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Empiezo con tres poetas: Julia Uceda (1925), María Victoria Atencia (1931) y Olvido García Valdés (1950); sigo con una narradora, Cristina Fernánez Cubas (1945); una editora y narradora, Esther Tusquets (1936); una filóloga, Aurora Egido (1946); una filósofa, Adela Cortina (1947); y, por último, Carme Riera (1948) y Paloma Díaz-Mas (1954), que son narradoras y filólogas. La más joven cuenta con 53 años y la mayor con 82, aunque les puedo asegurar que la más veterana de todas se encuentra más lúcida que nunca, en plena producción literaria, acaba de publicar un excelente libro de cuentos y está escribiendo unos poemas extraordinarios que formarán parte de su próximo libro. Me parece que todas estas mujeres que cito poseen una obra y una trayectoria indiscutible, pues han sido galardonas con varios premios nacionales de literatura, con el premio de la Crítica, y traducidas a otras lenguas. Y la contribución de las filólogas citadas al mejor conocimiento de la literatura medieval y del Siglo de Oro y a la poesía del siglo XX me parece indispensable. Quiero decir que sin sus trabajos conoceríamos mucho peor el romancero, la lírica y el teatro del Siglo de Oro, la obra de Gracián, la de los poetas de la llamada generación del 50 y la cultura y literatura sefardí.
¿Por qué no han pensado los académicos en ellas como candidatas a los sillones vacantes? ¿No es posible que tres académicos se pongan de acuerdo en uno de estos nombres, o en otro de similares méritos? No hay que ser feminista, a la manera tosca que se suele ser entre nosotros, ni siquiera creer en las injustas y humillantes (para las mujeres) cuotas femeninas, para tener que llamar la atención sobre el desconocimiento, la falta de equidad y el machismo, también, que supone la ausencia de todas estas personas en una institución que debería mostrarse más estricta en la elección de sus miembros, sean escritores del sexo que sean. Pero de lo que estoy más convencido es de que todas las citadas, y otras más que podrían aducirse, de ser elegidas, estarían en la Academia por sus propios méritos intelectuales y no como producto de las siempre arbitrarias cuotas.
P.S. El lector curioso debería visitar el blog de Juan Pedro Quiñonero, Una temporada en el infierno, ya que añade otros casos y nuevas razones sobre lo que aquí apuntamos.


2 comentarios:
Estimado Fernando:
Hay muchas profesoras en la universidad que podrían trabajar en la Real Academia Española.
Creo que el ingreso en aquélla se ha convertido en una distinción social o en un regalo al que se accede sin méritos en la materia y para el que no se está preparado convenientemente.
Es un cargo de responsabilidad (y debería serlo también de productividad). De mala manera podrá la Real Academia ofrecer algo de valor si quien ostenta el cargo no sabe cómo hacerlo.
Pienso que es imprescindible ser filólogo para formar parte de la Academia. Y tenemos muy buenas filólogas en España. Bastaría con revisar los departamentos de Lengua Española de las facultades de Filología de universidades como la Autónoma de Barcelona, la Universidad de Zaragoza o la Complutense de Madrid.
Un nombre que conocerás bien por todo lo que tiene que ver con el cuento español es el de María Jesús Lacarra Ducay. Aunque doctora en Románicas, su contribución al cuento español en la Edad Media resulta incuestionable.
Nada tengo en contra de los actuales miembros de la Real Academia Española, pero muchos de ellos no sirven para el cargo.
Un saludo,
Rafael Hurtado.
Fernando:
"Cuota femenina", qué humillante!
La política argentina también dispone un cupo similar para mujeres en las Cámaras de Diputados y Senadores.
Pobres migajas sistemáticas de burlas machistas, que no se atreven a cotejar las capacidades intelectuales más allá del sexo.
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