miércoles, 17 de octubre de 2012

Microlecturas, 10: Orlando Van Bredam

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Según mi madre, el primer cuento que escribí trataba del amor imposible de un payaso por una trapecista que le era absolutamente indiferente. Es todo lo que recuerda, además de que el texto tenía media carilla y el autor diez años. No lo recuerdo, pero debió ser así. De modo que, sin saberlo, ya había escrito mi primer microrrelato.
A esa edad, comencé a leer con voracidad e insomnio. Un libro que no olvido es La isla del tesoro, de Robert Stevenson, cuya traducción impulsó en mí el deseo indeclinable de escribir. Mi miedo, mi más profundo miedo, consistía en pensar que iba a ser algo pasajero y que cuando llegara a los catorce, no sé por qué, dejaría de hacerlo.
No dejé de hacerlo, pero la lectura se convirtió en una necesidad más firme. Así descubrí, como muchos, la novela gótica de la mano de Bram Stoker y Mary Shelley, el cuento de terror con el genial Edgar Allan Poe y la literatura fantástica con Ray Bradbury y Jorge Luis Borges.
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El profesorado en letras no arruinó, como suele suceder, mi deseo de escribir. Al contrario, sistematizó mis lecturas y me enseñó a buscar la carpintería de un relato, aquella armazón invisible que lo sostiene y lo convierte en literatura. Me dio herramientas para leer mejor y posibilitó que hasta el día de hoy, pueda pensar en voz alta, con mis alumnos, sobre el arte de escribir y también de interpretar un texto.
En los años noventa, incitado por la mítica revista Puro cuento, de Mempo Giardinelli, que traía en todos los números minificciones, me propuse escribirlas. Mientras lo hacía, descubría escritores colosales como Ambrose Bierce, Henri Michaux, Alfred Jarry, Franz Kafka y muchísimos otros. En castellano, me asombraba con Marco Denevi, Augusto Monterroso, Ana María Shua, David Lagmanovich, Raúl Brasca, entre los contemporáneos. Porque a esta altura, yo había advertido que la microficción existió siempre, aunque ahora haya adquirido autonomía e identidad.
Ya hay brevísimas narraciones donde la intencionalidad desborda el texto y exige la activa participación del lector en algunos libros orientales como el Panchatantra. El Calila et Dimna y El libro de los derviches, así como en las fábulas de Esopo, de Fedro y Lafontaine.  No podemos no mencionar las parábolas de Jesús del Nuevo Testamento, donde lo que se cuenta es mucho menos de lo que en realidad se dice. Como sucede con la minificción actual, en que muchas veces, el verdadero significado o sentido del texto se esconde o se escamotea.
El chiste popular de existencia oral es, a su modo, un microrrelato. Un graffiti que apela a  otro texto ausente (“Vamos por parte” Jack, el destripador) también lo es.
Me gusta la minificción por su carácter repentista, ocurrente, por la sagacidad que supone quitar palabras para quedarse sólo con el hueso de la historia. También, porque más allá de sus antecedentes ilustres, es un subgénero narrativo de nuestro tiempo signado por la celeridad, como dice Vattimo, y está dirigido a un lector impaciente que a veces sólo está de paso por el ancho mundo de la literatura.
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* En las fotos aparece el autor del texto.
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3 comentarios:

AMALTEA dijo...

No conocía al autor, falta que tengo intención de reparar cuanto antes. El recorrido literario, desde Stevenson al relato mínimo, es un proceso alquímico que conduce al aprendiz hasta la orla de maestro. La referencia al chiste - de Jack el destripador- como ejemplo de relato breve al que no le falta significado, me ha recordado a otro de R.Gómez de la Serna, referido a un accidente ferroviario que causó cincuenta muertos:¡Había sido aquel pitido el pitido del presentimiento, el pitido de la despedida definitiva del tren!

Esther Andradi dijo...

Tuve la suerte de conocer personalmente a Orlando Van Bredam en el Foro Internacional de Lectura de Resistencia(en el norte argentino), que organiza Mempo Giardinelli todos los años. Además de la revelación que genera su narrativa y la sutileza con que encara la microficción, es una gran persona. Gracias Fernando por traerlo a la Nave! Un abrazo

orlando Van Bredam dijo...

Gracias, Esther, por tus apreciaciones. Es un placer subirse a esta nave llena de literatura! Abrazos a todos.