lunes, 21 de noviembre de 2011

RICARDO SUMALAVIA

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SÍLABAS
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Una noche, llevados veinte años juntos, suma de un largo noviazgo y matrimonio, él le contó a su mujer que de niño había sido tartamudo. En realidad, esta confesión ni siquiera era tal, a lo sumo se acercaba al centro de una charla que sostenían en ese momento. Lo digo así, de pronto, porque acababan de ver una película en la que el protagonista retardaba las sílabas con insistencia. La película había sido buena y ellos se sentían plenos al salir de la sala de cine. En ese contexto, entre comentarios diversos, vino lo de su tartamudez infantil. Ella, con la misma soltura, le dijo que igualmente de niña pasó una temporada lidiando con su lengua. Ambos rieron. «Y pensar que ahora hablamos con fluidez», le dijo él a ella, pero también pudo ser ella quien lo dijo. Poco importaba; se sabían felices. Caminaron abrazados hasta el auto aparcado a sólo dos calles, aún con los recuerdos de la película. Una vez dentro del vehículo, él se colocó la correa de seguridad y puso las manos sobre el volante. Ella tomó una de las manos de su marido y la sujetó con fuerza.
Ambos mantuvieron la mirada fija hacia adelante, adivinando una larga avenida con postes de luz que se repetían incesantemente, como sílabas de una infinita palabra.
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* Ricardo Sumalavia (Lima, 1968) ofrece talleres de narrativa desde 1990. Actualmente reside en Burdeos, ciudad en la que creó El Taller Virtual La Cueva hace cuatro años. Ha publicado los libros de cuentos Habitaciones (1993), Retratos familiares (2001) y Enciclopedia mínima (2004), algunas de cuyas piezas han sido recogidas en diversas antologías. Su primera novela, Que la tierra te sea leve, apareció en Bruguera. Estos microrrelatos forman parte del libro inédito Enciclopedia plástica

8 comentarios:

Pedro Herrero dijo...

De cómo la felicidad de unos personajes puede provocar desconcierto en el espectador, que asiste a un episodio intrascendente, pero bajo el cual se adivina un inquietante desafío. No parece haber nada en el horizonte que vaya a turbar la estabilidad de esta pareja. Pero el narrador mantiene una estudiada neutralidad cuando detalla el gesto concreto, por parte del hombre, de sujetar la correa de seguridad y asir el volante, y el de la mujer, de agarrar con fuerza una mano ocupada. En esas condiciones (creo yo) ningún final puede quedar más abierto que esa larga avenida, presentada como trampolín hacia la nombrada felicidad, o tal vez como obstáculo definitivo.

Desconocía la obra de Ricardo hasta el momento. Algo que espero remediar en el futuro.

Anita Dinamita dijo...

La forma en que está narrado el relato, la forma en que llega la confesión que no es una confesión, hace que presientas durante la lectura que lo que no tenía por qué ser nada importante, lo va a ser, pero sin saber la manera. Y llega ocn una metáfora que creo cada persona verá de una manera diferente, por lo que lo veo como un relato interactivo, abierto y muy interesante.
Saludos!

Gemma dijo...

Coincido con Pedro. Ese final de su tartamudez coincide con el principio de cualquier otro problema, o así lo interpreté yo. También me parece una pieza de fino humor.
Abrazos

AGUS dijo...

Quizá sea el instante de máxima felicidad, su punto álgido. Y quizá, siendo ambos concientes, ya pasó. Sin embargo, por delante, todavía les aguarda una extensa avenida de árboles parejos y simétricos que podría llamarse rutina.

Un placer leer a Ricardo, gracias Fernando.

ADÁN DE MARÍASS dijo...

Bello relato del distinguido escritor y amigo Ricardo Sumalavia, titulado «Sílabas», sobre tartamudeos amorosos y la consistente relación afectiva.

Antony Sampayo dijo...

Hola.
Es un relato agradable, y hasta con trazos de humor, como cuando el tipo le informa a su esposa lo de la tartamudes infantil.La prosa es estupenda y el final abierto invita a que busquemos nuestro propio final.

Abrazos.

Ximens dijo...

Para mi la clave esta en " Y pensar que ahora hablamos con fluidez", cuando es falso, han tardado veinte años en comunicarse. Y ambos se dan cuenta en el interior del coche que no funcionado. O tal vez no. Me gustó leer y pensar.

Rosana Alonso dijo...

Me parece una pieza muy sutil, muy elegante.
Y toda la fuerza del micro está en el final, que me parece abierto a muchas inerpretaciones además de la más obvia.

Gusto de leer a Ricardo

Un saludo cordial