacia la frontera mexicana, etc, etc. Es decir, tenemos tantas cosas pendientes de arreglar en nuestro primer mundo que resulta hasta anacrónico llegar cada noche a la cama y poder dormir con la conciencia tranquila ¿no te parece?

Mario G. dijo...

Zu Recht. Du bist ein Berliner (geworden).

Un saludo desde el otro extremo de la República,

Mario

Fernando Valls dijo...

Que me va a parecer, Pepo, que tienes toda la razón. Saludos.

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

¡Qué buen artículo, Fernando! Corroboro lo que dices porque casi por las mismas fechas viajamos por la antigua Checoslovaquia y Hungría y la sensación fue muy similar a la que tú tan bien describes con respecto a Polonia.
Estoy contigo,no sé si el mundo es mejor o peor que antes, pero, desde luego, para los países de más allá del telón de acero seguro que sí lo es.
Sobre lo que dices con respecto a los comunistas españoles, no es que no se enteraran, es que no querían enterarse, que es muuy distinto. Así les ha ido. Todavía sostienen algunos(recientemente en "El País") que no hay de qué perdir perdón. Seguramente, quien dice eso no habrá leído a Vassili Grosmann, pues su "Vida y destino" pone bien a las claras cuál fue el verdadero rostro del estalinismo. Aunque sólo fuera por Andreu Nin, ya tenían que haber pedido perdón muchas veces. No hay peor ciego que el que no quiere ver.
Reitero, muy buena entrada.

Un abrazo, Javier.

Eva Peña dijo...

Si algo tuvo el derribo del muro es que fue un acto de justicia para millones de ciudadanos que estaba oprimidos y hartos de soportar tantas décadas de tiranía, y de hambre...
La falta de libertad en esos países es la prueba de la debilidad de sus ideas, impuestas a machamartillo como un mecanismo de poder puro y duro, eso sí, los mandatarios todos forrados al más puro estilo comunista.

Supongo, Fernando, que estando instalado en Berlín habrás percibido también muchas esperanzas defraudadas entre los berlineses orientales. Seguro que el mundo libre no es la panacea que tal vez prefiguraban antes de caer el muro. También en Occidente hay injusticias, pero no creo que haya uno solo que sienta nostalgia del antiguo régimen.

No sé si el mundo es mejor ahora que en la época de la Guerra Fría, pero podríamos ir por el buen camino si se van derribando barreras, sobre todo mentales. No sé qué opinas sobre Cuba. ¿No crees que allí también habría que abrir la ventana a la libertad?

Fernando Valls dijo...

Pues, sí, Eva, los ciudadanos del Este se sienten defraudados y encuestas recientes dicen que muchos de ellos preferirían volver a la situación anterior, lo que cuesta trabajo entender. Pero, por ejemplo, hoy, un maestro, por el mero hecho de trabajar en el antiguo Berlín este, cobra menos que los que lo hacen en el viejo oeste, lo que me temo que debe ser anticonstitucional.
No conozco Cuba, pero me parece una dictadura feroz, injustificable, con y sin bloqueo, donde ninguno de los españoles que la siguen defendiendo vivirían, padeciendo las penurias que sufren los cubanos.
Gracias a todos por vuestros comentarios.
P.S. Vuelvo a recordar, una vez más, que no publico Anónimos, como el que me han mandado en varias ocasiones en las últimas horas sobre el cuento español actual. Las tonterías malintencionadas me gusta comentarlas, me produce satisfacción pasar la apisonadora por encima de los cobardes que se amparan en el anonimato, pero quiero saber con quién dialogo y no perder el tiempo hablándole al viento. O sea que en cuanto se identifique, tendré mucho gusto en darle cumplida replica.

Isabel González dijo...

Ana Blandiana, 'Proyectos de pasado', editorial Periférica. Once relatos mágicos y brutales que nos acercan a la huella que dejó el régimen comunista en la carne y en el alma de la gente.

Julia dijo...

Al comunista despistado pero curioso, le recomiendo leer GULAG, de Anne Applebaum. se trata de un estudio detallado y científico del sistema desde sus orígenes.

Pilar Galán dijo...

Precioso comentario.
La pena es que el muro que desapareció en Berlín ha reaparecido en tantos sitios.

José Luís P. Martí dijo...

Felicidades Fernando por tu articulo, y como dice Pilar Galán, aún quedan otros muros que tumbar. Así que hagámoslo a nuestra manera, esto es, a "palabrazo" limpio.
Un saludo a todos.

marisa dijo...

Es uno de los artículos más emocionantes y lúcidos que he leído en estos días.Entre el comunismo totalitario y alienante, y el capitalismo salvaje y egoísta que deja a los que no le sirven abandonados a su suerte( o a su desgracia) tiene que haber otra opción.Una opción más humana, más justa.Los alemanes tiene una historia compleja y llena de horrores, pero su capacidad de empujar todos juntos hacia el mismo lado para que el carro avance, es digna de admiración.Un abrazo y enhorabuena por el texto.