martes, 23 de diciembre de 2008

Autorretrato de ALFONS CERVERA

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Lo que se ve por fuera. Ni alto ni bajo: para qué. Flaco. Desde que abandoné el fútbol no aumenté ni un gramo. Magia y biología. De aquel tiempo sólo me queda el recuerdo de un futbolista irrepetible: Enric Gensana. Era del Barça, años sesenta. Nunca le conocí personalmente, habíamos quedado a comer en Barcelona y se murió unos días antes. No me escondo: lloré sobre la página del periódico que anunciaba la noticia. Y qué si lloré. También lloré cuando Esplendor en la hierba y cuando los guardias emboscados mataron a Faye Dunaway en Bonnie and Clyde. En las grandes novelas el llanto no existe: sólo la rabia. Las novelas que hacen llorar son una patata. Y mira que hay. Me enjugo el lacrimal. Y sigo. La espalda un poco encorvada, seguramente de cuando tenía nueve años y empecé a trabajar en el horno de pan que tenía la familia: tanto tiempo doblando el espinazo sobre el tablero enharinado me dejó así. No pasa nada: ni se nota. Ojos que casi no se ven, como de oriental postizo. Es la parte que se ve a la primera. La que no: nariz rota en un lance nada épico. A los siete años me caí por las escaleras de casa y se hizo pedazos: la nariz, no la casa. Ni al médico me llevaron. Igual hubiera sido peor. Mi madre y mi tía me abocaron a una palangana, la llené de sangre y a jugar enseguida por la orilla del río en Gestalgar, el pueblo de la Serranía valenciana donde nací y en el que vivo. Muy pequeño, apenas trescientos habitantes en invierno. Bastantes más en los veranos. Estoy bien allí. No sabría vivir en otro sitio: y menos aún en las ciudades grandes. No sé si en París. A lo mejor. Decía de la nariz rota. Más roturas: la muñeca izquierda. El fútbol adolescente. Me hizo el puente un imbécil y la mano se quedó como una garra histérica. Cuarenta días después, el médico la liberó de la escayola, se la miró dándole vueltas y dijo: “hostia, se ha quedado torcida”. Me dio una palmadita en la cara y añadió: “no pasa nada”. Pues eso. Ni ustedes lo notan ni yo tampoco. Hay vida después de las lágrimas en las películas, de la rabia en las novelas que nos salvan la vida, de las fracturas cuando la carne está creciendo y no hay dios que la pare. ¿Y escribir qué? Nunca lo había pensado. Leer sí. Todo lo que me prestaban: en casa no había libros. Había montones de sacos de harina, garbones de leña para alimentar el horno moruno, una radio que por las noches evitaba que me derrumbara de sueño sobre la amasadora mecánica. En aquella época devoraba las novelas del Oeste de Silver Kane y las del espacio que escribía George H. White: la admiración sigue todavía hoy en la forma más honda y sentida del agradecimiento. Un día alguien me acercó Últimas tardes con Teresa. Musité (¿se dice así?): sólo por una novela como ésta ya vale la pena ser escritor. Juan Marsé: el único escritor de entonces que según las solapas de sus libros no era licenciado en Filosofía y Letras. También me gustó por eso. Los dos éramos pobres. La verdad es que así en general los ricos no me han caído nunca bien. Y con la literatura me pasa un poco lo mismo: no me la creo cuando sólo salen los ricos, esos burgueses con sus cosas y tal. Qué quieren que les diga. Lo del siglo XIX era otra historia. Escribir como escribían entonces los franceses y los rusos y algunos de nuestros paisanos salvaba todos los recelos de clase. Conforme iba creciendo mezclaba pócimas explosivas de libros, canciones y películas: todo Lenin, el Libro Rojo (faltaría más), lo más entendible de Marx (luego descubrí que también había escrito poemas: qué cosas), Foucault, lo intenté con Lacan pero me quedé a esta parte del espejo, militancia radical para cambiar el mundo (radical: adjetivo usado por los telediarios para ensuciar la disidencia), Onetti (el primero, para que no se me olvide), A bout de souffle (bueno: Jean Seberg), Rayuela (¿pasa algo?), Tom Waits y Marianne Faithfull (aunque no sepa ni papa de inglés), Samuel Beckett, Conrad y Jean Ray, los poemas de Borges (lo otro casi nada, y menos aún que se quedara ciego para no ver lo que pasaba con la Junta Militar argentina), Walser, Kafka (el rey, como Elvis Presley en lo suyo), Neruda y Emily Dickinson (no los emparejo: me ha salido así), Alejandra Pizarnik, Celan, Trakl y Olvido García Valdés (demasiado para el cuerpo tal cuarteto, aunque no se les entienda casi nada: y qué, como cuando lo de llorar), Saul Bellow -Philip Roth (dos en uno, o al revés), Ángel González y algunos -no muchos- puntos suspensivos. Leo todo menos lo que no me gusta y tampoco leo a los escritores que desprecio como individuos. Un día, Kenia, la perra diminuta que tiene mi hija Laia, vació la biblioteca de casa y dejó un paisaje desolador después de sus mordidas. Lo mejor: se salvaron los libros imprescindibles. Sin embargo, acabó a dentelladas con los más miserables, incluidos en el mismo paquete sus autores. Desde ese día, Kenia vive como una reina (una reina de esas de los cuentos, no de las de verdad, que no me gustan nada). Y es que cada vez me gustan menos cosas en la literatura y en todo. Me importan poco (NADA) las listas de éxitos: sólo si en ellas salen Juan Marsé y Caballero Bonald. Me va bien en esto de escribir novelas y no me muevo de mi gente de Montesinos aunque me maten. No sé si hay algo más hermoso que inventar historias. Tampoco sé cómo dicen que escribir es sufrir. Pues que no escriban. O es que en vez de escritores son masoquistas. Tal vez sea eso. No me creo ninguna trascendencia. Bueno sí, dos: la amistad y William Faulkner. Hasta luego. No saben ustedes lo que es eso de contarse uno por dentro y por fuera. Yo lo acabo de saber ahora mismo. Poco antes de poner este punto. Éste.......

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* Alfons Cervera es narrador, poeta y articulista, tanto en catalán como en castellano. Entre sus obras destaca la novela Maquis (Montesinos, Barcelona, 1997). Su último libro publicado es la novela La lentitud del espía (Montesinos, 2007). Sobre el conjunto de su obra debe consultarse el estudio de Georges Tyras, Memoria y resistencia. El maquis literario de Alfons Cervera (Montesinos, 2008).
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* El autorretrato es de Luis Eduardo Aute.
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Perdón por la irrupción... En el blog El oteador - http://eloteador.blogspot.com - han colgado una encuesta para evaluar cuál ha sido la mejor antología, si "Los cuentos que cuentan" o "Mutantes". Veremos cómo está el patio...

Martín Narváez

Javier Quiñones dijo...

Estimado Alfonso, es tan bueno tu autorretrato como lo son tus novelas. Aprovecho la oportunidad de que te asomes a estas páginas, ya lo has hecho en anteriores ocasiones, memorable fue tu carta a Fernando sobre la muerte de nuestro común amigo Ignacio Soldevila, aprovecho, pues, para decirte, aunque sea virtualmente, que tu trilogía, la formada por "El color del crepúsculo", "Maquis" y "La noche inmóvil" es de lo mejorcito que se publicó en el final de siglo y que en casa lo leímos todos (la lástima es que no somos muchos y además leímos en los mismos ejemplares, aunque también te digo que alguno que otro he regalado a los amigos por ahí) y con enorme placer. Vaya, pues, mi felicitación por ello y por este hermoso texto, en el que tan bien quedas retratado, que le has regalado a Fernando y a los lectores. He estado muchas veces en Valencia por asuntos literarios, pero nunca hemos coincidido. Yo también recuerdo a Gensana y a Segarra y claro, cómo no, a Fusté y a Gallego y a Eladio, y al bueno de Benitez que se murió de una intoxicación creo que por comer mejillones en mal estado. Tal vez, para que no todo sean coincidencias, haya cometido yo un error: ser licenciado en Filología Hispánica, ¡qué le vamos a hacer!
Un abrazo y que te sea propicio, a ti y a los tuyos, el 2009.