jueves, 28 de abril de 2011

RAFAEL-JOSÉ DÍAZ

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"En autobús por Tres Cantos"
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Mientras el autobús recorría las zonas industriales de aquella población del extrarradio, yo me removía en mi asiento de la parte trasera intentando descubrir el título o el autor del libro que mi compañero de viaje, sentado justo delante de mí, estaba leyendo. Se trataba de un joven de unos veinte años que ostentaba en el lado izquierdo del cuello un tatuaje con forma de ideograma chino. Constreñidas por unas colinas más bien resecas, las grandes empresas se alineaban como si ya con la propia arquitectura de sus sedes estuvieran compitiendo. Pasarelas descendentes junto a paredes de cristal segmentadas cuadrangularmente, entramados de metal abrazados por enredaderas y suspendidos sobre un aparcamiento destinado a los empleados, aleros casi ingrávidos, pequeñas plazas acaso rotatorias en las que los trabajadores podían descansar o fumar en una de sus pausas, suntuosas cristaleras ahumadas semejantes a la piel de un animal dormido que no era otra cosa que la sede de la principal empresa petrolera del país. Logré leer algunas frases del libro que el joven sentado delante de mí iba leyendo abstraído, despreocupado de un paisaje que a mí me fascinaba. El autor, fuera quien fuese, hablaba del éxtasis de los místicos como un goce, una experiencia de plenitud, una comunión y un estado de gracia. Afirmaba, en otro lugar —mi lectura era incómoda, pues, a poco que me inclinara en exceso hacia delante, el lector, por el rabillo del ojo, detectaría mi curiosa intromisión lectora—, algo así como (no recuerdo ahora mismo las palabras exactas) que la cópula era para los budistas tántricos el sustentáculo del trance. En la misma página, un poco más arriba, aparecía el nombre de Lacan y, unas líneas después, el de San Juan de la Cruz. Con estas premisas, no sé por qué, empecé a vincular lo que veía a través de los cristales del autobús con las palabras y expresiones sueltas que, entre bache y bache, podía sustraer del libro del lector. Era extraño que todo aquello estuviera sucediendo al mismo tiempo: no solo que un joven de unos veinte años, en aquella ciudad de la tecnología y de la industria, estuviera leyendo unas lecciones sobre la experiencia mística, sino, además, que aquel autobús, en el que no había, aparte del lector y de mí, más de tres o cuatro pasajeros, todos ellos sentados en la parte delantera, siguiera una ruta que, según me indicó el conductor al preguntarle al principio por mi destino, era circular y estrictamente simétrica a la de otro autobús que salía del mismo punto y hacía el mismo recorrido pero en sentido contrario; y, asimismo, que las inquietantes sedes de empresas que se iban sucediendo dictaran algo así como un rumor de fondo del que las palabras, aquellos sustentáculos de experiencias ya casi inaccesibles hoy en día, se iban destacando gracias a los baches que el autobús superaba con respingos más o menos bruscos. No había ninguna explicación para todo aquello, especialmente para el hecho de que yo estuviera en aquel autobús a aquella hora. En determinado momento, escuché la voz del conductor y pensé que me estaba avisando de la proximidad de mi destino. Me acerqué hasta él y me dijo que no, que estaba indicándole su destino a otro pasajero, que el mío tardaría un poco todavía. El otro pasajero era el lector, que, con el libro guardado en su mochila, sin que finalmente pudiera enterarme de quién era el autor, se bajó como si tal cosa en aquella parada dejando en el autobús un vacío que podía resumirse de este modo: me quedé solo en la parte de atrás del autobús; dejé de tener ante mí un ideograma chino cuyo significado me intrigaba; el libro del que había podido espigar irradiaciones que, en cierto modo, combatían mi desgana lectora, había desaparecido; habíamos llegado a una zona de la ciudad en la que ya no atravesábamos polígonos industriales sino edificios convencionales de viviendas de clase media. Así que, cuando comprendí que todo se desmoronaba, tomé una decisión: casi de un modo furtivo, para que el conductor no se hiciera extrañas preguntas que nadie iba a contestarle, me bajé en la parada siguiente. Luego deambulé durante toda la tarde.


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* Rafael-José Díaz (Santa Cruz de Tenerife, 1971) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna (1989-1994). Fue lector de español en la Universidad de Jena (1995-1998) y en la Universidad de Leipzig (1998-2000). Dirigió entre 1993 y 1994 la revista Paradiso. Como poeta ha publicado seis libros: El canto en el umbral (1997), Llamada en la primera nieve (2000), Los párpados cautivos (2003), Premio Tomás Morales de poesía 2002, Moradas del insomne (2005), Antes del eclipse (2007) y Detrás de tu nombre (2009), Premio Pedro García Cabrera de poesía 2007. En el volumen titulado Le Crépitement, con prefacio de Philippe Jaccottet, se recoge una selección de sus poemas traducidos al francés. También ha publicado entregas de su diario, entre las que cabe destacar La nieve, los sepulcros (2005). Ha traduccido obras de Arthur Schopenhauer, Hermann Broch, Philippe Jaccottet, Gustave Roud, Pierre Klossowski, Jacques Ancet, Fabio Pusterla, Ramón Xirau y William Cliff. Como ensayista, ha publicado recientemente Rutas y rituales, una selección de sus ensayos escritos entre 1993 y 2003. Y, como narrador, acaba de aparecer su primer libro de relatos, Algunas de mis tumbas y un libro de prosas titulado Insolaciones, nubes. Mantiene desde hace un año el blog Travesías (www.rafaeljosediaz.blogspot.com), en el que va publicando apuntes, relatos y textos misceláneos. Actualmente es profesor en el I.E.S. Pintor Antonio López (Tres Cantos, Madrid).
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* La foto fue hecha en Gredos por Massamba Ndaye, durante el pasado mes de marzo.
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6 comentarios:

Citopensis dijo...

Suerte tener un profesor así...

Un saludo.

Rafael-José Díaz dijo...

Mil gracias, amigo Fernando, por acoger mi relato en tu estupendo y necesario blog. Un cordial saludo.

Araceli Esteves dijo...

Es una maravilla de relato, al que te quedas pegado desde la primera linea. Me ha encantado estar sentada en ese autobús, contemplando todo lo que Rafael ha querido que viéramos. Enhorabuena. Y gracias por presentarnos a otro narrador indispensable.

Arthur dijo...

Considero a R-J Díaz como un autor ya consagrado, del que prácticamente no haría falta incluir la reseña bio-bibliográfica que aparece. Con todo, sigo prefiriendo su poesía, en especial La voz en el umbral, Moradas del insomne y Los párpados cautivos.

Alfredo J. Ramos dijo...

Excelente relato, un gran acierto su selección. La descripción del paisaje urbano de Tres Cantos es algo más que una buena fotografía: crea relaciones que ponen en pie la red de correspondencias sutiles sobre las que se levanta todo el texto y potencian su impacto en el ánimo del lector.

Rafael-José Díaz dijo...

Gracias a todos los que han comentado el relato. Es una especie de "divertimento" que, como me dijo hoy un compañero del instituto de Tres Cantos, ofrece el reflejo especular entre la ventana del autobús que discurre por la arquitectura industrial y la otra ventana del libro que, insólitamente, habla de mística. Luego los dos personajes en ese diálogo sordo. Y enseguida termina. De nuevo gracias y un saludo para todos, especialmente para Fernando.