jueves, 6 de marzo de 2014

MARIO ALONSO

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MAR URBANO
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Mientras me anudaba la corbata repasaba rápidamente las reuniones previstas de esa mañana. Bajé en el ascensor y salí del portal apresuradamente. Solía ir andando a la oficina para hacer un poco de ejercicio y disponer de veinte minutos para pensar.
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En seguida percibí algo especial en la luz, un extraño resplandor pese a que aún no se había levantado la noche, pero no le di mayor importancia. Sería el fulgor del amanecer.
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A grandes zancadas con los pies y el cerebro, avancé con rapidez por la acera de Modesto Lafuente. Hacía el recorrido de costumbre, pero notaba que me costaba caminar. Tenía la sensación de estar subiendo una cuesta.
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Después de cruzar varias esquinas, estaba completamente seguro de ello. La calle iba adquiriendo una inclinación cada vez mayor. Pensé en volver a casa, pero la curiosidad y la cantidad de trabajo pendiente me empujaban a continuar. Llegué a la calle Orense donde corrillos de gente comentaban lo sucedido con estupefacción. Calle arriba, la pendiente era ya impresionante. Con muchísimo esfuerzo y sujetándome ocasionalmente en alguna farola, alcancé General Perón. Para mi sorpresa, al volver la cabeza hacia la Castellana, comprobé que el repecho se agigantaba. Tanto, que algunos transeúntes ataban cuerdas a los árboles para ayudarse a superar la cota. Conseguí llegar a la cima de lo que parecía una colina. Completamente atónito, divisé desde allí un inmenso mar, del que solo emergían algunos de los edificios de oficinas más altos: Torre Europa, Torre Picasso… El agua sepultaba el bloque de mi despacho.
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Me senté en el suelo conmocionado. Tras unos minutos que parecieron horas me quité la chaqueta, los zapatos y el resto de la ropa de trabajo, hasta quedarme completamente desnudo, y me adentré nadando en aquel mar infinito para no volver jamás.
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LA DAMA DEL RÍO
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Lancé un tricóptero de pelo de ciervo a un pequeño remanso de la Garduñeira en la parte alta del Navia. Acababa de cebarse una buena trucha. La presentación de la artificial era complicada porque la corriente hacía que rápidamente dragara la línea. Además, el viento que sacudía el bosque de alisos en el que me encontraba, tornaba la empresa aún más difícil. Me di cuenta de que si subía a la gran roca que tenía a mi izquierda podría colocar mis moscas desde mejor posición. Ayudándome con las manos, trepé por la ladera tapizada de primavera: tojos llenos de flores amarillo intenso, romeros teñidos de azul pálido, brezos color malva…, un auténtico regalo para la vista. Con esfuerzo logré sobrepasar el peñasco y comencé el descenso hacia la orilla. Como llevaba la mirada fija en el suelo para no perder pie, hasta que no bajé de nuevo al río no lo advertí. En una playita de cantos rodados que surgía corriente arriba, una mujer bellísima permanecía tumbada sobre las piedras. Su piel recogía los reflejos del agua; sus ojos verdosos brillaban intensamente; su largo pelo castaño dejaba adivinar unos hermosos pechos, turgentes y bien formados. Me pareció que hacía un gesto para que me acercara. Hipnotizado, tiré la caña y empecé a saltar. En mi impaciencia, me resbalaba entre los guijarros. Al aproximarme se puso en pie. Sus poderosas caderas y nalgas podían hacerte enloquecer. Cuando apenas estaba a unos metros se lanzó al agua y desapareció en el pozo. Al cabo de unos segundos asomaba por la otra orilla. Era oscura, con largos bigotes blanquecinos y nadaba con una facilidad pasmosa. Alzando su cabeza como para despedirse, la nutria se escabulló entre la vegetación.
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* Estos microrrelatos forman parte del libro de Mario Alonso (Badajoz, 1960), Relatos liberados (Almuzara, 2013), al que nos referíamos en una entrada anterior. Su autor es empresario, fundador de la consultoría y auditoría Auren, pero en los años 80 lideró el grupo Mario Tenia y Los solitarios.    
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3 comentarios:

jordim dijo...

Un texto bien parido, sí, señor.

Jordi Masó Rahola dijo...

Felicidades al autor, me parecen dos buenas historias, especialmente "Mar urbano". En este microrrelato quizá me sobra la estupefacción permanente del protagonista: aunque sus reacciones sean comprensibles, el texto ganaría fuerza si elimináramos los "con estupefacción", "atónito", "conmocionado" y dejáramos que el lector imaginara la sorpresa del narrador. Del segundo me gusta mucho el inicio, cómo la prosa nos adentra en el mundo de la pesca, pero no me convencen las caderas "poderosas" ni los pechos "turgentes", y me cuesta imaginar cómo adivina esos pechos de la chica gracias al "pelo largo castaño"... Tampoco la expresión "podían hacerte enloquecer" casa con el tono del microrrelato.

Juan Esteban Bassagaisteguy dijo...

Fascinantes historias, me gustaron mucho.
¡Saludos!