jueves, 27 de marzo de 2008

Rafael Azcona: el último retoque

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"Mi muerte no será mía. Será de la familia, a la que le dejaré el muy considerable engorro de un cadáver", le comentaba Rafael Azcona a la periodista Nuria Navarro. Hoy dicen los periódicos que ha muerto Azcona, y que era el guionista más importante de la historia del cine español. Y debió serlo, sin duda, puesto que trabajó en algunas de las mejores películas de directores tan significativos como Marco Ferreri (El pisito y El cochecito, en las que aparecía fugazmente), Luis García Berlanga (Plácido, El verdugo y La escopeta nacional), Carlos Saura (La prima Angélica y ¡Ay, Carmela!), José Luis Cuerda (El bosque animado y La lengua de las mariposas) y Fernando Trueba (Belle Époque), por sólo citar una muestra mínima de su ingente producción.
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Hasta hace muy poco, menos de una década, apenas sabíamos nada de Azcona, ni siquiera circulaban fotos suyas recientes. Pero le acabó ocurriendo lo mismo que a Pepín Bello, y parece que en esta ocasión el responsable fue Juan Cruz, quien consiguió sacarlo de su alejamiento de la vida pública, de los medios de comunicación, cuando ya disfrutaba de una cierta leyenda de invisible. Sí ha logrado Azcona, en cambio, ser enterrado con discreción, quizás espantado ante el espectáculo en que el diario El País convirtió la muerte del poeta Ángel González.
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Él mismo ha contado que llegó a Madrid en 1951, con la intención de ganarse la vida y convertirse en escritor. Era entonces una ciudad de cafés, tertulias, pensiones, funcionarios, militares y sacerdotes disfrazados de curas, un Madrid gris y pobretón, plagado de pícaros, que intentaban sobrevivir como podían. Dicen los conocedores de su obra que estos años fueron el semillero de sus historias, pero también debieron influirle sus autores predilectos, Baroja y Valle-Inclán, para poder contar cómo eran los españoles. Nunca he olvidado que le gustaba decir que "el hombre es un animal sin alas; algunos remontan el vuelo, pero caen rápido".
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Pronto debió darse cuenta de que ni podría sobrevivir, ni estaba especialmente dotado para la prosa narrativa. Lo suyo eran, más bien, textos como los que, entre 1952 y 1958, publicaba en la La Codorniz, revista a la que llegó de la mano de Mingote, y donde creó el personaje del repelente niño Vicente. Pero de su primera novela, El pisito (1957), surgió la película de Marco Ferreri y su definitiva dedicación al cine. Como escritor, de haber perseverado, hubiera formado parte de la generación del cincuenta, junto a Ignacio Aldecoa, con quien compartió veraneos en la entonces idílica Ibiza, Ana María Matute, Jesús Fernández Santos o Carmen Martín Gaite.
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Tanto su obra literaria, reeditada en estos últimos años con retoques del autor, como sus giones, forman parte de lo viene llamándose la tragicomedia de la vida española, que tan bien ha estudiado Juan Antonio Ríos Carratalá. Pero Azcona adobó la existencia de sus antihéroes con las necesarias dosis de humor, ironía, ternura y piedad, para que pudieran sobrevivir con una cierta dignidad.
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No hay más que recordar algunas de las entrevistas que concedió para darse cuenta de que siempre intentaba quitarle importancia a su trabajo, quizá porque prefería pensar que el guión desaparece en el conjunto de la película; o como decía Ennio Flaiano, que el guionista existe porque los directores y los productores de cine no siempre tienen tiempo para ocuparse ellos del guión; o recordar aquel clásico dicho de Hollywood: "Había una actriz tan tonta que se acostaba con el guionista".
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Me gustaría creer, en fin, que esto no es una necrológica, sino sólo el cariñoso recuerdo de un espectador, de un simple aficionado al cine que disfrutó con sus películas. Valgan, por tanto, estas líneas, como un modesto tributo de respeto y admiración, de quien ha pasado tan buenos ratos con sus diálogos, en compañía de los personajes que se inventó, de esa fórmula (me consta que lo digo de una manera inapropiada) que antes se llamaba el toque Azcona. Así, mientras llega a las pantallas la nueva película de José Luis Cuerda, con guión de Azcona, basada en Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, no me resisto a repetir aquí la afortunada definición de David Trueba, quien lo ha llamado "nuestro Balzac de la tragedia grotesca".

5 comentarios:

Dédalus dijo...

Entiendo lo que te supone la pérdida. Yo también soy uno de los que, durante tiempo, le he admirado y admiro. Y, desde luego, tu entrada no es una necrológica, sino, como pretendes, un cariñoso recuerdo. Así la he leído y sentido yo.

Saludos.
(Te vi donde Juan Yanes).

Sergi Bellver dijo...

El mejor homenaje que le podrá hacer uno a Azcona es disfrutar (seguro, el trabajo de Cuerda y del también desparecido Méndez así lo auguran) de su próximo/último guión con Los girasoles ciegos.

Estupenda tu bitácora. Supe de ella por el boca a oreja, un premiado cuentista amigo (JCM) me lo comentó, y hoy por fin pude pasear un rato por esta nave.

Todos locos, o eso me parece que estamos.

Saludos.

Don Cogito dijo...

Azcona tenía su tertulia en el Café Comercial de Madrid (en la glorieta de Bilbao.) Ayer me pasé por ahí y pude ver que habían puesto unas flores (dos rosas)en una de las mesas donde solía sentarse.

Saludos

Mery dijo...

Creo que era un hombre muy sencillo en su trato, casi ajeno al gran mérito que tenía.
Los personajes brillantes, cuando actúan así, brillan aún mas a mis ojos.
Muy de agradecer todo tu escrito sobre él.

Anónimo dijo...

Los muertos no se tocan.

Vivir o decir que se ha vivido empujado por un viento virtuoso al que agradecer las muchas y buenas obras. Como si el viento no fueran los propios pasos, sus zancadas de gigante.