sábado, 27 de febrero de 2010

En el AVE

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Me voy 24 horas a Zaragoza. Me han invitado a participar en un ciclo de conferencias titulado Estéticas de la crisis (De la caída del muro de Berlín al 11-s). Por primera vez en mi vida, viajo en el AVE, en clase preferente. En una hora y media se planta uno en la capital aragonesa. El viaje es cómodo, el personal te atiende bien, sin empalagos, ofrecen bebidas, prensa, un aperitivo, y apenas se dispone de tiempo para leer un periódico completo. Sólo le encuentro al viaje un inconveniente, aunque grave, y es que no dejan de sonar los móviles. Sus usuarios acaban convirtiendo su asiento en sucursal de su negocio u oficina. Así, es casi imposible acabar el desplazamiento sin haberse enterado de las ocupaciones profesionales y de la vida privada de algunos de los compañeros de viaje. Me imagino que debía ocurrir lo mismo en las viejas diligencias del oeste. Como, por fortuna, mi coche va medio vacío, puedo hacerme el misántropo e irme a un extremo del vagón donde siguen llegando los gritos de los habladores compulsivos, aunque atenuados por la distancia. Lo comento con el revisor, quien me cuenta que el asunto tiene poco arreglo, que han invitado a los usuarios del teléfono a que hablen desde la plataforma, para que no molesten a nadie, pero no hay manera de que cumplan las normas. Falta educación y respeto a los demás, me dice.
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A la vuelta, la fortuna fue algo distinta. Nos dieron de comer, pero la ensalada de pasta y la marmita eran muy modestas. En el caso de la marmita, ahora no es época de bonito, el listón lo tengo muy alto. Los coches iban casi llenos y aunque en esta ocasión nadie se significó demasiado con su móvil, muy cerca me tocaron tres amigos que charlaban a grito pelado. Uno era representante de artistas; pero el más pintoresco, el que llevaba la voz cantante en la animada conversación, deduje que debía ser jugador profesional, se lamentaba de no haber ganado nunca una de esas competiciones de cartas que -por lo visto- se celebran en los casinos. No quiero ni pensar cómo debe de ser un viaje en la clase normal, aunque no resultará muy difícil que la gente allí sea más educada y respetuosa.
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Por lo que me cuentan otros amigos que suelen utilizar el tren, no es mi caso, la única solución sería destinar un coche para estos charlatanes, y otros para los que gritan con sus móviles. Así, quizás, el resto podríamos viajar tranquilos, leyendo el periódico o una buena novela. En los excelentes trenes suizos existen los llamados vagones del silencio, donde está prohibido utilizar el móvil, ni siquiera charlar en voz alta, y mucho menos hacer ruido o ponerse auriculares cuya música se oye en todos los asientos de los alrededores. Creo que empieza a ser urgente implantarlos aquí, en un país en el que la gente tienen tanta afición a hablar por hablar, a negociar a grito pelado, a dirimir sus problemas sentimentales, sin el más mínimo pudor, palabra desaparecida por falta de uso, y a llamar por teléfono a su señora para avisarle de que está llegando y de que ya puede echar el arroz en la paella... Bueno, también puede uno hacerse suizo, pero eso parece más complicado aún si cabe, viajar en avión, o en coche, o quedarse tranquilamente en su casa. En fin, que estamos rodeados.
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* La ilustración es de Joaquín Chancho.
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14 comentarios:

No Comments dijo...

Y es que como todo en la vida si falta la educación no hay nada que hacer. Qué lástima. Con pensar un poco en los demás, bastaría.

Un saludo indio

basiliopc dijo...

El otro día cogí también un tren y te puedo confirmar que en la clase turista (¡menudo eufemismo!) del Talgo ocurre lo mismo.
Pero aún peor fue la experiencia que tuve anoche: fui al teatro y sonaron varios móviles en la hora y media que duró la función. Pudimos escuchar íntegro (la señora no supo o quiso cortarlo) el último éxito de Carlos Baute. No sé como los actores pudieron seguir su interpretación sin inmutarse.
En fin... siempre nos quedará Suiza.

Bel M. dijo...

Durante un trimestre, hace un par de años, me tocó empezar a trabajar a las 8:00. Cogía a las 7:30 un autobús, el trayecto duraba sólo unos 15-20 minutos. Aún así, hubiera sido muy agradable hacer el viaje en medio del silencio de la mayoría de viajeros que dormitaban o reflexionaban o se organizaban el día, mientras iba amaneciendo tras las ventanas. Pero no, siempre, algún desaprensivo nos despertaba de esa ensoñación colectiva dando lo que parecen en esa situación auténticos alaridos con el móvil. Yo lo vivía como una agresión en toda regla. Creo que lo era. Como las que tú cuentas. Me temo que el viaje en clase normal no debe de ser muy diferente.
Me ha gustado mucho la crónica.

sigma dijo...

Divertida , esperpéntica y acertada descripción de los españoles.Me ha hecho reir, cosa de agradecer en estos tiempos.. y recordar las películas de Berlanga.
Deberías escribir más.

Julia dijo...

Fernando, lo siento. Conozco esos viajes pero, por si te sirve de consuelo, te diré que una vez, desde Santiago de Compostela a Madrid, viajé con una aldeana que llevaba, escondida, una gallina.
La gallina no dijo ni pío.

Pilar dijo...

Prueba a viajar en autobuses, festival de tonos, politonos y conversaciones que deberían ser privadas y pasan a ser tema de debate. O a venir a Extremadura en tren, experiencia fascinante multiaventura que empieza nada más llegar a la estación. A mí me gusta el estéreo del aviso de la próxima estación: por una parte, lo avisan en megafonía y por otra, en los móviles: cari, que voy por Talavera. Así te enteras doblemente. En fin.

Pedro Herrero dijo...

Coincido con sigma: deberías explotar esta faceta creativa. Eres persona sometida a frecuentes transbordos y tienes la piel fina para captar lo bueno y lo malo que uno se encuentra nada más salir de casa. Fíjate, en los comentarios precedentes, cómo has provocado que los lectores se sumen a relatar sus experiencias. Añado la mía, aunque algo antigua. En mis tiempos de estudiante, cuando tomaba a diario el autobús de Badalona a Barcelona para ir a la universidad (a las 6:30h los pasajeros parecíamos sardinas enlatadas) siempre subía un señor fumando un caliqueño, con el que nos dejaba a todos perfumados para el resto de la jornada.

hombredebarro dijo...

Además de los vagones del silencio para los viajeros ensimismados, cosa que únicamente se puede permitir uno cuando viaja solo, yo añadiría vagones familiares para que no tener que oír, cuando te subes con 2 o 3 niños, "han llegado los de la cabra". He viajado por algunos paises nórdicos en tren y allí los niños, tanto en medios de transporte como en restaurantes,iglesias, etc, no molestan, ya que tienen espacios especiales habilitados para ellos. La imagen del AVE como medio de transporte para ejecutivos, que supongo que son sus principales clientes, es pobre y casi ridícula. Yo en el Ave soy de los de la cabra, menos molestos, os lo aseguro, que los del móvil en la oreja.
Saludos.

Fernando Valls dijo...

Antonio, en Alemania, los trenes llevan unos compartimentos en los que sólo viajan familias con niños pequeños, suelen estar situados al comienzo de los coches, en los que incluso hay un miniparque infantil para que se entretengan los críos.
Por otra parte, espero, Antonio, que no cierres el blog, como pareces anunciar, y que sigas publigando entradas, al ritmo que creas oportuno.
Gracias a todos por vuestros comentarios y por relatar experiemcias similares.

Ana dijo...

Querido Fernando:

He llegado a tu blog casi por casualidad, pues preparo un articulito sobre blogs de crítica literaria, aunque el tuyo no es sólo eso. Desde luego, suscribo plenamente lo que se ha dicho aquí, y eso que yo viajo sólo en clase turista.
Seguiré con regularidad tus reflexiones.
Un abrazo,
Ana Paradela

JULIA dijo...

Yo recuerdo a los españoles como personas tímidas, pero desde hace algún tiempo han cambiado para mal. Especialmente los niños. Si son varios hermanos, entran donde entren como una jauría, "toman" la cafetería o lo que sea, lloran o dan alaridos agudísimos que rompen los tímpanos de todos. Menos los de sus padres a los que parace importarles que nos amarguen la tade.
¿Qué ha pasado?
No compares con Alemania, Fernando. Lo que aquí se encuentra es el exhibicionismo de la falta de respeto a los demás.

Fernando Valls dijo...

Isabel, una amiga, es música y escritora, que conoce muy bien Alemania, me comenta que allí también, en los trenes, hay vagones donde está prohibido utilizar el móvil.

Sergi Bellver dijo...

"Los coches del silencio" parece un título excelente. No sé si para una nueva categoría en RENFE o para un texto, pero me lo parece.

Fernando Valls dijo...

Lo ideal sería, Sergi, que el silencio, la discrepción, más que los coches, los trenes, lo pusiera la gente, pero... ¿Sabes qué es lo que me extraña más? Pues, que esa mayoría que viaja tranquila en sus asientos, sin dar la lata, no se levante en armas -en un decir, claro- contra la minoría latosa.