jueves, 24 de mayo de 2012

La joven lectora

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En el aeropuerto de Berlín, camino de Frankfurt y Ginebra, mientras espero el embarque, me siento a leer al lado de una chica. Debe de tener unos 12 años. Ya no es una niña, pero solo apunta el cuerpo de mujer que le espera. Lleva unos vaqueros cortos, casi hasta la rodilla, una camiseta azul eléctrico, donde se lee algo sobre California, y encima, abierta, una camisa a cuadros. Va un poco despeinada a pesar de recogerse el pelo en un moño. No me parece que se trate de una pose de esas a la moda del día en que, pretendiendo un descuido, resulta una impostación. La joven está leyendo lo que parece una novela. En un momento en que se levanta, puedo enterarme de la autora y del título: Jeanette Walls, Half Broke Horses (Caballos salvajes). Se trata, por lo que luego he leído, de la historia novelada de la vida de su abuela. Y prefiero no averiguar más. Pero tan sorprendente como que una chica joven esté un buen rato concentrada en la lectura, es que no lleve ipad (ni ipod, ni siquiera ipud...), ni tenga el móvil agarrado en la otra mano, ni que lo consulte casi cada minuto, compulsivamente, como suele ser ya habitual. Al rato, una media hora después, deja el libro y, de una bolsa de papel, saca, primero, una pata de pollo y luego otra, que se come con las manos, parece que con gusto. Mientras, al lado, su madre está leyendo la sección de cultura del Frankfurter Allgemeine Zeitung. Cuando la chica da cuenta del pollo, dos patas que me despiertan el hambre, vuelve otra vez al libro, que continúa leyendo concentrada, ajena a lo que ocurre a su alrededor.     
A veces, me ronda la tentación de pensar que el mundo está bien hecho, aunque es indudable que no sea nunca así. Y sin embargo, durante un rato me gustó poder pensar que el futuro sería de ella.
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* Como no me atreví, ni quería tampoco hacerle una foto a la joven, ilustro la entrada con la cubierta del libro que estaba leyendo, además de con su autora. Para mí, por cierto, completamente desconocida.
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15 comentarios:

Ana Egea dijo...

Hola, Fernando. A veces hay que ser más optimista, aunque reconozco que la vida nos lo pone difícil.
Aunque sé que no es lo mismo, te contaré lo que me sucedió hace poco. Llevo unos meses de voluntaria en un CEIP de mi ciudad, y una mañana lluviosa me encontraba en clase con los niños de primero cuando sonó el timbre para ir al patio. Como estaba lloviendo, los niños debían quedarse en clase, y al momento estaban todos abalanzándose sobre la estantería de los juguetes, peleándose por los coches, rompecabezas y demás. Estaba yo concentrando mi atención en que no volcaran la estantería y en que no llegaran a más sus disputas, cuando una manita me tiró del jersey: Era Mohamed, que me contaba emocionado, señalando las ilustraciones de un libro, cómo Peter Pan volaba por los aires con sus amigos. Acto seguido se sentó en su silla y, resiguiendo las líneas del cuento con su dedito, se enfrascó en la lectura.

Me sorprendió tanto como si hubiera visto a uno de los niños recitar un discurso en latín.

Un abrazo, Fernando,

Ana Egea

Fernando Valls dijo...

Sí, Ana, esperemos que todavía queden algunos chicos como tu Mohamed o mi joven lectora, y que sean ellos quienes nos gobiernen en el futuro. Gracias por tu comentario y saludos.

Propílogo dijo...

Es una bonita escena, Fernando. Esas cosas extrañas suceden en los aeropuertos.
Sería mucho suponer, que la lectura desarrolle la honestidad; pero probablemente sí desarrolle la inteligencia. De modo que no. No creo que nos gobiernen.
Saludos
Gabriel

Elena Casero dijo...

A veces pienso que no todo está perdido. A mí escenas como la que has descrito me emocionan. Creo que no podría quitarle los ojos de encima.

AGUS dijo...

La tecnología de un libro - tanto tangible como intangible - es insuperable. Sabemos que tú estabas en el aeropuerto, pero no dónde se hallaba la niña. Sólo que regresó un instante, dio cuenta del pollo y volvió a marcharse.

Gracias por la escena, y la manera de contarla.

Abrazos.

Arte Pun dijo...

Todo era idílico Fernando, hasta que sacó las dos patas de pollo de la bolsa de papel y se las comió. Me habría gustado más si sacase un tupper con unos garbanzos.

Gracias por compartir la escena, efectivamente hay que ser algo más optimista y no pensar que todo está perdido. Un abrazo.

Fernando Valls dijo...

Arte Pun, las patas de pollo no me parecen menos respetables que el libro, cada cosa en su momento, y tal y como está el mundo humanizan a la chica. Saludos.

Susana Camps dijo...

A mí me encantan estas escenas de espectador curioso que nos regalas de vez en cuando. Me he visto mirar por encima del hombro a la chica para enterarme del título, y he olido la tentación de ese pollo en la aburrida espera de aeropuerto.
Esperemos que vuele, sí.

Manuel Rebollar Barro dijo...

Fernando, creo que todos, en menor o mayor medida, tenemos siempre la curiosidad de saber qué están leyendo los que nos rodean. A mí, personalmente, me encanta llegar antes a los aeropuertos, estaciones de tren, de autobuses y observar la vida en esos pequeños microcosmos de cenicienta. Es una de las maneras más refrescantes de encontrar motivos por los que escribir y, en este caso, mirar adelante con optimismo. Si alguien lee la novela, que la recomiende.
Saludotes

Ximens dijo...

Me has permitido estar allí contemplando esa escena de pollos y letras. Gracias.
Hace dos años que conozco a una jovencita que me hace creer en ellos. Escribe poco, dado que a sus 17 anda con los estudios. Merece la pena.
http://recogequenosvamos.blogspot.com.es/

Elysa dijo...

Sé quien es la jovencita que dice Ximens y estoy de acuerdo con él.
Casi paso de largo esta entrada, me alegro de que no haya sido así, tu manera de mirar y contar han levantado el color negro de una mala tarde.

Besitos

Betlem Aguiló dijo...

¿Y tú qué leías?

Fernando Valls dijo...

Belén, yo releía `El viajero del siglo´, la excelente novela de Andrés Neuman, de la que tenía que hablar en Suiza, a la vez que tomaba notas para escribir la entrada y pasaba envidia por la pinta tan rica que tenían las patas de pollo que acabó comiéndose la joven lectora... Besos.

Isabel Mercadé dijo...

Me gusta muchísimo siempre que eres tú, Fernando, quien relata y esta entrada me ha gustado particularmente. Una adolescente que lee y dos patas de pollo pueden reconciliarnos con el mundo. Un lujo, aunque dure poco.
Un abrazo.

La Casa de los Retazos dijo...

Me encanta la idea de encontrarme -sin importar la edad- con buenos lectores, soñadores, idealistas y visionarios.
Mirarse en un espejo aunque no refleje tu propia imagen pero tenga similitud en fondo y forma siempre es interesantísimo e intrigante. Lo que sí hubiese preferido es un muslo de pollo a una "carne de dedos"; es que ma cosita.
Besos de colores para tí y gracias por ser tan observadora, nunca pierdas tu capacidad de asombro por los fenómenos sensibles.

Desde el otro lado del mundo,

Tu pupila,

Orly Diane