miércoles, 26 de enero de 2011

En la muerte del editor Jaime Salinas

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Jaime Salinas nació en 1926, en Argel, y acaba de morir en Islandia, donde vivía con su pareja, Gudbergur Bergsson, novelista islandés (con varias obras en Tusquets) y traductor del Quijote, Lorca, Borges y García Márquez, a quien conoció en Barcelona en 1956. Gil de Biedma and co. lo llamaban Han de Islandia, por la novela de Victor Hugo. Digamos que Jaime fue primero el hijo del escritor del 27, Pedro Salinas; luego, uno de los más discretos y mejores editores españoles entre los 50 y 80; y, por último, el autor de un extraordinario libro de memorias, que lamentable dejó a medias, quedándose a las puertas de contarnos lo más interesante, el trato cotidiano con los escritores de su generación y su papel como editor, junto a Carlos Barral y Joan Petit.
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Las relaciones con don Pedro, su padre, parece ser que nunca fueron fáciles. Tras vivir en Sevilla y Madrid, cuando estalló la guerra, su familia se instaló en los Estados Unidos, donde Pedro Salinas se ganó la vida como profesor de literatura española en la universidad. En 1944, Jaime Salinas se alistó como voluntario civil en el cuerpo de ambulancias del American Field Service, que acompañó a los ejércitos aliados en Europa durante los últimos dos años de la Segunda Guerra Mundial. Luego, de vuelta a los Estados Unidos se licenció en Johns Hopkins, pero tras dar clase en una escuela preparatoria, se marchó primero a París, para estudiar cine, y luego a Barcelona, donde en 1956 empezó a trabajar como editor en Seix Barral. Salinas tenía una formación más sólida y cosmopolita que sus coetáneos, hablaba bien francés e inglés, y poseía buena información sobre la literatura que se estaba cociendo entonces en el mundo. Son los años, los primeros sesenta, del Premio Formentor y del Premio Internacional de los editores, que daría a conocer la nueva literatura española e hispanoamericana en el mundo; también son los años del llamado boom, en que Seix publicó a Vargas Llosa, Cortázar, Donoso, Carlos Fuentes y Cabrera Infante y nos relacionó con los mejores editores del momento, propiciando traducciones e intercambios intelectuales muy provechosos para la apertura cultural de nuestro país.
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En 1964 se instaló en Madrid, confundó Alianza dos años después, convirtiendo la colección de bolsillo, con la colaboración de Javier Pradera y el diseñador gráfico Daniel Gil, en una de las grandes editoriales de esos años. Luego, en 1976 dirigió aquella Alfaguara de cubiertas azules rugosas, diseñadas por Enric Satué, editorial fundada por los hermanos Cela, transformándola en la casa de muchos de los grandes narradores contemporáneos, tanto españoles e hispanoamericanos, como europeos y norteamericanos. Desde Theodor Fontane, Alfred Döblin, Andrei Biely, Arno Schmidt, Robert Walser y Günter Grass a Juan Benet, Thomas Bernhard, Patrick Modiano, Luis Goytisolo, J.-M. G. Le Clézio y Juan José Millás. De su ya mítico comité de lectura, de hechuras semejantes al que años antes había funcionado en Seix Barral, formaron parte los citados Benet y Goytisolo (el bueno), Juan García Hortelano y, los más jóvenes, José María Guelbenzu, Javier Marías y Vicente Molina Foix, entre otros. Después llegaría la extraordinaria colección de clásicos, al cuidado de Claudio Guillén, en la que aperecieron ediciones modélicas de Ausiàs March, Petrarca, Marlowe, Diderot, Sterne, Fielding o Manzoni, al cuidado de Gimferrer, el no fumador Francisco Rico, Aliocha Coll, Félix de Azúa, Javier Marías o Antonio Colinas.
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Entre 1982 y 1985, durante el primer gobierno de Felipe González, siendo ministro de Cultura Javier Solana, fue nombrado Director General del Libro y Bibliotecas, pero pronto volvió a lo suyo, al mundo editorial, para dirigir Aguilar, hasta su jubilación en 1991.
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Jaime Salinas era un hombre de apariencia frágil y austera, de porte sobrio y elegante, de complexión huesuda y rostro tallado. Sus amigos lo llamaban, con respeto y cariño, tito Jaime. Desde hace años, pasaba los veranos en un pueblo de pescadores islandés, y el resto del tiempo solía recalar en Madrid, en su piso de la calle don Pedro. Aunque yo llegué a conocerlo viviendo en la Residencia de Estudiantes. En el 2003 apareció su libro de memorias de infancia y juventud, Travesías, con el que había obtenido el Premio Comillas, de la editorial Tusquets. Y desde entonces, teníamos la esperanza de que nos diera una segunda entrega de sus recuerdos, pero no ha podido ser. Una visión de lo que fue la llamada generación del mediosiglo del más discreto de sus protagonistas, sobre todo de su facción barcelonesa, con Jaime Gil de Biedma, los Goytisolo, Castellet y Carlos Barral, pero también del funcionamiento interno de Seix Barral, nos hubiera ayudado a entender mucho mejor algunos de los episodios capitales de la historia de la literatura española de los últimos años del franquismo, sobre todo de aquel momento en que se inició la apertura europea. Los que empezamos a leer entre finales de los sesenta y comienzos de los setenta, en Seix Barral, Alianza y Alfaguara, nos nutrimos de los libros que Jaime Salines tanto contribuyó a difundir entre el público lector español. Por eso tenemos que estarle muy agradecidos.
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5 comentarios:

Betlem Aguiló dijo...

Qué sencilla e interesante necrológica. Gracias, Fernando.

Fernando Valls dijo...

Gracias, Belén, y besos
Fernando

Joaquín Parellada dijo...

Me llama muchísimo la atención que sólo una persona haya comentado tu entrada, Fernando. ¿Es que la gente no sabe quién fue Jaime Salinas? ¿O es que consideran que lo que hizo no tiene importancia? Como ya he pasado por el blog de Javier, no quiero repetirme aquí, pero desde que leí el "Diario" de Jaime Gil nunca dejé de interesarme por este extraordinario personaje, cuya relevancia (como la de Claudio Guillén) va mucho más allá que la de ser hijos de grandes poetas.
Un abrazo.

Elysa dijo...

Merece ser recordado, yo siempre le estaré agradecida por Alianza de bolsillo, en un tiempo de escasez nos acercó a la buena literatura.

Un saludo

Sinsellos dijo...

Cuando leí la noticia en un periódico me llamó la atención que muriera en Islandia, que en sí ya tiene algo de literario. Y gracias a ti Fernando sé qué le unía a esa lejana isla, y muchas más cosas, pues tuve que seguir leyendo necrológica hasta el final... qué vida tan intensa y comprometida.