lunes, 29 de junio de 2009

Los 102 años de Victoriano Crémer

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Por una de esas cosas sorprendentes que ocurren a veces en la vida, el poeta y articulista leonés Victoriano Crémer, que acaba de morir, nació en Burgos, en 1906. Fue autodidacta y se ganó la vida en oficios tan distintos como el de vendedor de periódicos, mancebo de botica, tipógrafo y locutor. Pero me parece que lo recordaremos, sobre todo, como poeta comprometido. Cuentan los cronistas que durante la guerra se libró de la muerte en varias ocasiones y que, casi siempre, fue un cura quien lo salvó. Luego, tras salir de la cárcel fue uno de los fundadores de la revista Espadaña (1944-1951), junto a Eugenio de Nora y Antonio G. de Lama, que tanto contribuyó a la rehumanización de la lírica en los primeros años de postguerra, lo que se llamó entonces la poesía desarraigada. Sus artículos en el Diario de León, su sección 'Crémer contra Crémer", ha seguido publicándose hasta los últimos días del poeta, cuya primera obra, Tendiendo el vuelo, fue editada en 1928. Con su obra ha obtenido el Premio Nacional de Poesía (Tiempo de soledad, 1962), el Ciudad de Barcelona (1971), el Castilla y León de las Letras (1994) y el Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma (2008), por su libro El último jinete (Visor). En 1984 se publicó una recopilación de su poesía en dos volúmenes: Poesía (1944-1972) y Poesía (1972-1984). También es autor de dos novelas: Libro de Caín (1958) e Historias de Chu-Ma-Chuco (1970).
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Cuando hace unos días le comunicaron en el hospital que tenía que quedarse ingresado, se quejó: ¿Cómo que tengo que quedarme ingresado? Oiga, yo tengo mucho trabajo". Y en las declaraciones que hizo a la prensa cuando recogió el Gil de Biedma, afimó que "morir es una costumbre que suele tener la gente (...), la cama vacía es lo que queda después de haber vivido". Fue siempre un hombre lúcido, independiente, y un buen poeta.
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"Canción serena"

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. Un día puro, alegre, libre quiero
Fray Luis de León

No me dejéis así:
Sorbido por la tierra
hondísima y vibrante como el clamor penúltimo;
con este olor maduro de soles y horizontes
abriéndome en el pecho un surco luminoso.

No es que el cuerpo me suene a cristal derramado
ni que diez corazones me alanceen las yemas,
ni que cielos redondos agolpen sus rebaños
a mis ojos mastines, ladradores de cimas.

Es que un mar fugitivo rinde velas y senos
y pétalos y espumas en la gozosa playa
donde el rumor se atreve a mancillar la sombra.
¡Y se me ciegan labios y gritos y pupilas!

Es que siento que el aire es de carne dulcísima
y la luz sólo luz. Que el contorno me huye
a bandadas blanquísimas de palomas y lirios
y me abandonan manos y dientes y melenas.

¡No! ¡No me dejéis así! Moriría desnudo
sin sentirme morir.

Y mi pobre vestido, con su sangre caliente,
se hundiría, esperando mi imposible retorno.

* La caricatura es de LPO.

3 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Hermoso poema este con el que lo homenajeas. Al menos ha vivido para dejar esa cama bien llena. Descanse en paz.

marisa dijo...

Que la tierra le sea leve a este hombre bueno y además buen poeta que nos dejó con Espadaña un claro ejemplo de resistencia a lo que no nosparece justo a través de la palabra y la creación poética.Gracias por recordarnos su figura.

Diego Fernández Magdaleno dijo...

Un hombre admirable, inasequible al desaliento.
Saludos,

Diego