lunes, 16 de agosto de 2010

SUSANA CAMPS, 1

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"Hermano"
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Corríamos por todo el jardín, ¿recuerdas? Estaba lleno de escondites, unos mejores que otros, y lanzábamos bolas de ciprés que eran bombas. Tú siempre ganabas porque tenías mucha puntería, pero si me dabas en la cara mi drama de dimensiones interplanetarias atraía a los adultos. Las bicicletas eran caballos que nos llevaban de un lado para otro. Las aparcábamos junto a la comisaría o el saloon y yo podía ver realmente a mi caballo blanco esperándome, nervioso y fiel. Aunque a veces no, a veces era una bicicleta que cargaba una caja atada al portapaquetes con merienda dentro, y nos íbamos al bosque a compartir unas galletas María con chocolate. La misma caja volvía llena de piñas, piñones, y bayas que no nos dejaban comer.
El verano era largo y matabas algunas tardes leyendo. Entonces empecé a leer yo también. Leíamos tebeos viejos de papá, moteados de óxido, y algún libro de Enid Blyton que a ti no acababa de gustarte. Luego descubriste a Woodhouse. No teníamos horarios y sin embargo cabía casi todo. Hasta un poco de tiro al blanco con la escopeta de balines que alguien robó saltando la verja. Un robo instantáneo, no podíamos ni creerlo. No volvimos a dejar nada en la mesa blanca del jardín. El mundo exterior podía entrar a quitarnos de pronto lo que era nuestro. De hecho, creo que fue por entonces cuando desapareciste.
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* Susana Camps (Barcelona, 1963) no vive del cuento, aunque le gustaría. Para eso estudió Filología y se doctoró en Traducción, aunque los Pepitos Grillo de su vida ya vaticinaban que no le serviría para nada. Hace mucho, mucho tiempo, publicó relatos, críticas literarias y una primera novela. En la actualidad ejerce su magisterio en trabajos basura y esfuerzos baldíos. Sin duda lo mejor que ha hecho, junto con algo de investigación renacentista, son sus hijos David y Anna.
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6 comentarios:

Anita Dinamita dijo...

Qué bonito, me ha evocado mi propia infancia, mis veranos, que eran distintos pero con el mismo componente de ilusión, imaginación e inocencia.
Precioso final

hombredebarro dijo...

El final hace que el tópico de la infancia se cargue de fuerza. Me ha gustado mucho.

Anónimo dijo...

A mí también me ha gustado. Un inicio plagado de imágenes que nos sitúan y ese final inesperado y contundente.

Un saludo
R.A.

Unknown dijo...

Casi se le podría aplicar aquello de demasiado hermoso para ser cierto. El final te deja parado, necesitas volver atrás y leerlo de nuevo.
Muy bueno.

Un abrazo

Pedro Herrero dijo...

Como dice Jesús, urge una segunda lectura. Esa es la prueba del nueve para cualquier relato: la necesidad de leerlo de nuevo. Y no tanto para descubrir el mecanismo usado por el autor para seducirnos, como sencillamente para dejarnos seducir otra vez pese a conocer cómo acaba. También coincido con Rosana en resaltar la contundencia del final. Es mucho más contundente que un fundido en negro. Es un corte, una sombra total. Como si conjugáramos el futuro en pretérito indefinido.

Isabel González González dijo...

Coincido con los comentarios. Es ese enorme silencio final el que da realce al resto del relato. Aquí se ve el brutal contraste entre lo que se cuenta y lo que se calla. La fuerza de lo que no se dice.