viernes, 30 de agosto de 2013

MIGUELÁNGEL FLORES en Mykonos

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MYKONOS
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Esta es la crónica que debería hacer otro, pero que hago yo.
Lo primero que me sorprendió al llegar fue la cantidad de juventud que aguanta hasta las siete de la mañana y sin perder el entusiasmo por las calles de la ciudad. Luego, su belleza mediterránea. Mykonos es tan lindo, que parece un decorado preparado para un rodaje de película. Tan blanco, tan cuidado. Con sus barandas de colores, azul, verde, rojo. Ese suelo empedrado de pizarra bordeada de blanco. Con ese laberinto de calles entrecortadas, que me trajeron a la memoria aquellas por las que circulaba el comecocos de los ochenta persiguiendo qué comer. Allí nos enteramos de que se construyó así para dificultar en su tiempo la entrada de piratas y cortar de este modo el viento que impera en la isla la mayor parte de los días. No sé si tendrá algo que ver el aire, pero casi todo lo construido se halla concentrado en Chora, que es como llaman a la ciudad. Como si los edificios hubieran sido barridos o atraídos por un sumidero, quedando muy poquitos diseminados por el resto de la isla. Sólo otro pueblo puede considerarse tal, Ano Mera. Curioso nombre por el que uno, quizá, lo imagina en otro sitio y, en cambio se haya justo en el ombligo de la ínsula. Está formado por una gran plaza con unas pocas construcciones alrededor, entre ellas el Monasterio de Panagía Turlianá, con un campanario tallado y una fuente de mármol.
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Los Molinos
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Puesta de sol en Alefkandra
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Iglesias las hay por todas partes. Pequeñitas. Tan blancas por fuera y tan ortodoxas por dentro. Recargadas en su interior, como la salita de mi tía Aurora, llenas de cuadros oscuros, de dorados, de sillas, de brocados. En un ambiente solemne y denso. Resulta fascinante por fuera la de Panagia Paraportiani. En realidad se trata de una amalgama blanca de cinco iglesias juntas que así sin más me trajo a la memoria el sombrero-elefante de El Principito.
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También me encantaron los molinos de viento, majestuosos contra el mar y el cielo. No tanto las playas de agua cristalina y arena cubierta de hamacas, de las que visitamos Super Paradise, Paraga y Paradise en menos de dos horas. Dando por zanjada así nuestra experiencia playera en la isla.
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Una de las casi 70 iglesias de la ciudad
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Panagia Paraportiani

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Fue curioso encontrarme con el idioma griego, con el que continuamente me parecía estar entendiendo lo que decían, cuando en realidad no entendía ni papa. Me explico, tienen un acento, una entonación que realmente parece que estés escuchando a alguien de Logroño, o de Salamanca. En varias ocasiones me pareció oír expresiones como: “el tomate, mejor licuado”, “hasta hoy no te he visto”, o “siete caballos vienen de Bonanza”. Claro, luego uno prestaba atención y nada que ver con la lengua de Cervantes.  
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Requetemaravillosa la puesta de sol en el barrio de Alefkandra. Llamada la Pequeña Venecia porque el mar llega hasta sus cimientos golpeándolos continuamente. De qué manera todo el mundo se concentra en sus alrededores para contemplar el atardecer en el mar y contra sus fachadas. Allí, todos apretujados, esperando los últimos momentos, aguantando casi la respiración. Y cómo al llegar a ser engullida la última porción de sol por ese azul cada vez más negro, la gente explota, aplaude y vitorea. Y de alguna manera, entre palmas, te sientes hermanado con toda esa gente a la que llevas viendo desde hace tan sólo veinte minutos. Y sientes como si un mismo sentimiento recorriera a todo el mundo. Como si una gran misión en la que estuviéramos embarcados hubiera llegado a buen puerto con el esfuerzo de todos. Y es como si creyeras por momentos que la raza humana no está perdida del todo. Hasta a la señorona de delante, que no ha parado de moverse y que te golpeó en un descuido con su bolso Versace en tus partes íntimas, dan ganas de darle un abrazo fraternal que te reconcilie con ella y con todo el mundo de la moda.
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En el patio de Panagía Turlianá, Ano Mera
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Pelícano Petros
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No puedo obviar a Petros, el pelícano de la isla, al que te encuentras paseando por sus calles como un vecino más. Y del que cuentan que hace años llegó herido, que allí lo cuidaron y decidió quedarse a vivir. Que creó tanta expectación, que cuando el animal murió de viejo allá por 1988, fue sustituido por otro ejemplar. Convirtiéndose en la mascota y símbolo oficial de la isla. Según dicen, actualmente son tres los que viven en sus calles, a los que resulta fácil encontrarte por las calles de Mykonos.
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Además, habría que destacar cómo cambia Mykonos cuando se va el día. Calles que había visto por la mañana las redescubría horas más tarde, lo mismo que si les hubieran subido el contraste en una pantalla, con otra perspectiva y color. Como si esa fuera la hora real de lucir la ciudad en todo su esplendor. Y si durante el día paseas boquiabierto, al llegar la noche lo haces con los ojos totalmente abiertos.
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Después de tres días, en los que comí musaka y ensalada griega, bebí retsina y tomé frapé; todo ello repetidamente, partí, con dos horas de retraso, en ferry a Santorini, en donde viví un tiempo de secano y a oscuras. Días en los que venía la luz y el agua durante dos horas, cada cierto tiempo y sin avisar, al menos en mi hostal, pero si te pillaba fuera… Pero todo esto queda para otra crónica.
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Sí es cierto que cuando uno se va de las Cícladas lo hace con la sensación de que ha sido o será griego en otra vida.
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Calle de Mykonos
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Puesta de sol en la isla
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13 comentarios:

Asun dijo...

Hay tantos lugares maravillosos en el mundo, espero poder visitarlos. Y si no los conoceré a través de tan buenas fotos y crónicas.
Felicidades.

Lola Sanabria dijo...

Otro lugar de ensueño para visitar. No sé si viviré para tanto.

Abrazos para anfitrión y visitante.

Alí Reyes dijo...

No en vano es una islita legendaria. si no me equivoco la usaron para filmar la comedia musical MANMA MÍA con el fondo meloso de ABBA
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Acabo de escribir un comentario en tu entrada anterir acerca del uso de gas sarín en Siria

Susana Camps dijo...

Iba a preguntar cuánto viven los pelícanos, pero ya está resuelta la duda. No me cuadraban los números.
Abrazos jónicos. O corintios.

Beatriz AA dijo...

Yo las pisé, pero no llegué a vivirlas. Tengo ganas de encontrar mi isla griega, solitaria y ventosa, y hartarme de tomates y feta. Alguna vez será.

Un abrazo

manuespada dijo...

Estuve allí y recuerdo al pelícano. Me ha encantado esta crónica. Lo de la tía Aurora, genial. Un abrazo.

Ximens dijo...

¡Ay!, ¡ay!, que no me va a dar la vida para tanto. Buscaré un viaje fuera de temporada donde disfrutar sin tanta gente. Gracias, Miguelángel por llevarme aunque sea mediante la crónica y esas fotografías. El problema será qué lunar de Grecia elegir de los muchos que tiene en su piel de agua.

Patricia Nasello dijo...

Miguelángel, gracias por las palabras que transportan.
Fernando, gracias por La Nave.
El viaje continúa.

Pedro Herrero dijo...

Dices que esta crónica debería escribirla otro... Pues no sé qué más podría decir, que tú no hubieras dicho ya. Casi podías ahorrarte las imágenes (magníficas, por cierto), ya que tus palabras dibujan a la perfección todo cuanto viste y viviste.

El poco tiempo que estuve en Mykonos fue tan insultante que me da vergüenza confesarlo. Tuve apenas tiempo para darme cuenta de que todo era bello menos la imagen de los cinco cruceros que hacían cola en la bahía para descargar a su ejército de turistas. No sé cuándo podré volver, pero no dejo de pensar en ello.

Gracias por compartir ese precioso y preciso relato.

Purificacion Menaya dijo...

Miguel Ángel, yo también vi a Petros en 1992, pero seguro que era otro distinto al que viste tú... Me has traído Mykonos otra vez con tus palabras, qué bien lo has contado, aunqnue cuando yo estuve por allí no había tanto turista haciéndole la ola a la puesta de sol. Oye, y las playas a mí me gustaron, quizá porque ir hasta ellas era una aventura, cogíamos un autobús hasta la primera playa y luego una barquita (casi tipo patera) que iba descargando gente en cada cala, Paradise, Superparadise... Yo también quiero volver a perderme en una isla blanca de estas...

Pedro Sánchez Negreira dijo...

NO conozco Grecia, ni sus islas y -ahora que sé que tengo un pelícano tocayo en Mykonos- he encontrado la excusa perfecta para justificar mi viaje. Sólo me queda poder permitírmelo.

He disfrutado -y mucho- de tu crónica, Miguelángel. Nos la regalas con esa calidad literaria que intentas disimular -sin éxito, porque se nota, claro que se nota- debajo de un barniz de naturalidad despreocupada. :)))

Gracias a los dos, por el regalo. A Miguelángel por su crónica, a Fernando por traernos a Miguelángel.

Un abrazo,

virgi dijo...

No me dió tiempo de Mykonos, ahora me la haces renacer.
Precioso y cautivador.
Besos

Miguelángel Flores dijo...

Gracias Asun, Lola, Alí, Susana, Beatriz, Manu, Ximens, Patricia, Pedro, Puri, Negreira, Virgi, por vuestros comentarios. Qué lujo de comentaristas. Qué lujo de viaje. Gracias, Fernando, de nuevo.