martes, 19 de julio de 2011

ANTONIO BÁEZ

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"El descanso"

En casa se celebraron mucho mis primeras gafas graduadas de miope, que me compró mamá a los 17 años, ella con pocos más, después de haber empezado a leer ambos a Pablo Neruda. En casa todos gozaban de excelente salud visual y yo fui el primero. Tras la publicación de mi primer libro de cuentos en una edición llena de erratas. Comprendí que mi vida había estado marcada más que por las gafas que consecutivamente había tenido que ir adquiriendo, por las maletas que había destrozado en mis viajes. La primera vez que me fui lo hice con una vieja caja de cartón que había que cinchar para que se mantuviese cerrada. Con ella habían estado mis padres de luna de miel. Se moría de aburrimiento debajo de una cama. La llené de calzoncillos y calcetines para contentar a los de casa y la metí en un tren que viajaba al norte, de donde regresé yo solo con un puñado de piedras en los bolsillos. En verano rompía unas gafas y perdía una maleta. Acabo de llegar a una ciudad en la que voy a estar un par de meses. He descargado las maletas del coche y después de vaciarlas las he llevado al trastero en un sótano frío que me ha producido cierta inquietud. Sin saber por qué me han venido cosas extrañas a la cabeza, como encontrar a un ocupa albino al abrir la puerta. En casa mi mujer y mis hijos han celebrado mucho que por fin me decidiese a operarme de la vista. Es que en verano para hacer deporte las gafas son un coñazo, he dicho yo por ahí. Y alguien, con el mejor juicio de todos, me ha replicado: ¿Y cuándo has hecho deporte tú? Pienso que podría empezar hoy mismo ahora ya. Sin hacer prácticamente cambios unos años después de mi primer libro de cuentos, publiqué el segundo, con más erratas que el primero. En ninguno de ellos hago referencia a la importancia que han tenido para mí las gafas con las que he intentado amar ni las maletas sin las que he querido huir... 

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La primera vez que me propuse perder la virginidad fue en verano y recuerdo que leía a Yukio Mishima. Por supuesto no lo conseguí. Veamos alguna versión de los hechos. En la terraza de los apartamentos en los que trabajaba me propuse asaltar a una de las camareras de piso de un modo inesperado. Me hubiese podido pegar con una de las botellas de cerveza que estaba recogiendo, pero le bastó con mirarme en el momento en el que me dirigía hacia ella. Me daba vergüenza pensar que sería de los pocos chavales dedicados aquel verano a la hostelería que nunca se habían acostado con ninguna mujer. Por las tardes desde la terraza en la que se había frustrado mi fantasía amatoria divisaba melancólico un horizonte surcado de hidropedales con mujeres que se entregaban en su duermevela a las caricias de Apolo. Luego remataba mis faenas y regresaba en tren a casa leyendo. Aprendí mucho ese verano y el siguiente. En realidad las picardías y los trucos de los hosteleros más bribones de la costa. Lo que más les importaba era sacar tajada. Para mí aquel era un trabajo con el que costearme el curso. Tenía mucho tiempo para leer porque por una serie de circunstancias de índole picaresca acabé sentado tras un mostrador que funcionaba como conserjería. En uno de los cuentos de mi primer libro, plagado de erratas, hice que esa camarera con la que no perdí la virginidad me sedujera en la terraza del último piso, a pleno sol del mediodía. Me resulta imposible, eso sí, recordar su nombre, pero he retenido en la mente con todo detalle su rostro no demasiado agraciado y picado con marcas y hoyitos de la viruela. En mi segundo libro de cuentos, que es prácticamente un plagio del primero y que no consiguió librarse de las erratas, sólo tuve que jugar con la introducción de algunos adverbios para contar lo contrario, que ante la propuesta más que explícta de la camarera para convertirme en un hombre experimentado, yo metí la cabeza en el libro de un escritor japonés que se atravesó las tripas ritualmente.

Antes de publicar mi segundo libro de cuentos me puse a calcular cuántas personas podrían haber leído el primero, de donde me pareció que podrían ser unas doscientas. Caray, no está mal si uno lo piensa detenidamente y no entra en las odiosas comparaciones. Me convertí en un lector obsesivo a los 16 años, antes de usar gafas, de la mano de Jack London. Un día mientras escribía un cuento para mi segundo libro llamaron al timbre de la puerta. Un hombre rubio y perlado de gotas de sudor, como si fuese el remedo burlesco del dios Mercurio, me alcanzó un pequeño volumen que se titulaba Huellas y que me ofrecía a un precio razonable. Me invitó a que lo hojease antes de comprarlo y sólo pude leer la primera frase de la introducción, que decía así: “Tras la 1ª edición de esta antología, en un total de 2000 ejemplares. Sin cambiar prácticamente nada de lo que es el contenido; por una serie de razones que explicarlas en su totalidad pienso...” Me bastó para decidirme a su compra y nunca más volví a tener noticias de su autor. Con una sintaxis que tan pronto movía a la risa como al llanto coloqué el libro en un estante entre otros y lo olvidé. Sin embargo, algo oculto apeló a mi inconsciente, porque de ahí a unos días comencé a recopilar cuentos para montar un nuevo libro y en casi todos me propuse introducir frases que reprodujeran un modelo sintáctico tan aberrante como el que os he mostrado ahí atrás. Cuando se publicó estuve tentado también de copiar su modo de vender el libro de puerta en puerta. Imagino que hubiese llegado a muchos más lectores. Un cuento que en el primer libro se había titulado Autostop pasó a llamarse en el segundo, tras unas ligeras variaciones, Huellas, como homenaje. Pensé que más allá de su poco o mucho talento un escritor es un ser pintoresco, casi estorbadizo. He sacado de la biblioteca pública Missing de Alberto Fuguet, donde dice, en la primera hoja: “Un escritor puede ser raro, puede vivir en su cabeza, no tiene que -no debe- vivir igual que los demás”. A veces uno comienza a escribir una historia e igualmente sigue uno leyendo cosas, porque uno si cree en algo es en la contaminación. Y es como cuando te caes, te fracturas una pierna, te la escayolan y sales a la calle y no dejas de ver escayolados por todas partes. Del mismo modo en lo que escribes en lo que lees hasta en lo que sueñas empiezas a encontrar señales marcas coincidentes que le dan al mundo una orientación, un atisbo de orden. No es por otro motivo sino por ese por lo que sigues adelante.
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Antes de empezar con el siguiente fragmento de estos recuerdos que son un pastel de lo que fue, de lo que no y de lo que pudo haber sido, he bajado a la calle para ayudar a mi mujer a montar a los niños en el coche: un carrito, una mochila con bañadores, un bolsa con meriendas, además hay que atarlos a las sillas adaptadoras y antes de eso llegar al propio coche, que por suerte hoy no estaba aparcado demasiado lejos. Cuando he regresado al portal he hecho un horrible, un espantoso descubrimiento. Las llaves que he sacado, con las que he pretendido abrir la puerta estaban equivocadas. Me he visto en la calle sin dinero, sin llaves, sin teléfono y con una ropa de estar en casa demasiado ridícula y desaliñada como para andar dando paseítos por ahí. Al tiempo que he sentido pánico se me ha ocurrido que desde el locutorio de la esquina me podrían dejar hacer una llamada. En efecto, me han dado un minuto. Mi mujer ha regresado y me ha entregado su llavero por la ventanilla del coche. Casualmente a ella le faltaba la llave del portal y he tenido que llamar al telefonillo de varios vecinos hasta que uno ha contestado y me ha abierto. Luego he regresado al locutario a pagar la llamada. La aventura no ha durado más de quince minutos. Por fin he retomado el plan inicial que era escribir en soledad un par de horas. A los 20 años leí Crimen y castigo de Dostoievsky, estando en algunas sesiones de lectura bajo los efectos de la fiebre, que yo asimilaba a un posible estado de drogadicción. Lo comenté con un amigo de entonces y él me dijo que había tenido alguna experiencia parecida. En aquella época la grisura del mundo en el que vivía sólo encontraba escape por medio de la literatura y la fiebre. En un libro de cuentos que tengo inédito y que en modo alguno se parece ya a los dos publicados, tan iguales entre sí, hay uno que habla de unos vecinos. En concreto de la mujer que me ha abierto la puerta, gracias a la cual ahora estoy escribiendo y no dando tumbos por ahí con un aspecto estrambótico, esperando que mi mujer y mis hijos regresaran de la playa. De la mujer y de su marido, que son dos empedernidos fumadores a los que nunca he visto sin un cigarrillo entre los dedos. Tras la publicación de mis dos primeros libros de cuentos en un total de 400 ejemplares vendidos. Los presento desgastados por el tiempo y la rutina tras miles y miles de cajetillas de tabaco, que si se apilaran servirían para construir la muralla de una ciudad. Frecuentan las terrazas de las cafeterías de la calle desde que se prohibe fumar en sus interiores, pero nunca los he visto más allá, en las terrazas a las que yo voy a fumar, y es lo que me intriga, el hecho de que a ellos no les guste perder de vista la calle en la que viven.

A los 21 años hice un viaje en verano al otro extremo del país en tren. A ratos leía a Bakunin. Había escrito algunas cosas, pero había decidido esperar para adoptar la postura del escritor otros veinte años. Tras la publicación de mi primer libro de cuentos, cuando yo ya tenía más de cuarenta. Comencé a escribir un segundo libro de cuentos, en el que opté por inventar unas historias tan radicalmente distintas a las del primero que el resultado fue una especie de autoplagio. En esta suseción de recuerdos me doy cuenta de que en ninguna de ellas he abordado el momento en el que perdí la virginidad. Entre Bakunin y el Poema de Gilgamesh, en la edición de Borges para su biblioteca personal. Sin embargo, en uno de esos cuentos que titulé “Panem et circenses” en el primer libro y que en el segundo se quedó fuera conté mis andanzas de aquella época, durante el curso que siguió a aquel verano del viaje al otro extremo del país. Mucho más alcohólicas que amatorias. A diferencia que a mis compañeros de piso de estudiantes las mujeres no lograron interesarme. El ejercicio amatorio me parecía coreográficamente previsible y vano. También es verdad que en ese cuento no todo era yo, que en realidad en aquella época tenía una novia. Hice una mezcla de ocurrencias y suposiciones personales y las que le atribuí a cierto compañero que me intrigaba. Me retraté a través de alguien muy distinto a mí, pienso que de una manera muy certera. Tuve algunos embrollos de mujeres en aquella época mientras gestaba un personaje que estaba al margen de todo eso, que se entretenía bebiendo y observando a los demás, leyendo las etiquetas de las botellas. En verano, lo conté al principio, hice un viaje al norte. Allí conocí a una mujer, que era como yo, virgen. Una noche tomamos un puré de patatas cocinado con vodka, a la mañana siguiente estábamos desnudos bajo un saco de dormir, pero seguíamos siendo vírgenes. Mis gafas se habían roto por la mitad y tuve que pegarlas con una cinta adhesiva. Al comienzo de este cuento escribí que hice el viaje con una maleta de cartón, pero sólo me llevó a ello la imagen, no la verdad, además la hice coincidir con la maleta que usaron mis padres en su viaje de novios. En realidad era una pequeña mochila de un azul estridente. Y no la olvidé, nunca la dejé atrás en ninguna huida, me deshice de ella un buen día con algo de nostalgia. Literariamente funcionaba mejor contarlo de otro modo. Mentir también.
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Muchos hombres se sienten fracasados porque instalan su vida en la mentira. Para un escritor la mentira es un elemento fundamental de su día a día. El éxito de un escritor es la mentira, la mixtificación, el derroche de confusiones. El relato de una vida, de cualquier vida, ya sea inventada o real, es un espejismo ficticio. Yo nunca ponía la atención en lo que me contaban, sino en cómo lo hacían. Siempre encontraba orificios de silencio con muchísima información interesante. La mentira puede ir en la vida o en su relato, el escritor elige la del relato creyendo ingenuamente que se libra de la mentira en la vida. Un cuento sólo merece la pena si es piadoso. En un cuento se perdona todo, todo se ama y todo se comprende. A los 8 años leía el catecismo porque en casa no había otros libros. He escrito un cuento que va de eso, que difiere de este que estás leyendo sólo en algunos aspectos adverbiales. Una y otra vez uno no hace sino leer soñar escribir signos coincidentes que conducen al mundo en una dirección, esa falacia de sentido es una experiencia que se parece mucho a lo que ofrece y proporciona la religión. Tras la publicación de mi tercer cuarto quinto libro de cuentos en un total de muy pocos lectores en comparación con otros pero muchísimos si se consideran en sí mismos. Desde ese futuro irreemplazable habré decidido sobre mi pasado irreal, pero pasado al fin. Que había llegado el momento de abrir un gran orificio, yo diría ahora boquete, de silencio. El descanso.
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*Antonio Báez Rodríguez (Antequera, Málaga, 1964) publicó en el 2008 un libro de relatos titulado Mucha suerte, ha aparecido en la antología Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos (Cuadernos del Vigía, Granada, 2010), y en otoño saldrá su primera novela en la editorial Talentura, titulada La memoria del gin tonic.

* La foto, que data de 1970, está hecha en el parque de Málaga.
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3 comentarios:

Mita dijo...

Hace años que sigo el blog de Antonio, me alegra que le haya dedicado una entrada, por su creatividad diferente, por su formación y por el trabajo de investigación que son todos sus escritos.
Besos

Rosana Alonso dijo...

He tardado en comentar porque quería leer con calma,leer dos veces además y reposar el texto.

Me gusta la mezcla de recuerdos y ficciones del narrador que nos llevan a reconsiderar lo real y lo ficticio de nuestras memorias asociándolo además a la escritura en un texto. metaliterario.
De Antonio conocí alos microrrelatos gracias a La Nave y me ha gustado leer este relato.

Un saludo al Navegante y abrazo al Capitán

hombredebarro dijo...

No lo he podido hacer antes. Gracias, Fernando, Mita y Rosana, en primera instancia, y por supuesto a todos los lectores de esta nave, que son muchos.