viernes, 7 de enero de 2011

LOLA SANABRIA

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"Vocación"
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Preciosa, dijo papá de mi tarjeta, mostrándola a todos sus amigos, muy orgulloso. El doctor Jeremías hizo un movimiento de aprobación con la cabeza. Mosser, el bibliotecario, la estudió despacio, luego me revolvió el pelo con la mano mientras sostenía que mi futuro estaba, sin lugar a dudas, en ilustrar libros. Mamá, en cambio, dijo que no debían darme alas por una simple felicitación navideña.
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Llené mi habitación de dibujos que pegaba a la pared hasta que acabé cubriéndola toda. No cejaba en mi empeño de ser la artista de la familia. Al principio sólo por agradar a papá, pero más adelante le fui cogiendo gusto a las acuarelas, a los rotuladores, a las purpurinas, al guash, a las ceras...; cualquier cosa era válida para adornar mis tarjetas de cumpleaños, de bodas o de Navidad. Hasta esquelas hacía en esas noches de viento y lluvia, cuando escuchaba pelear a mis papás.
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De mayor, intenté que me aceptaran en una imprenta, pero ya tenían ilustrador. Continué llenando de dibujos las habitaciones de la casa, que seguía compartiendo con mis padres, mientras llamaba a todas las puertas. Fue entonces cuando me salió aquel trabajo en la morgue. Se trataba de hacer las tarjetas identificativas que colgaban del dedo gordo de los muertos. Me gustaba mirarles a la cara, ver más allá de sus cuencas vacías, del tajo en la garganta, de la sangre coagulada en la media luna bajo las costillas, ver en el ombligo el cordón que una vez los unió a sus madres. Y hacía verdaderas maravillas. Pájaros, mariposas, caracolas, nubes, olas... Pero mis jefes no eran entendidos en arte. Querían sólo el nombre en negrita, solitario, triste. Me echaron del trabajo.
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Fue por aquellos tiempos cuando papá y mamá murieron envenenados por el monóxido de carbono de la vieja caldera. Me encargué de todo. Los lavé y peiné. Cepillé el traje de papá, planché su camisa de popelín, saqué brillo a sus zapatos. A mamá le puse una de sus batas, para qué otra cosa. Pero me esmeré en darle colorete, pintarle los labios y las uñas. Colgué de sus dedos gordos las tarjetas más bonitas que había hecho nunca. Papá era un pájaro que volaba hacia el cielo. Mamá una tortuga que se desplazaba por la tierra. También las esquelas, que en lugar de ribetes negros, los llevaron azul cobalto. Lloré de emoción cuando los vi a los dos tan juntitos, tan llenos de colorido. Y de ahí me nació la idea.
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Mis papás tenían mucho dinero ahorrado. Según el notario, porque mamá veía venir que no sabría valerme yo sola, y mi papá porque me quería dejar en buena situación para que no me preocupara a la hora de dar salida a todo el arte que llevaba dentro.
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Como siempre, papá tenía razón en eso de dejar salir lo que llevaba dentro. Y dentro revoloteaba el cuervo agorero de mamá que era el que daba muerte a todos aquellos desahuciados. Y dentro estaba la luz que brillaba en las etiquetas que iba colgando de los dedos gordos de mis clientes. Si acabé aquí fue por una falta de espacio, porque por muy grande que fuera la casa, por muchas cámaras frigoríficas que comprara, llegó un momento en que no tenía dónde meterlos a todos. Los fui abandonando en los bancos de parques e iglesias. Y como toda artista tiene su estilo inconfundible, al final consiguieron identificarme.
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* Yo nací en una casa grande, en una calle ancha llena de mecedoras y sillas en verano y de soledad y ladridos de perros en invierno. En un pueblo de la sierra de Córdoba, con un barrio alto que tenía una plaza de tierra prensada con un bar pequeño, y un barrio bajo con unas escaleras que bajaban a la plaza del Ayuntamiento, la casa del juez, la de las maestras, la del veterinario, la de los dos médicos, y el Café Español, con su salón de baile.
Mi casa de muros de adobe, puerta de madera maciza, veinte centímetros de llave de hierro, pasillo de piedrecitas colocadas como hojas, losetas pintadas de rojo a los lados, paredes encaladas, varias habitaciones, una despensa, una bodega con grandes tinajas, la cocina, el comedor, el patio, el gallinero y la cuadra. Arriba, el doblado con los arcones, el castillejo, algún somier de muelles hundidos, las artesas para curar los jamones, las orzas para los lomos y las aceitunas, y un cabezal de níquel desgastado.
Vivía con mi abuela, mis padres, mi hermana, mis tíos y sus seis hijos. Camas comunales de ropas revueltas, corros de mujeres cosiendo al atardecer en el patio, tamborileo de dedos en las palanganas de porcelana, “El submarino amarillo” cantado por mis primos a la vuelta de la carpintería, risas; y el olor del jabón hecho en casa, de la colonia a granel, del betún de los zapatos. Años de infancia y adolescencia donde germinaron mis primeras historias.
Con diecisiete años me vine a trabajar y estudiar a Madrid. Los cuentos se replegaron a un lugar de mi interior para dejar paso a los conciertos de jazz en el Johnny, los cine forums, los sueños de libertad. Un compañero y dos hijos, mi trabajo como Técnico Auxiliar en Centros Ocupacionales con personas con discapacidad intelectual, me han dado la estabilidad. Y aquí sigo bajando a la mina de mi memoria, a la infancia cargada de imágenes, olores, sabores y roces de piel de las que surgen nuevas historias.
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Por lo demás, Lola Sanabria ha cultivado la poesía y la narrativa, y ha participado en varios concursos, ganando algunos de ellos.
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21 comentarios:

Elisa dijo...

Qué gusto da encontrar aquí a Lola, una escritora que toca muchos palos y todos bien. Merece la pena recorrer su blog con detenimiento.

AGUS dijo...

Sigo con atención a Lola desde hace un tiempo. Sus textos rezuman emoción y me gustan especialmente esas pinceladas certeras que describen con precisión la anatomía de los gestos. Y lo mucho que estos dicen de sus personajes. Se maneja muy bien en todas las distancias y tiene un dominio del lenguaje excelente. Además su literatura siempre tiene fuertes tintes sociales. Es un placer exquisito leer sus textos.

Gracias Fernando por traerla por aquí.

Abrazos.

Rosana Alonso dijo...

Una alegría encontrar aquí a Lola.
Siempre es un placer pasar por su blog y leer sus textos.
Este microrrelato me inquieta y me conmueve por igual. La voz que narra nos transmite esa inocencia y pasión por su arte que no conoce ni bien ni mal.

Gracias a Fernando, enhorabuena a Lola y abrazos para los dos.

Gemma dijo...

Inquietante microrrelato que trasluce la idea de que ni siquiera el arte es capaz de salvarnos.
Abrazos

Lola Sanabria dijo...

Agradezco al anfitrión que haya tenido la gentileza de hacerme un hueco en su nave, además de algunas correcciones al texto que acababa de salir del tintero y le faltaba pulirlo un poco. Gracias, mil, Fernando.

Elisa ¡qué bien huelen esas flores que me echas! Muchísimas gracias.

Agus, tus comentarios sí que son extraordinarios, siempre. Gracias por todos los que me vas regalando.

Rosana, intuitiva y rápida en cogerlo todo al vuelo en un texto. Gracias por darle el primer tajo al texto con tu excelente bisturí.

Gemma, no sé si siempre pero creo que el arte sí nos da una oportunidad para poder salvarnos de alguna manera. Muchas gracias por dejar tu huella por aquí.

Puñado de besos a repartir.

Elèna Casero dijo...

Este relato y Lola merecen estar aquí, en esta página.
Descubrí a Lola no hace mucho tiempo pero ahora ya soy incondicional porque siempre se hacen descubrimientos.

Un abrazo Lola

Jesus Esnaola dijo...

No se me ocurre mejor modo de inaugurar los micros de "La nave.." 2011 que haciéndole un hueco a Lola, escritora excelente y sensible.
El micro encierra una reflexión sobre la importancia redentora del arte salpicada por ese humor negro tan frecuente en la obra de Lola y que tanto me gusta.

Estupendo micro, estupenda escritora, estupenda "La nave..", como siempre, no se te escapa una, Fernando.

sergio astorga dijo...

Fantástico mi dedo gordo se comienza a hinchar.

Abrazos coloreados.
Sergio Astorga

Lola Sanabria dijo...

Y estupendo tú, monstruo de las letras.Gracias, mil.

Besos con nocturnidad y alevosía, Jesus.

Anita Dinamita dijo...

Una alegría encontrar aquí a Lola, un relato magnífico, Lola que no había leído.
Abrazos

Lola Sanabria dijo...

Gracias, Élena, tú me sigues, yo te sigo, nosotras nos seguimos...


Mal asunto, Sergio, eso de que el dedo gordo se te hinche. Pero no te preocupes que enseguida llamo a la protagonista de la historia y te hace una etiqueta de muerte.

¡Claro, Anita! No habías podido leer este relato porque es inédito. Bueno, ya no. Gracias.

Abrazos y besos a la hora de dormir.

Sinsellos dijo...

¡¡¡Feliz año Lola, empiezas con buen pie!!!

Enhorabuena por tu entrada con este relato tan sugerente en la nave loca. Besos

Bea

Propílogo dijo...

¡Qué alegría encontrar aquí a Lola!
Con los años, leyendo a Lola, me he ido dando cuenta de que es un ejemplo de tranquila eficiencia en el arte de escribir, frente a la impaciente aceleración que llevamos otros muchos.
Gracias, Lola, por dejarnos aprender. Y gracias, Fernando, por traer a Lola.
Saludos
Gabriel

Lola Sanabria dijo...

¡¡¡Feliz año, Bea!!! Y gracias por dejar tu comentario aquí.

Gabriel, la alegría es mutua y el aprendizaje también.

Abrazos a pares y nones.

Cora Christie dijo...

Mira que me angustian algunos de tus relatos, Sanabria. Mira que consigues angustiarme como si tal cosa, con virtuosismo, contándome un cuento... con voz que se me hace de niña y detalles impecables, como trampas de juguetes de colores que no puedo dejar de pisar, hasta sentir que la "pequeña" me rotula el apodo en cirílico... después de haberme despenado en el parque de El Olvido.

¡Pero que bien escribes, malvada!

Lola Sanabria dijo...

¡Qué vas tú a llamarme malvada con el apellido que gastas!

De gratitud están hechas tus palabras, Cora, y de guiños que cojo al vuelo.

Gracias, mil.

Besos volados.

Isabel dijo...

Tanto el relato como el perfil de su autora me ha dejado impresionada y con deseos de conocerla mejor.

Gracias por traerla.

Saludos.

Daniel Sánchez dijo...

Es sin duda un referente de la microficción.

He de admitir que fue una de mis impulsoras dentro del género.

Un placer encontrarla por aquí.

Lola Sanabria dijo...

Isabel, impresionada estoy de que yo impresione a alguien. Gracias.

Daniel, aunque no me considero referente de nada, es un orgullo para mí que me pongas, nada menos, que como referente de la microficción. Gracias redobladas.

Besos, volados por si los bichos, a repartir entre los dos.

Rocío dijo...

Llego tarde, otra vez. Como siempre Lola, me deja los ojos como platos y el corazón en un puño. No tengo palabras -aparte de las que ya se han dedicado- para comentar el microrrelato. Enhorabuena.
Además, la imagen de la infancia cordobesa es otra joya, te sigo envidiando Lola (pero con mucho cariño, claro ;-)
Felicidades a los dos, y disculpad mi retraso.
Abrazos,

Lola Sanabria dijo...

Disculpada estás, Rocío. Si tú me envidias, yo te envidio a ti, porque en lo que he leído tuyo me parece que te involucras de tal manera (si no pones algo de ti, el relato nace muerto)que de las historias más sencillas consigues que sean únicas, tal es la calidad del lenguaje que empleas. Que lo sepas: eres, hoy por hoy, de lo que más me gusta.

Besos con alevosía y nocturnidad.