viernes, 14 de marzo de 2014

FRANCISCO SILVERA, y 2

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La culpa
(De gatos, 2)
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Para Chamas y para los bachilleratos que me
oyeron tan atentos en Valverde del Camino
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Un profesor pesado había leído en clase un cuentecito de un poeta, uno sobre un pajarito al que, sin pensar, había dado un tiro de niño, dejando al aire su moribundo corazón palpitante. Y le vino a la cabeza porque ahora le estaba pasando a él lo mismo; vio al gato rondando las jaulas de sus canarios y un par de días antes un conejo hermoso y cano le había desaparecido, así que echó mano de su escopeta y pegó un plomillazo de escarmiento al felino. Pero, tras un salto y un grito como de niño, dio una cohetada y, apenas diez metros más allá, a los pies de un naranjo se dejó posar el animal angelicaído. Se acercó el muchacho y lo vio con la mirada en desespero y la lengua, blanquecina y seca, saliendo de su jadeo; el plomo se le había colado en el pecho y, por un azar maligno, le impedía respirar.
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El chaval se compadeció del bicho pero, al mismo tiempo, miró atrás temiendo la reprimenda de su padre; de inmediato cargó el aire comprimido y disparó entre los ojos al gato agonizante, pero el mal azar ya no insistía y el balín se limitó a herirle superficialmente la piel sobre el cráneo. Entonces disparó, y disparó, y disparó... hasta que cansado y temeroso, de su padre, comenzó a abrir allí mismo, bajo el árbol, una fosa en la que, de un empujón asqueado de su zapato deportivo, dejó caer el animal desgraciado... No sabía, cuando lo tapaba, si aún respiraba o no.
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Le quedó un regusto amargo, fueron días de nervios e inconstancia hasta que el olvido, una muchacha y los amigos del equipo de fútbol dejaron esos sentimientos inesperados atrás. Un mes entero transcurrió cuando su padre apoyándose en una gavilla de hierro, al pasar cerca del naranjo, se hundió en el terreno y pareció estremecerse. El muchacho, descompuesto, comenzó a llorar; el hombre maduro sacó despacio el dardo metálico y miró consternado los restos de pelo canoso y cadaverina en la punta férrica. Clamó a su hijo con los ojos muy abiertos y le dijo:
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-Manuel, no llores; te voy a contar lo del conejo, que no fue culpa mía.
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