jueves, 28 de febrero de 2013

La venganza de Desdémona

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A veces la ópera es algo más que un espectáculo músicoteatral. Anoche, por ejemplo, durante la representación de Otelo, de Verdi, en la Deutches Oper de Berlín, aunque no hubo ninguna sustitución entre los cantantes, como ya empieza a ser habitual, pasó todo tipo de cosas. Para empezar, al final del segundo acto, durante la escena amorosa entre Desdémona y Otelo, como no conseguían introducir la cama en el escenario sobre la que transcurría la acción, tuvieron que bajar el telón, mientras un señor vestido de paisano nos explicaba cuál era el problema, por lo que tuvimos que esperar unos minutos antes de que dejaran a punto el escenario y prosiguiera la función. Después, durante el descanso, un altavoz proclamó a los cuatro vientos que una señora esperaba a su marido a la entrada del teatro, como si nos hubiéramos trasladado de improviso al aeropuerto. Y cuando se acercaba el desenlace, en el que Otelo da muerte a su esposa, otra señora anciana debió de padecer algún grave mal repentino porque hubo que sacarla del teatro con urgencia, rescatándola del centro de la fila en que se hallaba, con el consiguiente alboroto y curiosidad del público. Quizá se tratase, al cabo, de la pequeña venganza de Desdémona contra el liante Yago y el crédulo de Otelo, que ayer no era Moro, sino blanco blanquísimo, sin pintura alguna. Por cierto, esa idea de que la platea no tenga un pasillo central y que las filas se extiendan de un lado a otro del teatro es de Wagner.
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Menos mal que las Bretzel (una especie de rosquilla alemana) no se acabaron y el resto de la representación transcurrió con normalidad, con los cantantes a la altura de las circunstancias (Peter Seiffert como Otelo; Adrianne Pieczonka como Desdémona; y Lucio Gallo en el papel de Yago) y un final novedoso, consistente en una curiosa variante en la manera de asesinar a Desdémona, pues Otelo, de cara al público, rodea por la espalda a su esposa y la estrangula con el antebrazo contra la barra del dosel de la cama. La escenografía era lo menos afortunado de la función, pues toda la acción transcurre en una especie de patio central ante los camarotes de un barco que recorre el escenario de arriba abajo. Un escenario que parecía proceder de una representación del San Juan, de Max Aub. Debía de tratarse del barco en el que llegaron los personajes a Chipre, donde acontecen los hechos. En cada uno de esos camarotes podía verse a alguien, probablemente del coro, haciendo una cosa u otra. Yo mismo pude observar, distrayéndome de la acción principal, cómo una joven se pasaba toda la obra quitándose y poniéndose la misma camiseta, mientras se quedaba en sujetador negro y quizá con encaje. Curioso papel el de esta chica, ¿quién lo habrá ideado, el escenógrafo, ella misma? El caso es que este bulle-bulle de niños y gentes de acá para allá, nos distraía de la acción principal, de los diálogos íntimos entre Yago y Otelo, así como de los que éste mantiene con Desdémona, y que constituían la esencia de la obra. 
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Lo de menos, a estas alturas, era ya la triste suerte de Desdémona, en la penúltima ópera que compuso el gran Verdi, estrenada en el Teatro de La Scala de Milán en 1887, y que algunos, no yo, consideran entre las mejores suyas, así como la mejor versión operística de las adaptaciones del bardo inglés; a este respecto, también los hay que piensan que el libreto de Arrigo Boito supera la obra del propio Shakespeare. Sobre semejante disparate no merece la pena comentar nada. La noche, sin embargo, acabó bien, con una cena en un restaurante japonés de la Kantstr., y un largo paseo de camino a casa.         
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6 comentarios:

Arte Pun dijo...


Aunque ciertamente no moro sino con cara de alemán después de un mes en Mallorca, en la foto, el tal Otelo más que blanco aparece bastante morenito. Creo que estuviste más pendiente de la chica del sujetador con encaje, lo cual no me extraña.

No sabía que los alemanes también hacen rosquillas, creí que con las salchichas ya tiraban.

Gracias Fernando por la crónica.

Fernando Valls dijo...

Hombre, José Luis, las bretzel no son menos famosas que las salchichas y las hay de diversos sabores y formas, según las distintas regiones de Alemania. Desde la fila 16 uno intuye más que ve a la chica en sujetador y no me parecio que fuera Scarlett Johansson precisamente. En fin. Saludos.

Belén Naya dijo...

Interesante post. Reconforta saber que también los alemanes saben hacer chapuzas.

Fernando Valls dijo...

Bueno, Belén, quizá me he explicado mal porque la cosa no llegó a chapuza, aunque sí se produjeron demasiados hechos curiosos, ajenos al buen orden de la estricta representación. Pero confieso que como de ópera no sé lo suficiente como para opinar con rigor, solo puedo escribir de estas pequeñas anécdotas que me hacen gracia y me resultan chocantes. Saludos.

Enrique Gallud Jardiel dijo...

Muy amena y aguda crítica. Le felicito.

Linda D´Ambrosio dijo...

CADA DÍA ME GUSTAN MÁS SUS TEXTOS. Saludos