miércoles, 17 de noviembre de 2010

El cuento: más leña al fuego...

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Como me parece que no debo soltar esta presa con tanta facilidad, quiero empezar diciendo que en los casi tres años de existencia que tiene ya este blog, donde algunos hemos debido volvernos más locos aún de lo que ya estábamos si cabe, nunca me habían sorprendido tanto las reacciones producidas por una entrada. Pero, ojo, que no me quejo, puesto que los contendientes en juego han sido de primera.
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No sé con qué intención se escribieron estos dogmas, pero sí sé cómo los he leído yo, por lo que voy a intentar explicarlo sucintamente, no para convencer ni rebatir la opinión de nadie, sólo faltaría, sino para que conozcáis mi punto de vista, puesto que no parece coincidir con el de la mayoría de los que han dejado aquí sus comentarios, ya seáis escritores o lectores, si bien me parece que todos sois conocedores de la materia que nos ocupa. Como el debate fundamentado es tan escaso entre nosotros y puede resultar saludable, me pongo a ello, a ver si consigo explicar mi interés y, de paso, cuáles son mis posiciones.
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Nadie escribe un manifiesto, unos dogmas, de broma, para hacer un chiste, sino para dar un aldabonazo y llamar la atención, de manera exagerada, si queréis, pero así acostumbran a ser todos los manifiestos que se precien.
En los prolegómenos de éste se apunta contra la hegemonía de la novela como género imperante, a menudo convertida en una fórmula banal de contar historias, a la manera en que lo hacen algunos telefilmes, sin dejar apenas visibilidad a otros géneros narrativos, pero también contra los autores que acatan los dictados de las editoriales que sólo buscan obtener beneficios económicos con la producción de libros. Por lo que se refiere al cuento, denuncian cierto "realismo de consumo, caduco y caligráfico”, como si estuviera escrito por un Carver que fuera tonto, para entendernos.
Pero quizá lo que más haya molestado sean esos enfáticos “prohibido...”, con los que empiezan numerosos puntos. Por lo demás, y sintetizo, lo que pretenden reivindicar es una idea y una mirada más complejas y menos complacientes sobre la realidad. Acabar con trucos efectistas, que si en un principio pudieron ser necesarios, hoy se han convertido en mera pirotecnia, desde la alteración de la secuencia cronológica, a lo Mulholland Drive (2001), hasta los distintos finales, sean sorpresivos o trágicos, pasando por la utilización de la voz narrativa. Lo que vienen a decirnos, en suma, cuando corría el año 2005, es que ya está bien de echar mano de muletillas y de retórica manida, sea literaria o cinematográfica, del recurso a tramas seudopolicíacas o a cualquier otro género gastado por el abuso, del empleo de procedimientos repetidos una y otra vez hasta la saciedad, como si se usaran por primera vez; y, por lo mismo, que ya está bien de escribir sobre lo que el autor conoce de antemano y no descubre en el proceso de la escritura.
¿Qué posibilidades nos quedan entonces? Pues al escritor le queda hoy lo mismo de lo que siempre ha dispuesto: de un inmenso territorio sobre el que poder construir su obra; la literatura del presente, que siempre tiene que resultar la más exigente.
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Lo demás es literatura..., el énfasis propio del género, y me parece que no merece la pena enredarse en los subrayados ni quedar enredados en ellos. Y si yo he sintetizado bien las auténticas intenciones del manifiesto, admitiréis, queridos amigos, que al menos me sorprendan un tanto vuestras escandalizadas reacciones. Y eso es todo por hoy, que decía Porky Pig trabucándose.
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* Las ilustraciones son de Julie Mehretu.
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30 comentarios:

Jesus Esnaola dijo...

Creo que estoy bastante de acuerdo con lo que comentas. Si uno lo lee globalmente, sin dar valor de dogma a cada uno de los 22 dogmas individuales, la intención pasa por una llamada a la originalidad, a la cretividad, a la búsqueda de caminos nuevos, de ideas nuevas. Creo que, en definitiva, se prohíbe seguir escribiendo como se ha hecho ya mil veces y se invita a no convertir el cuento en una fórmula víctima de su propio éxito, si es que alguna vez lo tuviere.

Son estupendos estos debates.

Un abrazo a todos.

Antonio Tello dijo...

Querido Fernando, más allá de los prohibidos y de los dogmas, la sensación que tengo es que este manifiesto es un grano adolescente. Muchos de los que ahora alimentan los catálogos editoriales empezaron así. En Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora publicó en 2009 La erótica del relato, una antología de "escritores de la nueva literatura argentina", realizada por Jimena y Matías Néspolo. Sirve de prólogo el manifiesto del grupo Los heraldos, declarando así su deuda con César Vallejo. En tal manifiesto en lugar de la prohibición se apela al hartazgo:
- Estamos hartos del onanismo verbal.
- de los jercicios de estilo o de vanidad que nos arruinaron el oído.
- del bibliotecario ciego como del ajenjo.
- de los crímenes del Vaticano y de los pichiciegos de Oxford.
- de los graciosos que venden libros de aire, los farsantes y los funcionarios
- etc.
Lo bueno de todo esto es que los chicos tienen vocación de incendiarios y que les va la marcha. Como llevo mucho tiempo sentado a la puerta de mi casa, he visto a muchos pasar aupados al camión de bomberos, con la manguera, el hacha y la escalera.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Yo lo leí como un manifiesto sarcástico, con sus aciertos. Quizás lo que haya llamado la atención de tantos comentaristas ha sido la "omnisciencia" con la que parece abordarse el género. De todas formas, yo no estoy nada seguro de que en literatura, como en el arte en general, se puedan explorar a estas alturas nuevos territorios. Siempre habrá alguien que ya lo habrá hecho antes que tú. Un abrazo.

Marian Torrejón dijo...

Todas las veces que he tenido ocasión de leer este decálogo, sea o no sea esa la intención de los abajofirmantes, a mí siempre me ha hecho mucha gracia (“Prohibido escribir como habría escrito Carver, si hubiera sido idiota”), sin haber dejado de ver en él un claro afán doctrinal, pero también teniendo en cuenta que ya en el propio enunciado advierte de la imposibilidad de ser tomado al pie de la letra: “Prohibido escribir de lo que no se conoce. Prohibido escribir de lo que se conoce”. Uno no puede estar atento a tanta prohibición (cuando ya la premeditación está prohibida de antemano) y al propio tiempo dejar la huella de su propia deriva, que no puede dejar de ser algo personal. En fin. Si tuviera que tomarse a pie juntillas sería un decálogo paralizante que, como apunta Poli en la entrada anterior, solo animaría a encontrar la excusa perfecta para no escribir.
Pero dicho esto, también he de decir que muchos de los puntos expuestos en el decálogo los he tenido y los sigo teniendo en cuenta a la hora de escribir relatos, no para tomarlos literalmente, sino como una brújula que me señale el norte. Creo que, como el resto de catálogos, puede servir para que cada uno se vea reforzado en aquellos puntos que coinciden con su propia opción personal, y pueda desoír, sin ningún remordimiento, el resto de ellos.

Fernando Valls dijo...

Bueno, Antonio, lo de los Néspolo no tiene gracia ni sustancia ninguna; cosa que no puede decirse de nuestros dogmas. Y lo más importante, un poco después, uno de sus autores, Ángel Zapata, publicó un libro de cuentos extraordinario, y este calificativo puede utilizarse muy pocas veces, titulado `La vida ausente´ (Páginas de espuma, 2006), aunque no sé si teniendo en cuenta sus propios dogmas o no. Quizás el mismo pueda aclarárnoslo. Saludos.

Marian Torrejón dijo...

Supongo que no hace falta señalar que quería decir "decálogos" y no "catálogos" como los de los grandes almacenes.
Lapsus escriturae en esta nueva temporada Otoño-Invierno.

sergio astorga dijo...

Fernando, lo que es parejo no es chipotudo dicen los que caminan. Bastante clara ha quedado tu exposición de motivos y como en toda actividad creativa lo que importa es el antídoto, o la reacción, o lo que hay debajo de la mesa, o de las “cuecas” o de los párpados.

Abrazo dogmado.
Sergio Astorga

Olga Bernad dijo...

Yo no me escandalizo, y creo que entiendo y puedo compartir parte de lo que dices pero, frente a la sensación de "grano adolescente" que le sugiere al segundo comentarista, a mí me asalta otra: ¿el tono de estos manifiestos "rebeldes" no le parece a nadie más rancio que aquello que pretender superar?

¿No se les podría aplicar los argumentos que tú has usado para defenderlos? "Acabar con trucos efectistas, que si en un principio pudieron ser necesarios, hoy se han convertido en mera pirotecnia".

Creo que ya Horacio decía que "evitar un pecado conduce al vicio cuando falta el arte". En cualquier caso, evitar cualquier lista de pecados, por larga que sea, no asegura el arte. Y es una lista bastante discutible, además.

Esa búsqueda desesperada de la originalidad resulta un poco forzada, en mi modesta opinión. Produce cierta ternura. No sé si la originalidad puede fabricarse a base de fórmulas ni cuánto tiempo debe pasar para que esas mismas fórmulas dejen de ser originales.

Muy interesantes las dos entradas y los comentarios.
Saludos.

Joaquín dijo...

El artista verdadero se rebela contra preceptivas, retóricas y cánones. Recuérdese el diálogo con el canónigo, en la primera parte del Quijote. Cervantes fue un creador tan libre y genial, que absorbió en su novela las discusiones sobre el qué y el cómo debe escribirse, transcendiéndolo y haciéndolo arte en sí mismo.

Esto de estar pendiente de las preceptivas, es como el que sale a la calle, y antes de dar un paso, abre el manual de "cómo caminar en diez lecciones".

Olga Bernad dijo...

"pretendeN superar", quería decir al final del primer párrafo. Disculpas por la errata.

manuespada dijo...

Al fin y al cabo dictar unas reglas (y más dogmáticas) supone aferrarte a unas reglas, como las de este decálogo. Pero también es verdad que es un decálogo que es su día me hizo reflexionar sobre cómo escribía, y de hecho, intento seguir algunas de ellas. La verdad es que el decálogo está muy bien. Me imagino que en su día fue como un golpe en la mesa. Y lo de Carver idiota me encanta. Muchos imitan a Carver (de esa manera).

Jordi Masó Rahola dijo...

Un debate apasionante que he seguido con interés. Yo leí por casualidad el polémico dogma hace tiempo, y me divirtió mucho. Pero no le hice el más mínimo caso, como sospecho que tampoco hicieron sus autores.

Una aclaración sobre esta entrada que me parece importante:
quien se trabucaba no era Bugs Bonny, sino el cerdito Porky.

Angeles dijo...

Con Olga. Creo que lo que sobra al cuento actual precisamente son posturitas de estilo que han logrado aniquilar o fosilizar a más de un consagrado, que siempre escribe lo mismo. Y el merchandising, la querencia hacia la cámara de televisión, entrevistas, prensa, el face y la crítica de blogs en manos de aficionados sin preparación ni lecturas previas.

Fernando Valls dijo...

Gracias, Jordi, le daremos al cerdito Porky lo suyo. NO es raro que mi memoria flaquee, para mí hace ya mucho tiempo de todo eso... Y gracias a todos por vuestros comentarios.

Juan Carlos Márquez dijo...

Olga, te aseguro que ninguno de los firmantes (algunos excelentes cuentistas, como Ángel Zapata, Víctor García Antón, Inés Mendoza o Julio Jurado) de esos dogmas tiene nada de rancio y que no conozco a escritores con un respeto tan grande por la escritura y un compromiso mayor con ella. No son gente que pasaba por allí y decidió escribir un manifiesto. No entiendo la necesidad de desdeñar lo que se desconoce.

Juan Carlos Márquez dijo...

Ángeles, como se dice coloquialmente, te estás columpiando. Quizá puedas tú ilustrarnos sobre el cuento contemporáneo mejor que Ángel Zapata. Espero tus enseñanzas y reflexiones con ansiedad.

Juan Carlos Márquez dijo...

Antonio (Serrano), el hecho, creo yo, de que alguien haya explorado ya un territorio no debe alejar a otro autor de su propósito de explorarlo. El último explorador puede incluso no saber que ya está explorado. En cualquier caso, eso nunca será por naturaleza peor a que un autor, a sabiendas, decida frecuentar un territorio pisoteado, hundido casi por el peso de los cuerpos.

Olga Bernad dijo...

No desdeño lo que no conozco, y no soy una persona despreciativa precisamente. Hablo de cómo me suena a mí el tono del manifiesto, nada más. Lo otro que dices, respeto por la escritura, etc. no lo pongo en duda y no lo juzgo, como tampoco la producción literaria de los firmantes, así que no pongas en mi boca cosas que no he dicho.
No seamos hipersensibles.

Fernando Valls dijo...

Olga, Juan Carlos, sería más provechoso para todos que recondujéramos la discusión hacia el sentido y el valor de los `dogmas´. Gracias.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Juan Carlos, estoy de acuerdo contigo en la mayor: hay que seguir explorando (y la exploración pasa ineludiblemente por la tradición). Pero, ¿cuánta lectura (universal, de todos los tiempos) tendría uno que atesorar para estar mínimamente seguro de que no pisa un camino trillado? Tú mismo lo has dicho: uno puede estar explorando sin saber que otros ya lo han hecho. En ese caso la exploración es unilateral (del autor), porque siempre puede saltar un lector o un crítico que te lo afee: "Usted ha descubierto, pongamos por caso, el Éufrates. Véase tal autor..." Yo creo que el terreno de la innovación y la exploración es muy complejo, y a veces me da la impresión de que se enarbola como un brindis al sol. Interesantísimo debate, Fernando. No dejes de echar leña al fuego. Abrazos a todos.

Rosana Alonso dijo...

Joan Manuel Gisbert, autor de un libro infántil que está leyendo mi hija contesta lo siguiente a la pregunta, por qué escribe:

"Porque creo que hay una historia que tengo que contar yo y si no lo hago no la contará nadie más". Más o menos no es transcripción literal.

Esa es mi opinión, el Manifiesto lo conocí de casualidad al entrar en 2005 en La LLave de los campos y me lo tomé en su justa medida. Creo que el uso continuado de la palabra prohíbido es lo que puede provocar rechazo pero todas las Revoluciones son extremas. Al igual que Manu creo que me ha sido muy útil, hay puntos que no conviene olvidar. Y me quedo con lo que me apetece del Manifiesto.
Un saludo cordial

Juan Carlos Márquez dijo...

Sí, Fernando, llevas razón, centrémonos mejor en el debate, porque hasta ahora nadie ha refutado ni uno solo de los 22 dogmas del manifiesto.
Antonio, estoy de acuerdo en lo básico con tu planteamiento: ser experimental a toda costa puede provocar neurastenia, si bien yo creo que toda gran obra de arte nace de la búsqueda.

Raúl dijo...

Leo tu opinión, Fernando, y estando de acuerdo en su grueso, temo que pueda sonar a justificación del dichoso decálogo.

Suena bien lo de "pretender dar un aldabonazo", es cierto, pero siempre me ha parecido preocupante que alguien se irrogue, no la necesidad, sino la legitimidad de darlo.

Dogmatizar, no deja de ser un gesto de pretende la exclusión, de ahí que quien crea un dogma, no suele pretender sugerir o aconsejar, sino más bien encorchetar entre las paredes que él mismo ha construido (ojo, no digo yo que sea el caso, pues por no dejarme el nombre de algunos a los que no he leído, los firmantes del manifiesto me causan, no sólo el mayor de los respetos, sino en algunos casos mi más prendida admiración); pero es la propia naturaleza del "gesto de proponerlo" lo que a mi me fastidia y me incomoda.

Afortunadamente -y a la historia me remito- todos los dogmas estéticos que nos puedan venir a la cabeza, con el tiempo han devenido injustos y también superados.

No olvidemos que estamos hablando de literatura, de arte, por lo que considero necesario priorizar un acercamiento emocional, físico (visceral, si alguien me apurara) antes que una aproximación cartesiana, analítica y/o dogmática. Es una cuestión de respeto.

Abrazos.

Fernando Valls dijo...

Lo que he intentado, Raúl, más que justificar es comprender. Lo que me parece que no debe pensarse es que un grupo de gente del oficio (conozco a Inés, Ángel y Víctor, he leído sus libros y me han interesado) se reunan, reflexionen y redacten un documento con el único fin de prohibirles a los narradores toda una serie de cosas. Alguna enjundia más debe tener la cosa, ¿no?; y ese sentido que yo creo haber encontrado es lo que he tratado de explicar, muy someramente, en la segunda entrada.

Marian Torrejón dijo...

No veo por qué hemos de ser tan drásticos. Parece como si el hecho de no querer hoyar los caminos trillados nos llevara directamente a lo experimental, cuando no es así.
Toda narración es un experimento personal en el que cada escritor ha de seguir su propia búsqueda, única y subjetiva. El rumbo que después cada uno tome ha de tener su origen en una evolución natural y no en un acto de voluntad del tipo: ahora voy a hacer un cuento experimental, o: ahora voy a escribir una novela decimonónica, o una postmoderna. En mi opinión, que no pretende en absoluto pontificar, para que la elección de lo que uno escribe (si es que existe esa posibilidad) sea válida, ha de nacer de la propia inclinación a hacerlo y no de la imposición ni de la disciplina.

Poniendo todo esto en relación con el debate, creo que los dogmas de la Llave de los Campos animan a romper con los caminos trillados, a dar las claves de lo que es un determinado modo –novedoso entonces, no sé si tanto ahora ya—, de afrontar las narraciones. Pero tomados al pie de la letra resultarían no solo paralizantes, como ya dije, sino un ejercicio de disciplina que nada tuviera que ver ni con la búsqueda personal ni con la investigación ni con lo experimental, sino al contrario, un ejercicio de docilidad y sumisión a una determinada forma de hacer las cosas.

Me entusiasma –digo bien y sin exagerar un ápice—, me entusiasma La Vida Ausente de Ángel Zapata (además de que su libro La Práctica del Relato fue un feliz descubrimiento que considero una joya para cualquier escritor que empiece) pero no existe una única manera de hacer bien las cosas, y cada uno ha de atender a la suya propia.

http://orlandoromano.blogspot.com dijo...

Creo que, en el terreno del arte, los dogmas deben ser tomados como la vida misma; ninguno de los dos nos tiene encadenados para siempre. Entramos un instante en ellos, vemos lo que hay, y después nos vamos. Gran abrazo, Fernando.

Marta María López dijo...

Estos dogmas, creo yo, están escritos muy en serio, pero con una alta dosis de ironía. Están escritos por cuentistas (hay que nombrar aquí a Ángel Zapata y quitarse el sombrero o el cráneo, como decía Don Latino de Hispalis) y conocedores del cuento que tras leer los mismos errores repetidos en muchos relatos han redactado con cierta gracia alguno de estos dogmas. Creo que cada dogma es una pequeña verdad sobre el género. Esto no quiere decir que no haya escritores especialmente dotados que sean capaces de escribir un relato saltándose alguno de estos dogmas y el resultado sea una obra de arte. Pero también hay que recordar que hay que ser Carver para empezar un relato haciendo alusión a la meteorología, como dijo no sé quién.

Juan Vásquez dijo...

Estoy de acuerdo con Esnaola y me repito en el comentario de la entrada anterior. Es un llamado a gritos a la creatividad y a la escritura responsable.

Manuel Jorques Puig dijo...

Totalmente de acuerdo contigo, Fernando. Un manifiesto es de por sí exagerado, epatante, busca llamar la atención (cosa que, por lo que veo, ha conseguido solventemente). Hay que leer el manifiesto como un todo, no quedarse en las partes. Y su fin es dar un toque de atención sobre la autocomplacencia del género, tal vez demasiado mediatizado por el realismo sucio, y poner el dedo en la llaga de la falta de nuevos caminos y exploraciones que lo enriquezcan.

Hiperbreves S.A. dijo...

Estos dogmas reclaman originalidad, osadía y experimentación. Estamos de acuerdo. Tanto que creo que aún es posible que un idiota escriba un cuento genial, influenciado, psicotrópico, solemne, romántico y terrorífico, basado en una historia real con trama policiaca, muchas víctimas, un aire melancólico, una evidente utilidad, una secuencia cronológica alterada, y un final sorpresivo y feliz.